El Cepero (I)

Raúl Cepero Bonilla, famoso economista cubano, Ministro de Comercio (1959-60), Presidente del Banco Nacional de Cuba (1960-62), muerto en un accidente de aviación en Perú en 1962 durante una gira de trabajo.

Antecedentes

Cuando a mediados de 1961 el Fifo decidió intervenir las escuelas privadas -es decir, acabar con ellas- yo estaba comenzando la enseñanza secundaria en el Colegio de Belén. Había ingresado a esa escuela en 1953 y cursado 8 años en total: los 6 años de la Primaria, un año equivalente a 7mo. grado al cual le llamábamos “Ingreso” y el primer año del Bachillerato.

Monograma que usaban los alfabetizadores en la camisa

En ese verano comenzó la Campaña Nacional de Alfabetización, que consistió en el reclutamiento de miles de voluntarios para enseñar a leer y escribir a los analfabetos de toda la Isla. Eran los tiempos iniciales de la Revolución, y un halo de romanticismo rodeaba cada una de sus iniciativas. ¡Qué bonito era ayudar a nuestros hermanos! Imaginen un guajirito nacido allá en lo más intrincado de la Sierra Maestra. Para él, la palabra Estado no tendría sentido. Siempre habría sido ignorado. Ni escuelas, ni hospitales, ni nada. En todo caso, el Estado sería para él algo representado por el Ejército, del cual sólo habría recibido abusos y muerte. Y de buenas a primeras, se aparece un tipo con un farol, un boina y unos papeles, preguntándole el nombre. ¿Y para qué quiere mi nombre? -preguntaría el guajirito, siempre desconfiando de los extraños. ¡Para enseñarte a leer y escribir, compañero! -le respondería el alfabetizador. ¡Ah caray, parece que para esta gente yo sí existo! -seguramente pensaría. Y de ahí surgió buena parte de la leyenda de la Revolución Cubana como benefactora de los humildes, algo que ha cautivado durante decenios a los bien intencionados pero ingenuos intelectuales de izquierda de todo el mundo.

Sin embargo, y aunque yo sé que es cruel desinflar ilusiones, la vida me ha enseñado a posteriori que en aquel acto de romanticismo habían segundas intenciones: en primer lugar, propaganda. ¿Adivinan la palabra que utilizaba la cartilla de alfabetización para presentar la letra “F”? ¡Claro, F-idel! ¿Y para la “R”? ¡R-evolución! ¿Y la “I”? Naturalmente, “I-mperialismo”! En segundo lugar, el involucrarte de alguna forma en una actividad -lo mismo como alumno que como profesor- que te hiciera sentir que tú eras parte de una epopeya. Esta razón es sutil y propia de mentes profundamente conocedoras de la naturaleza humana, como los jesuítas, por ejemplo (por algo el Fifo estudió con ellos). Y la tercera, atenuar el alboroto por la nacionalización de las escuelas privadas. El tiempo empleado en la Campaña de Alfabetización, trabajaba a favor del gobierno.

Como la Campaña se prolongó más allá de las vacaciones de verano, hubo que recortar el siguiente curso escolar. Yo no asistí al mismo, porque no había alfabetizado y se decía -¡siempre los rumores sin confirmar!- que los que no lo habían hecho no iban a poder estudiar y además mis padres andaban en esos tiempos indecisos, pensando en mandarme a continuar mis estudios en EU. De manera que dejé pasar sin asistir a clases el curso siguiente a la alfabetización.

Desde pequeño a mí me encantaba ir a Trinidad -mi pueblo natal- a pasar cuantas vacaciones tenía en la escuela, para jugar con mis primos y mis amigos trinitarios. Y por supuesto, ahora que tenía tanto tiempo libre, ahí fui a parar. En La Habana también tenía amigos, pero muchos de ellos se estaban iendo a EU, y además me sentía más a gusto en la casona colonial de mis abuelos. Todavía había magia en los pueblos antiguos, y yo la disfrutaba.

