La felicidad cabe en una maleta (I)

Portada de una edición de Martín Fierro

“Aquí me pongo a cantar
Al compás de la vigüela;
Que el hombre que lo desvela
Una pena estrordinaria,
Como la ave solitaria
Con el cantar se consuela.”
Verso inicial de El Gaucho Martín Fierro, de José Hernández

A nadie le gusta hablar de sus fracasos. Sin embargo, el efecto terapéutico de hacerlo es un hecho. Y si no me creen, pregúntenle a los psicólogos y a los curas. Martín Fierro lo intuía, y utilizó los versos que le brotaban del corazón con la fuerza de un arroyo impetuoso para cantar su largo y bello poema, y con ello librarse de sus penas.

Desgraciadamente yo no soy poeta sino físico. Pero también tengo mi corazoncito, y espero poder hacer lo mío sin tanta poesía, pero con la misma efectividad.

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Alfredo, hoy hablé con mi abogado para comenzar los trámites de divorcio.

La frase me agarró de sorpresa. Alguna vez han sentido como que el piso sobre el que están parados desaparece y comienzan a caer en un vacío infinito?…

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Pero bien mirado, quizás no debiera pensar así. En realidad, ya tendría que estar medio acostumbrado a la sensación de desarraigo que producen situaciones parecidas: desde que era pequeño me ha sucedido muchas veces.

La primera que recuerdo, estaba yo durmiendo en mi cama. Tenía 10 años recién cumplidos, era jueves, no tenía que levantarme para ir a la escuela porque estábamos de vacaciones de Navidad y los pintores que había contratado Roberto Vila -el dueño- para que pintaran el exterior del edificio, estaban en el pasillo lateral cerca de mi ventana, preparando el andamio que usaban para colgarse y hacer su trabajo.

De pronto, llegó alguien y comenzó a hablar rápidamente en un tono de excitación extrema y un volumen tan alto, que me despertó. Decía algo parecido a: “SE FUÉ!!!”

Era el 1ro de enero de 1959, y se refería a Batista, que había abandonado la Isla, dejando el gobierno en manos de un testaferro que duró menos que un merengue en la puerta de un colegio.

Cadillac “cola de pato”

Ese día salimos a celebrar paseando por la calles en el Cadillac “cola de pato” de Pepito y Aurora, los vecinos del tercer piso. Nunca he vuelto a ser testigo de una manifestación de júbilo popular como aquella. La gente se reía sola, caminando. Todo el mundo saludaba a todo el mundo. Éramos felices (no sabíamos lo que nos esperaba). Creíamos en el Fifo. Era como si Jesucristo hubiera regresado a la Tierra.

Ocho días después, el tipo entraba triunfante en La Habana, con paloma blanca en el hombro y todo lo demás.

El Fifo hablando desde Columbia (el principal campamento militar de La Habana), el 8 de Enero de 1959, con las palomas blancas que le preparó Celia -su amante y brujera- para reforzar su imagen como líder de la paz. La cara que aparece detrás es la de Camilo Cienfuegos, uno de sus lugartenientes principales, al que después traicionó y asesinó.

La gente se arremolinaba para verlo de cerca. Hubo hasta quien se encaramó en una farola del alumbrado público para tener mejor vista.

Mis amigos

Pero no a todos aquello le convino. Hubo una pequeña minoría a la que le supo a derrota. Entre ella, se encontraba la familia de Jorge y Rolando, mis dos amigos de enfrente. Ellos eran hermanos, no asistían a Belén sino a una escuela gringa, tenían aproximadamente mi misma edad y su casa era mucho más grande que la mía, por eso jugábamos en su porche, que ocupaba prácticamente todo el nivel inferior. Tenían a Lobo, el cachorro de pastor alemán, Jorge se pelaba al flaptop, tenía pecas en la cara, esa edad que hace que tus incisivos luzcan más grandes de lo normal, y se decía que eran cercanos a Batista. No recuerdo bien a sus padres, sólo que el papá casi nunca estaba en la casa. Tampoco recuerdo su apellido, y no quiero pensar que fuera Masferrer…

Desaparecieron ese mismo día. No sé que fue de ellos, me imagino que se fueron a Miami.

Poco a poco, lo mismo fue pasando con el resto de mis amiguitos del barrio: Marinito, Wilmorito, Armandito, Sergito…

Marinito y Wilmorito

Marinito y Wilmorito eran hermanos. Sus nombres sin diminutivo eran Marino y Wilmour. Sus padres eran Marino M (no quiero hacer alusiones personales directas) y Orquídea …? (a veces me falla la memoria). Tenían una finca de recreo en las afueras de La Habana a la cual me invitaban seguido los fines de semana y en la que me di mi primera cortada en serio en un dedo, manipulando de forma estúpida un machete para deshojar una caña brava que estábamos preparando para hacer un corral de puercos. Recuerdo el corre-corre que se formó para coserme el dedo y el miedo a que me hubiera cortado un tendón. Marino era el típico guajirón rico, machista y muy fornido, rubio de ojos claros. Aparte del Jeep, tenía un Buick de esos grandísimos, con ruedas de “banda blanca”. Orquídea era una rubia despampanante (es decir, bella) y corriente, pero de buen corazón. Sus escándalos y pleitos eran famosos y se oían y se comentaban por todo el barrio. Como su casa estaba junto a la nuestra, oíamos sus discusiones como si estuviéramos dentro. A mí me recordaban a Lorenzo y Pepita, el matrimonio de los cómics.

