La felicidad cabe en una maleta (III)

“I don’t know if we each have a destiny, or if we’re all just floating around accidental-like on a breeze.  But I think maybe it’s both.  Maybe both are happening at the same time.”

Yo no sé si cada uno de nosotros tiene un destino o si solo estamos como flotando accidentalmente en la brisa. Pero pienso que posiblemente las dos cosas sean ciertas. Quizás ambas ocurran al mismo tiempo. Forrest Gump.

Creo que el relato de mis éxitos y mis fracasos no estaría completo sin una descripción de los principales vecinos de mi edificio y de mi barrio, porque el ambiente en que transcurre tu niñez influye notablemente en tu formación y tu psiquis. En artículos anteriores hablé de mis principales amiguitos y sus papás. Ahora le toca el turno al resto de los adultos. No soy muy dado al chisme y durante meses he pensado si hacerlo o no, pero si pretendo que mis memorias sean creíbles tengo que contar la verdad tal como la veían mis ojos de niño o de adolescente.

“My Mama always said, ‘You got to put the past behind you before you can move on’.”

Mi mamá siempre dijo, ‘Tienes que poner el pasado detrás de tí antes de que puedas moverte hacia adelante’. Forrest Gump.

Ada y Raúl

Mis padres y yo conocimos a Ada y Raúl allá por 1956, al mudarnos a Miramar. Eran los vecinos del apartamento de exactamente encima de nosotros. Ella, la Dra. Ada Kourí, era cardióloga e hija de un médico famoso. Él, Raúl Roa, un intelectual, periodista y profesor universitario de larga trayectoria marxista, que luego del triunfo de la Revolución fue durante muchos años Ministro de Relaciones Exteriores del desgobierno del Fifo (sí, el mismísimo Canciller de la Dignidad, como lo llamó la prensa castrista en uno de sus arranques de guataquería barata).

Ada Kourí y Raúl Roa en su juventud, bajando por una de las escaleras laterales de la escalinata de la Universidad de La Habana. Preciosa foto, sus sonrisas parecen motivadas por el amor de pareja y la esperanza en un mejor futuro, sentimiento común entre los jóvenes.

En “Un pedacito de Historia” hice el cuento de cómo y porqué mis padres le salvaron la vida a Ada y Raúl cuando el batistato, y en “Lord Jim” explico cómo muchos años después de aquello, ya en plena Revolución, él salvó la mía junto con mi carrera de físico.

Raúl Roa en una comparecencia ante la televisión cubana. Posiblemente 1960. Siempre con su cigarrito. Fumaba al menos dos cajas diarias, unos 40 cigarrillos.

En cuanto a lo de la dignidad… ahí sí que discrepamos. Creo que el Fifo fue un despreciable y megalómano dictador cuya gestión ha sumido a mi patria natal en la terrible miseria material y moral en que se encuentra actualmente. Pero al menos -dicho sea esto en su descargo- yo tengo la ventaja de haber visto la película hasta el final, mientras que Roa sólo vió las primeras escenas, en donde el héroe todavía disfrutaba de cierta credibilidad que sugería la romántica visión de David enfrentando a Goliat. Además, sospecho que él fue uno de los primeros en darse cuenta del fiasco del comunismo castrista. Eso explicaría sus palabras luego que yo le contara que me habían botado de la universidad por mis ideas sobre política: “Yo pensé que venías a pedirme una beca. No sé cómo te has dejado enredar por esta gente”. Pero no es lo mismo ser un tipo común y decepcionarse del Fifo, que ser su canciller. Se supone que tú tienes que defenderlo a capa y espada en los foros internacionales, incluída la ONU, ante los ojos del mundo. Y traicionarlo o ir en contra de sus intereses o imagen pública, te puede costar la vida, donde quiera que te metas. No serías el primero. Verbigracia…

El Che Guevara y Raúl Roa. Major Ernesto Che Guevara (1928 – 1967), Cuba’s Industries Minister and head of the National Bank of Cuba with Cuban Foreign Minister Raul Roa (1908 – 1982) at Havana Airport, 17th October 1962. (Photo by Alan Oxley/Getty Images)

Otro asunto que aunque no lo demuestra me induce a pensar así es Raulito, el hijo de Ada y Roa. Cuando lo conocimos yo era un vejigo de 7 y él un joven de unos 18 ó 20 años, con las cejas muy negras y pobladas. Era amable, tenía la sonrisa enigmática de su mamá y el aspecto de un intelectual en ciernes, pero no el don de gentes de su papá. Es más, parecía alguien que gustaba del elitismo burgués. Y no es que eso sea tremendamente malo, pero sí contradice la posición filosófica de la dictadura del proletariado, en donde los obreros son vistos con simpatía y los burgueses con desdén (desde luego, yo sé que en realidad no hay alguien más elitista que un intelectual de izquierda). Por ello no me extrañó mucho cuando al triunfo de la Revolución, en vez de participar activamente en el gobierno como era de esperarse del hijo de una figura tan cercana a Castro, optó por casarse con una italiana e irse del país.

Claro, también sé que el lograr que tus hijos sean continuadores de tu pensamiento no es un arte que dominen muy bien los comunistas. Del Fifo para abajo, prácticamente todos los dirigentes tienen hijos viviendo en el extranjero, en lugar de estar ayudando a su papá a “construír el socialismo” como era de esperarse de un buen hijo pródigo.

