México lindo y querido (VIII)

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Newton y su famosa manzana

Física vs. Historia

En la Secundaria aprendimos que el peso de un cuerpo proviene de la interacción entre su masa y la de la Tierra según la Ley de la Gravitación Universal [F = G * (m1 * m2)/r2] que predice incluso el movimiento de los astros, y también que dicho peso puede verse como la suma vectorial de los pesos de los átomos que lo forman.

De manera similar, creo que los grandes acontecimientos de la Historia se pueden descomponer en muchos pequeños dramas. Por lo general, todos guardamos un recuerdo del hecho como un todo. Pero el conjunto de breves historias que desencadenan o en que se desglosan dichos acontecimientos -y que son las implicaciones humanas del suceso- en su mayoría permanecen ignoradas y sólo son conocidas por el pequeño grupo de personas que fueron testigos de ellas.

Por ejemplo para un historiador o un general, una batalla puede ser recordada como un conjunto de informaciones que entraron o salieron de un cuarto de guerra. Pero dudo mucho que esa sea la interpretación del que perdió un hijo en la misma contienda.

Bolitas de la Lotería

Bolitas de la Lotería

Veneno, la lotería y las películas “estratégicas”

La batalla de Playa Girón (o Bahía de Cochinos, según dicen los gringos) podrá haber sido “La primera gran derrota del Imperialismo Yankee en América Latina” como pomposamente la bautizó el Fifo, o “La gran hijaeputá de Kennedy” como la bautizaron los de la Brigada 2506 al sentirse abandonados en medio de la guerra.

Sin embargo en un plano estrictamente familiar, fue la razón para que mi padre se quedara sin trabajo.

(Por cierto, dicen que no hay mal que por bien no venga, esa gran hijaeputá me salvó la vida. Me explico: a mis padres y a mí nos agarró la noticia de la invasión de Playa Girón en Varadero. En aquel tiempo habíamos conseguido prestada una casa preciosa -de las que los burgueses estaban abandonando- y estábamos pasando una temporadita en aquel lugar. Fue un vecino el que nos comunicó que los americanos estaban invadiendo la Isla y mi papá tomó la peor decisión posible: regresarnos urgentemente a La Habana. Nunca se me va a olvidar que en el viaje nos topamos con cientos de transportes militares, tanquetas, etc, que estaban haciendo el viaje por la misma carretera pero en sentido contrario, o sea, desde La Habana hacia Matanzas, para luego bajar hacia el sur. De manera que si Kennedy no hubiera dado la orden de suspender el apoyo aéreo, casi seguramente nos hubieran volado los misiles gringos disparados hacia las tropas del Fifo, que estaban tan cerca de nosotros como que podíamos conversar con los milicianos a través de las ventanillas del coche. Tampoco olvidaré la sensación de miedo que me causó atravesar varios de los puentes que existen en esa carretera -incluyendo el de Bacunayagua- porque las cabeceras de todos ellos estaban siendo minadas para volarlos si el enemigo avanzaba y trataba de llegar a la capital. Estaban cavando cientos de pequeños agujeros cuadrados y en ellos se veían los cartuchos de dinamita. Para atravesar aquellos campos minados, mi papá tuvo que conducir el coche sobre dos hileras de tablones que atravesaban cada zona minada. No quiero pensar en lo que hubiera pasado si una de las ruedas se hubiera salido de aquel estrecho caminito).

Pero regresemos al hilo principal del relato.

Como el negocio de mi padre era importar medicinas de EU y los permisos para las transferencias en dólares para el comercio exterior -que ya desde antes estaban muy restringidos- fueron definitivamente cancelados en ese preciso instante, su negocio se asfixió.

Entonces mi padre, que ya estaba acostumbrado a ser su propio jefe, montó en cólera e hizo una declaración palatina: ¡Nunca seré empleadito del Fifo!