Portada de un cómic de Lorenzo y Pepita

Marinito también asistía a Belén, nos íbamos juntos en la misma guagua (la #11). Wilmorito no, porque todavía era demasiado pequeño para ir a la escuela. Fue en la bicicleta de Marinito (que no sé porqué llamábamos “La Enana Cabezona“) donde aprendí a manejar “sin rueditas”. Luego de dominar el arte de montar, jugábamos a “la policía y ladrones” en bici por todo el barrio. Ese era casi el único ejercicio que hacía, y creo que por eso tengo las piernas mucho más fuertes que los brazos.

Quizás el afán de jugar a perseguirse unos a otros en bicicleta era un reflejo de los programas de tv que todos veíamos. En ese tiempo la tv estaba comenzando pero ya habían series, aunque comparadas con las actuales aquellas resultarían simples y aburridas.

Cartel de la serie de tv del caballo Furia

Recuerdo los nombres de algunas: por ejemplo, los martes ponían las aventuras de Furia, un caballo muy inteligente que siempre salvaba a alguien de una situación de peligro extremo. Los miércoles era RinTinTin, el perro pastor maravilla que pertenecía a un soldado yanki de los tiempos de la Guerra Civil.

Inspector Matthews de Patrulla de Caminos, pronunciando su bocadillo “¡Aquí 20-50 llamando a Jefatura!”

Los jueves ponían Patrulla de Caminos, un programa sobre las aventuras de la Policía de Caminos norteamericana en su lucha contra el crimen, con su figura estrella, el inspector Matthews y su inmortal frase, pronunciada frente al micrófono del radio de la patrulla cuando se quería comunicar con la Central de Policía: “¡Aquí 20-50 llamando a Jefatura!” y que siempre terminaba con la emocionante y clásica escena de la persecución de coches (precisamente de ahí viene la frase “cut to the chase” para indicar que vayas al grano).

Perry Mason en los tribunales

Los viernes creo que daban Twilight Zone o Wyatt Earp aunque no estoy tan seguro, y creo que también los sábados había un programa sobre un submarino aunque la memoria me falla en recordar los detalles. Tampoco recuerdo bien si los lunes era Lassie, la inteligentísima Collie, y los domingos Perry Mason, el hábil abogado criminalista. Creo que las aventuras de Flipper, el delfín, fueron muy posteriores a la época de la que hablo.

Lassie, la intelígentísima perra Collie

Pero continuemos con el hilo principal de esta historia.

Los pleitos entre Marino y Orquídea iban in crescendo. Y muchas veces sucedió que luego de los gritos, portazos y maldiciones, Marino llegaba a nuestro portal bufando de puro encabronamiento, a hacernos los cuentos del asunto (como si nosotros no lo hubiéramos oído todito de punta a cabo) y a tomar a mis padres de jueces, con la intención de que le dieran la razón a él. O al revés, llegaba Orquídea hecha un mar de lágrimas a hacernos la historia de lo malo que era Marino, y de cómo la había insultado o pegado. Por supuesto, mis padres siempre trataban de mediar sin darle la razón a ninguno de los dos, porque eso hubiera significado tomar partido por uno pero romper la amistad con el otro, algo que no querían y que además no valía la pena, porque sabían que muy probablemente al poco rato Marino y Orquídea estarían perdonándose y haciendo el amor a todo tren. ¡Oh, las complejas relaciones humanas!…

Vestido con zipper posterior

Orquídea y el zipper

Pero tanto va el cántaro a la fuente, hasta que se rompe. Y por fin, se separaron. Marino se fue de la casa, y se la dejó a Orquídea y sus hijos. Entonces ella entró en barrena como Zero japonés ametrallado, y comenzó el desfile de hombres. Por cierto, todos apuestos y ricos, porque ella decía que no andaba con pendejos.

Una tarde yo estaba solo en mi casa, y sonó el teléfono. Era Orquídea preguntando por mi mamá. –No está -le dije-, salieron ella y mi padre. Entonces emitió con su boca un chasquido de impaciencia y me dijo que si yo podía por favor ir a su casa. Me lo dijo con un tono de misterio que me extrañó, pero le dije que sí.

No tenía más que moverme a la casa de al lado, así que muy pronto estuve tocando el timbre de su puerta. En cuanto me abrió, me explicó el problema: ella iba a salir con alguien -ese alguien llegaría en unos minutos a buscarla- pero no había podido cerrarse el zipper de su vestido porque le quedaba en la espalda y ella no podía hacerlo sola, su criada no estaba y por eso había pensado en mi mamá. Pero ya que mi mamá tampoco estaba, me pedía a mí que la ayudara a vestirse. Total, yo era un niño. Y además, de confianza.