Para hablar sólo del Fifo, desde la pobre Alina, que se escapó de Cuba y escribió un libro en donde saca los trapos sucios de toda la familia incluyendo a su abuelo cuatrero y asesino, pasando por Tony, el bon vivant que pasa sus vacaciones con sus amigotes y sus putas en los antros de Grecia  y Turquía, hasta Fidelito, el suicida (mmmm….. no lo habrán “suicidado” sus primos por asuntos de sucesión al trono?), esa familia es un claro ejemplo de lo peor del género humano.

El caso de Raulito se complica aún más porque si mi memoria no me engaña, recuerdo un discurso del Fifo en donde despotricó contra él como le gustaba hacer cuando quería destruír a alguien, llamándolo “niño bitongo”, (su forma despreciativa para decir “niño mimado”). Parece que se enteró de que había un grupito de jóvenes que hacían chistecitos a su costa, y al inmenso ego del Fifo aquello le cayó mal. No sé cómo Roa resolvió el problema -me imagino que no le haya gustado mucho que el propio Castro criticara a su hijo- pero dicen que Raulito estuvo en la UMAP, pagando “sus culpas”. Por cierto, parece que las pagó bien, porque el resto de su vida ha trabajado como diplomático a favor del desgobierno cubano, pero en mi opinión nunca ha sido sincero (yo sé por experiencia propia que el burlarse del Fifo es un vicio muy difícil de erradicar…). El pobre, creo que desde entonces nunca ha podido librarse de un cierto halo de sospecha por parte de los “segurosos” (los miembros de la Seguridad del Estado, el organismo represor cubano, equivalente a la KGB soviética o la Stassi de la Alemania Oriental), que lo persigue a donde quiera que va. Definitivamente, la prostitución intelectual es una situación mucho peor y más degradante que la sexual. Como dice el refrán, “Roma paga, pero desprecia”.

Roa y el Fifo, posiblemente en EU.

En cuanto a la pregunta de porqué el Fifo hizo uso de los servicios de Roa, me imagino lo sucedido, no hay que ser muy listo para ello: Castro, que en el fondo no era más que un matón de barrio que gustaba rodearse de guajiros ñongos, tramposos y abyectos para poder pisotearlos a gusto, necesitaba una figura que no tuviera tipo de ñame con corbata para que fuera la cara visible del régimen en los foros internacionales. Y Roa era precisamente eso, un tipo de buen ver, inteligente, culto y de palabra fácil, acostumbrado a la réplica instantánea e incisiva.

Roa en la ONU, haciendo lo que más le gustaba: burlarse de algún representante del gobierno gringo, sacándole algún trapito sucio. Lástima que al hacerlo defendía a uno que resultó aún peor.

Para los que no lo tengan claro, el PSP (Partido Socialista Popular, que era en realidad el nombre pantalla del Partido Comunista de Cuba para esconder un poco el descrédito por los crímenes de Stalin) y que en su momento se plegó a Batista en su primer gobierno (1940-1944) llegando a tener ministros en su Gabinete (Carlos Rafael Rodríguez y Juan Marinello), al triunfo de la Revolución se enfrentó al dilema de cederle el mando al nuevo líder, o tacharlo de trotskista o de cualquier otra cosa que sirviera para no reconocer su poder. Por supuesto que Fidel, con su manía absolutista, a su vez los tachaba de timoratos y cobardes por no haber participado más activamente en su Revolución. Era la lucha por el poder, en toda su cruda y vergonzosa desnudez. Aquello dio lugar a que los miembros del PSP se dividieran en dos: los que se plegaron al Fifo (y fueron recompensados, como Blas Roca y Carlos Rafael Rodríguez) y los que se le enfrentaron y sufrieron las consecuencias por ello, como don Alfonso Bernal y del Riesgo, del cual hablaré en breve.

De una u otra forma, los hechos fueron así, y no puedo negarlos: por la razón que fuera, Roa me ayudó a regresar a la univerdad luego de que me expulsaron por gusano. Si lo hizo por la vieja amistad con mi familia o porque se había decepcionado del Fifo, es algo que desconozco. Aunque me siento inclinado a pensar que lo hizo por las dos razones. Lo cual no significa que hubiera dejado de ser comunista o socialista. Es muy difícil aceptar que no sólo “La Revolución del 30 se fue a bolina” -título de uno de los libros que escribió- sino también la del 59, y que dedicaste tu vida a un ideal falso o fracasado. Vamos, era un “comunista de salón”, como dicen por ahí. Pero sin un pelo de tonto.

Roa y el Fifo, posiblemente en 1959 ó 60.

Otro aspecto del asunto es el porqué mis padres o yo no nos aprovechamos mucho más de nuestra amistad con Roa para escalar posiciones en el nuevo status social o profesional de la Isla. Hablando por mí (y por mis padres también), la respuesta a esa pregunta sí la conozco y es la siguiente: porque yo prefiero sentirme en paz conmigo mismo y no pretendo vender mi conciencia por nada del mundo, incluyendo el dinero y el poder.

Pero me he apartado de mi época de niño para hablar de cosas que sucedieron muchos años después. Retornemos a 1956.

TenCent de Galiano y San Rafael, Cuba, años 50 del siglo XX

Aurora y Pepito

En el apartamento de encima del de Ada y Roa, vivían Aurora y Pepito. Lo primero que recibí de Aurora, fue un regaño.

