El Cepero (IV y final)

Patio central del Colegio de Maristas de la Víbora, antes de que se convirtiera en el Instituto Preuniversitario Especial (IPUE) Raúl Cepero Bonilla. En general el aspecto era el mismo, excepto por la falta de "La Fuentecilla", una pequeña fuente que su primer director, Francisco Calle, mandó a construír en su centro. Lástima que no pude conseguir una foto del patio tal como lo recuerdo, porque la Fuentecilla era una especie de símbolo del colegio, como por ejemplo lo es la Giraldilla para La Habana o el Angel para la Ciudad de México.

Patio central del Colegio de Maristas de la Víbora, antes de que se convirtiera en el Instituto Pre-universitario Especial Raúl Cepero Bonilla. La única diferencia entre esta foto y mis recuerdos del IPUE es la falta de “La Fuentecilla”, una sencilla fuente que su primer director, Francisco Calle, mandó a construir en su centro. Para nosotros La Fuentecilla era una especie de centro y punto de reunión del colegio.

Fuentecilla

La Fuentecilla

Los profesores

¿Quién no se acuerda con especial cariño de al menos algunos de sus profesores? En mi caso yo recuerdo entre otros a mi profesor de primer grado en Belén, un noble señor de apellido Caballero, de bigotes y pelo muy negro, que al parecer padecía de narcolepsia porque se quedaba dormido en medio de las oraciones de la mañana con el consiguiente desconcierto y regocijo de nuestra aula y que si lo que me dijeron es cierto, terminó fusilado por “actividades contrarrevolucionarias” al principio de la Revolución. También recuerdo a Morales, el de cuarto grado, aunque no precisamente con cariño. Este tipo nos sorprendió a todos al aparecerse en el colegio vestido de rebelde en Enero de 1959. Como él hubo muchos que durante la dictadura de Batista parecía que no le tiraban un hollejo de naranja a un chino, y que en los primeros días después del triunfo del Fifo hacían ostentación de su pertenencia “a la clandestinidad”. Quien sabe si fuera cierto o no, porque cuando se revuelve la popó hay muchos descarados que se montan de última hora en el tren para darse importancia y aprovechar la ola del momento. Y el tal Morales más me pintaba a descarado que a combatiente. También recuerdo a Gallardo, un profesor de tercer grado, padre de uno de mis compañeros de grupo, que terminó siendo el jefe de los interventores del Colegio de Belén cuando el Fifo acabó con las escuelas privadas.

Y entre los profesores del Cepero, recuerdo especialmente a Ofelia Gassó, mi profesora de literatura y a Osvaldo, el de física. Posiblemente mi psiquis los veía como continuadores de Lionella Mainegra y de Valladares, los dos profesores de Secundaria que más quería y que dejaron su huella en mí.

Osvaldo, mi profesor de física en la prepa. Foto tomada en 2011.

Osvaldo, mi profesor de física en la prepa. Foto tomada en 2011.

A Osvaldo lo recuerdo con cariño por su buen humor, su sonrisa y su mirada un poco burlona pero amistosa cuando trataba de que entendiéramos la diferencia entre un kilogramo masa y un kilogramo fuerza o el significado de la constante gravitatoria. Además de buen profesor de física, era un buen amigo.

Ofelia Gassó, mi profesora de literatura en 1964-65. Foto realizada a mediados del 2012.

Ofelia Gassó, mi profesora de literatura en 1964-65. Foto realizada a mediados del 2012.

Ofelia, al igual que Lionella, era (y hasta donde sé sigue siendo, porque no ha muerto) una apasionada de la literatura. Creo que gran parte de mi gusto por los libros proviene de lo que ellas me inculcaron.

El Caballero de París

El Caballero de París

El Caballero de París

Recuerdo muy bien que un día mientras estudiábamos El Quijote y sus ansias de hacer el bien aún a costa de inventarse un mundo irreal y de sufrir la indiferencia o la burla de la mayoría, Ofelia nos puso como tarea entrevistar a algún personaje y luego hacer un relato de la entrevista para leerlo en clase.