Pero como para ese tiempo en Cuba ya casi no había otro empleador, la situación económica de mi familia empeoró bastante (mi abuelo había muerto y su patrimonio se había perdido totalmente, a causa de la Revolución). Gracias a Dios mi madre continuó trabajando de maestra y aunque el sueldo no era muy grande, todos tuvimos que aprender a comer de ahí.

El problema se resolvió finalmente porque mi padre tenía un amigo que había sido compañero suyo en la carrera (él estudió medicina hasta el 3er año y después la dejó porque quería casarse con mi mamá y consiguió un trabajo de “viajante” en los Laboratorios Classic, la misma empresa en la que luego llegó a ser gerente de ventas). Ese amigo por supuesto ya se había graduado hacía mucho tiempo y había abierto un laboratorio de análisis clínicos en la calle K, en el Vedado.

Para los que no lo sepan, hay que recordar que en los primeros tiempos de la Revolución aunque los médicos recién graduados tenían que jurar que nunca iban a ejercer la medicina privada, a los que se habían graduado antes de la Revolución y tenían una consulta particular, no se las cerraron a la fuerza -como a tantos otros empresarios-, porque los comunistas tenían miedo de la reacción de la gente por la afectación en los servicios médicos que traería aparejada esa medida. Ya una vez que se sintieron fuertes y con personal suficiente para hacerle frente a la demanda -en un ejemplo clásico de su modo de proceder taimado y desagradecido- las cerraron y obligaron a los pocos médicos viejos que quedaban a retirarse o convertirse en empleaditos del gobierno.

Automóvil Desoto modelo 1954 de mi padre con él al volante, unos años antes de la época de este relato.

Automóvil DeSoto modelo Diplomat 1954 de mi padre con él al volante, unos años antes de la época de este relato. Foto realizada enfrente de nuestra casa en el reparto Miramar.

Entonces Rolando -así se llamaba- empleó a mi padre en su laboratorio como una especie de chofer para ir a las casas de los enfermos que no se podían mover y hacerle las extracciones de sangre. Con eso mi papá comenzó a ganar de nuevo algo de dinero, aunque nunca al nivel anterior, cuando él era el dueño de un negocio.

Por cierto, con el tiempo hasta yo trabajé en el laboratorio de Rolando. Mi primer trabajo -en vacaciones escolares claro está, y en cierto sentido premonitorio de lo que me tenía reservado el destino- fue revolver popó mezclándola con agua saturada de NaCl (cloruro de sodio) para hacer las preparaciones de los análisis de heces fecales con el objetivo de buscar huevecillos de parásitos. La sal se utilizaba para aumentar la densidad del líquido porque con ello se incrementaba la flotabilidad de los huevos y era más fácil que se pegaran al portaobjetos que se ponía en la parte superior del vaso que contenía la mezcla, el cual luego se llevaba a un microscopio. Además, como ya a esas alturas era mecanógrafo y taquígrafo graduado de la Escuela Politécnica Nacional y tenía buena redacción y ortografía, escribía a máquina los informes con los resultados.  Así me gané mis primeros 20 pesos.

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Revolver la popó de los pacientes, mi primer trabajo formal

Aunque mi familia no era extremadamente rica, siempre había tenido un nivel de vida aceptable, de clase media acomodada. Y como éramos bastante industriosos y además no teníamos grandes vicios, logramos más o menos mantenernos a flote. Por ejemplo, vivíamos en Miramar, teníamos coche, etc. Cosas que no eran nada del otro mundo, pero en la sociedad cubana, en donde casi todo el mundo iba para atrás, era casi un milagro.

Poco a poco y a medida que los burgueses se iban y sus casas iban siendo “heredadas” por los revolucionarios -muchos de los cuales toda su vida habían estado jodidos y eran envidiosos y resentidos profesionales- el ambiente fue cambiando.