Estábamos recién llegados al barrio, y yo junto con un grupo de niños jugábamos a “los pistoleros”, que consistía en dividirse en dos bandos, “los buenos y los malos” o “los policías y los ladrones”, proveerse de pistolas de juguete -de ser posible de “fulminantes” para que hicieran ruido al disparar- y jugar a matarnos entre sí (cualquier semejanza con el mundo real NO es pura coincidencia, sino un hábito inducido por el ambiente). Claro, este juego es muy ruidoso porque además de la detonación de los fulminantes, cada uno de nosotros aprovechaba para emitir sonidos onomatopéyicos al estilo de “BANG, BANG, TE MATÉ!” en la voz más alta que pudiéramos. El chiste de la cosa consistía en esconderse en algún lugar para que no te vieran a tí y tú sí vieras a los demás. Y cuando alguien te pasaba cerca… pues lo “matabas”. El asunto se complicaba aún más cuando el supuesto occiso se negaba a aceptar su deceso diciendo cosas como “Mentira, yo te disparé primero, el muerto eres tú!”. Las discusiones por quien estaba “muerto” y quién no, iban subiendo de tono hasta que prácticamente todos terminábamos gritando a voz en cuello (muy bonito juego, nos parecíamos a congresistas mexicanos en plena sesión parlamentaria, jejeje…).

En una de ésas estábamos cuando de repente se abrió la puerta del apartamento de Aurora porque en el afán por escondernos, usamos la escalera del edificio y estábamos frente a ella. Y ahí mismo empezó el regaño: que si no debíamos de gritar así, que no debíamos de jugar a eso y menos ante la puerta de su casa, etc.

Y aunque al principio sentí un rechazo instintivo porque normalmente a uno no le gusta que lo regañen, tuve que admitir que tenía razón. Con los años, sin embargo, mi relación con Aurora y Pepito se convirtió en profundo cariño, al punto que los consideré como unos segundos padres. Y para ellos, estoy seguro, yo fui el hijo que nunca tuvieron.

Por cierto, el comienzo de la historia de ese matrimonio no tiene nada que envidiarle a la más rosa de las novelitas rosa de Corín Tellado, siendo un claro ejemplo de la manida frase de que “a veces la realidad supera a la ficción”.

Cafetería del TenCent de Galiano, años 50 del siglo XX

Aurora era una muchacha preciosa, hija de una familia de clase media de origen español. Tan linda era, que trabajaba en la cafetería del TenCent de Galiano y San Rafael (TenCent era el nombre de una famosa cadena de tiendas por departamentos de los años 50, perteneciente a la compañia F. W. Woolworth) y como todo el mundo sabía, para que te dieran trabajo en una tienda como esa, tenías que ser bonita, muy bonita. Y además saberte arreglar para estar elegante, y ser simpática. A nadie le gusta que una mujer fea, despeinada o de mal humor, sea la que te sirva la ensalada de pollo, el cake o el café.

Pepito era el clásico hijo de familia rica, dueña de ingenios azucareros. Un hombronazo grande y rubio. Era unos 20 años mayor que Aurora (tenía hijos grandes), y se había divorciado. Y un buen día, quizás porque fue a tomarse un cafecito al TenCent, la conoció.

Difícilmente hubiera podido darse una mejor combinación para que surgieran el amor y la felicidad: a Aurora le sobraban la juventud, el buen carácter y la belleza, y a Pepito el dinero y una hidalguía que le venía de casta y que hacía que todos sus actos estuvieran impregnados de una nobleza y un desprendimiento verdaderamente notables.

En realidad no conozco bien los detalles de su vida anterior, pero creo que aparte del dinero de su familia, Pepito tuvo que ver con la distribución de las cuotas de venta del alcohol cubano durante la II Guerra Mundial, cuando la famosa Danza de los Millones en que el precio del azúcar de caña -cuyo valor en tiempos normales no pasaba de 2 ó 3 centavos- llegó a 22.51 centavos la libra porque la cosecha de remolacha azucarera europea se vino abajo por razones obvias, además de que el alcohol (producido a partir del azúcar) era un componente necesario para la fabricación del trinitrotolueno (TNT), el explosivo que usaban las bombas utilizadas en la guerra. Por cierto, en ese tiempo en Cuba se hicieron 8 millones de toneladas de azúcar -la misma cantidad que en la fracasada Zafra de los 10 Millones de 1970– sin tener que paralizar el resto de la economía como en los tiempos del Fifo.

Casino de juegos

Aurora tenía un hermano, Angelito, que vivía muy cerca de nosotros, al final de una calle cerrada. Y una sobrina, Lilian -hija de Angelito-, rubiecita de ojos claros, a la que quería con locura. Y como vivíamos a escasas dos cuadras del mar, los días sin escuela a media mañana pasaba Enriqueta -la abuela de Lilian- caminando por frente a nuestra casa para llevar a su nieta al Club de Profesionales de Miramar, a sus clases de natación.

Ficha de juegos del Casino St. John’s, con valor de 25 pesos cubanos (en aquellos tiempos eso era equivalente a 25 USD, hoy serían unos 250).

De  Angelito no recuerdo su físico -quizás porque casi nunca lo vi- pero si que se comentaba que era mafioso. O por lo menos trabajaba de croupier o dealer en un casino habanero, creo que en el St John’s. Sin embargo, discípulo o no de Lucky Luciano, Santo Traficante o Meyer Lansky, Aurora era completamente inocente  y adoraba a su hermano.