Por ese entonces, en La Habana existía un loco que iba por ahí vestido con unos ropajes negros que recordaban a los usados por la figura central de “Guardia Nocturna” de Rembrandt, con capa de mosquetero y todo lo demás. Aquel tipo se paraba en cualquier esquina y haciendo como que pronunciaba un discurso a las multitudes, decía una pila de incoherencias, o repartía estampitas que sacaba de entre los papeles que siempre llevaba consigo. Pero era completamente inofensivo, y para el cubano promedio, tan dado a las chanzas y a la buena voluntad, el personaje resultaba simpático. Tanto era así, que hasta le habían puesto un nombre: El Caballero de París, y le habían compuesto un danzón que por cierto cantaba Barbarito Diez, de manera que era conocido por toda la sociedad habanera de entonces.

Para mí, la asociación con El Quijote era evidente, y me decidí a entrevistarlo para cumplir con el encargo de Ofelia.

Aunque por supuesto no tenía dirección fija, todo el mundo sabía que tenía algunos lugares preferidos. Entre ellos, la esquina de Infanta y San Lázaro. También se lo podía encontrar con cierta regularidad en los bajos de un edificio medio en ruinas que estaba en la esquina de 23 y 12 en el Vedado, frente a la cafetería conocida como La Pelota por las famosas discusiones sobre beísbol que allí se suscitaban (por cierto, el mismo edificio desde donde el Fifo proclamó el carácter socialista de la Revolución, justo antes de la Invasión a Playa Girón), de manera que no me fue muy difícil dar con él.

Había, sin embargo, algunas dificultades. En primer lugar, la peste. Es un hecho que los locos no sienten gran predisposición al baño, y en su caso, como no tenía casa, mucho menos contaba con un lugar en donde hacerlo. De manera que aunque se comportaba con un cierto aire de gran señor, sus pies estaban muy sucios, las uñas de sus manos estaban crecidas hasta lo increíble, y su pelo era largo y mostraba raftas de pura churre. De todo su cuerpo emanaba un aroma característico a sudor, a orines y si te acercabas lo suficiente, también a popó.

Sin embargo, yo quería entrevistarlo. No recuerdo bien todos los temas de que hablamos, pero sí el momento en que le hablé del Quijote y le pregunté si él lo conocía. Su respuesta me dejó estupefacto. Me contestó: “Sí, como no, El Quijote soy yo“. De manera que aquel tipo no estaba tan loco, o al menos eso me pareció. Aquello me sonó a cintillo de periódico, y por supuesto que así titulé a mi relato, el cual fue un éxito rotundo. Ofelia me felicitó y las gentes de mi aula aplaudieron.

Muchos, muchísimos años después de los sucesos relatados, en mi primera visita al restaurante Versailles de Miami -algo así como el símbolo de la gusanera a la cual me enorgullezco en pertenecer- descubrí con sorpresa que la calle lateral a la que hace esquina el famoso lugar, lleva el nombre de Ave. Caballero de París. Y en La Habana, Eusebio Leal le hizo una estatua. ¡Atrévanse ahora a decirme que el realismo mágico de Carpentier y García Márquez no existe, cuando un personaje como éste logra tener una calle en Miami y una estatua en La Habana!

Como dice un amigo: “Si Kafka hubiera nacido en Cuba, sería un escritor costumbrista…“.

Esquina de Ave. El Caballero de París y la Calle 8 del SW en Miami, a un costado del famoso Restaurant Versailles, en el corazón de la Pequeña Habana.

Esquina de Ave. El Caballero de París y la Calle 8 del SW en Miami, a un costado del famoso Restaurant Versailles, en el corazón de la Pequeña Habana.

