Un pedacito de Historia

Hay raras ocasiones en que pareciera que la Historia nos roza con la punta de un ala. No siempre nos damos cuenta en el momento, a no ser que estemos entrenados en percibir ese ligero estremecimiento que indica su presencia. El tiempo, sin embargo, facilita las cosas. Nos da la perspectiva que no teníamos cuando los hechos sucedieron.

Mi historia comienza en 1954. Cuba -a pesar de la dictadura- rebosaba dinamismo económico, y yo comenzaba la primaria en el Colegio de Belén. Al mudarnos al apartamento de Miramar, habíamos conocido a Raúl, un amable intelectual y profesor universitario y a Ada su esposa, cardióloga, que eran nuestros vecinos de arriba. Luego supimos que el Dr. Roa era comunista, y que el SIM (Servicio de Inteligencia Militar) se lo quería chingar. Varias veces vinieron los esbirros de Batista a hacer registros, y varias veces les salvamos la vida: ellos bajaban por la escalera de servicio y se metían en mi casa por detrás, hasta que se iban los policías. Por supuesto que su apartamento quedaba patas arriba. Y que si los agarraban en mi casa, nosotros también la íbamos a pasar mal. Pero así eran mis padres, bien criados y bien comidos, con los valores de la amistad, la solidaridad y la justicia firmemente afianzados en su interior.

Recuerdo que una vez, para tener una coartada por si acaso los del SIM lo encontraban en mi casa, al Dr. Roa se le ocurrió la peregrina idea de prepararse a justificar su presencia diciendo que había ido a pedir un libro, y agarró el primero que vió sobre una mesa. Pero los nervios son de carajo. Resulta que era un libro mío, una copia de “En el Umbral de la Juventud”, uno de esos manuales que los padres les compran a sus hijos para que aprendan sobre el sexo, lo que ya la vida y la universidad de la calle nos había enseñado de una forma más cruda. En fin, en ese momento nadie pensó en lo ridículo que se veía un profesor universitario leyendo literatura de orientación para adolescentes, aunque también era poco probable que los energúmenos asesinos del SIM -mientras el libro no mencionara la palabra “revolución”- supieran distinguir El Quijote de un manual para curar empachos. El caso es que cuando se fueron de mi casa, Roa se lo llevó. Y cuando al otro día me lo fue a devolver, no lo encontró. Con mucha pena bajó a decirnos que no lo encontraba pero que no me preocupara, que él me iba a comprar uno igualito. Además, me preguntó si había leído a Salgari y si conocía al gran Sandokan, y al contestarle que no, me prestó Los Tigres de Mompracem, lo cual fue mi iniciación a los clásicos de aventuras. Yo, que en ese entonces era bastante niño pero al menos comprendía que estaba frente a alguien importante y culto, hasta me alegré que se le hubiera perdido el maldito manual. Pero fiel a su palabra, pronto se apareció no con uno, sino con dos ejemplares debidamente dedicados y firmados. Es que en realidad había dos versiones, uno para varones y otro para hembras. Y él tuvo la delicadeza de comprarme ambas, para que tuviera la colección completa.

En la dedicatoria hacía votos por mi felicidad y me deseaba que mi “clara niñez” diera paso a una vida plena. Si en aquel tiempo hubiéramos sabido sobre la Ley de Murphy, aquello habría sonado casi como una maldición. Efectivamente, durante muchos años mi vida de adulto estuvo plena… pero de patadas por el culo. En fin, en ese tiempo casi todos éramos muy ingenuos.