Frasco de veneno

Frasco de veneno

Un día se mudó al barrio un negro viejo de los que sienten un odio a muerte contra todos aquellos a los que les va mejor que a él. Al poco tiempo de andar por allí la gente le puso como nombrete “Veneno”, porque se pasaba la vida vigilando a los demás e intrigando. Sobre todo, recuerdo su torva mirada de odio y su cara de borracho incorregible. Hay tipos así, que intentan compensar su insignificancia cultivando su maldad. Lo malo es que en el fidelato les sueltan la cadena, es decir, los usan como esbirros.

Pues bien, Veneno no concebía que a mi padre le fuera relativamente bien, sin trabajar para el gobierno. “Seguramente algo malo debe estar haciendo” -pensaba lleno de envidia (recuerdo el refrán que dice: “Piensa el ladrón, que todos son de su condición…”).

De manera que terminó denunciándolo como “bolitero“. O sea, él pensaba que mi padre obtenía su dinero a través del juego de lotería clandestino, que estaba prohibidísimo.

Y como en Cuba basta una sospecha para desencadenar la acción de los organismos represivos, una noche llegaron a la casa los perros de la policía y se llevaron preso a mi papá, junto con todo lo que les pareció una posible “prueba”. Cuando vieron las películas -a mi padre le gustaba mucho tomar películas de aficionado y tenía una Bolex de 8 mm- se las llevaron todas. Cientos o miles de metros de películas que había ido acumulando durante muchos años, incluyendo las de un viaje a México que habían hecho él y mi madre en 1956, las de la vez que el Fifo comió en mi casa, cumpleaños míos, vacaciones en la playa, en fin, todas.

Luego de hacer mil gestiones, lo soltaron al día siguiente porque en realidad la acusación era una gran mentira y no pudieron probarle nada. Ni siquiera hubo juicio. Tampoco disculpas, por supuesto. Pero tuvo que dormitar esa noche en el banco de cemento de una celda. De las películas sólo devolvieron una parte. Los rollos que contenían la visita del Fifo a nuestra casa muy al principio de la Revolución, nunca los volvimos a ver. La excusa para no devolverlos fue -según sus palabras- que esos eran “estratégicos”. Uds. saben cómo les gusta “comer de lo que pica el pollo” (o sea, mierda) a los comunistas con esas cosas…

Por cierto,  el pobre Veneno quedó desolado al ver que en definitiva no le hicieron todo el caso que él esperaba. Un chivato siempre es un despreciable chivato, ¿cierto?

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Hasta ahora he hecho algunos cuentos de experiencias personales que involucran a mis padres o a mi familia materna y que ponen de manifiesto la maldad intrínseca del régimen comunista. Pero no crean que la rama paterna estuvo exenta de sufrir abusos y desgracias. La Revolución es como un manto de miseria, injusticias y tristeza que envolvió a todo el pueblo cubano. Ahora contaré algunos episodios de la otra mitad de mi familia.

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Vista emblemática de Trinidad. A la izquierda, parte del Parque Martí. Al fondo el Convento, símbolo del pueblo y escuela donde estudiaron mis padres. A la derecha, el palacio de los Condes de Brunet, una de las familias más ricas del tiempo de la colonia. La Iglesia está situada más a la derecha, pero en la foto sólo se observa una pequeña parte de su verja y rampa de entrada.

Adelfo y mi prima Leonorcita

Trinidad, a pesar de ser un pueblo relativamente pequeño, es una de la primeras ciudades fundadas luego que Colón descubrió América. Lo hizo el mismísimo Diego Velazquez en 1514. De manera  que durante los últimos 500 años, las familias trinitarias han tenido tiempo de sobra para conocerse y mezclarse. En definitiva, que casi todo el mundo allí es familia.

De hecho, la familia de mi madre por un lado y la de mi padre por otro, están emparentadas a través de un vínculo triangular que pasa por otra familia, los Hernández Torrecilla.

