El Cepero (II)

Colegio de Maristas de la Vibora

Fachada del Colegio de Maristas de la Víbora, convertido por el Fifo y comparsa en el IPUE Raúl Cepero Bonilla.

Recuerdo muy bien aquella tarde en que nos reunimos por primera vez en el patio principal del Cepero. Comenzaba el curso escolar 1964-65 y yo me estrenaba como becario y como alumno de nivel preuniversitario.  Excepto las pocas caras que había visto unas semanas antes en el concurso nacional de física, no conocía a nadie. Estaba convencido, sin embargo, que allí haría amistades que durarían toda la vida.

Ya cerca del crepúsculo nos informaron por los altavoces que pasáramos al Salón de Actos (la antigua capilla del Colegio de Maristas de la Víbora), porque iba a dar comienzo la ceremonia de bienvenida. Hablaron el director de la escuela, Francisco Calle, y el Director Nacional de Becas, un pintoresco personaje de nombre Jorge Enrique Mendoza, cuya voz, grave y redonda, contrastaba con su figura flaca y desgarbada. Su timbre, sin embargo, me resultaba familiar porque él junto con Violeta Casals fueron las principales voces de Radio Rebelde, la estación radial clandestina que transmitía desde la Sierra Maestra. Prácticamente toda Cuba había oído emocionada su legendario reclamo cuando comenzaba la transmisión nocturna con el Himno Invasor como fondo musical: ¡Aquí Radio Rebelde, órgano oficial del Movimiento 26 de Julio y del Ejército Rebelde, transmitiendo desde el corazón de la Sierra Maestra!

El discurso de Calle fue corto, seco y muy práctico. No era precisamente simpático, pero de él emanaba una cierta elegancia prepotente que lo identificaba como viejo intelectual de izquierda. Nos informó que el plan era formarnos como dirigentes de la Revolución, que aquello iba a ser duro y demandante como un entrenamiento militar, pero que valdría la pena. Y nos explicó lo que era el “descanso activo“, un concepto manejado por él y que consistía en que durante el escaso tiempo libre que tendríamos no podríamos dedicarnos al simple ocio, sino a hacer algo productivo: leer un libro, escribir, discutir sobre un tema importante, etc. Cualquiera que fuera visto durante un receso fumándose tranquilamente un cigarro y dejando que el tiempo se le desgranara entre las manos, sería reportado.

Jorge Enrique Mendoza y el Fifo 2

Si esta foto fuera una pintura del Renacimiento bien podría titularse “El Maestro y su discípulo”. Detrás del Fifo, Jorge Enrique Mendoza con la mirada perdida en el futuro, parecida a la del Che en la famosa foto de Korda.

Las palabras de Jorge Enrique Mendoza fueron distintas. Era un iluminado de la Revolución. Para mí que lo que le faltaba de quijada (tenía un cierto prognatismo negativo) le sobraba de emoción, porque hablaba como uno de esos predicadores gringos que hacen un espectáculo de su sermón. Todo eran alabanzas al gobierno y a la gran oportunidad que teníamos de convertirnos en los realizadores de los sueños más caros de la Revolución y sus mártires.

Al final de los discursos vino la parte cultural del acto. Los alumnos de las anteriores generaciones (la del 64 era la 3era. generación del Cepero) habían preparado unos cuantos numeritos para agasajarnos a nosotros, los recién llegados. El maestro de ceremonias era Julián, un simpático alumno de la primera generación, lo más parecido al personaje de Memín Pinguín que yo he visto en la vida.

Sin embargo, había un problema. Lo lógico hubiera sido que alguien de la generación entrante sacara la cara y agradeciera de alguna forma por la calurosa bienvenida de la que estábamos siendo objeto. Pero como no nos conocimos hasta esa misma tarde, no había sido posible ensayar nada. Por suerte, en el grupo de los nuevos había un pendejo que tenía entre sus manos una guitarra, y por lo tanto era de esperarse que supiera tocarla. Ese pendejo, como lo podrán adivinar, era yo. Y luego de hacerme de rogar un poco, me vi a mí mismo en lo que vendría siendo el altar de aquella iglesia convertida en salón de actos aunque esta vez no iba a actuar de monaguillo como antes en Belén, sino de artista.