El asunto se complicaba porque ella usaba vestidos ajustados como guantes, y para que no se le viera la marca de los elásticos de su ropa interior… pues sencillamente no la usaba, se ponía el vestido sobre su cuerpo desnudo!!!

Para mí, un preadolescente que apenas había visto un par de postalitas “de mujeres desnudas”, enfrentarme a ese soberbio cuerpo -o más bien, a su espalda y sus nalgas- y luchar con el zipper para encerrar en su lugar toda aquella abundancia, fue una experiencia inolvidable.

Unos 60 años después, todavía recuerdo el chisguetazo de adrenalina que sentí.

Primeras experiencias

Realmente, aquella no fue mi primera experiencia sobre temas sexuales. Nunca me he visto a mí mismo como alguien muy exitoso en ese sentido, pero a la verdad que comencé bastante temprano.

La primera de la que tengo conciencia, fue con mi tata (mi babysitter, para los que no entiendan la anterior palabra). Ella era una muchacha pobre que había sido engañada en su juventud por un malandrín que le había hecho un hijo. Eso la dejó traumada y además, la sociedad en aquel tiempo era mucho más pacata, así que no tenía compañero.

Pero sí tenía hormonas. Y entre ellas y mi curiosidad de niño pequeño, algunas veces sucedieron cosas que hoy en día recuerdo con cariño. Los dos dormíamos en la misma habitación, y ella se ponía una piyama para dormir. Por las noches antes de acostarnos, me pedía que cerrara los ojos para cambiarse. Y yo a veces simulaba que los cerraba pero en realidad dejaba una rendija minúscula para verla desnuda. Recuerdo la excitación que sentía a la vista de sus tetas pendulares con grandes y hermosos pezones, y su pubis muy poblado al que veía como una especie de triángulo de color muy negro entre sus piernas, el cual -sin saber a ciencia cierta porqué- me llamaba poderosamente la atención.

Y no estoy seguro de que fuera intencional, pero una vez me agarró mirando y en vez de regañarme, me pidió que la tocara. Se puso de espaldas, se abrió las nalgas y se quedó empinadita, esperando. Yo no tenía la menor idea de lo que era el sexo, no sabía nada sobre el orgasmo femenino y ni siquiera era potente ni tenía erecciones, porque aún era un niño. Sólo tenía el instinto, pero a veces es todo lo que se necesita.

Garage Tángana, 23 y Malecón, La Habana, muchos, muchisimos años después de esta historia…

Sergito

Sergito G. era el hijo de la vejez de “Tángana”. Así era como le decían a su padre, el dueño del garaje más famoso de La Habana, que está en 23 y Malecón (el mismo que muchos años después y con su habitual toque de Midas para convertir todo en mierda, en la neolengua del Coma-Andante le llamaron “Diplogarage” porque en él sólo atendían a los coches de los diplomáticos).

Era el más ñoño de nosotros, quizás por su crianza. Su mamá, Maria Luisa, era un señora muy buena, pero con demasiados compromisos sociales como para andar lidiando ella misma con Sergito. Por suerte tenían a la viejita Tití, su tata de toda la vida, que se hizo cargo de Sergito desde que nació. Lo quería con el alma, y él a ella. Tití era extremadamente bajita y noble. Tan bajita, que su estatura era comparable a la de nosotros, que éramos unos vejigos de 10 años aproximadamente. Y trataba a Sergio con una dulzura infinita, lo cual en vez de ayudarlo, hizo que Sergito saliera antojadizo y -para decirlo de alguna forma- “suave”.

De “Tángana”, el padre, no tengo mayores recuerdos. Murió al poco tiempo de yo conocer a Sergio, así que no logro asociarlo en mi mente con una cara. Sin embargo, sí recuerdo el funeral y el luto que se impuso en la familia luego de su muerte. Según pude constatar por lo que dejó, era del tipo de hombre aventurero y deportista. Parece que le encantaban los coches de carrera, y se movía en ese mundo de los sportcars. Y no le iba mal.

Tren de juguete

Tenían una casa preciosa, en la esquina de 3ra-A y 38, con pisos de granito, mezzanine con pasamanos dorado y una amplia escalinata en el patio posterior. En el garage -para unos 3 autos- había algo que a todos nosotros nos llamaba poderosamente la atención: una mesa inmensa con un tren eléctrico de juguete. En ese tiempo era un hobby caro (hoy en día también lo es) y existían principalmente dos compañias que los fabricaban: American Flyer, y Lionel (yo también tenía uno, pero el mío era mucho más pequeño). Aquella maqueta simulaba prácticamente una ciudad, con edificios, casas, caminos, semáforos, árboles, túneles, torres de agua, cerros, ríos… Para llegar al puesto de comando de aquella maravilla, tenías que gatear por debajo de la mesa hasta alcanzar una especie de esclusa vertical que había en su centro, recorrido que hacías en medio de tantos cables de control que aquello parecía una selva (en ese tiempo no había wifi ni bluetooth ni nada que se le pareciera). Cuando llegabas y subías, te encontrabas ante decenas de switches e interruptores de todo tipo. Con ellos manejabas los trenes, las estaciones, los cruces, etc.