El nudo familiar lo cierran dos hermanos, Adelfo y Celso. Adelfo se casó con Lilita, hermana de mi papá, y Celso se casó con Xiomara, sobrina de Thusnelda, esposa de Gustavo, hermano de mi mamá. Un verdadero galimatías, ¿verdad?

Sin embargo, esto no tendría el menor interés si no fuera por un detalle: que los Hernández Torrecilla en general simpatizaban con el Fifo, y nosotros no. Situación que en aquellos tiempos se convirtió en muy común, y fuente de notables pleitos. Era como si todo el pueblo fuera una de dos: Montesco, o Capuleto.

En nuestro caso la sangre no llegó al río porque prevaleció una saludable distancia, fruto principalmente de la decencia de ambas familias. En honor a la verdad, me atrevo a asegurar que Adelfo -mi tío político- hizo completamente feliz a Lilita, la hermana de mi papá. Tuvieron tres hijas, una de las cuales fue mi prima Leonorcita, así llamada por una tía-abuela materna.

Leonorcita creció, se casó, y tuvo a su vez descendencia. Era una joven bonita, entusiasta y muy inteligente. Un aciago día asistió junto con su esposo a un “trabajo voluntario”, eufemismo con que los comunistas designaban a actividades consistentes en llevar a la gente -en su tiempo libre- a realizar algún trabajo de manera gratuita, generalmente labores agrícolas.

Según la lógica del gobierno, participar era una forma de hacer patria y mostrar tu agradecimiento a la sociedad por los beneficios que recibías de ella. Según la lógica de los gusanos, era una forma de humillarte similar a la famosa escena de Guillermo Tell -el mítico héroe de la independencia Suiza- en donde el gobernador Hermann Gessler obligaba a los súbditos a inclinar la cabeza ante su sombrero que había colgado en un poste.

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Sombrero del gobernador Gessler, ante el que había que inclinarse so pena de desencadenar su ira

En realidad, de “voluntario” sólo tenía el nombre, porque el no participar te podía traer consecuencias funestas en tu trabajo o en tu escuela, como sucedió en múltiples ocasiones. Y en cuanto a la productividad, la realidad era que casi siempre se consumían más recursos que los que se generaban, porque la gente que realizaba los trabajos no tenía entrenamiento previo y su eficiencia era lamentable, además de que muchos lo tomaban como paseo campestre.

Entre los descuidos comunes de parte de los organizadores de tales eventos, estaba el problema del transporte del personal. Porque ante la escasez de vehículos diseñados para el transporte de personas, utilizaban lo que les caía en las manos, que por lo general eran camiones de barandas o redilas, de los que se usan para transportar carga general. Ahí no había asientos, y la gente tenía que agarrarse a las barandas para no caerse en la cama del camión por los zarandeos propios del camino.

Existía, además, el problema de los choferes. Porque en vez de utilizar gente cuidadosa y experimentada en conducir cargas delicadas, los camiones eran manejados por verdaderos adolescentes, más interesados en demostrar sus habilidades de conductores de carreras que en llegar sanos y salvos a su destino.

Y sucedió lo que tenía que suceder: cuando el camión comenzaba a tomar una cerrada curva a toda velocidad, una de las barandas cedió y la gente comenzó a caer del camión con el mismo a toda marcha.

Antes que los gritos de terror alertaran al chofer de que algo inusual estaba sucediendo “allá atrás” en la cama y que éste detuviera su marcha, casi todos los que estaban agarrados a la baranda que se zafó, cayeron al asfalto o al vacío. Por supuesto que hubo varios muertos y heridos.

Por suerte, Leonorcita y su esposo no estaban entre los accidentados. Él logró agarrarla antes de que cayera, y los dos se sujetaron fuertemente a la baranda delantera, la que daba a la cabina del chofer, que gracias a Dios resistió en su sitio.

