El galletazo de Rogelito

Torres de 12 y Malecón

Transcurrían los años finales de los 60. Luego de graduarnos de prepa en el IPUE Raúl Cepero Bonilla, muchos de nosotros recibimos automáticamente una beca para continuar nuestros estudios en la Universidad de La Habana. A mí no me resultaba imprescindible -mis padres vivían en Miramar, a escasos 3 km-, pero acepté un poco por inercia y otro poco por ahorrar la comida de la cuota: como en la beca me darían de comer, no iba a gastar la que me daban en mi casa por la libreta. En un país en donde prácticamente todo estaba racionado, el ahorrarse unos cuantos frijoles no era argumento como para ser despreciado.

En aquel tiempo muchos de los becados universitarios que estudiábamos en la colina (así le dicen al campus original, porque está en la punta de una colina en el Vedado) residíamos en un par de edificios frente al mar, conocidos por su dirección: “12 y Malecón”. Eran un par de edificios altos, de unos 15 ó 20 pisos cada uno, que el gobierno había tenido el descaro de arrebatárselos a sus dueños recién terminados y pintaditos, casi sin estrenar, y los había dedicado a albergue de los estudiantes becados. Una torre era de hembras, la otra de varones.

Por cierto, uno de los primeros administradores del lugar -sino el primero- era un señor de apellido Gallardo, canoso y con un gran bigote de escobillón, que había sido profesor del Colegio de Belén durante muchos años cuando yo hacía allí la primaria, de manera que nos conocíamos. El era un hombre entrado ya en años, yo era un adolescente. Pero me reconoció enseguida y me hizo el cuento de cómo fue la intervención del colegio. Sabía los detalles, porque precisamente él fue el jefe de los interventores. Y me contaba cómo los curas jesuitas, que siempre me habían dicho que dar la vida por Cristo y por tu religión era un honor y te abriría automáticamente las puertas de Cielo, en vez de plantarse firme y decirle a los que venían a adueñarse del colegio: “Para intervenir este colegio tendrán que pasar por sobre mi cadáver”, se humillaban ante Gallardo para que éste les dejara sacar una mesa, una silla, un televisor. Así que una cosa me decían a mí, y otra muy distinta hicieron cuando les tocó a ellos demostrar la firmeza de sus ideas. Haz lo que yo digo, y no lo que yo hago. Por ahí más o menos comenzó mi desencanto con la Iglesia Católica, por cobarde. Pero continuemos con el relato central de este cuento.

A pesar de la comida, el ambiente en 12 y Malecón no era de mi agrado. Ya había estado tres años becado en el Cepero y allí las cosas tampoco me gustaban, pero al menos había cierta disciplina. La nueva beca de 12 y Malecón tenía todos los defectos de Cepero, y ninguna de sus virtudes. El hecho de que ya éramos casi adultos no permitía que nos impusieran reglas muy estrictas, pero eso se traducía no en responsabilidad y buen comportamiento, sino en relajo. Además, el edificio no había sido pensado para albergar a tanta gente sino que estaba divido en apartamentos normales. Y como nosotros éramos muchísimos más que los ocupantes para los cuales habían sido diseñados, dormíamos hacinados  en literas de a seis por cuarto, lo cual no hacía muy agradable la simple estancia en el lugar.

Los baños de los apartamentos eran otro problema, imagínense qué pasaría en una casa en donde vivieran cinco veces más personas que las esperadas por diseño, y más teniendo en cuenta que muchos de aquellos dizque estudiantes universitarios, eran guajiros ñongos que tapaban los inodoros intentando usarlos como ductos de basura, tiraban los papeles sucios al piso y no tenían idea de lo que significaban las palabras higiene o urbanidad.

Pero lo que más me producía sensación de desarraigo y rechazo, era la falta de muebles. Si al menos la sala de cada apartamento hubiera contado con un sofá o algún otro mueble que diera sensación de haber llegado a una casa, la cosa hubiera sido más llevadera. Pero lo que había en la sala eran unos pupitres de madera, toscos y maltratados, que hacían las veces de bancos de estudio, nada más. Y en vez de cuadros que alegraran la vista, había unos tableros de bagazo que servían para colocar estúpidas proclamas y todo tipo de propaganda política. En comparación, los largos pasillos, dormitorios y baños en batería del Cepero resultaban infinitamente superiores porque al menos habían sido diseñados para escuela (el Cepero Bonilla estaba en lo que antes había sido la escuela de los Maristas de la Víbora). Se diría que a los comunistas no se les da bien el concepto “hogar”, o el concepto “familia”. ¿O será que precisamente sienten que el hogar y la familia son valores que compiten y se contraponen al estado-papá, y por ello los odian y tratan de destruirlos por todos los medios a su alcance?.

Y en esa selva, vivía Rogelito.