Las críticas de cine

Aunque adolescentes aún, varios de nosotros ya eran cinéfilos de hueso colorado que años más tarde decidieron dedicar su vida al cine. Entre ellos, Orlando Rojas, que en Cuba dirigió Una Novia para David, historia que tiene demasiado parecido a nuestra vida en el Cepero como para no sospechar que el colegio fue su fuente de inspiración. Actualmente creo que vive en Miami y se ocupa de una pequeña cinemateca en la cual hace de todo, desde diseñar la programación hasta recoger los tickets en la entrada del cine. Mario Naito, un magnífico amigo con una memoria prodigiosa para todo pero especialmente para las fechas, nombres y demás cosas relativas al sétpimo arte, que durante muchísimos años ha escrito críticas de cine para revistas y periódicos cubanos y que actualmente trabaja en el ICAIC y es allí toda una institución. Y Daniel Díaz Torres, que hizo Alicia en el Pueblo de Maravillas, una de esas críticas al sistema que de vez en cuando escapan a la censura del Fifo y que causan cierto revuelo en el mundo intelectual cubano -la mayor parte de las veces tan reprimido- al punto de que fue retirada de los cines a sólo tres días de su estreno.

Quiso la casualidad que los tres pertenecieran al mismo grupo que el mío, y por lo tanto todos teníamos a Ofelia como profesora de literatura. Aún recuerdo su orgullo cuando a través de Jaime Sarusky – otro profesor que además de trabajar en el Cepero era escritor y tenía conexiones con los responsables de la sección cultural del periódico Revolución o Granma- a Daniel le publicaron una crítica de cine. Era su debut como crítico, su primer trabajo en ser publicado en la prensa nacional.

Ofelia no cabía en sí de gozo, y en una de las clases se propuso entrevistar a Daniel delante de nosotros. Todo iba bien, hasta que Ofelia comenzó a preguntarle por detalles de la película sobre la cual había escrito. Daniel, a todas luces, comenzó a esquivar las respuestas. Mientra más insistía Ofelia, más reticente se mostraba Daniel a responderle. Hasta que no le quedó más remedio que confesar la verdad: él no había visto la película, sino que había escrito la crítica basándose en otras críticas que había leído. Por eso no podía dar detalles del filme.

La carcajada fue general. Ofelia y Daniel se querían morir de vergüenza. Ella por haber creído en él, y él porque se había descubierto su pequeño embuste.

Portada del DVD Alicia en el Pueblo de Maravillas

Portada del DVD Alicia en el Pueblo de Maravillas

No quisiera terminar de hablar sobre Daniel, sin hacer un aparte para referirme brevemente al episodio de “Alicia en el Pueblo de Maravillas”, un pueblo donde mandaban a los “tronados” del régimen para que pagaran sus culpas. La película era una crítica evidente al sistema, en unos tiempos donde hasta un roce con pétalo de rosa se consideraba pecado mortal. Yo no conozco los intríngulis del caso porque no lo viví internamente sino como un simple espectador, pero recuerdo que pensé que Daniel era muy valiente en hacerla, y que seguramente nunca más levantaría cabeza en Cuba, como era habitual en estas situaciones. Y también me pregunté cómo fue posible que los censores del gobierno hubieran reaccionado tan tarde, cuando ya la película estaba en cartelera. Nunca supe la respuesta a esta pregunta. Pero tengo entendido que luego de un cierto período de ostracismo, Daniel volvió a trabajar para el ICAIC e incluso actualmente se pueden leer varios de sus trabajos y críticas de cine en la página web del organismo. También he leído referencias negativas a él por parte de personas a las cuales parece que perjudicó con críticas o denuncias. Si esto es cierto, su película sería premonitoria y su vida un triste caso de reconversión de un tronado o de domesticación de un espíritu rebelde.