Pero fueron testigos de primera mano en ver cómo sus compañeros de viaje, muchos de los cuales eran sus amigos, caían y se mataban de una manera horrible, y por una razón absurda. No quiero pensar en el sufrimiento de las familias de los muertos, ni en el susto de los que quedaron vivos.

Pero desgraciadamente, tengo que hacerlo.

Porque a los tres días, y producto de una subida de presión sanguínea de origen emotivo causada con toda probabilidad por el incidente del camión, mi prima Leonorcita sufrió un accidente vascular encefálico, y murió.

Aquello dejó una niña pequeña sin mamá, un esposo desesperado, y unos padres -Adelfo y Lilita, mis tíos- transidos de dolor.

Ya han pasado muchos, muchísimos años, pero cada vez que lo recuerdo me hierve la sangre en las venas. Y me pregunto si puede existir una razón para morir más estúpida y vana que la que le costó la vida a mi prima Leonorcita a causa de un loco asesino que para perpetuarse en el poder trastornó completamente las costumbres de un pueblo y lo llevó al odio, la irresponsabilidad y la miseria material y espiritual.

Y no hay quien me quite de la cabeza que a raíz de los sucesos relatados, las convicciones revolucionarias de Adelfo -que hasta ese momento parecían a prueba de bombas- comenzaron a flaquear.

Como muchos ingenuos y bien intencionados jóvenes de origen campesino que tuvieron ilusiones de progreso y libertad para su pueblo, él luchó en la clandestinidad contra la dictadura de Batista. Una vez que triunfó la Revolución, inmediatamente se incorporó al trabajo como funcionario público en el gobierno de la ciudad. Por supuesto que perteneció al PCC (Partido Comunista de Cuba) desde sus inicios. Su ilusión era “llevar la cultura a las masas”. Incluso trabajó muchos años como comisionado de Cultura. Sus responsabilidades incluían el contratar compañías de danza, ballet, teatro, orquestas, escritores, etc, para organizar festivales, exposiciones y eventos artísticos en Trinidad, así como aprovisionar lo mejor posible las bibliotecas, museos y otros centros de cultura. Él no tuvo cuando pequeño un gran acercamiento al mundo de las artes, pero de adulto lo aprendió a apreciar y quizás precisamente por ello, deseaba con vehemencia transmitirle ese gusto a los demás, enseñarles a apreciar y disfrutar lo bello. Nada más noble y encomiable que ésas sus intenciones.

Sala del Palacio Brunet en Trinidad

Sala de estar del palacio de los Condes de Brunet, característico de la arquitectura y los muebles del estilo colonial trinitario

Pero es que en esos tiempos nuestro pueblo no era precisamente el mejor lugar de Cuba para rendirse a los encantos de la cultura. No hay que olvidar que Trinidad fue el centro logístico del Ejército Rebelde en la Lucha Contra Bandidos, el nombre con que el Fifo -experto en eufemismos- acuñó la guerra civil que se produjo a comienzos de la Revolución, cuando muchos de los hombres que habían luchado contra Batista se volvieron a alzar en el Escambray -esta vez en contra del Coma-Andante- al notar el rumbo comunista que había tomado su gobierno.

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Patio de casa colonial trinitaria

No tengo ninguna prueba de ello, pero sí la impresión de que poco a poco, el ver que sus esfuerzos por abrirles a la gente el mundo de la gran cultura eran como arar en el mar, que la cultura que se divulgaba por los medios oficiales era la de la guerra y la intolerancia, que lo que se entronizaba en el pueblo era la chabacanería y el mal gusto y que el caudillismo reemplazaba toda esperanza de democracia, lo fue desanimando cada vez más. Pero es difícil admitir que los objetivos y la ideología que abrazaste en tu juventud y por la cual luchaste durante toda tu vida, resultaron un fiasco. Eso duele, agota, y daña. Es la psiquis influyendo en la soma. Y para colmo, la muerte de su hija Leonorcita -por los motivos que fueran, pero relacionados con las estupideces de la Revolución- lo terminó de sumir en una depresión intensa.