Muchos de los vagones tenían alguna función especial. Por ejemplo, estaba el vagón lechero, el cual cuando lo arrimabas a una estación específica y apretabas un botón, abría sus puertas y aparecía un hombrecito que ponía en la plataforma una pequeña cantina de leche con la misma silueta de las reales, pero minúscula (luego tenías que “cargar” de nuevo el vagón con las cantinas metiéndolas por una abertura en su techo, pero esto no le quitaba un ápice a la diversión de ver al hombrecito trabajando). Había cruces que funcionaban “automáticamente” es decir, que cuando un tren llegaba a sus cercanías, el peso de la locomotora accionaba un switch que le quitaba la corriente al tramo de vía del cruce transversal, de manera que cuando otro tren llegaba al mismo, se quedaba sin corriente y se paraba, y el efecto visual era que un tren estaba “esperando” a que el otro pasara para continuar su marcha. Luego de que el primer tren terminaba de pasar, el switch recuperaba su posición inicial, y el tren que estaba “esperando”, continuaba su movimiento. A mí, tal nivel de automatización me producía espasmos de gozo.

Los trenes tenían hasta control de velocidad (la velocidad se regulaba mediante el voltaje, que podía variar en un pequeño rango que controlabas con un reostato). Y por supuesto, habían varios circuitos con electrificación independiente, para que pudieras tener varios trenes moviéndose a distintas velocidades, o unos en marcha hacia adelante y otros en marcha atrás. Los vagones se podían enganchar y desenganchar del resto del tren sin tocarlos -siempre que pusieras las las muelas de enganche encima de un dispositivo especial de los rieles- lo cual permitía todo tipo de “maniobras” para armar los vagones y los trenes en el orden que quisieras, exactamente igual que en el mundo real. Claro, todos aquellos voltajes -para los que pensaron en la posibilidad de una electrocución- eran muy bajos, no pasaban de unas pocas decenas de voltios. Si alguna vez “te cogía la corriente”, lo más que sentías era una leve cosquillita en las manos. Las locomotoras tenían un mecanismo especial para producir humo: cuando depositabas en su chimenea una pastilla blanca especial de una sustancia química que se sublimaba al calentarse, al poco tiempo aquella locomotora comenzaba a escupir bocanadas de humo blanco al mismo ritmo de su marcha… En fin, que nos divertíamos la mar con aquella maravilla.

Otro de mis recuerdos sobre cosas divertidas asociadas con Sergito era cuando salíamos en el Cadillac convertible (o descapotable) de su familia, a tirar serpentinas en el Carnaval de La Habana. Invitaban a toda la muchachada del barrio a aquel paseo, compraban un saco de rollos de serpentinas y otro de confettis, nos montaban a todos en aquel auto y nos íbamos al Malecón. En ese tiempo, era costumbre que luego de las carrozas, desfilaran también muchos autos con muchachas bonitas y gente de todo pelaje que querían divertirse e iban detrás, tirando serpentinas, sonando los pitos de corneta y moviendo “las matracas”, una especie de engranes de madera que hacían un ruido característico al moverlos circularmente. Nos divertíamos mucho, y todos terminábamos envueltos en serpentinas y bañados en confettis, pero muy contentos.

Por aquellos tiempos se organizaron unas carreras de autos en La Habana, a la cual asistió un famoso corredor español de nombre Juan Manuel Fangio y su némesis y eterno enemigo, el Marqués de Portago. Y como la familia de Sergio tenía conexiones en ese mundo de los sportcars, fuimos a ver aquella carrera desde un palco privilegiado. Recuerdo los montones de pacas de heno que habían dispuesto a lo largo del camino y sobre todo en las curvas, para tratar de disminuír el peligro si alguno de aquellos autos se salía del asfalto. El ver pasar los coches como bólidos, haciendo un ruido fenomenal y llenando la atmósfera del olor característico del combustible de alto octanaje y el aceite quemados, fue una experiencia inolvidable.

María Luisa tenía un Mercury que a mí me parecía inmenso, también con ruedas de “banda blanca”, pero no recuerdo haberlo montado nunca aunque sí el ruido y la potencia de su motor.

Sergito tenía una hermana mayor, Alicia, que ya era una jovencita y tenía un novio. Recuerdo que el novio aquel, desesperado por salir con Alicia a donde pudiera, usaba la excusa de invitarnos a su finca para que aprendiéramos a tirar con su carabina M1, para en realidad utilizarnos como una especie de chaperones garantizados, dando por seguro que en medio de la emoción por tirar con un rifle de verdad (no “de municiones” como los nuestros) no íbamos a prestar mucha atención sobre dónde pondría él su mano al acariciar a su novia… Así aprendí los rudimentos del deporte (ojo: de tirar, no de tocar).