Capilla del Colegio de Maristas de La Víbora. El altar fue desmontado para convertirlo en el salón de actos del IPUE Raúl Cepero Bonilla.

Capilla del Colegio de Maristas de La Víbora. El altar fue desmontado para convertir el local en el salón de actos del IPUE Raúl Cepero Bonilla. Los bancos quedaron tal cual.

Pero no es igual tocar una canción en una fiestecita informal con tus compañeros de secundaria, los mismos que veías todos los días en la escuela, que hacerlo delante de un público extraño. Cuando luego de la presentación de Julián se hizo silencio para escucharme, sentí que mis piernas comenzaban a temblar de puro miedo escénico. Pero bueno, ya estaba montado en el burro y no me quedó más remedio que tocar mi mejor canción: Tabú, una canción afrocubana de Margarita Lecuona. Oshún… Ifá… Obatalá, Changó y Yemayá… Cuando rasgué el acorde disonante final, yo no esperaba mucho. De pronto, sentí como si un rayo hubiera caído en el techo de aquella capilla. Era el aplauso, tupido y atronador.

A partir de ese momento y durante bastante tiempo casi nadie me llamó por mi nombre, todo el mundo me decía Tabú.

Yo me sentía en el filo de una navaja. No dejaba de pensar en el loco azar, que en poco tiempo me había transformado de ser un pichón de burguesito estudiante en la mejor escuela católica del país, a ser un pichón de comunista de élite estudiante en la mejor escuela marxista del mismo país. Era un giro ideológico de 180 grados. Sin embargo el haber conocido de cerca el mundo religioso me daba cierta ventaja: la facultad de poder comparar. Y cuando ya llevaba un tiempo en el Cepero, terminé sorprendido con mi conclusión: en el fondo los esquemas básicos se repetían, eran mundos muy semejantes.

Por ejemplo, la constante alusión a los mártires revolucionarios y el deber de honrar su memoria, se me hacía demasiado parecida a la exigencia de adoración a los santos de la Iglesia Católica.

También, lo que los curas llamaban “padres espirituales“, o sea, sacerdotes asignados para taladrar constantemente tu psiquis con el supuesto fin de orientarte, se asemejaban demasiado a los “instructores políticos” de cada compañía. O a los “amigos por encargo” que te asignaban a escondidas los jefes de la Juventud Comunista para que haciéndose pasar por tus amigos espontáneos, les informaran sobre tus pensamientos íntimos, algo profundamente desleal pero que se practicaba con regularidad en la escuela.

Otro ejemplo era lo que podría llamarse el culto a los rituales. Comenzando por la misa y terminando por la más modesta de las novenas o el simple rezo del rosario, todas las actividades religiosas responden a una organización exquisita. Lo mismo puede decirse de la parafernalia comunista para celebrar cualquier cosa: el establecimiento de compromisos, la entrega de medallas y gallardetes, los abanderamientos, el nombramiento de brigadas, las celebraciones de aniversarios… La idea parece ser involucrarte y hacerte partícipe en un montón de actividades en donde la atención a los detalles banales de procedimiento te alejen del análisis y el razonamiento más profundo. Vaya, marearte con los ritos.