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Parque Martí, Trinidad, Cuba. Foto tomada desde el balcón  del palacio de los Condes de Brunet, en dirección Sur. A lo lejos, en el horizonte, el Mar Caribe.

Lo que sí puedo afirmar rotundamente porque participé en ese pequeño drama, es que a Adelfo le comenzaron unos mareos y unos episodios de pérdida momentánea de visión, que  hicieron sospechar en la existencia de un tumor cerebral. Buscando la mejor atención médica, viajó a La Habana. Y como en ese tiempo yo trabajaba en el Oncológico y tenía muchas amistades en el mundillo de la salud pública, le conseguí una consulta con un oftalmólogo famoso que por ese entonces trabajaba en La Covadonga, el cual comenzó a investigar el caso.

Tuve entonces ocasión de hablar reservadamente con él, y comprobar que su fervor inicial por la Revolución había mermado bastante. El siempre fue un hombre muy amable, honesto y respetuoso con todos, incluso en los momentos de euforia inicial de la Revolución, cuando el entusiasmo por arreglar los abusos del régimen de Batista disimulaban los abusos del régimen del Fifo, cubriéndolos bajo un cierto manto de “legalidad revolucionaria”. Pero ya a estas alturas del partido había comprendido que quizás no tuviera toda la razón, como pensaba al principio.

Para decirlo en pocas palabras, el principal recuerdo que tengo de aquella conversación es que la tristeza dominaba sus pensamientos.

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 El final de la historia de mi tío Adelfo comienza con un tractor agrícola. Alguien descuidado y que utilizaba el vehículo como si fuera un caballo para sus asuntos particulares, llegó a una tienda rural situada a la orilla de la carretera entre Trinidad y Sancti Spiritus y se bajó a comprar algo -quizás cigarros- pero dejó encendido el motor. Aprovechando el descuido, un niño travieso se encaramó en el mismo y comenzó a tocar las palancas de mando. Cuando el tractor echó a andar la gente comenzó a gritar, y el niño aterrado se tiró al suelo desde la altura de la cabina. Pero tuvo la mala suerte de caer delante de las grandes ruedas motrices, las cuales le pasaron por encima, aplastándolo.

En medio de la terrible confusión que se produjo y con la vana ilusión de revivirlo, recogieron el cadáver, lo metieron en un automóvil que había por allí cerca y salieron como bólidos en dirección al hospital de Trinidad, a muchos kilómetros de distancia.

Mi tío Adelfo venía en su jeep por la misma carretera pero en dirección contraria, de Trinidad para Sancti Spíritus, a alguna gestión propia de su cargo.

Los coches coincidieron en una curva.

Hay quien dice que el coche con el niño muerto se abrió demasiado al tomar la curva, debido al exceso de velocidad. Hay quien dice que Adelfo pudo haber sufrido en ese instante uno de los episodios de ceguera que ya padecía. O quien sabe.

El hecho es que chocaron de frente, y pedazos de todos, los que venían en el coche y de Adelfo que venía manejando el jeep, quedaron regados y fueron recogidos a lo largo de un buen tramo de la carretera. Literalmente, los cuerpos se deshicieron.

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Yo no puedo afirmar que el Fifo mató a mi tío Adelfo, a mi prima Leonorcita, o a mi tío Gustavo…

¿O sí?

Porque sospecho que las historias que he contado en los últimos dos artículos constituyen sólo una pequeña fracción -la fracción de las que yo fui testigo cercano- de un gran conjunto de dramas similares, que se originaron a partir de decisiones tomadas por el Coma-Andante y sus secuaces desde allá, muy arriba, en el Olimpo verde olivo.

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Esos eran los recuerdos que pasaban por mi mente justo antes de llegar al apartamento de San Pedro de los Pinos para recoger mis pocas pertenencias y escapar hacia la libertad.

(Continuará)

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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