Yo con unos 12-13 años, o sea, mas o menos  en el tiempo de este relato

Sin embargo, justo antes de comenzar el curso escolar 1962-63, yo seguía en Trinidad sin estudiar, y comencé a preocuparme porque esa situación se prolongara. Le dije a mis padres que yo quería asistir de nuevo a la escuela, y que si tenía que ser en una pública, lo mismo daba que fuera en La Habana o en Trinidad, y que yo prefería esta última. De manera que me inscribieron en la secundaria del pueblo, de nombre Carlos Echenagusía Peña, en el segundo año. En realidad hubiera podido entrar en tercero, pero yo mismo pedí que fuera en segundo, porque no conocía bien los planes de estudios estatales y al haber perdido un año, temía que no estuviera a la altura del tercero. La realidad se ocupó de desmentirme, y comprobé en la práctica que en Belén se impartía una docencia muy superior a la de las escuelas públicas. Pero no lamenté mi decisión, porque disfruté a plenitud mis dos años de adolescencia en la Secundaria Básica de Trinidad. Literalmente, sacaba las mejores notas y me sentía como pez en el agua.

Siempre recordaré que cuando comenzamos a aprender electricidad, hice llorar de vergüenza a mi primera profesora de Física -Martica Hernández Palau- al querer que ella me explicara delante de toda el aula la naturaleza de la carga eléctrica, algo que definitivamente no se sabe, pero ni ella ni yo sabíamos que no se sabía.

Mis calficaciones de Física – Curso 1962-63. Modestia aparte, en casi todas las asignaturas sacaba notas parecidas a ésta. Sí, aunque no lo crean, aún guardo mis calificaciones de Secundaria Básica.

Aunque en Cuba ya había comenzado el éxodo de la clase media hacia EU, en los pueblos pequeños el fenómeno del exilio avanzaba más lentamente, y por ello todavía en Trinidad existía una cierta “sociedad de élite” rural a la que sin lugar a dudas yo pertenecía, dado el abolengo de mi familia. Eso, aunado a que ya los curas de Belén me habían enseñado gran parte de los conocimientos que ahora recibía de nuevo en la escuela pública, hacía que me sintiera cómodo y tuviera tiempo para disfrutar de la vida. Incluso tomé clases particulares de mecanografía (lo cual me ha servido muchísimo durante toda mi vida) en la Academia de Joaquina y Marcos, de taquigrafía con Marta Marcos (hija del matrimonio anterior), de inglés con el Sr. Velázquez, un pintoresco personaje trinitario que se vestía a la moda de los  neoyorkinos de los 40 con sombrero, saco a cuadros y corbata de lacito, y de álgebra con Pancho Mauri que además de ser un lince en matemáticas tocaba el violín, era hijo de una de las familias más adineradas de Trinidad y dueño de una inteligencia de excepción, pero que le dió por la bebida y arruinó su vida. De niño mis padres me habían puesto un famoso profesor habanero de guitarra -Humberto Bonet- y aunque nunca aprendí bien el instrumento porque francamente no tenía aptitudes para ello, mis conocimientos rudimentarios me sirvieron para ingresar en un combito juvenil que me permitía asistir a cuanta fiestecita daban mis compañeritas, con la consiguiente diversión que trae aparejada semejante actividad. En fin, que me divertía de lo lindo.

Sin embargo, mientras mi vida de adolescente transcurría en una burbuja de bienestar, los acontecimientos en mi país y especialmente en mi pueblo, tomaban un cariz mucho más grave: Trinidad se había convertido en el centro logístico de la Lucha Contra Bandidos, el término eufemístico con que el Fifo llamó al aplastamiento de los grupos rebeldes que se habían alzado en contra de su régimen en la zona montañosa del Escambray. Muchos de esos hombres habían luchado contra Batista en las guerrillas de Fidel, pero se habían dado cuenta que el Fifo tenía intenciones de convertirse en dictador comunista y se habían alzado de nuevo, esta vez en contra de su antiguo jefe. Trinidad hervía de milicianos y pertrechos militares de todo tipo, porque era el pueblo más cercano al frente de combate.

Manuel Ascunce Domenech y Pedro Lantigua Ortega

Recuerdo perfectamente que una tarde cuando regresaba de mis clases de mecanografía vi un gran gentío en la funeraria de la calle Gutiérrez esquina a Desengaño, principalmente milicianos. La curiosidad hizo que me bajara de la bicicleta y entrara a ver de quién se trataba. Eran Manuel Ascunce Domenech y Pedro Lantigua Ortega, dos muchachos jóvenes que habían sido muertos por “los alzados”, es decir, por las guerrillas en contra del Fifo. Las razones nunca estuvieron muy claras. Los fidelistas decían que eran simples e indefensos maestro el primero y administrador de finca el segundo y que los habían matado porque los alzados eran unos asesinos. Los gusanos decían a sotto voce que los habían matado porque no eran maestros ni administradores sino espías del gobierno, situados en las lomas del Escambray para detectar los movimientos de los alzados. El escándalo en la prensa fue nacional y provocó, inducidos por ella, la ira de buena parte de la población cubana durante meses.