Todos nosotros éramos muy amigos y nos llevábamos muy bien, aunque de vez en cuando nos peleábamos, como siempre sucede entre niños. La bronca más grande que recuerdo entre Sergito y yo, se produjo cuando éste, en la emoción del juego de policía y ladrones, metió un palo entre los rayos de mi bicicleta en plena marcha. Para decirlo rápido, volé como papalote por encima del manubrio, y me descalabré al caer al piso. De contra, la bicicleta dio una vuelta de carnero y me cayó encima. Al principio no podía creer que Sergio hubiera sido tan imbécil como para hacer eso, porque un juego es un juego, pero su acción se pasaba ampliamente de lo prudente y pudiera haber dado lugar a que me matara. Adolorido y como pude, me levanté y comencé a perseguirlo a pie, corriendo por toda la calle. Cuando por fin lo alcancé, comencé a patearlo y a darle puñetazos con toda mi fuerza, sin reparar si le daba en la cara, en el pecho o en donde fuera. Tal era mi furia, que si no llega a ser porque llegó la viejita Tití y comenzó a aporrearme a su vez a mí, creo que lo hubiera matado a puro golpe. Pero la única consecuencia fatal de aquella bronca, fue que le rompí sus espejuelos, que recuerdo eran negros y con los aros redonditos. Al otro día ya andábamos de amigos de nuevo.

Escenario del famoso cabaret Tropicana, en La Habana, Cuba.

Armandito

Armandito A. P. era otro de mis grandes amigos de la niñez. Su papá era el dueño del estanquillo de ventas de cigarros, café y bebidas que existía en la mera entrada de Tropicana, el famoso cabaret habanero por donde desfilaban muchas de las estrellas de Hollywood.

Existía una diferencia de edades muy grande entre Armando (su papá) y Marta (su mamá). Su padre era ya un viejo, mientras que su mamá era un pollazo, es decir, una mujer muy joven y graciosa que prácticamente podría haber sido su hija. Era el clásico caso del ricachón casado con una muchacha joven. Armandito tenía una media hermana, Martica, que vivía con ellos. Martica era tan o más bella que su madre.

Armandito no era belemita. Es decir, no asistía al Colegio de Belén sino a La Salle, que era algo así como el enemigo por antonomasia de Belén, su depredador natural. Ambos colegios pertenecían a órdenes religiosas distintas (Belén era de la Orden Jesuíta -fundada por San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola- mientras que La Salle era regida por la Orden de los Hermanos de La Salle, de origen francés) y entre ambos prácticamente monopolizaban a los hijos varones de la burguesía católica cubana. La única excepción eran los que asistían a los colegios gringos (Ruston Academy, Havana Military Academy, Columbus, etc) pero esos por lo general eran laicos y/o mixtos (varones y hembras), o cristianos pero influídos por las iglesias protestantes, no por la Iglesia Católica.

De manera que en cuanta competencia deportiva, concurso de conocimientos o actividad social de cualquier tipo se presentara, Belén y La Salle eran enemigos a muerte. Lo cual no impedía que Armandito y nosotros fuéramos uña y carne. En cuanto nos bajábamos de nuestras respectivas guaguas, éramos compinches y cómplices de aventuras y juegos por todo aquel barrio de Miramar de los años 50.

Y eso, el considerar la amistad por encima del fanatismo de pertenecer a uno u otro bando, fue una experiencia y una enseñanza que ha influído en mi psiquis durante el resto de mi vida.

La casa de Armandito era grande y en su parte posterior, tenía una especie de sótano abierto con un amplio bar, mesas y sillas. Era el lugar para las fiestas. Pero ese espacio colindaba con el fondo de mi edificio y descubrimos que era más fácil pasarse de una a otra casa brincando la cerca limítrofe, porque de otra forma había que darle la vuelta a toda la cuadra. Ese era nuestro secreto y había que mantenerlo así, porque Vila (el dueño de mi edificio) no quería que lo hiciéramos porque decía que le estropeábamos la cerca peerless.

Con Armandito también me peleé a veces. No recuerdo la razón, pero en una ocasión la bronca fue de tal envergadura que logré sentarme encima de él y agarrándolo por las orejas comencé a moverle la cabeza hacia arriba y hacia abajo de manera que al bajar, su cráneo chocaba ruidosamente contra la acera. Si hubiera sido un coco, seguramente se habría partido. Por suerte aquello ocurrió enfrente de su casa, y terminó cuando Marta salió como una leona a defender a su hijo, y me propinó varios taconazos en la cabeza a mí, con uno de sus zapatos de tacón alto. Sentí algo así como deben de sentir los clavos cuando el zapatero pone una media suela con ese martillito de punta fina que suelen usar, solté a Armandito enseguida, y corrí a refugiarme de aquella lluvia de martillazos en mi cráneo. En ese momento las miradas eran de furia, pero a los pocos días ya andábamos mataperreando juntos de nuevo por todo el barrio.