Goldfish Velo de Novia

Pepito era dueño de un establecimiento para la venta de peces y equipo para peceras decorativas, el Vedado Aquarium. En realidad había modificado el jardín y el garage de una espaciosa casa en el Vedado que era de su propiedad, para convertirlo en las instalaciones del acuario, con una serie de grandes tanques de agua para criar y vender peces exóticos provenientes de todas partes del mundo: Japón, Malasia, Australia, el Caribe, América del Sur…

Pirañas

Recuerdo que allí vi por primera vez en mi vida a una piraña, a la cual le tiraron un pequeño pez para que yo fuera testigo de su voracidad. No mas el pobre pez cayó en la pecera, aquella piraña se abalanzó sobre él y lo trozó en dos de una sola y limpia mordida, como si lo hubieran cortado con un cuchillo de cocina. Yo quedé horrorizado por la escena, porque la mitad que quedó todavía se retorcía e intentaba nadar mientras iba cayendo lentamente hacia el fondo. Entonces Pepito me explicó que los dientes de las pirañas son tan filosos que los indios guaraníes utilizaban las mandíbulas de las que capturaban, como tijeras para cortarse el pelo. También me contó sobre la treta que usaban los vaqueros que se veían obligados a cruzar o vadear un río con pirañas al conducir un hato de reses hacia otro lugar: seleccionaban a las dos o tres vacas más flacas y hacían que éstas entraran primero al río, para que las pirañas se las comieran vivas y saciaran su apetito, antes de hacer que el resto de la manada cruzara por el mismo lugar. Me dijo que en cuestión de minutos aquellas desgraciadas reses quedaban reducidas a los puros huesos (quizás por ello muchos años después, cuando en uno de mis viajes a Guyana me invitaron a bañarme en un lago relativamente cercano al Amazonas, lo hice pero con miedo).

Pez León

También allí vi por primera vez un pez león, de los que ahora según la prensa se han adueñado del hábitat marino de la Isla porque son venenosos y en esa zona del planeta no tienen depredador.

En la casona aledaña al Vedado Aquarium, vivían Queta y Clara, las dos hermanas de Pepito. Las dos eran solteronas, y siempre que yo iba me trataban con muchísimo cariño. También recuerdo que tenían una cotorra que no paraba de repetir palabritas, para regocijo de todos.

Cadillac cola de pato modelo 1956. El de Pepito era igual, pero de color blanco.

Pepito tenía un cadillac “cola de pato” último modelo de color blanco, en el cual salimos a celebrar el triunfo de la Revolución en la tarde del 1ro. de enero de 1959. Nunca he vuelto a ser testigo de un júbilo popular tan espontáneo y sincero. La gente sonreía y saludaba por la calle sin un motivo definido, por el puro goce de haberse quitado de encima a Batista, un despreciable dictador (si en ese tiempo hubiéramos sabido que nos habíamos buscado otro peor, supongo que habríamos llorado).

El coche tenía muchas características que en aquel tiempo eran bastante novedosas. Por ejemplo, la dirección hidráulica (a pesar de ser un niño, yo podía hacer girar las ruedas delanteras usando solo mi dedo meñique para hacer rotar el volante aún con el coche parado, siempre y cuando el motor estuviera encendido). O el aire acondicionado, los frenos hidráulicos y la caja de velocidades automática. También, cuando encendías el radio la antena se extendía y cuando lo apagabas se plegaba dentro de la carrocería. La cajuela y el cofre (el “maletero” y el “capó” para los cubanos) eran inmensos. Los asientos, muy amplios y cómodos, forrados con una especie de damasco blanco que aumentaba la sensación de lujo extremo. Pero la característica que más me llamaba la atención era un “ojo mágico” (en realidad una celda fotoeléctrica) que hacía automáticamente el cambio de luces cuando detectaba que otro coche venía de frente, para no deslumbrar al chofer del otro carro con las potentes luces largas del cadillac.

Pepe le había comprado a Aurora otro cola de pato color gris claro, pero no del año sino de uno o dos años atrás. Sin embargo, también era un coche imponente por su belleza y tamaño.

Grabadora de carrete de cinta magnética

En ese tiempo las grabadoras de audio utilizaban carretes de cinta magnética, no existían las minicaseteras (mucho menos los CDs) y el sonido estereofónico de “alta fidelidad” era una novedad. Y un buen día Pepe se compró un equipo grabador-reproductor de audio de último modelo y nos dio la sorpresa haciendo que oyéramos algunas cintas grabadas de fábrica. Para mí, que nunca había escuchado algo así, fue toda una experiencia. Quedé boquiabierto.

Cruce de ferrocarril

La primera de las grabaciones había sido tomada en un cruce ferrocarilero. Primero se escuchaba el silbato del tren en lontananza, luego comenzaba a sonar la campana del cruce anunciando el peligro y te parecía que estaba en la propia habitación. Entonces el sonido de la locomotora comenzaba a crecer por la izquierda hasta hacerse ensordecedor cuando el tren “pasaba” por nuestro lado, para luego decrecer hasta casi desaparecer por la derecha. El silbato sonaba varias veces y se podía apreciar perfectamente el efecto doppler (el incremento o decremento del tono en dependencia de si el objeto que emite el sonido se está acercando o alejando del observador). Si cerrabas los ojos, “sentías” que estabas muy cerca de las vías del tren. Una maravilla.

La segunda de aquellas grabaciones era el despegue de un avión con motores a reacción (es decir, no de hélice). E igualmente que con el tren, si cerrabas los ojos te parecía que estabas en la pista de despegue y el avión pasaba por tu lado.