El tiempo pasó y ya estábamos viviendo el triunfo de la Revolución. Roa y Ada todavía vivían encima de nosotros, y él aún no era canciller. Un día, mi madre estaba cocinando unos bistecs para la comida. Nosotros siempre fuimos muy confiados, y como buenos pueblerinos -esa era la costumbre allá en mi pueblo, Trinidad- vivíamos con la puerta de la calle abierta, “para que entrara el fresco”. De pronto, mi madre siente una voz que dice: “¡Hummm… qué olorcito más sabroso hay por aquí!”, y cuando vira la cabeza hacia la puerta, ve que es Fidel. Resulta que el tipo había ido a visitar a Roa por primera vez, pero o bien no sabía en qué piso vivía, o el olor de los bistecs con cebollitas lo desvió de su objetivo. El caso es que se metió en mi casa junto con otra bola de barbudos. Y por supuesto, se jamó los bistecs. Aquello fue apoteósico. Los vecinos casi se metían por las ventanas. Mis padres marcaron con pintura de uñas el cuchillo y el tenedor que el usó (y yo luego los reutilicé muchas veces, mirándolos con respeto religioso, como se mira una reliquia). Eran los tiempos en que Fidel era casi un santo, un Jesucristo moderno. Mi padre enseguida sacó la camarita Bolex y se puso a tomarle película de 8 mm. Fidel le presentó un barbudo a mi mamá y le preguntó ¿sabes quién es? a lo que mi mamá -con una ingenuidad que la retrataba de cuerpo entero- le contestó que no. Era el Che. A Camilo sí lo reconocieron de entrada. A Raúl, también. Yo me imagino que iban en bola para proponerle a Roa que tomara la Cancillería, o quizás para discutir alguna otra cosa importante, por lo que luego sucedió. En medio de la confusión y la sorpresa, a mi madre se le ocurrió hacer una pequeña escena para que mi padre la filmara. Agarró el teléfono y simuló que contestaba una llamada y que se la pasaba a Fidel. El teléfono era de aquellos Kellogs amarillos, grandes. Ella le dijo: “Fidel, te llaman” y le pasó el teléfono. Fidel le preguntó: ¿Y quién es? -claro, él sabía que era una broma, pero la estaba siguiendo- y mi mamá le contestó: “Urrutia”. Y ahí se acabó la broma, porque Fidel se puso serio y le dijo a mi mamá: “¿Y por qué Urrutia?”, a lo que ella medio desconcertada por el cambio de actitud, le dijo: “Bueno… porque es el presidente, ¿no?”.

Lo que ella no sabía era que ya el Fifo estaba cocinando el show de su renuncia, con el verdadero objetivo de sacar a Urrutia de enmedio. Por eso el exabrupto. Pero eso no lo supimos hasta después, que en ese entonces el burro no era arisco, y los sucios entresijos de la política castrista apenas comenzaban.

Luego de jamarse los bistecs y alardear a gusto según su costumbre, el Fifo tuvo a bien sentarse con mi papá en los sillones de hierro del portal, a conversar de política. Luego, mi papá estaba que no le cabía un alpiste en… salva sea la parte, de puro orgullo: ¡Qué gobernante ejemplar tenemos, qué sencillo, qué amable, mira que pedirme mi opinión sobre esto y aquello!… El que convenció a mi papá de que invirtiera en su negocio y no trajera las medicinas terminadas y empaquetadas desde EU sino que lo hiciera a granel y montara una línea para envasarlas en su empresa, fue el mismísimo Fifo. Así se creaban fuentes de trabajo -decía-. Eran los tiempos de aquel lema “Consuma productos cubanos”. Hasta yo trabajé de envasador algunas tardes. Por supuesto que toda aquella inversión fue dinero tirado a la basura. A mi papá nunca lo intervinieron, no. A él le ahogaron el negocio con el control gubernamental de las transferencias bancarias para importaciones, a raíz de Playa Girón.

Pero prosigamos con el cuento. Una vez que se hubieron ido todos, la casa quedó en silencio, y mis padres cansados pero contentos. Y entonces fue que se fijaron en el papel.

Parecía una hoja arrancada de algo, mecanografiada por un lado, pero con algunas notas escritas a mano por la parte de atrás. Apareció en la silla donde se había sentado el Fifo, así que probablemente se le había deslizado inadvertidamente del bosillo de su pantalón verde olivo, que tenía aquellas bolsas inmensas que no cerraban bien. ¡Una reliquia del Fifo, algo que estuvo en contacto con el santo! Decidieron guardarlo. Total, seguramente a él no le hacía falta esa nota, y a ellos les causaba profunda admiración el poseerla.

La nota parecía un ensayo de respuesta a alguien, y decía:

“Creo que tenías razón, hay que echarle. Vamos a plantear en Revolución el problema de los 100 mil anuales. Así desviamos el problema del foco del y lo llevamos al otro, y vamos preparando al pueblo”.

La fecha de 18 de Julio de 1959 la escribió luego mi padre, de su puño y letra. Es posible que “del foco del” quisiera decir “del foco de él”, pero parece que al Fifo no se le daban muy bien las reglas gramaticales y no sabía que los pronombres no se contraen.

Al principo era una nota oscura y no la comprendíamos bien. Su verdadero significado no se nos reveló hasta que tuvieron lugar los sucesos conocidos como “la renuncia de Fidel”. Me explico:

La Revolución Cubana no la hizo solamente Fidel. Prácticamente todos los sectores del espectro social ayudaron a realizarla. La burguesía y la clase media ayudaban con gente y también comprando bonos del 26 de Julio. Ese aporte monetario no solamente se utilizaba para comprar armas y pertrechos de guerra, sino hasta para sobornos a jefes militares y políticos. Incluso existe la versión de que a Batista le pagaron para que se fuera. Lo cual no es tan descabellado dado el nivel de corrupción de Batista y el hecho de que -a pesar de la versión oficial castrista de que luego de la Batalla de Santa Clara el triunfo era inminente- las tropas fidelistas distaban mucho de controlar la zona occidental del país, que era la más importante, como lo demuestra el hecho de que Fidel demoró una semana en llegar al campamento militar de Columbia y hacer su famoso discurso de las palomas (“Armas, ¿para qué?”) porque se demoró “amarrando” los gobiernos locales desde Oriente hasta La Habana, lo cual es un indicio claro de que tal control no existía.