Rogelio Espinosa era definitivamente, un tipo especial. Venía de Oriente, creo que de Santiago de Cuba. Era compañero mío de salón en la Escuela de Física. Pero no sé cómo se le ocurrió estudiar ahí, porque era bruto como un arado para la matemática y la física. Pero no lo era para la “bichería”, o sea, para la habilidad de esconder sus debilidades como estudiante debajo de una cobertura de joven revolucionario. Esto hay que explicarlo aparte para los que no conozcan la técnica: desde sus comienzos, el desgobierno cubano alienta la actitud de permitir cualquier comportamiento, por injusto o descabellado que sea, siempre que la persona demuestre ostensiblemente una adhesión a toda prueba a “la Revolución”. Esto, por supuesto, permite que personas poco calificadas obtengan posiciones que de otro modo no lograrían de ninguna manera, a costa de la eficiencia. Pero esto no preocupa grandemente al gobierno. El resultado es que toda la sociedad padece de una inversión de valores y una ineficiencia generalizada, en donde los menos capacitados ocupan las posiciones claves y entorpecen el normal funcionamiento de las instituciones, y se protegen de las críticas adulando al estado y sus líderes. No hay más que observar el estado de la economía cubana en la actualidad (la zafra, por ejemplo, tiene rendimientos y volúmenes comparables a los tiempos coloniales, 1850 aprox.) para comprobar el deplorable resultado de esta política.

Pero en el caso de Rogelito las cosas iban más allá. El no solamente escondía sus pésimos resultados académicos bajo su militancia en la Juventud Comunista, sino que pretendía obligar a los demás a participar en toda actividad de apoyo al gobierno, como podía ser por ejemplo, los círculos de lectura para estudiar los discursos del Fifo (una cosa aburridísima), la participación en los trabajos voluntarios (que de voluntarios sólo tenían el nombre), o en los mítines políticos para “apoyar” la locura de moda del Coma-Andante, que ha tenido millones de ideas estúpidas durante su larga dictadura, como la desecación de la Ciénaga de Zapata, la siembra de pangola como forraje para alimentar el ganado, el Cordón de La Habana o el café Caturra, ninguna de las cuales ha tenido éxito (pero eso es lo menos importante, lo principal es la vehemente adhesión a la idea del momento, aunque a los dos meses se olvide y sea sustituida por una nueva locura).

De manera que Rogelito se creía con derecho a inmiscuirse en la vida de los demás, al punto de decidir tus horarios y tu agenda. Y ni siquiera te lo pedía sino que te lo exigía, alentado por la política injerencista del gobierno y la falta generalizada de respeto a la privacidad, a la libertad individual y a las decisiones personales. De más está decir que a la mayoría de nosotros Rogelito nos caía como una onza de plomo. Y con mayor o menor éxito, procurábamos hacerle “el caso del perro”, es decir, ningún caso.

Para poner un ejemplo de hasta donde llegaba en sus afanes, les contaré que Rogelito tenía una novia. Bastante agraciada, por cierto. Y sin embargo, la perdió. El motivo fue que una vez la dejó esperando en una cita. Y cuando por fin se vieron  y la muchacha le reclamó por su falta, Rogelito le explicó que había tenido una reunión imprevista del núcleo y que lógicamente la Juventud Comunista tenía prioridad. Así que la novia le contestó que ya que él tenía ese orden de prioridades, lo iba a dejar para que tuviera tiempo de dedicarse a su amada Juventud Comunista…

Con el que no le salieron muy bien las cosas a Rogelito, fue con Quevedo. Quevedo era un compañero de carrera, también venido de Oriente. Muy tranquilo, muy estudioso y callado, con una barba cerrada, unos lentes grandes de plástico obscuro y un carácter apacible. Nunca hubiéramos pensado que las cosas llegaran a donde llegaron. Pero parece que la insistencia de Rogelito en que Quevedo hiciera las cosas cuando y como él decía, llegaron a un extremo. Quizás por ser también Oriental, Rogelito se creía aún con más derecho a mandarlo. Y Dios sabe qué le dijo Rogelito a Quevedo, pero el caso es que un buen día Quevedo no pudo más, y “le pasó el brazo”, que en el argot cubano quiere decir que le dio unos buenos galletazos para que dejara de molestarlo. Y Rogelito, que en el fondo era un cobarde, “se quedó dado”, es decir, recibió muchos más golpes de los que dio. En resumen, perdió la pelea.

Pero el desasosiego y el resquemor por haber perdido no lo dejaba tranquilo. Y aprovechando que los dos vivían en 12 y Malecón, esa noche, mientras Quevedo estudiaba en uno de los pupitres de la sala, se le apareció Rogelito y le espetó: “Oye, Quevedo, lo que pasó entre nosotros no se puede quedar así”, quizás como queriendo decir que le pidiera disculpas. Pero Quevedo, que a pesar de su tranquila apariencia parece que no tenía muy buenas pulgas, lo interpretó de otra forma. Y le contestó: “¿Ah no? Bueno, ya que tú me lo pides…” y le volvió a dar una tunda de golpes. Esta vez Rogelito no sólo perdió, sino que quedó con sus ojos amoratados.