Quizás debo aprovechar aquí para hacer una observación: en ese tiempo -y sospecho que desde mucho antes-, no había mucha diferencia entre Cuba y el resto del mundo (incluyendo Estados Unidos y Europa) en el sentido de que los adelantos tecnológicos y de confort tardaban muy poco tiempo en ser introducidos en el mercado criollo. Por ejemplo, Cuba inauguró el ferrocarril el 19 de noviembre de 1837 con la explotación del primer tramo de 27,5 km desde la capital cubana hasta Bejucal, solo 12 años después del primer servicio de ferrocarril público inglés. De manera que los cubanos tuvimos ferrocarril aún antes que España (nuestra metrópoli en aquellos tiempos). Y en todo el continente Americano fuimos los segundos, sólo después de Estados Unidos. Otro tanto sucedió con muchos de los adelantos que se produjeron a finales del siglo XIX y principios del XX: la luz eléctrica, el telégrafo, el teléfono, los automóviles, la radio, la televisión en blanco y negro, la tv a color, el discado telefónico, etc.

De manera que aquel cuento del Fifo para justificar su Revolución de que Cuba era un país atrasado y explotado que ansiaba un cambio, es una simple y llana MENTIRA. No es que no tuviéramos problemas, pero no eran tantos ni tan pronunciados como para que la gente no quisiera venirse a vivir a Cuba, que fue un país receptor de inmigrantes de todo el mundo: chinos, españoles, judíos sefardíes y asquenazíes de todas partes de Europa y el Oriente Medio, libaneses, turcos, haitianos, jamaiquinos… hasta que “llegó el Comandante y mandó a parar”, como dice la guarachita de Carlos Puebla. Ahora, está de más decirlo, es completamente al revés: la gente se quiere ir de Cuba. Olvídense de las estadísticas y las encuestas de opinión, la forma más auténtica de votar es cuando la gente vota con los pies… Y a pesar de todas la dificultades que existen para ello, una quinta parte del pueblo cubano vive en el extranjero. Eso es un hecho y nadie lo puede negar, ni siquiera los partidarios del Fifo, por mucha rabia que les dé el admitirlo.

Y como dice Polo Montañez en su guarachita “Canten”, parafraseando el famoso refrán que reza “No van lejos los de alante si los de atrás corren bien”: “No van lejos los de alante… si los demás también se van”.

Además, sospecho que la mayoría de esa quinta parte consistió en la gente más industriosa, con más aspiraciones de mejorar en la vida, la menos mansa, la más inconforme con el tipo de vida gris y regulada que ofrece el comunismo. Y también los más inteligentes, porque por eso mismo encontraron la forma de emigrar de un país en donde durante muchos, muchísimos años, el sólo decir que te querías ir constituía un delito por el cual te podían botar de tu trabajo o escuela, y discriminar u hostigar de muy diversas formas.

La Habana actualmente. Obsérvese el nivel de destrucción generalizado.

Pero como dice el refrán “en el delito tuvieron su penitencia”  los comunistas cubanos, porque con los años, ese mismo éxodo de gente valiosa desplazada a la fuerza tuvo como consecuencia que todo el supuesto desarrollo que le hubiera correspondido a La Habana como producto de su trabajo, no se materializó allí sino en Miami. Hoy en día La Habana sigue teniendo el mismo perfil urbano que en 1958 (sin contar con que la mayoría de los edificios están en estado ruinoso, al igual que sus redes viales y de servicio: agua, electricidad, gas, alcantarillado, telefonía, calles y transporte público…) mientras que Miami, que en esos años no pasaba de ser un pueblecito playero de casitas de madera, hoy en día es un emporio de riqueza, una especie de capital del mundo latino en EU y su puerta hacia el sur del continente.

Vista parcial del downtown de Miami, desde la bahía

Permítanme además hablar sobre una característica urbana que ya era una realidad en el Miramar habanero de mediados de los 50: los centros comerciales. Hoy en día es común que en las ciudades de los países desarrollados, cuando sientes hambre, quieres ir al cine, quieres comprar ropa, calzado, comida, medicinas, aparatos electrónicos, o utilizar algún servicio como ir al banco, a la óptica o al correo, vas al mall o plaza comercial. Quizás sin que muchos se den cuenta de ello, la organización urbana es tal que prácticamente el espacio está distribuído en dos tipos de zonas: la residencial y la comercial. Esto tiene varias ventajas. Por un lado, la eficiencia de los servicios y la actividad comercial aumenta (es mejor poder resolver todas tus necesidades sin tener que desplazarte mucho) y por otro, la tranquilidad de las zonas residenciales hace más placentero y seguro el vivir en ellas porque hay menos tráfico y posibilidades de un accidente.

Pero en ese tiempo esto no era así en gran parte del mundo. En México, por ejemplo, aún hoy subsisten tres o cuatro formas de organización para el comercio. Por un lado están los grandes centros comerciales, pero por otro también hay “tianguis”, los mercados populares y las “tienditas”. Los tianguis son mercados itinerantes, formados por muchas pequeñas carpas de lona en donde los comerciantes y artesanos venden sus productos directamente al público, van de lugar en lugar según el día de la semana y sus raíces se pierden en la Historia. Los mercados populares tienen un lugar fijo, pero siguen siendo un conglomerado de pequeños negocios, muchos de los cuales no sobrepasan el par de metros cuadrados de área, incluyendo las indígenas que venden su producción de verduras, maíz, etc, exponiéndolas sobre mantas de lana. Las tienditas son lo que en Cuba llamaríamos bodegas de barrio, un término medio entre el mercado popular y el mall.