La Plaza y el Fifo

Monumento a Martí, Plaza de la Revolución, Cuba

Monumento a Martí, Plaza de la Revolución, Cuba

Corrían los tiempos en que era frecuente que el Fifo hablara en la famosa Plaza de la Revolución, y a nosotros los ceperianos nos llevaban de vez en cuando a aquellos actos masivos, en donde se reunían muchos miles de personas. A mí nunca me han gustado las multitudes, pero he de confesar que aquel mar de cabezas me producía una cierta sensación de estar en el vórtice de la Historia. Recuerdo especialmente un 1ro de Mayo en que a la impresión de estar viviendo una epopeya, se unían sentimientos personales de adolescente enamorado. Porque sí, como sucede tan frecuentemente en esa etapa de la vida, me había enamorado de una de mis profesoras.

Ella era una muñequita, pequeña y bien formada. Sus pantorrillas parecían torneadas a mano, y tenía un cierto bamboleo especial al caminar, producido probablemente por los tacones altísimos que usaba, me imagino que con el propósito de disimular un poco su baja estatura. Pero lo que más me llamaba la atención era la intensidad de su mirada. Y eso presagiaba un ser intensamente pasional.

A mí, en pleno período de la adolescencia romántica y sin poder desfogar a plenitud mi sexualidad por vivir casi toda la semana encerrado en el colegio, no me resultó difícil convertirla en el objetivo de mis ilusiones más íntimas. Pero era mi profesora, ¿cómo explicarle que la amaba? Sería todo un escándalo. Yo sabía que no tenía la más mínima posibilidad de éxito, y aquel sentimiento de fracaso me mortificaba todos los días.

Hasta que se presentó la oportunidad.

Esa tarde nos habían llevado a la Plaza. Mientras ocupábamos nuestro lugar entre los contingentes que desfilarían ante el Monumento a Martí, la casualidad hizo que ella se situara a mi lado. Era costumbre desfilar tomados de las manos y con los brazos en alto. Cuando sentí la suya entre la mía, experimenté la sensación de caminar entre nubes de algodón. No podía dar crédito a mi buena suerte.

El Fifo hablando en la Plaza de la Revolución

El Fifo hablando en la Plaza de la Revolución

Para un observador normal, la emoción que reflejaba mi rostro provenía seguramente de desfilar en un lugar casi sagrado, ante la legendaria figura del Fifo vestido con su uniforme verde olivo mientras cantábamos La Internacional, el famoso himno de los obreros del mundo. Yo, sin embargo, sabía que provenía principalmente del contacto con su mano. Ella, por supuesto, no estaba enterada de nada y actuaba con total ingenuidad y compañerismo.

El problema vino cuando pasamos la tribuna y tuvimos que volver a comportarnos como seres normales. Yo sabía que debía soltar su mano, pero no me decidía a hacerlo. Y así continué, apretando la suya, hasta que le resultó evidente que mi intención no era precisamente desfilar. Entonces me miró con una mirada extraña, como de entre asombro y compasión, y jaló la suya para retirarla de la mía. Yo quedé, para decirlo de alguna forma, como perro apaleado.

Saturnino y su instrumento

Entre los buenos amigos que hice en el Cepero, estaba Saturnino. No recuerdo por qué le pusieron ese nombre, pero sí que sus padres y los míos también se hicieron amigos porque nos veíamos casi todos los domingos por la tarde-noche cuando regresábamos al colegio luego del pase semanal. Su papá tenía un coche parecido al del mío, trabajaba en un almacén de piezas automotrices y era muy buena persona.

A Saturnino lo llevaron al médico cuando niño, porque era muy bajito para su edad y sus padres tuvieron miedo de que fuera enano. El médico examinó el caso e indicó hormonas de crecimiento. Aquel tratamiento hizo efecto… pero sólo en parte. A ver si me explico sin ofender a nadie: Saturnino no era enano sino sencillamente un tipo bajito. Su estatura no mejoró gran cosa, pero lo que sí le creció descomunalmente fue… aquello. Vaya, que en vez de un “tilín”, tenía un “tolón”.