La historia me impactó de cerca porque además de haber visto los cadáveres, el lugar en donde los habían matado era muy cercano a Limones Cantero, una de las poblaciones del Escambray que siempre aparecían en los apacibles relatos que me hacía mi abuela, porque su juventud había transcurrido en ese lugar.

Osvaldo Ramírez García

En realidad actos brutales, como en toda guerra, fueron cometidos por ambas partes. Cuando los milicianos capturaron y mataron a Osvaldo Ramírez, uno de los principales líderes rebeldes, subieron el cadáver a un camión militar y lo tiraron en el parque principal de Trinidad para que el que quisiera lo escupiera, lo arrastrara y lo pateara a gusto. Por supuesto que hubo quien lo hizo. Para ellos era una especie de trofeo de caza. Y por supuesto que también hubo otra parte de la población para la cual ese acto constituyó una profanación vana e inútil de un cadáver, que daba la medida de la bajeza moral de sus captores. Esta vez la prensa local, provincial y nacional se quedó callada, de manera que resulta difícil encontrar una referencia al caso. Esto es un ejemplo claro de por qué las dictaduras necesitan censurar la prensa. Pero a mí, al menos esa vez, no pudieron engañarme, yo sé que sucedió.

Esto lo cuento para dar una idea del ambiente de crispación que existía en ese momento en Trinidad, y que se entienda mejor las implicaciones de un comentario mío en una clase de Historia.

Yo estaba ya en tercero de Secundaria Básica y mi posición ante la vida estaba formada en gran parte por esa fatua actitud retadora que se produce con frecuencia durante la adolescencia. Me sentía, para decirlo de alguna forma, como una especie de macho alfa en ciernes. Recordaba las advertencias de mi abuelo sobre los peligros de las dictaduras comunistas, pero no quería admitir que yo estaba siendo atrapado por una de ellas. Mi suerte no podía ser tan mala -pensaba yo-. De ahí que mientras la mayoría de los adultos que me rodeaban tenían miedo de expresar cualquier opinión que contradijera la del gobierno, yo no sentía ese miedo. Y por ello le dije a la profesora en una clase de Historia que “los milicianos eran como las gallinas en un gallinero, que no podían salirse del jaulón en donde estaban, tenían que comer lo que les dieran y que cuando el dueño quisiera las agarraba y les retorcía el pescuezo para hacer sopa“.

Lo que en realidad quería expresar era mi idea de que los milicianos carecían de libre albedrío y que eran manipulados como marionetas por el gobierno el cual los utilizaba para sus fines incluso si ello les costaba la vida (una idea que por cierto, aunque con pequeñas variantes, sigo sosteniendo para calificar a los asuntos militares en general).

Ya de por sí expresar esa idea era sumamente peligroso, pero hacerlo utilizando el símil con las gallinas en el ambiente de guerra que se respiraba en Trinidad, era el colmo de la estupidez. El revuelo que se armó en el aula fue espantoso, unos “riéndome la gracia” y otros indignados por mis palabras. Esa noche, varios profesores -entre ellos Lionella Mainegra, mi querida profesora de literatura a la cual asocio siempre con la Sonatina de Rubén Darío- tocaron con aires de conspirador en la puerta de mi casa para rogarme que me fuera para La Habana porque pensaban que si seguía en Trinidad iba a caer preso. Habían oído que algo se estaba preparando en contra nuestra.

Al día siguiente se presentó en la escuela un seguroso (un agente de la Seguridad del Estado, es decir, del organismo represivo del gobierno) y reunió a puertas cerradas en un aula a todos los que habíamos participado en aquello, es decir, a mí y a los que se rieron y celebraron mis palabras. El tipo, al menos, fue sincero. Nos dijo algo así como: “Miren, les voy a hablar bien claro: esto NO es una democracia y la siguiente vez que haya un escándalo de este tipo, me los llevo preso a todos aunque sean menores de edad. Más claro ni el agua, ¿entendieron?“. Y entendimos. Mirado con la perspectiva que dan los años, el tipo me hizo un gran favor: me confirmó, sin lugar a dudas, que el fidelismo era una dictadura.

Por eso cuando llegó la convocatoria para las becas en el Cepero Bonilla, yo estaba completamente seguro de que no sería elegido para participar en las oposiciones. Pero me equivocaba.