Escena del film El Rey León. The Pride Rock (La Roca del Orgullo) cuando era un lugar agradable

Pues bien, esa mezcla de lo nuevo con lo viejo en el Miramar de mediados de los 50 ya no existía. Allí había una sola zona comercial, “La Copa” (situada en 1ra y 42) que agrupaba restaurantes, tiendas de ropa y calzado, de abarrotes (el “MiniMax“, en donde ya no había “bodegueros” que te despacharan sino que tú mismo escogías los productos que deseabas tomándolos de los  estantes), cafeterías estilo boulevard parisino con mesitas en las aceras o banquetas, farmacias, tiendas de hobbies como el aeromodelismo y hasta un TenCent. El resto del barrio, que tenía unos 3 km de largo por uno de ancho (incluyendo una Quinta Avenida, que en mi modesta opinión era mucho más bonita que la de Nueva York) consistía en casas de vecinos. En cierto sentido, estábamos viviendo el futuro.

Barrio habanero de Miramar (la línea negra marca el largo aproximado, unos 3 km).

Y de pronto, todo ese mundo se vino abajo.

Yo no soy muy sentimental, pero cuando pienso en el nivel de destrucción que la Revolución llevó a Cuba y en particular al barrio habanero de Miramar, inmediatamente me viene a la memoria la película El Rey León. En especial la escena en que se ve como cambió el aspecto de The Pride Rock luego de que Scar lograra hacerse con el poder, matando a Mufasa y desplazando a Simba.

The Pride Rock bajo el mando de Scar

Y la historia de Aurora y Pepito, que había comenzado como una novelita rosa de Corín Tellado, terminó como uno de esos abrumadores tragediones psicológicos de Dostoievsky.

Hay una famosa frase que atribuyen a Churchill: “En el capitalismo la riqueza está muy mal repartida, a diferencia del comunismo en donde la miseria está muy bien repartida”. Sea de Churchill o no, nada más cierto. La igualdad llega en el comunismo, pero no en la riqueza sino en la miseria (bueno, a no ser que seas dirigente).

Aurora pasó de hacer las compras en su cadillac, a tener que ir a pie todos los días desde temprano con su jabita a La Copa, que de ser un centro comercial chic terminó como mero punto de distribución, un lugar sucio, feo, despintado, apestoso, desorganizado y lleno de colas de gente peleándose entre sí para recibir lo poco que le tocaba según la libreta de racionamiento.

A Pepito le intervinieron su Vedado Aquarium (los comunistas son como pirañas económicas con una voracidad que deja chiquita a la de las verdaderas pirañas del Amazonas). Y para tener aunque sea una entrada modesta de dinero, se tuvo que conformar con ser administrador del que había sido su propio negocio!.

(Casualmente mientras escribo este artículo (es Mayo de 2018) el volcán Kilauea de Hawai está teniendo una erupción importante, que ha destruído unas 35 casas y ha obligado a evacuar cientos de habitantes de la zona. Los noticieros de tv muestran imágenes impactantes del avance lento pero implacable de la lava ardiente que va destruyendo todo lo que toca. Han entrevistado a varias personas afectadas, las cuales relatan entre lágrimas de desesperación y miedo, la historia de cómo perdieron sus propiedades sin poder hacer nada por evitarlo. El fenómeno ha durado aproximadamente una semana.

Por supuesto que yo siento mucho sus desgracias y se me encoge el corazón al imaginarme la tragedia por la que están pasando. Pero no dejo de pensar en cómo se sentirían si en lugar de una semana, la erupción hubiera durado 60 años, que es el tiempo que ya dura el comunismo en Cuba. Además la imagen de la lava convirtiendo en cenizas casas, automóviles, bosques, carreteras y todo lo que toca, no es muy lejana y me sugiere a la de los comunistas acabando y asfixiando lentamente la economía de mi país natal. Ni siquiera puedes consolarte con la idea de que el retroceso de tu nivel de vida y de tus libertades ocurre para que otros mejoren el suyo, porque en realidad TODOS vivimos peor. Y para colmo siempre le echan la culpa de los problemas a los gringos, y ni siquiera te puedes quejar porque corres el peligro de caer preso o que te hagan objeto de un pogromo como hacían los nazis con los judíos… Perdón por la digresión)

Angelito -hombre inteligente- consiguió rápidamente una oferta de trabajo en un casino de Las Vegas y se fue a los pocos meses del triunfo del Fifo. Lilian al principio le escribió a su tía algunas carticas pero poco a poco dejó de hacerlo, lo cual entristecía de manera especial a Aurora que la quería con el alma.

Tuvieron que vender los cadillacs porque esos carros son muy cómodos pero consumen mucha gasolina y no era posible mantenerlos y utilizarlos con los 20 galones mensuales que recibían por los cupones de racionamiento (del petróleo que mandaban los rusos para Cuba a precios de subsidio, el desgobierno del Fifo revendía la mayor parte en el mercado internacional, dejando a los cubanos con un mínimo de combustibles).

Poco a poco pero de manera sostenida, el nivel de vida de Aurora y Pepito fue descendiendo -junto el de otras muchísimas familias cubanas- desde su status inicial de clase media acomodada hacia la pobreza. Porque por mucho que tu te esfuerces en limpiar y adornar tu casa y vivir en un lugar decente, si no hay agua ni jabón vas a padecer para bañarte o limpiar tu ropa, si no hay electricidad durante largos períodos los pocos alimentos de tu refri se echarán a perder, si se tupe o se rompe el desagüe y no tienes dónde comprar un tubo o un poco de cemento tendrás que prescindir de usar ese fregadero, etc, etc, etc.

El ambiente de lucha constante por todo, desde montar en una guagua repleta para llegar a tu trabajo hasta conseguir unas viandas para comer o un par de zapatos para no tener que andar con los dedos al aire, y de contra tener que estar cuidando tu lengua para que los chivatos no te oigan quejarte de la miseria porque cualquier crítica al gobierno puede hacer que termines en la cárcel, es muy pero muy estresante. Al punto de que mucha gente se enferma de los nervios.