Los planes de estudios eran realmente ambiciosos. En vez de una  asignatura de idiomas, como “en la calle” -es decir en la prepa normal- aquí teníamos dos: ruso y francés o ruso e inglés, en dependencia del claustro en donde habías caído. El ruso era obligado porque recién comenzaban los tiempos de la “indestructible amistad” con la URSS (la cual por cierto, al final se la llevó el carajo, pero eso fue muchos años después). Además de las asignaturas normales: matemática, física, química, biología, literatura, geografía, historia, idiomas, educación física, etc, había toda una serie de actividades complementarias: mecánica, electricidad, alfarería, carpintería, galvanotecnia, guitarra, teatro, etc, de las cuales tenías que escoger alguna a fuerzas. Además estaban las clases de judo, que también eran obligatorias. Y las actividades  de tipo político: asambleas, círculos de estudio, construcción de murales, participación en concursos, etc. Sin contar con las visitas a museos, teatros, exposiciones, etc. También por lo general los viernes en la noche venía algún personaje de la intelectualidad de izquierda -poetas, escritores, políticos extranjeros o nacionales, etc- a darnos conferencias sobre diversos temas. Y como además de asistir a clases tenías que estudiar de forma individual lo que te habían explicado en clase para fijarlo, ya se imaginarán que no teníamos tiempo ni para rascarnos la cabeza. El tiempo no pare, y las obligaciones eran muchas, por lo tanto había que estirar los horarios. Por ejemplo, mi clase de judo empezaba a las 9 de la noche, y terminaba a las 10 pm. No es necesario explicar por qué cuando me tiraba en la litera caía como un plomo y no me despertaba en toda la noche.

Nos despertaban todos los días a las 6 am sonando un timbre estridente que me imagino los vecinos odiaban con toda su alma, porque con toda seguridad también los despertaba a ellos. Los jefes de compañía pasaban por las literas gritando ¡de pie! y revisando que nadie se hiciera el remolón. En unos minutos teníamos que estar formados en el patio lateral para realizar ejercicios de calistenia. Luego debíamos subir de nuevo a los dormitorios, y bañarnos. Las duchas estaban en batería, de manera que todos estábamos en cueros. Luego, formarse de nuevo para el desayuno. A continuación, las clases, con un receso a media mañana. Al mediodía, el almuerzo. Y por la tarde, de nuevo clases. Por la noche, luego de la comida y siempre que no tuviéramos alguna actividad especial, teníamos varias horas de estudio individual. Si a esto le adicionamos el factor estresante de la disciplina militar que exigía que llevaras el uniforme limpio y completo, las botas lustradas, la cama bien tendida y sin polvo, el pedir permiso para todo, etc, la realidad era que estábamos sometidos a una presión considerable.

A los pocos días de haber entrado en la escuela, ya se podían sentir los efectos de las exigencias docentes y de otro tipo. La disciplina militar ayudaba también a una sensación generalizada de acoso. Comenzaron las deserciones y los desmayos.

Hasta el momento de entrar en el Cepero, yo había sido un niño mimado por mis padres y mis abuelos. Me era desagradable la disciplina militar pero la aceptaba con la esperanza de obtener una mejor educación. Y dentro de mis costumbres de niño mimado, figuraba el ser dormilón. No me gustaba eso de despertarme tan temprano en medio de gritos y órdenes. Por eso intentaba remolonear a todo trance, hasta que me resultara inevitable el levantarme. Aunque sólo fueran unos pocos segundos los que lograra quedarme en la cama luego del “¡de pie!”, aquellos instantes me sabían a gloria.

A Roberto -una de las pocas caras que había reconocido desde mi entrada al Cepero porque también había participado en la competencia nacional de física-, sin embargo, le sucedía lo contrario: era tempranero, y se despertaba antes que los demás. Y como buen bromista, se dedicaba a zarandear por los pies a sus compañeros de barracón que no se habían levantado aún, yo incluído. Durante varias semanas sufrí estoicamente su broma. Pero llegó un momento en que me hartó, y decidí jugarle a su vez otra, en venganza.