En una sociedad machista como la cubana, tener un buen instrumento casi siempre es motivo de orgullo. De ahí podría deducirse que Saturnino se sentiría feliz. Pero en cuanto los jodedores descubrieron aquello (los baños estaban en batería y todos nos veíamos desnudos entre sí) comenzaron las burlas. Y Saturnino era tan noble que en vez de mandarlos al carajo, se inhibía. Parece que ya había sufrido con el problema, porque hasta las novias se le espantaban cuando llegaba el momento de la verdad y renunciaban a aquello por temor a reventarse. Todo un caso Ripley.

Hace relativamente poco, recibí con tristeza la noticia de su muerte. Y aunque hacía muchísimo tiempo que no sabía nada de él, sentí el tirón de la nostalgia por aquellos tiempos en  que la vida parecía una diversión interminable. Descanse en paz.

Un pedacito de Historia

Recorte de periódico

Recorte del periódico Revolución, en donde se da la noticia -como nota curiosa- de que el Fifo comió en mi casa.

En otra ocasión tuve la peregrina idea de contar en clase la historia de porqué Fidel comió una vez en mi casa. Aquello mantuvo a la gente del aula en vilo hasta que terminé de hacerla. Lo malo es que concluye con la evidencia de que el Fifo no jugó limpio cuando a mediados de 1959 renunció a su cargo y puso como condición para su regreso la renuncia de Urrutia, el presidente que él mismo había nombrado unos meses antes pero que ahora le estorbaba porque había descubierto sus planes para convertir el gobierno en una dictadura comunista y se estaba oponiendo a ello.

Sólo a un imbécil con balcón a la calle como yo se le ocurre hacer semejante historia en aquella escuela, el lugar menos indicado de todo el país para ello. Era como criticar al César en el club de los centuriones o mentar la soga en casa del ahorcado. Se hizo un silencio profundo. A la verdad que yo no sé cómo me salvé de la cárcel. Quizás porque la profesora no sabía bien si yo estaba hablando en broma o en serio. Por fin, comenzó a hablar de otra cosa como si nada hubiera pasado, me imagino que tratando de barrer el asunto para debajo de la alfombra. Y por suerte parece que aquello dio resultado.

La única consecuencia del incidente fue que al poco tiempo del mismo Albertina Mitjans, que era la que me había propuesto como aspirante a la UJC, propuso a su vez que me expulsaran de la aspirantura, cosa que en realidad me convino porque si hubiera seguido el caminito de aspirante a militante de la Juventud y de allí al PCC, seguramente hubiera terminado como Caballero mi profesor de primer grado, frente al pelotón de fusilamiento.

Piloto de Mig

Jaime Crombet en los 60

Jaime Crombet en los 60

Recuerdo cuando llegó al colegio la convocatoria para ser piloto de guerra. Yo no había pensado nunca en pilotar un Mig, pero sí me sentía atraído por la idea de manejar un avión. Y luego de dudarlo un poco porque nunca me sentí atraído por lo militar y la entrega total de tu voluntad a tus superiores que ello conlleva, decidí llevarle la planilla a mis padres para que me la firmaran -porque yo era menor de edad- con la ingenua esperanza de pasar al cabo de un tiempo, de la aviación militar a la civil. Por supuesto que ellos se negaron rotundamente a hacerlo -¡gracias a Dios!- y cuando la fui a devolver, ocurrió algo que me dejó un mal sabor de boca. Si el alemán no me engaña, era Jaime Crombet -en ese tiempo el Presidente de la FEU o de la Juventud Comunista- el que estaba recibiendo las planillas. Yo le expliqué que mis padres no me la habían firmado y que por ello la venía a devolver. Entonces el tipo aquel me dijo con una sonrisita cínica, que si yo estaba dispuesto a firmarla aún en contra de la voluntad de mis padres que lo hiciera, que él se ocuparía de darle curso. O sea, aquel imbécil me estaba proponiendo con la mano en la cintura el traicionar a mis padres.