La alegría y el buen carácter de Aurora se fueron convirtiendo en una especie de paranoia y/o psicosis crónica, en donde su vida entera giraba en torno al tema de los abastecimientos: comida, ropa, servicios, etc.

Sin embargo, nunca oí a Aurora y Pepito pelear entre sí. Su amor estaba muy por encima de las escaceces y los problemas provocados por el desgobierno del Fifo.

Cuando terminé la prepa y comencé la universidad, mi horario hacía que frecuentemente no tuviera donde almorzar porque mis padres estaban trabajando a la hora que yo regresaba de clases. Y para evitar que malcomiera o anduviera recalentando cualquier cosa, ellos me invitaban a comer en su casa. A mí me daba pena “pegar la gorra” tan frecuentemente, pero adoraba hacerlo porque a pesar del racionamiento Aurora siempre se las arreglaba para poner en la mesa algo sabroso y además bien presentado con manteles, vajillas, cubiertos y cristalería de calidad, aunque fuera un huevo frito.

Luego de comer y antes de ponerme a estudiar en mi casa, muchas veces me sentaba con Pepito en su despacho a conversar sobre los muy diversos temas que poblaban mi cabeza de adolescente. Desde asuntos de mujeres, hasta Matemáticas, Historia, Naturaleza o política. Me encantaba hablar con él, y creo que también él disfrutaba aquellos ratos.

Por ese tiempo, una tía de Aurora enviudó y como ya no tenía más familiares en Cuba (nunca tuvo hijos), se vino a vivir a la casa. La Tía María (así le decíamos) pronto se convirtió para todos nosotros en un miembro importante y querido de la familia. Ella era española de verdad, y tenía el gracioso acento madrileño en su hablar, pronunciando el español como Dios manda, con todas sus C y sus Z.

Pero la revolución del Fifo no fue el único problema de Aurora y Pepito. Bien dicen que las desgracias vienen juntas. El transcurso de tiempo es inexorable.

El primero en hacerse viejo y achacoso, fue Pepito. Su enfermedad comenzó por una cierta dificultad al caminar, que poco a poco fue progresando. Al principio salía a caminar por el barrio, acompañado de Aurora que le servía de lazarillo. Sin embargo y por muchas vitaminas que le mandó Angelito desde Las Vegas, su enfermedad fue de mal en peor. Sus pasos eran cada vez más vacilantes y pequeños, hasta que terminó en silla de ruedas.

Cuando murió, yo no estuve a su lado. Me encontraba en Bulgaria y no pude regresar a tiempo para despedirme de él.

Luego siguió la Tía María, que perdió su cabeza y comenzó a comportarse como una bebé, hasta que por fin también murió.

Al final fue Aurora la que cayó en cama, presa de una depresión inconmensurable. Tuvo la suerte de encontrar una persona que a cambio de quedarse con la casa, la cuidó hasta que falleció y lo hizo muy bien. Pero cuando murió, yo tampoco pude estar a su lado. Ya me había exiliado en México y era considerado un “desertor” por el desgobierno del Fifo, que me negaba la posibilidad de regresar a mi patria natal a despedirme de una persona tan querida por mí.

Otras tres frustraciones que “agradecerle” al hijoeputa del Fifo.

Afiche del filme El Gran Gatsby, basado en la novela homónima de F. Scott Fitzgerad

 

Roberto y Silvia

Los habitantes del cuarto y último piso eran Roberto y Silvia, los dueños del edificio. Ellos pertenecían al jetset habanero. Roberto era de estatura regular, ojos claros, se peinaba con raya al medio, poseía una amplia sonrisa en la que destacaba su blanquísima dentadura y tenía la piel tostada por el sol caribeño de las albercas y los clubes de yatismo. Parecía un golfista gringo, aunque no estoy seguro que lo fuera. En aquel tiempo yo no había leído aún a Fitzgerald, pero actualmente mi mente lo asocia con El Gran Gatsby. En el fondo era un buen tipo, acostumbrado a la buena vida.

Silvia -su esposa- era toda clase y distinción. Bella y de muy buen corazón, hasta sus gestos parecían de reina. Cuando la conocí todavía Jacqueline Kennedy no era Primera Dama, pero hoy siempre que veo una foto de Jackie, me acuerdo de Silvia. Su apellido era de lo más exclusivo y raro que pudiera encontrarse. No lo pongo aquí porque no deseo hacer alusiones directas a nadie que pudiera estar vivo, pero era de ésos que sugieren nobleza, compuesto por dos palabras.

Hay una anécdota que creo ejemplifica bastante bien el ambiente en que vivía este matrimonio.

Aunque en Miramar la mayor parte de los espacios estaban ocupados por casas, siempre existía algún que otro edificio. Y aunque conozco las palabras del cabrón de Nicolás Guillén diciendo que “los edificios son solares de vecindad con pretensiones”, creo que los de Miramar no eran precisamente malos. El nuestro en particular, tenía algunas características que no eran muy comunes. Por ejemplo, en cada planta no había más que un apartamento lo cual ayudaba a la sensación de privacidad. También, cada apartamento tenía su “cuarto de criados” con su baño, o sea, estaban preparados para que pudieras tener servidumbre.

Existía, sin embargo, un problema: no había elevador. La cosa no era demasiado mala porque sólo tenía 4 pisos, pero si alguien con problemas cardíacos quería ir al último piso, se arriesgaba a sufrir un infarto en el intento.