Además del escándalo por mi chistecito sobre las gallinas y los milicianos, habían ocurrido otras cosas. Algunas chuscas, como cuando a Eduardo Zerquera, el profesor de Química -un pedazo de pan en dos patas- le escondieron una gallina en una de las gavetas de su buró, con el consiguiente alboroto cuando al abrirla, aquella ave salió volando espantada por toda el aula. O cuando Loli, mi prima, me hizo creer que Aldo, un amigo, le estaba registrando sus papeles a la maestra de música y me instó a que lo encerrara en el closet para hacerle la maldad y que lo descubrieran ahí. Yo le hice caso y tuve que empujar la puerta bien fuerte para cerrarla porque el que estaba adentro se resistía al encierro, pero cuando nos estábamos riendo de la travesura, ví a Aldo riéndose también en una esquina del aula. ¿Y entonces a quién habré encerrado en el closet? me pregunté. Obvio: a Josefa, la profesora de música. Cuando abrí la puerta salió como un bólido y me decía: ¡Alfredo, esto sí que no te lo perdono, esto sí que no te lo perdono!. Yo me quería morir, mientras Loli y Aldo se desternillaban de la risa. Sólo mis buenas notas y la nobleza de Josefa me salvaron de la expulsión.

Pero también habían ocurrido cosas de tipo docente. Tuve la suerte que en ese último año me correspondiera como profesor de Física una persona que resultó muy inspiradora para mi futuro. Su apellido era Valladares y había intentado estudiar al mismo tiempo la carrera de física y la de medicina. No pudo con la presión docente, tuvo un colapso nervioso, y la suerte quiso que terminara como mi profesor. El sí sabía de Física. Enseguida nos hicimos amigos y me convertí en el monitor de la asignatura (monitor le decíamos al alumno ayudante). Por ese tiempo llegaron a la escuela unos laboratorios completos de física, de la marca Enosa, de España. Eran unos grandes gabinetes montados sobre ruedas,  que contenían los materiales necesarios para hacer decenas de experimentos. Había gabinetes de Mecánica, de Óptica, de Electricidad y Magnetismo… en fin, era mi sueño hecho realidad. Yo andaba por ahí con las llaves de los gabinetes y me sentía como San Pedro con las llaves del Cielo.

Todos los años el Ministerio de Educación hacía competencias nacionales de conocimientos. Las había de Matemática, de Español, de Física, etc. Las competencias comenzaban a nivel de escuela, luego de municipio, luego provinciales, y por último las de nivel nacional. Valladares me convenció para que participara. Para no hacer el cuento muy largo, gané en todos los niveles hasta llegar al nacional, en el que perdí ante un oriental de inteligencia excepcional que luego fue mi amigo y compañero de prepa y de universidad, el chino Heredia, y al que muchos años después traté y vi morir de un tumor maligno en el Oncológico cuando yo trabajaba allí como físico médico. Paradójicamente fue él quien me insertó en el Hospital porque como a mí me castigaron, terminó la carrera antes que yo y cuando regresé a la Escuela de Física él era el profesor encargado de “insertar” a los alumnos, que era como le decían a colocar como trabajador en alguna empresa a los alumnos de los últimos años de la carrera. Cosas de la vida, que tiene más recovecos de lo que uno quisiera.

Pero regresemos a los tiempos de Secundaria.

Por supuesto que el ganar el concurso provincial de Física hizo que mi autoestima y la de Valladares aumentaran en buena medida. No pude dejar de pensar que si había llegado a la competencia nacional, en donde participaba sólo un representante por provincia, yo estaba entre los 6 alumnos más aventajados de la Isla en el nivel de Secundaria Básica. Pero el orgullo también era sentido por la directora de Secundaria y por las autoridades de educación pública de la región. Por ello, me imagino el conflicto de intereses que sufrieron cuando llegó la convocatoria para el examen de admisión al Cepero. Por un lado, yo era un alumno conflictivo, que ya había sido objeto de un escándalo “contrarrevolucionario”. Por otro, había elevado el prestigio docente de aquella modesta escuela Secundaria a un plano nacional, al ganar el concurso provincial de Física.