La bajeza de aquella propuesta me impactó como un galletazo. “Esto te pasa por tonto” -pensé para mis adentros. Yo mismo me había metido en una situación difícil. Si le decía que no, le estaba confirmando que para mí mis padres valían más que la Revolución y sus supuestas necesidades, algo que no sería bien visto por alguien tan fanático. Y si le decía que sí, estaba traicionando a mis padres y tirando por la borda muchos años de amor y cuidados, junto con sus esperanzas e ilusiones puestas sobre mí, su único hijo.

Por supuesto que al final le dije que no, que yo no iba a ir en contra de los deseos de mis padres, pasara lo que pasara. Que yo sí quería ser piloto, pero no a costa de perder la familia. No sé qué consecuencias tuvo esa respuesta para mi dossier, pero sospecho que no fueron muy buenas.

Muchas veces he pensado que si hubiera dicho que sí, hubiera terminado preso, fusilado o quizás convirtiéndome en émulo de Orestes Lorenzo o del Mayor Aspillaga y cayendo en manos de la CIA, los cambios de identidad, los planes de testigos protegidos etc, cosa que tampoco me atrae en lo absoluto.

Sin embargo, de aquel episodio obtuve una enseñanza: la ralea de aquellos tipejos que eran capaces de poner a un adolescente en semejante disyuntiva.

Epílogo necesario

En los tres artículos anteriores que he escrito sobre el IPUE Raúl Cepero Bonilla, he tratado de describir (I) los antecedentes de cómo y porqué entré allí, (II) algunas historias sobre nuestro comienzo, la organización y la rutina diaria, y (III) mis recuerdos de la IV Recogida de Café. Aquí en el cuarto artículo, he contado algunas anécdotas que no cabían en ninguno de los anteriores y que forman parte de mis recuerdos.

Siento, sin embargo, que lo más importante queda por decir. Es innegable que al mismo tiempo que nosotros, los alumnos del Cepero, recibíamos una educación privilegiada con el más o menos velado objetivo de convertirnos en futuros cuadros del gobierno, en el país funcionaban las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción, el eufemístico título con que llamaron a los gulags o campos de concentración castristas para disidentes, religiosos y gays) y se producían otras muchas formas de abuso a los derechos ciudadanos bajo el manto del fervor revolucionario de aquellos primeros tiempos.

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Y mientras nosotros no seamos capaces de exorcizar esa especie de pecado original, no pasaremos de ser un grupito de viejos alegres y frívolos que se comunican con nostalgia de vez en cuando para recordar pasadas glorias, ocurridas mientras el resto del país se caía a pedazos a nuestro alrededor.

Por supuesto que cada cual tiene el derecho a pensar y actuar según su criterio, siempre que no dañe a los demás y acepte las consecuencias de sus actos. Ese es el meollo de la democracia, del libre albedrío y hasta de la felicidad. Los problemas comienzan cuando TÚ quieres que sea YO el que actúe según tus ideas, sin considerar las mías. Porque tu derecho a pensar y actuar según tu criterio, termina exactamente donde comienza el mío a hacer lo mismo. Y eso, que se llama tolerancia, no se enseñaba en el Cepero ni en ninguna otra escuela del país. Más bien, lo contrario.

No deberíamos permitir que el sentimiento de nostalgia por nuestra juventud o la desilusión de aceptar que le dedicamos varios años de nuestras vidas a un ideal que resultó un fiasco, nos impida criticar decididamente a una dictadura que ha llevado la miseria material y espiritual al pueblo cubano y ha cometido innumerables crímenes y locuras a lo largo de más de 50 años. Pero eso es una tarea personal, cada cual tiene que enfrentarla solo.

En cierta forma, todos somos como don Alonso Quijano y tenemos que aprender a luchar contra nuestros molinos de viento. Ojalá que al menos la mayoría de nosotros tengamos éxito.

Jafet Enríquez, Marco Antonio Lopez y yo. Foto tomada en Lago de Guadalupe, zona un tantico al norte de México DF, en 2010.