Esa mañana fui yo el que se despertó temprano, aún antes que él. Me enrollé el cinturón del uniforme en la mano derecha y simulé dormir, esperándolo. Cuando sonó el dichoso timbre y Roberto se aproximó a mi litera con la intención de jalarme por los pies, fui yo el que lo sorprendí al tirarme al piso y decirle:  ¡Cabrón, ahora vas a ver lo que le pasa a los que me despiertan temprano! -le dije riéndome- y comencé a corretearlo dándole cintazos por todo el dormitorio. Por suerte parece que en la confusión de la levantada de las decenas de alumnos de ese dormitorio, el escándalo pasó desapercibido. A partir de aquel incidente, nuestra amistad se hizo entrañable.

Han pasado casi 50 años y la vida y las circunstancias nos han separado pero Roberto sigue siendo uno de mis mejores amigos, al punto de que los restos de mi padre reposan en el panteón de su familia.

Luego de unas pocas semanas de clases, una mañana nos sorprendió la noticia: habían botado a Calle, el director. En su lugar pusieron a María Victoria, una gordita, y a Díaz, un tipo bigotudo con las orejas muy grandes que terminó -como era natural y casi obligatorio en nuestro ambiente- con el sobrenombre de Jumbo.

Las razones de aquel cambio nunca estuvieron claras para mí, pero se comentaba que sus ideas eran demasiado independientes de las del gobierno en materia educativa. Por ejemplo, en los dos cursos anteriores en donde él había dirigido la escuela, los planes educativos de cada asignatura se discutían a principios de curso y eran escogidos no solamente por los profesores, sino también por los alumnos. Se decía que habían habido “exámenes” en donde en vez de contestar por escrito preguntas escogidas por el profesor, el docente llegaba a aula y decía: “A ver, levanten la mano los que consideran que se merecen un sobresaliente. ¿Un notable? ¿Quienes se consideran suspensos?” y ahí terminaba el examen.

Tal nivel de independencia y de ejercicio de la honestidad seguramente molestaba a los jerarcas de la educación. En un período en donde todo se estaba centralizando, las ideas anárquicas de Calle eran como un ladrillo en medio de una carretera.

Vista aerea del Colegio de Maristas de la Vibora se aprecian el patio central y los patios Este y Oeste

Vista aérea del Colegio de Maristas de la Víbora. Se aprecian el patio central, las aulas, los dormitorios (en el ala Este) y los patios Este y Oeste.

Aparte de la presión docente y la disciplina militar, otro factor que contribuía al estrés que provocaba los desmayos y deserciones era la sensación de encierro. Estábamos organizados como un pequeño ejército. Cada compañía tenía tres pelotones y cada pelotón estaba compuesto de tres escuadras de 12 elementos cada una. Casi todos los desplazamientos se hacían en formación, marchando o al paso. Pero raramente nos movíamos fuera de la manzana que ocupaba la escuela. Aquello era casi una cárcel de puro concreto. Hasta los patios eran de cemento, prácticamente no teníamos áreas verdes. Por esta razón, salíamos de pase todos los fines de semana, lo cual provocaba la envidia de los alumnos de otra prepa de becarios, la Carlos Marx, que nos tachaban de privilegiados porque ellos tenían pase cada 15 días. Pero en su escuela sí disponían de amplias areas verdes porque sus instalaciones estaban en un barrio residencial de nombre Siboney que antes de la Revolución había sido un barrio de gente rica, con muchos árboles y mucho espacio.

Y quizás para ayudar en lo posible a que la estancia en la escuela no fuera tan árida a la vista y al alma, Calle había mandado a construír en el medio del patio principal, lo que todos terminamos llamando “La FuenteCilla”, así, pronunciando como español, haciendo énfasis en la “C”, con sorna cubana. Me imagino que la diseñó pensando en los patios moriscos de Granada, aunque el resultado fuera mucho más modesto y no tuviera “peCeCillos”, como correspondería. De una u otra forma, la FuenteCilla se convirtió en poco tiempo en un símbolo del Cepero, algo así como la Giraldilla para La Habana.