El caso es que aunque había triunfado y era el indiscutible Jefe de la Revolución, aún no tenía el control absoluto del país. Por eso tuvo que designar como presidente a Manuel Urrutia Lleó -un juez que se había atrevido a dar un fallo a favor de los acusados en un juicio contra unos rebeldes celebrado en los tiempos de Batista-, y a José Miró Cardona -un destacado profesor de derecho de la UH y presidente del Colegio de Abogados de La Habana- como Primer Ministro. Era una forma de darle una cuota de poder a la burguesía que lo había ayudado, además de mostrar un viso de institucionalidad y de continuidad democrática.

Pero en el fondo, su naturaleza de señor feudal sólo esperaba la oportunidad de manifestarse. A los 47 días del triunfo, y haciendo como que aceptaba a regañadientes, asumió el puesto de Primer Ministro, desplazando a Miró Cardona, que al poco tiempo pasó a ser embajador de Cuba en España, hasta que desertó.

Para Fidel, el verdadero peligro consistía en que su inclinación al comunismo se hiciera del dominio público. Mientras más demócratas hubiera en el gobierno, más difícil le sería a él tomar el control absoluto. En ese tiempo la palabra “comunista” era un insulto, y aunque la gente no sabía bien su significado, la rechazaba por instinto.

Por ahí comenzaron los problemas con Urrutia, que a esas alturas ya se había dado cuenta que Fidel, Raúl y el Che hacían todo lo que estuviera a su alcance para tomar el rumbo comunista -aunque públicamente el propio Fidel lo negaba con golpes de pecho y alabanzas al sistema democrático-, y el 13 de Julio de 1959 Urrutia hizo unas declaraciones de franca crítica a su propio gobierno.

Esa fue la gota que derramó el vaso, y Fidel decidió destruírlo antes de que la burguesía y la clase media le organizaran un movimiento anticomunista bajo sus propias narices.

El problema era cómo, o sea, con qué excusa. Todavía mucha gente no tenía conciencia del componente maquiavélico de su carácter y francamente, sentó cátedra.

Llamó a Carlos Franqui, el director de Revolución, y le ordenó un titular explosivo para la mañana siguiente: “RENUNCIA FIDEL”, con un subtítulo: “Explicará hoy al pueblo los motivos de su decisión”.

En el programa de tv -que por cierto vió hasta el gato-, explicó que estaba teniendo diferencias con el presidente, lo acusó de defender a Díaz Lanz y de no querer rebajarse el sueldo a la mitad como ya había hecho el Consejo de Ministros en pleno, y dijo que como él ya había cumplido con su compromiso de liberar al pueblo de la tiranía de Batista y además no tenía intenciones de permanecer mucho tiempo en el poder, iba a aprovechar este asunto para renunciar y dejarle el campo libre a Urrutia. Por supuesto, no mencionó el problema del comunismo.

La que se armó no tuvo límites. Era como si Jesucristo hubiera hecho una declaración renunciando a su apostolado, y dijera que se regresaba a trabajar en la carpintería de su padre, dejando a Judas Iscariote a cargo de sus seguidores.

Y aunque conociéndolo como lo conozco hoy, estoy seguro que usó claque para comenzar las protestas y encausarlas por el buen camino, millones de personas reclamaban de buena fe el regreso de Fidel, y “que se fuera el otro”.

Entonces el Fifo sacrificándose, haciendo gala de su vocación de humilde servidor de su pueblo, y sólo para cumplir con el reclamo de la voluntad popular, accedió a regresar. Claro, con la condición de que Urrutia renunciara. Y casualmente, antes de que terminara la transmisión, llegó la noticia: Urrutia había renunciado. Gritos y aplausos prolongados (o como dice el Granma, “Ovación”).

No sé si en aquella ocasión el aya de la francesa se quitó los espejuelos, pero sí estoy seguro que a varias personas el shock les produjo sirimbas histéricas.

En lugar de Urrutia nombraron a Oswaldo Dorticós Torrado, un abyecto peón incapaz de oponérsele al Fifo ni con el pétalo de una rosa, y que muchos años después tuvo la buena idea de suicidarse pegándose un tiro, posiblemente por la conciencia de su propia insignificancia y por el remordimiento de haberse prestado a apuntalar en el poder a un dictador asesino.