Letrero en la entrada del IPUE Raúl Cepero Bonilla (segunda ubicación, en el colegio de Maristas de la Víbora)

El Instituto Preuniversitario Especial Raúl Cepero Bonilla llevaba dos años en funcionamiento y era un intento un poco raro de establecer una escuela de élite en medio de la ola de igualitarismo que predicaban los comunistas (quizás por aquello que escribió George Orwell en La Rebelión de la Granja de que “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”…jejeje). Supuestamente, de allí saldrían los futuros dirigentes de la Revolución Cubana. Lograr una plaza en ella no era tarea fácil: los alumnos de aquella escuela eran escogidos mediante tests psicométricos de entre los propuestos por asambleas de aula realizadas en todas las escuelas secundarias del país.  Los planes de estudio eran sui géneris, diferentes a los de las otras escuelas públicas, y muy exigentes. Hasta entonces, había estado dirigido por un pintoresco personaje de origen español que había llegado a Cuba en los 40 huyendo del franquismo, Francisco Calle. Su vasta cultura se mezclaba de forma inextricable con su carácter explosivo y sus ideas de izquierda para formar un individuo recio y autosuficiente, con ciertas pinceladas de humanismo.

Francisco Calle Blanco, intelectual antifranquista refugiado en Cuba, primer director del IPUE Raúl Cepero Bonilla.

Cuando comenzó la asamblea de selección, Bernardo, un condiscípulo, me propuso. Yo enseguida traté de zafarme aduciendo razones personales que escondían mi miedo a que se revolviera la historia de los milicianos y las gallinas, pero en el fondo me sentía atraído por la posibilidad de recibir una educación de calidad, similar a la que había recibido en Belén. Recuerdo que le consulté el caso a Marta Pérez Espejo, la directora, y ésta a su vez consultó con la delegada municipal. La respuesta llevaba implícita la idea de que yo era joven y estaba influído por mi familia, pero que seguramente en un ambiente distinto comprendería la nobleza de las ideas revolucionarias. Y así, en un espasmo de democracia y tolerancia muy raro para el momento y las circunstancias y del cual siempre estaré agradecido, me vi elegido.

Los exámenes psicométricos se realizaron en Cienfuegos y hasta allá me llevó mi tía una madrugada porque todavía no tenía edad suficiente como para andar solo en una ciudad extraña. De ellos sólo recuerdo las preguntas sobre series: te daban una fila de números incompleta y te pedían que la completaras para saber si tú comprendías intuitivamente la ley de formación de cada una. Las primeras eran fáciles, números pares, impares, etc, pero se iban complicando hasta hacerse prácticamente impenetrables: combinaciones de pares, impares, primos, múltiplos, ascendentes, descendentes, en fin, un verdadero galimatías. Me imagino que estaban diseñadas para que siempre te quedaras por el camino y la nota vendría dada por la cantidad de tus respuestas acertadas hasta el primer error.

Al final, luego de algunas semanas de angustiosa espera, mi nombre apareció en la prensa nacional en el listado de los escogidos por la provincia de Las Villas. Había superado todas las barreras, estaba adentro. En apenas unos años había pasado de recibir una educación recalcitrantemente católica, a su rabiosa antítesis, el comunismo a ultranza. La consecuencia de ello es que aprendí lo mejor de los dos mundos. Hmmm… ¿O lo peor? Creo que los resultados del experimento pueden ser interesantes para un psicólogo, pero los describiré en el siguiente artículo.

Lista de ganadores de becas para el IPUE Raúl Cepero Bonilla curso 1964-65

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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13 respuestas a El Cepero (I)

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  2. Felo dijo:

    Hola Alfredo, muy interesante tu historia, me trae viejos recuerdos, pero, ya que cogiste algunas de las fotos de mi Blog, podías haber, aunque sea por ética, nombrado la fuente.
    También abrí una página de Facebook del Bonilla, por si te interesa unirte.
    http://www.facebook.com/groups/168004813339507/?fref=ts
    Saludos
    Felo

  3. felo dijo:

    Alfredo, yo se que no hubo mala fe de tu parte, sólo que a veces se nos escapan las cosas. ¿Ves? a mi se me escapó que estás en el grupo jajajajaja
    Espero el resto de la historia que yo no conozco, yo algún día continuaré también la mía, cuando disponga de tiempo y la Musa regrese, porque se me ha escapado.
    Un abrazo
    Felo

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  6. Enrique Feterman dijo:

    que dicha ! ( dicho popular Costarricense ) que aparecen estas historias, para recordar las epocas de nuestro. Alfredo soy del 2do grupo, estuve bastante desligado despues que me gradue por mis actividades y luego emigre en 1978, pero recuerdo algunos compañeros de tu generacion; como Rolando Perez y Luis Alvarez, entre otros; creo tener un pequeño y lejano recuerdo de ti / saludos / Enrique Feterman

  7. thamara gomez dijo:

    que descaro !! despues que se lo robaron,, a sus verdaderos duenos.!!!!!! todavia hay cubanos que crean en esta gentuza

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