En fin, que salíamos el sábado a mediodía y regresábamos el domingo al atardecer. Pero si durante la semana tenías algún reporte, los sábados tenías que ir a cortes y en ella te podían quitar algunas horas de pase o el pase completo, con lo que tu desesperación y sensación de encierro aumentaba aún más. Por supuesto que todos tratábamos de no ser reportados durante la semana, para poder salir el sábado a gozar de unas horas de vida normal.

Como en toda academia con disciplina militar, llegábamos marchando al comedor. Las escuadras iban ocupando las posiciones frente a las mesas, y tenías que pararte en atención frente a tu bandeja, esperando la orden de sentarte a comer. Cuando sonaba un silbato, todos nos sentábamos y tenías que comer rápido porque al siguiente silbatazo tenías que levantarte y dejar la comida por donde estuviera. Por eso me acostumbré a comer muy rápido, costumbre que conservo actualmente.

Si bien el profesorado y los planes de estudio de la escuela eran de primera calidad, no era así en cuanto a los alimentos. Abusaban de la “pata y panza”, un plato que se confecciona con el estómago y los cartílagos y la grasa gelatinosa de la pata de la res. O de la macarela, un pescado de masa aceitosa con sabor a aceite de hígado de bacalao. Repetían aquello varias veces por semana, con el consiguiente desencanto de casi todos, porque nos parecía que nos estaban sirviendo desperdicios. Pero no había de otra: o te comías aquello, o pasabas  hambre.

Aunque bueno… existía una forma de matar el hambre, pero era peligrosa: consistía en hacer raids nocturnos a la cocina y robarse el pan del desayuno para el día siguiente. Cerca del comedor existía un gran arcón de madera que contenía rebanadas de pan de molde. Si la comida había estado floja y no podías aguantar el hambre, podías bajar y atiborrarte de pan. Pero tenía que ser a escondidas porque si te agarraba el celador, la ibas a pasar muy mal. Así que todos los que bajábamos lo hacíamos in extremis.

Una posibilidad de pasarla un poco mejor en el comedor -aunque no dependía de tu voluntad- era que te tocara la clase de aprender a comer en un ambiente de etiqueta. Me explico: se supone que la escuela te formaría integralmente como un futuro dirigente y los dirigentes participan en fiestas y banquetes; por ello, era necesario que aprendieras cómo enfrentarte a algo más que una bandeja, un jarro y una cuchara de aluminio, que eran los utensilios que manejábamos usualmente en el comedor, es decir, los habituales de un simple soldado. Saber cual cubierto usar cuando delante de tí hay varios juegos, cual usar con el pescado y cual con la carne, cual es la copa del vino y cual la del agua, como tomar la sopa sin sorberla haciendo ruido, o simplemente como agarrar el cuchillo y el tenedor correctamente para no parecer un salvaje es un arte que muchos de nosotros no dominábamos, sobre todo teniendo en cuenta que supuestamente proveníamos del proletariado, una clase no acostumbrada a los excesos sibaritas de la burguesía.

Por eso, en el comedor habían dos mesas reservadas para las clases de comer, que impartían un par de profesores. En esas mesas, los platos eran de loza, los cubiertos no eran de aluminio maleable sino de metal duro plateado, y había hasta varios vasos de cristal por comensal, para simular un juego de copas. En vez de ir en fila y pasar la bandeja por los calderos con el rancho para que te fueran “echando” tu ración, en aquellas mesas te sentabas y entonces era que te venían a servir. Allí aprendías si la sopa se sirve por la izquierda o por la derecha, y cómo hacer el gesto para indicar que la porción servida era suficiente o para solicitar que te llenaran de nuevo tu copa de agua o de vino.

De todas formas aquello era motivo de burla entre nosotros porque en definitiva el rancho era el mismo: la mayoría de las veces, la misma “pata y panza”  o la macarela aceitosa de siempre. Pero por lo menos podías comer con más calma porque te daban más tiempo para hacerlo. Sin embargo, por eso mismo la rotación de todas las compañías por aquellas mesas era lenta, de modo que te tocaba sentarte allí sólo un par de veces por semestre.