Todo esto está relatado con pelos y señales por un comunista, en el siguiente sitio:

http://fidelernestovasquez.wordpress.com/2009/07/17/hace-50-anos-fidel-renuncio-al-cargo-no-a-la-revolucion/

Era un espectáculo temible y grandioso. Temible, porque varios millones de personas molestas pueden meterle miedo al más pinto de la paloma. Grandioso, porque la espontaneidad de la reacción era muy emocionante y evidente para todos.

Bueno, para todos… excepto para nosotros.

De pronto, las razones del exabrupto por la mención de la llamada telefónica de Urrutia y el significado del papel, se nos hicieron claras.

Volvamos a analizar el documento:

“Creo que tenías razón, hay que echarle. Vamos a plantear en Revolución el problema de los 100 mil anuales. Así desviamos el problema del foco del y lo llevamos al otro, y vamos preparando al pueblo”.

“Echarle”, en el slang cubano, quiere decir criticar, desacreditar, aplastar. El “problema de los 100 mil anuales” era el sueldo del presidente, ese que no se quería rebajar él mismo. Y el problema del cual había que desviar el foco, era la cuestión de si el gobierno se encaminaba o no al comunismo.

Así que lo que planteaba era sencillamente el desvío de la atención de la gente del problema del rumbo comunista de la Revolución, para llevarla hacia el problema del alto salario presidencial, algo de muchísima menos importancia para el país, pero que siempre suscita envidias y por ello genera más vehemencia entre la gente simple. Sibilino.

Mi ingenuidad no es tanta como para creer que haya políticos que no sean manipuladores. Todos lo son, en mayor o en menor medida. La diferencia con este caso radica en que lo hacen sin dejar huellas.

Cuando comprendimos que teníamos -sin querer- una prueba documental de que aquello había sido preparado como un show, la inefable sensación de poseer la reliquia de un santo se convirtió rápidamente en terror. Temíamos que en algún momento se dieran cuenta de dónde habían perdido el papel y trataran de recuperarlo. Por suerte, esto nunca ocurrió.

Poco tiempo después Ada y Roa dejaron el apartamento para mudarse a una buena casa con jardín y patio trasero cerca de 7ma y 60 -seguramente de algún burgués siquitrillado que había emigrado-, su hijo Raulito se casó con una italiana y se fue del pais a vivir su vida muelle de bitonguito comunista, y la Historia giró y dejó de rozarnos con su ala (aunque como ave caprichosa, en el giro nos echó una cagada de ésas de antología).

Mi último recuerdo de aquel contacto con el Fifo fue la extraña sensación que sentí al darle la mano. Yo habría esperado una mano recia, callosa y grande, como correspondía a un héroe de su calado. Vamos, la famosa mano franca de Martí, la del amigo sincero. Pero me encontré con una delgada, suave y fría mano de abogaducho chupatintas, entregada como con miedo, de deditos para afuera. Nunca he podido olvidar aquella decepción.

La mano del Fifo ya anciano

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A continuación les adjunto copia del manuscrito por el frente y por detrás, y el recorte de una nota que salió en Revolución al día siguiente de los hechos relatados.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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9 respuestas a Un pedacito de Historia

  1. Magnifica anécdota, muchas gracias por compartirla. ¿Me permites reproducirla en una web que estoy preparando (Historia y Política)

  2. Muchas gracias. Te aviso cuando este listo el website.Repito que es una magnífica historia y muy bien escrita

  3. Manuel Zayas dijo:

    Hola, azayas48.

    Soy el autor del artículo en Diario de Cuba, titulado “La Isla del Nunca Jamás”. Gracias por su comentario. Me ha divertido mucho su texto… Y al parecer tenemos antepasados comunes (Zayas, de Trinidad)…
    Un saludo, Manuel..

  4. camaleon dijo:

    son buenas estas historias y que las enseñes en las escuelas del futuro para que el pueblo de cuba no se deje engañar nunca mas por ningun tiranosaurio.

  5. Pingback: El Cepero (IV y final) | Las cosas que me gustaría saber

  6. César Rodríguez dijo:

    Alfredo tu blog es muy bueno y este post “Un pedacito de historia” no tiene desperdicio. Procedo a divulgarlo. Gracias.

    • azayas48 dijo:

      Hola, César, mucho gusto en conocerte y por supuesto que puedes difundir el post tanto como quieras. Es más, me interesa mucho que el caso se conozca lo más posible. Yo pienso que la verdadera Historia está llena de anécdotas que dimensionan a los personajes mucho mejor que las historias oficiales que los tratan como semidioses suprahumanos e incorruptibles. Ojalá se conocieran más anécdotas y menos historias oficiales manipuladas. Saludos, Alfredo.

  7. Pingback: México lindo y querido (VIII) | Las cosas que me gustaría saber

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