Y eso fue exactamente lo que sucedió: el padre de Silvia sufrió un infarto y aunque logró rebasarlo, quedó tan delicado que no era recomendable que subiera por las escaleras para hacerle la visita a su hija.  Solución? Claro, hacer un elevador particular, que fuera desde los bajos directamente hacia el cuarto piso. Y lo hicieron. De paso y ya entrados en gastos, decidieron ampliar el apartamento y convertirlo en duplex.

Otro ejemplo: En aquellos tiempos en Varadero -la famosa playa cubana- sólo existían tres hoteles grandes: el Internacional, el Kawama y el Oasis. Los demás lugares para alojarse eran simples casas de huéspedes, algunas más grandes que otras. También existían algunas mansiones como la de la familia del millonario Dupont el de las industrias químicas, pero esas no eran para alquilar. Sin embargo, habían comenzado a fabricarse algunos edificios de apartamentos para la clase alta, que podía pagarlos. Entre esos edificios construídos recientemente, había uno que llamaba la atención por su forma de medio círculo, la cual sirvió para darle nombre: La Herradura. Y se imaginan quiénes compraron enseguida uno de aquellos depas de lujo?

Claro, Roberto y Silvia!

Por supuesto que al poco tiempo del triunfo del Fifo, ellos decidieron irse a Miami para “quitarse de problemas” como dicen en México. Mucha gente rica que tenía su dinero en bancos norteamericanos tomaron esa decisión para esperar en lugar seguro que el nuevo gobierno “se cayera” para entonces regresar. En aquel entonces todavía se podía hacer eso porque Fidel aún no había impuesto totalmente su “cortina de bagazo”, es decir, el control estricto sobre tus movimientos. Pero si te “quedabas” en el extranjero -o sea, si no regresabas en unos pocos meses- te quitaban todas tus propiedades en Cuba, las cuales pasaban a manos “del pueblo” (es decir, de los comunistas).

Y a que no adivinan qué parte del “pueblo” ocupó enseguida el apartamento duplex de Roberto y Silvia?

Claro, Ada y Roa!

Creo que no hay un mejor ejemplo que resuma el carácter “popular” de la Revolución del Fifo, jejeje…

Más claro, para el que no haya entendido: los nuevos burgueses comunistas, despojando de sus propiedades a los viejos burgueses capitalistas. Sólo que los viejos habían pagado por ellas. Los nuevos, no.

En eso terminan siempre las revoluciones.

Poco tiempo después de la mudada y por si las moscas, el gobierno le puso vigilancia de 24 horas a nuestro edificio para cuidar su nuevo Canciller. Eran cuatro policías (3 turnos rotativos de 8 horas al día y el otro descansando) que cumplían sus guardias en el pequeño portal que estaba a la entrada del elevador particular y que era prácticamente una extensión del nuestro, así que nosotros también estábamos “cuidados” (o mas bien “vigilados”?).

Como prácticamente cada vez que salíamos o entrábamos, o nos sentábamos en el portal de nuestra casa teníamos que verle las caras, terminamos por conocerlos a todos. Se llamaban Claudio, Francisco, Planas y Bernardo. Al cabo de unos meses los conocíamos bastante bien. Cada uno tenía características especiales.

Francisco era blanco y aunque era policía porque de algo hay que vivir, tenía inquietudes intelectuales. En particular, le gustaban la Geografía y la Electrónica. El me enseñó las partes fundamentales que componen un radioreceptor de AM e incluso me trajo los planos y me ayudó a construír uno de “onda corta” a partir de cero, comprando las piezas en el mercado porque por entonces todavía había tiendas de electrónica aunque ya comenzaban a escasear algunos elementos. Siempre recuerdo la emoción del instante en que, una vez terminado de soldar aquel engendro, comenzamos a sintonizar las bobinas intermedias y de pronto logramos escuchar una voz por la pequeña bocina. Me recorrió el cuerpo un escalofrío de satisfacción. Luego de armado, hicimos una especie de atlas mundial en un folder e íbamos señalando en él todos los lugares desde donde fuimos capaces de escuchar algún programa. Para mí, un muchacho de apenas 10 ó 12 años de edad, fue una actividad sumamente interesante. Francisco estaba recién casado y muy enamorado de su esposa. Y cuando le hablabas del Fifo, sonreía con cara de Gioconda. Entienden?

Claudio (blanco y gordo) y Planas (negro tinto como el carbón) eran otra cosa. Ellos no tenían mayores aspiraciones en la vida. Se conformaban con ser policías. Ah, y eran partidarios fanáticos del Fifo porque -aunque tardaron algo en comprenderlo- cuando se dieron cuenta que nosotros no sentíamos un especial cariño por el Máximo Líder, nos comenzaron a ver con cara de pocos amigos.

Bernardo era mulato jabao, y su máximo interés en la vida consistía en templarse a cuanta criadita del barrio cayera en sus manos. Claro, el uniforme de policía le ayudaba bastante a conquistarlas, delumbrándolas con su placa y su pistola. Y cada vez que lograba tener aventuras con alguna, me hacía los cuentos detallados de todo lo que había pasado. Yo, que en esos tiempos comenzaba a tener erecciones, pensaba que no podía haber encontrado mejor maestro en las artes de la conquista femenina.

Sesenta años después de aquello, pienso que el destino me había puesto delante un pequeño pero completo conjunto del tipo de gentes y ambientes con los que tendría que lidiar en el resto de mi vida. Raro, verdad?

Continuará

 

 

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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