La lata de arroz

Casi todos mis primeros recuerdos están relacionados con el olfato. Me imagino algo así como que de la misma forma que en el embrión humano se reproducen aceleradamente las distintas etapas del desarrollo evolutivo de la vida, es posible que en el niño pequeño también ocurra algo parecido pero a un nivel superior. O sea, que los distintos sentidos (olfato, tacto, vista, oído, etc) tengan, digámoslo así, sus ventanas de tiempo en donde son preponderantes, mientras se desarrollan otras habilidades más complejas como son el raciocinio y la personalidad. Y aunque debo admitir que al menos en mi caso es pura especulación y no responde a un conocimiento cierto, voy un poco más allá y pienso que si durante el período digamos, del olfato, recibiéramos entrenamiento especializado, quizás podríamos llegar a tenerlo tan agudo como un sabueso. Y de la misma forma, si lo desperdiciamos, el tejido cerebral o lo que sea se atrofia, y ya nunca más tendremos la oportunidad de desarrollarlo. Eso ayudaría a explicar el porqué hay niños con indiscutible capacidad para la música, o para las artes plásticas, por ejemplo.

En mi caso, creo que tuve buenos estímulos para el desarrollo del olfato. El primero de ellos fue una gran lata de galletas llena de arroz crudo que mi abuela utilizaba para evitarse tener que manipular a diario el inmenso saco que permanecía bajo llave en la alacena de la que salían casi todas las cosas que utilizaba María Brunet, nuestra cocinera,  para hacer su trabajo.

En ese tiempo yo no era mucho más grande que la lata. Un día, descubrí que podía abrirla metiendo mis deditos por debajo del reborde y tirando hacia arriba. Acerqué la nariz y quedé cautivado con el olor a arroz limpio y una cierta frescura de aire que ahora relaciono con la alta humedad ambiente reinante en toda Cuba y la capacidad higroscópica del arroz. Recuerdo que me gustaba meter la cabeza dentro de la lata para ver las brillantes paredes interiores de latón, mientras que la parte externa mostraba otra textura porque tenía óxido y estaba tapizada por un papel con el logotipo de la marca de galletas. Cuando mi abuela y mi nana descubrieron lo que había aprendido a hacer, no me regañaron sino al revés, se rieron y me celebraron la “gracia” como si hubiera descubierto algo muy grande.

Otro de mis olores preferidos provenía del lavabo que estaba debajo del colgadizo que daba al patio. Mi abuelo acostumbraba a afeitarse en él porque al estar casi al aire libre, tenía muy buena luz. Usaba una brocha de pelos de verdad, la cual frotaba contra un jabón de tocador con un agradable olor a lavanda. Pues bien, otra de mis “gracias” consistía en levantarme de puntillas (para poder llegarle a la altura), agarrarme con mis manitas del borde del lavabo, y pegarle la nariz al jabón. Recuerdo claramente que me emocionaba el olor a lavanda.

En realidad, los olores estaban por doquier en aquella inmensa casa colonial que había comprado mi abuelo, y yo me los conocía todos: el sabroso olor a monte que traían los sacos de carbón que utilizaban para cocinar, el olor de los gallineros, el de las paredes recién encaladas, el de la tierra húmeda del jardín luego del aguacero de la tarde, el del piso recién trapeado con creolina, el del alcohol del reverbero con que calentaban algunos alimentos, el de la mezcla de madera aserrada, aguarrás y grasa que salía del lugar donde guardaban las herramientas, el del “galán de noche” que crecía casi debajo de los árboles de mango y aguacate…

Pero definitivamente, el olor más sugerente y cuyo recuerdo ha resultado más agradable, es el de la enredadera de jazmín. Muchas, muchísimas casas coloniales trinitarias tenían patios traseros umbrosos y frescos, en los que crecían todo tipo de flores y plantas ornamentales. Por lo general, en el paredón más húmedo, crecía un jazmín.  Los había de dos tipos, el blanco y el rojizo, cual de los dos más exquisitos. Y para mí era una verdadera delicia acercarme con mis pasos vacilantes de caminador reciente a oler las flores. Por lo general el olor era tan intenso que no era necesario acercarse demasiado, sólo con estar cerca ya se respiraba el perfume embriagante. Han pasado casi 60 años y ese olor me sigue sugiriendo calidez, seguridad y reposo.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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