Armando, el padre, enfermó no recuerdo de qué. Durante un tiempo anduvo en sillón de ruedas y con tubitos de oxígeno en la nariz, pero al fin no pudo recuperarse y se murió. Entonces Marta también entró en barrena como Orquídea, y comenzó el desfile de hombres. Sólo que si no recuerdo mal, estos tipos tenían cara de matones, como gangsters de película hollywoodense. Teniendo en cuenta que Tropicana atraía a ese tipo de gentes como el dulce a las abejas, no me extraña tanto que haya sucedido así.

Piano de media cola

Beatriz y su piano

Junto a nuestro edificio, pero del lado contrario que Marinito y Wilmour, vivían Puchunga y Carlos, un matrimonio. Él era abogado, y ella ama de casa. Puchunga tenía una voz ronca, como de plañidera con gripe, aunque por supuesto cuando se quejaba no invocaba a Alá sino al Diosito de los católicos. Carlos tenía voz de tenor, chamuscadita de ron. Sus pleitos también se oían en mi edificio y competían en volumen y sonoridad con los de Orquídea y Marino, así que a veces teníamos función doble. Vaya, “matinée et soirée” (“mañana y tarde”), como en los cines de barrio los domingos. Sólo que éstos no tomaban a mis padres como jueces, y sus peleas por lo general terminaban cuando Carlos, dando un gran portazo, agarraba su coche y salía de la casa.

La que pagaba los platos rotos era Beatriz, su hija, que al ver a sus padres pelear y discutir, se quedaba llorando. Ella era un niña bella, muy inocente, noble y tranquila, que por supuesto asistía a Las Ursulinas (la escuela por excelencia para las niñas de la burguesía católica cubana, regida por las monjitas de la Orden del mismo nombre, algo así como la versión femenina del Colegio de Belén). A mí me gustaba, pero nunca le dije ni pescado frito, por tímido y pendejo.

Beatriz tenía un piano de media cola, en donde todas las tardes practicaba sus escalas. No tenía gran aptitud para el instrumento, pero sí gran actitud, porque no paraba de tocar -o más bien aporrear- las teclas en toda la tarde y nos volvía locos con el ruido. Bueno, creo que en realidad la obligaban a hacerlo, porque para los estándares cubanos de la época, las señoritas de bien como Beatriz debían aprender a tocarlo.

Ella tenía dos hermanos mayores, Eugenio y Carlos. Eugenio era un poco mayor que la tropa (Marinito, Sergito, Armandito, etc) así que él no jugaba con nosotros a la policía y ladrones en bici. Sin embargo, tenía una moto de verdad -que por cierto, también hacía una bulla infernal- y al menos nos conocíamos y conversábamos de vez en cuando. Carlos era definitivamente mayor, ya un jovencito con novia y coche.

La primera quemada de mi vida me la dí en la moto de Eugenio, cuando éste me invitó a dar un pequeño paseo por la cuadra, subido en el asiento posterior. Yo nunca había montado en una moto, y en el desespero por poner los pies en los estribos, pegué el tobillo al tubo de escape. Inmediatamente sentí un dolor muy agudo, como si alguien me hubiera clavado un cuchillo en el pie. Ahí mismo se acabó el paseo, los pedazos de piel quemada comenzaron a caérseme y el rosetón del tamaño de un peso macho me quedó durante meses, a pesar del picrato de butesín que me ponían mis padres todas las noches. La cicatriz sin embargo, nunca se me quitó, aún la tengo.

Quizás la parte buena de este cuento fue que le hice caso a mi madre y le agarré fobia a las motos de modo que más nunca me he sentado en una de ellas, por lo que no he tenido que preocuparme por los accidentes tan feos que se producen cuando vas en una moto y te caes o chocas, porque digamos que en dicho caso, la carrocería del vehículo eres tú.

Porsche modelo Carrera GT

Ya he mencionado que Carlos, el hermano de Eugenio, tenía un coche. Era un auto deportivo, vaya, lo que en Cuba se llamaba “una cuña de carreras”, algo así como el abuelo de los Porsches actuales. Hacía una bulla de mil demonios, aún peor que la moto de Eugenio. Carlitos era experto en llegar a toda velocidad a su casa, frenar en el momento justo antes de chocar con la puerta del garage, y -aprovechando que casi siempre la capota estaba recogida- salir de aquella cuña no abriendo las puertas, sino saltando por encima de ellas, como hacen los tipos duros en las películas de Hollywood.

Pelota de futbol

Jesús y Mary, Toy Story y las pelotas ponchadas de Ricardo Arjona

Caminando hacia el mar, del otro lado de la casa de Marinito, el terreno tenía una especie de depresión no sé si natural o artificial. Y aprovechando aquel desnivel, Jesús y Mary (pronunciábamos Meri, como en inglés) habían construído su casa, con la particularidad de que en realidad eran dos: la de arriba, amplia y ventilada, y la de abajo, apenas una covachita hundida, aunque con todas las comodidades normales. La ventaja era que ya sus hijos habían crecido y se habían ido, de manera que no necesitaban de mucho espacio para ellos dos solos. Así que cada vez que podían rentaban la casa de arriba y se las arreglaban para vivir en la de abajo.