Lo que sí hacía yo a diario para resolver el hambre era tomar leche condensada que traía de la casa. Mi madre cambiaba los cigarros de la cuota por algunas latas, y yo las llevaba a escondidas a la escuela. Por la noche, una vez que apagaban la luz del dormitorio y daban la voz de “¡silencio!“, yo introducía sigilosamente la mano en mi maletín, sacaba una lata de leche condensada y tomaba unos sorbos que me sabían a gloria. Y así, luchando entre el hambre y el sueño, me quedaba dormido.

(Continuará)

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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5 respuestas a El Cepero (II)

  1. Pingback: El Cepero (I) | Las cosas que me gustaría saber

  2. cuco dijo:

    yo creo que aquello fue mas o menos el comienzo de los IPVCE que se construyeron años despues en cada provincia con el proposito de preparar alumnos elite para ingresar en las universidades

  3. Felo dijo:

    Alfredo, perdóname pero hay ciertos detalles que relatas, que son posteriores al verano de 1965 en que nos graduamos.
    Siempre tuvimos la opción de hacer lo que quisiéramos en nuestros descansos y no era obligatorio el “descanso activo” yo nunca participé en ninguno de los grupos, porque era más vago que la quijá de arriba, unos pocos nos íbamos para el patio que daba a la calle Vista Alegre y allí conversábamos, fumábamos o tirábamos pelotas al aro que estaba en una pared.
    Julián era del segundo grupo y era prácticamente el payaso del bonilla, hacía chistes, pantomimas y otras tonterías que lo hicieron muy popular.
    Siento discrepar, pero en el curso 1964-65 no estaba implantada la disciplina militar, eso fue después, no se si a finales del 65 o en el 66, tampoco se ponían reportes, ni se perdía el pase de fin de semana. Calle nunca fue partidario de esa medida y decía que todo el que tuviera la familia cerca, debía de verla los fines de semana y se salía al mediodía porque todos estuvimos de acuerdo en aumentar clases y actividades. El Pancho era un bestia, pero tenía unas ideas muy avanzadas de lo que era la educación y lo botaron porque el Ministerio se metió y no daba ya autonomía para que el propio instituto realizara sus programas de estudio, lo que provocó los escándalos de Calle.
    Eso de que no se hacían exámenes es cuento de camino. Los exámenes se hacían y sin avisar, por eso había que estudiar. Yo suspendí la Física en primer año, saque 84 y sabes que el mínimo era 85, no me botaron porque el profesor era Pérez Arteche, que tubo grandes problemas con Pancho y lo pusieron de patitas en la calle el primer año, porque fuimos varios los que sacamos baja calificación, creo que fui la única excepción.
    Hasta que entraron ustedes eramos un grupo no muy numeroso y la comida era de más calidad, incluso se podía repetir y por la noche lo que sobraba lo dejaban disponible para el que le entrara hambre. Cuando empezamos en 21 y paseo a veces nos daban merienda por la noche, pero eramos 58. Quisieran los cubanos ahora tener las comidas que teníamos entonces.
    No te aBURRO más, espero que no te molestes por mis correcciones.
    Saludos
    Felo

    • azayas48 dijo:

      Hola, Felo. No me molesta, al contrario, me gusta que pongas tus opiniones y corrijas mis inexactitudes. Quizás lo que pasa es que tú pasaste la mayor parte del tiempo en la escuela bajo la dirección de Calle, y yo solamente estuve unas semanas porque prácticamente empezando el curso 1964-65, lo botaron. Mis recuerdos corresponden más al período de María Victoria y Jumbo que al de Calle. De todas formas, pienso seguir escribiendo sobre el tema, porque todavía me quedan en el tintero cosas de qué hablar. Creo que el próximo artículo será sobre la IV Recogida de Café. Saludos, Alfredo

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