Esta foto pordría titularse “La felicidad del reencuentro”. De izquierda a derecha: Ing. Marco Antonio Lopez, Alfredo Zayas (yo, con una playera de Walt Disney World) y Jafet Enríquez (alumno de la primera generación del Cepero). Foto tomada en Lago de Guadalupe, zona un tantico al norte de México DF, en 2010.

Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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5 respuestas a El Cepero (IV y final)

  1. Oliverio Carralero Quintero dijo:

    Cuantos recuerdos del Cepero Bonilla, fui hace tres años y no me dejaron tirar fotos, no obstantes lo hice desde afuera, soy del grupo 1964-1967, Oliverio Carralero, de Victoria de Las Tunas y eramos de los que dormiamos los sabados en la escuela, en ese grupo recuerdo a Andres Hassan, Aristides Martinez, Manuel Mariño, Manelo, Ivette Henquen Madruga. Un abrazo desde Naples EUA

  2. Pitiminí dijo:

    ¿Francisco Calle? Que también fue profesor en el Instituto de la Víbora. Hubo una época en que se hacía llamar José Mata, el hombre era un comunista exiliado en Cuba, salió huyendo de España tras la guerra civil, y tuvo la desvergüenza de decir en una reunión del comité, eso fue a principios de su creación, que había matado a 13 curas en España y que si tenía que volver a hacerlo lo haría. Mi madre estaba presente en esa reunión, ella había ido porque decían que se iba a tratar un asunto de la falta de agua y el problema que había con un vecino que tenía un motor “ladrón”. Nunca más volvió a pisar una reunión.

    • azayas48 dijo:

      Hola, Pitiminí. Bueno, no te puedo asegurar que era el mismo, pero me parece que con mucha probabilidad, sí. Y en lo de matar curas no me consta, pero no creo que estuviera exagerando. Perfectamente podría ser cierto, en mi opinión su perfil psicológico era el adecuado al asesino por ideología. La Guerra Civil Española fue una matazón espantosa, y los abusos que cometieron los comunistas son famosos. Incluso, eso le daría una fuerte razón para emigrar a Cuba, tú sabes que el Fifo recoge y ayuda a cuanto criminal anda suelto por ahí huyendo de la justicia. Claro, en aquel tiempo nosotros no sabíamos mucho del mundo y menos del pasado de nuestro director… Saludos, Alfredo.

  3. César Rodríguez dijo:

    Increíble, con algo de retrazo encontré este blog que me ha gustado mucho por ser la experiencia de alguien de mi generación con recuerdos tan similares a los mios que me atrapó su lectura como magia. Gracias Alfredo es muy bueno y reconfortante tu blog. Miles de recuerdos personales similares en lugares tan conocidos me llegaron todos de golpe y casi me sentí tan ágil como era entonces. Mi infancia transcurrió en un barrio, La Ceiba, detrás del colegio Belén, aunque yo estudié en el Ledo cerca de la Plaza de de Marianao. Mientras tu estabas en el Pre. yo estaba en una Secundaria en Bauta, después estudié en la Academia Naval del Mariel como cadete de guerra (guardiamarina) con la ilusa esperanza de “pasar” allí mismo, a la Mercante. Años después terminé trabajando como mecánico en el paradero de la Víbora, frente al Cepero. Desde el 70 quería irme de Cuba, pa’ donde fuera y no logré hasta el 98. Hoy vivo en Chile. Saludos.

  4. Angel dijo:

    Me gusto mucho la pelicula ” Alicia en el pueblo de Maravillas de Noveras” y todavia veo algunos de sus pasajes sobre todo cuando quiero ejemplificar a algun amigo sobre lo que pasa en Cuba y nunca me explique como el Sr. Diaz pudo ser perdonado al menos de forma aparente y creo el estaria claro al respecto. Estuve leyendo algunos comentarios sobre Daniel Diaz Torres (falleció recientemente) y en uno de ellos lo describía como “disidente amable” que si lo traduzco a nuestro comportamiento en Cuba es “doble moral” o quizás “convivir con enfermedad crónica”.

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