Jesús era mecánico de linotipo (aquellas máquinas que componían las galeras de plomo y las convertían en los rodillos que se montaban en las prensas para imprimir los periódicos, cuando no existía la tecnología digital) del Diario de la Marina, una profesión un poco rara que parece que se pagaba muy bien. Mary era ama de casa. Jesús casi siempre andaba con un overol churroso y con la uñas largas y sucias de grasa. Mary era lo contrario, siempre muy arreglada y peinada de peluquería.

El problema de Mary -al menos desde nuestro punto de vista- era su carácter. Jesús era mucho más campechano y amigable que su mujer. La cosa se complicaba porque el jardín de esa casa tenía un marcado desnivel que hacía que todas las pelotas que cayeran en él corrieran indefectiblemente hacia abajo, donde estaban las ventanas de la covachita. Cada vez que se nos caía una -y el caso era frecuente- sabíamos que la habíamos perdido para siempre. La única opción alterna era designar a uno de nosotros para ir a rescatar la pelota, a riesgo de ser detectado por Mary. Algo que era casi suicida, como las misiones de rescate de Toy Story.

Woody y Buzz Lightyear, los personajes principales de1Toy Story

Hace años, cuando oí por primera vez la canción de Ricardo Arjona “Jesús es Verbo, no Sustantivo”, en donde menciona a un a tal Doña Carlota que era la más religiosa del barrio y que siempre estaba hablando del amor de Cristo pero que le ponchó 100 pelotas que cayeron en su patio, enseguida me acordé de Mary (y de otras personas también, pero por ahora no vienen al caso).

Mary no duró mucho tiempo después del triunfo del Fifo. Se fue para Miami y dejó a Jesús a cargo de la casa. Felizmente Jesús, que no tenía vocación de mártir, se buscó a Ángela, una compañera mucho más amable y sonriente que su mujer, para gran alivio de la muchachada del barrio.

Reloj de 5ta Avenida – La Habana – Cuba

Alain Monier y el Túnel de la 5ta Avenida

Pero antes de que esto último sucediera, es decir, antes de la Revolución, un buen día apareció por el barrio un niño delgadito y rubio, con cara de extranjero.

Lo primero que nos extrañó, es que no hablaba español. Medio por señas, comprendimos que era francés (Oh, lalá!!!), que hacía poco su familia se había mudado al apartamento que Jesús y Mary alquilaban, y que su padre era ingeniero y había venido para dirigir la construcción del túnel de la 5ta Avenida, que hasta ese momento se unía al Malecón a través de un puente (el Puente de Pote) que atravesaba el río Almendares.

Nos dijo que se llamaba Alain Monier, pero nos advirtió que se pronunciaba Alé Monié. A mí me pareció rarísimo que no se pronunciara tal como se escribía (recuerdo que pensé: “Y entonces para qué rayos lo escriben así?”), todavía no había interiorizado el concepto de que hay idiomas que son fonéticos como el ruso o el español, y otros que no lo son, como el francés o el inglés.

Por cierto, ese asunto del túnel creó una cierta expectativa entre los habitantes de la capital, porque era una tecnología relativamente nueva (estamos hablando de finales de los años 50 del siglo pasado). Pero es que realmente en esos años La Habana se podía codear con las principales capitales y ciudades del mundo, incluyendo a las de Estados Unidos (hoy en día hay que compararla con Lomé la capital de Togo o con Ouagadougou, la de Burkina Faso). Muchas veces me he preguntado en dónde estaríamos si no hubiera sido por el hijoeputa del Fifo y sus compinches, que detuvieron en seco toda esa oleada de desarrollo urbanístico para sustituírla por una cuadriplejia arquitectónica de la cual posiblemente no salgamos en lo que resta del siglo XXI.

Hasta un chachachá le hicieron al túnel, con su famoso estribillo: “Vamos al túnel mi vida, vamos al túnel mi amor…”, frase que ponían en boca de un novio que quería usar la obscuridad del túnel para enamorar a su amada…

De boca de Alain aprendí yo la tecnología de hacer túneles -en ese entonces era una novedad- la cual consistía en preparar en tierra firme una serie de inmensos tubos de concreto de sección transversal rectangular, cerrarles las cabezas para hacer que flotaran y llevarlos con remolcadores hasta el punto necesario para entonces llenarlos de agua y hundirlos, soldarlos entre sí y luego sacar el agua interior, para al final producir un tubo largo y estanco en donde se instalaban las carreteras y los sistemas de ventilación y supervivencia. Toda una experiencia, oída de labios del hijo del director de aquella obra.

Por eso siempre he considerado el túnel de la 5ta avenida como algo especialmente familiar, más familiar que el puente de 23, por ejemplo.

Tunel de la 5ta Avenida, foto actual

Y también por eso me río de algunos intentos que he leído de considerar como pioneros otros túneles que se han construído mucho después en América Latina y que han querido darlos como “¡El primer túnel de su tipo en América!!” o alguna otra de esas frases pomposas que utilizan los demagogos cuando quieren engañar a la gente.