Era el colmo del descrédito. Para una sociedad especialmente machista como la cubana, el perder dos veces seguidas una pelea, equivale casi a ser maricón. Las burlas de las que Rogelito fue objeto a partir de esos sucesos, fueron interminables. Por supuesto, Quevedo tuvo que irse. Creo que se fue a terminar la carrera en la Universidad de Oriente, que por suerte en ese tiempo ya había habilitado la Licenciatura en Física. No supe nada más de él.

De Rogelito sí supe. Un tiempo después de graduarse, y gracias a su militancia a ultranza, lo mandaron a estudiar becado a Alemania. Y no sé si obtuvo o no algún grado académico, pero sí tuve noticias de que sus profesores alemanes comentaron que no habían tenido nunca un estudiante post-graduado con tan mala formación como Rogelito. Todo un honor, pero con signo negativo.

Y unos años más tarde, cuando en Cuba las cosas empeoraron aún más y comenzó el Período Especial, Rogelito, como toda buena rata, abandonó el barco. Un amigo mutuo me contó que poco antes de irse definitivamente para Alemania, lo fue a ver e intentó darle la mano. “¿Y tú qué haces aquí?” – le preguntó. “Vengo a despedirme de los amigos. Me voy para Alemania. Tú sabes, la cosa está muy mala, y como yo estoy casado con una alemana…” – fue su respuesta. “Tú no eres mi amigo y vete de aquí ahora mismo si no quieres que te de un piñazo” – le contestó mi amigo.

¡Si al menos hubiera defendido hasta el final las ideas que decía profesar, y aceptado la derrota con dignidad!… Me vienen a la cabeza aquellas palabras de Lenin: “Siempre, detrás de un extremista, se esconde un oportunista”. Tenía razón, y eso que yo no soy leninista.

No he sabido más nada de él. Pero me imagino que si no se ha encontrado con otro Quevedo que en vez de un piñazo le haya dado un balazo, andará medrando por ahí, tratando de sacar ventaja de todos sin arriesgar el pellejo ni doblar el lomo, como siempre.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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5 respuestas a El galletazo de Rogelito

  1. Pingback: La Primavera de Praga y El Desafio Americano | Las cosas que me gustaría saber

  2. cuco dijo:

    Cuba, lamentablemente, esta llena de Rogelitos

  3. Pingback: El Cepero (IV y final) | Las cosas que me gustaría saber

  4. Alberto S. Segrera dijo:

    Estimado Zayas: Respeto tus motivos de desencanto con la religión. Pero la versión de Gallardo que citas es tendenciosa y falta a la verdad.

    • azayas48 dijo:

      Hola, Alberto. Nada me gustaría más que equivocarme en lo de la actitud de los curas de Belén cuando les intervinieron el colegio. Pero me la contó el propio Gallardo, yo la oí de sus labios. No creo que puedas negar el hecho de la intervención y el que convirtieran el edificio en la sede del ITM (Instituto Técnico Militar), la universidad que preparaba los oficiales para las guerritas del Fifo. Tampoco me enteré que hubiera curas muertos, todos se dejaron atropellar. Eso refuerza la historia que me contó Gallardo. No explicas por qué calificas de “tendenciosa” la versión de Gallardo. Podrías explicarte, por favor?

      Por otra parte, la actitud de la Iglesia Católica (e incluso otras iglesias cristianas y no cristianas) con el régimen del Fifo ha sido y sigue siendo de una colaboración vergonzosa con el régimen castrista. El Fifo los mangonea y ellos se dejan a cambio de algunos huesitos o prebendas, y utilizan su influencia entre los feligreses para apuntalar la dictadura. Lo mismo que hizo Pio XII con los nazis, que hasta firmaron un concordato. Yo tengo en mi laptop varias fotos de cardenales haciendo el saludo nazi, rodeados de jerarcas nazis con la cruz gamada colgando del cuello. Y hasta una de Benedicto XVI vestido con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas. A poco vas a decir que las fotos son falsas y que lo del concordato es una calumnia? Bien mirado, el cuento de Gallardo es pecata minuta en comparación a los crímenes de la Iglesia: la Inquisición mató miles de infelices por denuncias estúpidas de herejía, hace menos de 200 años que quemaron al último, un profesor español que cometió el “inmenso” crimen de no llevar a sus alumnos a misa… O los 1000 años de oscurantismo medieval, en donde se perseguía la razón y la ciencia, y se exaltaba el fanatismo y la fe ciega? En fin, por poquito que le rasques a la historia, aparecen los crímenes de la Iglesia Católica.

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