En el mismo apartamento de Jesús y Mary en donde vivió Alain con su familia, vivieron -antes o después, no logro recordar con exactitud cuándo- unos chinitos que también se hicieron amiguitos nuestros y cuyo padre también había venido a construír algo, aunque esta amistad no llegó a ser tan fuerte como la que logramos con el francesito, quizás porque la barrera del idioma entre el chino y el español era demasiado grande para nosotros.

En cuanto a Alain, puedo asegurar que durante el año y medio aproximado que duró la construcción del túnel y hasta que su padre terminó su trabajo y regresó con su familia a Francia, formó parte de nuestra tropa. La mejor demostración de ello es que 60 años después de aquello, aún lo sigo recordando. Y le deseo lo mejor, en cualquier lugar en donde se encuentre actualmente.

Casa saqueada

Casas saqueadas y el olor a naranjas podridas

Todo este largo periplo por el ambiente que me rodeaba en mi niñez, tiene por objetivo el describirles el mundo que comenzó a desaparecer para mí a partir del 1ro de enero de 1959.

Fue mi primer desarraigo, en este caso no porque yo cambiara de lugar, sino porque fue el lugar el que cambió.

Poco a poco, todos mis amigos fueron desapareciendo. Primero Jorge y Rolando, luego Marinito y Wilmour, luego Sergito, Armandito… Comencé a tener la sensación del “náufrago invertido”, es decir, no el que llega nadando a una isla desierta y se encuentra solo, sino el que se queda solo en su isla porque el resto de la gente “se va”.

Mis padres, por una u otra razón, nunca pensaron en largarse. Una vez por poco me mandan a mí solo (cuando aquello de los niños Peter Pan), e incluso tuve el pasaporte y la visa weiver en las manos, pero al final se arrepintieron y me quedé.

Calle Bernaza en 1959

En los años anteriores a la Revolución, Cuba había sido un país receptor de inmigrantes: españoles, chinos, judíos, turcos, … Gracias a la bonanza económica que imperaba, la gente soñaba con irse a vivir allí. Eso es un hecho indiscutible, y echa por tierra el cuento que nos quería hacer el Coma-Andante de que la Isla era un lugar de miseria y sufrimiento, antes de que él se hiciera con el poder.

Ahora comenzaba el éxodo contrario: primero fueron los batistianos; luego los empresarios, banqueros y la alta burguesía en general; luego los profesores universitarios, los ingenieros, los artistas, arquitectos, médicos, los dueños de negocitos, cafés, restaurantes, en fin, la clase media; luego los obreros, campesinos, artesanos, plomeros, carpinteros; y por último, hasta los maraqueros de las orquestas (es decir, gente sin profesión específica) querían emigrar.

Esa sensación de barco hundiéndose mientras tú permaneces amarrado al mástil, en mi caso se vió reforzada desde los primeros días del triunfo de la revolución, debido a que el lugar en donde yo vivía (Miramar) era -sin llegar a ser el Country Club, o sea, el barrio de los millonarios- un lugar de gente rica, muchas de las cuales escaparon el primero de enero a toda prisa con lo que tenían puesto, dejando hasta los jabones en las jaboneras.

Escenas del caos en La Habana luego de la caída del Dictador Batista

Porque además de la alegría popular de la que ya hablé al principio de este artículo, también ví escenas de las gentes saqueando las casas de los batistianos (o de los infelices que cayeron en sus manos, porque la envidia y el caos son compañeros en las revoluciones).

Por aquel entonces habían instalado en algunas avenidas los primeros parquímetros, los cuales habían producido malestar entre la gente, que no estaba acostumbrada a que le cobraran por estacionar su coche. Pues bien, aquel 1ro de enero de 1959 tuvieron su final, porque la gente los arrancaba y los usaba como arietes para romper otras cosas.

Naranjas podridas

Uno de mis recuerdos asociados a ese período, es el haber penetrado en un par de casas saqueadas, y caminar por encima de los muebles rotos, los cristales, los azulejos arrancados de las paredes por pura maldad, los pedazos de televisores y otros aparatos electrónicos que no pudieron cargar, los restos de alimentos descompuestos luego de que se robaran los refrigeradores y tiraran su contenido, las naranjas podridas…

Y aunque nosotros -como los vejigos malcriados e ingenuos que éramos- usamos durante un corto tiempo esos lugares para fumar y toser a escondidas y creernos que hacíamos la gran cosa, no tuvimos la experiencia suficiente como para darnos cuenta de lo que en realidad significaban: un escalofriante atisbo de lo que vendría después, un aviso premonitorio del futuro en el comunismo de los Castro.

(Continuará)

 

 

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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Una respuesta a La felicidad cabe en una maleta (I)

  1. Ada dijo:

    Siempre a la espera -una paciente espera, agregaría-, de tus textos, cargados de Historia y humor… qué bueno saber que estás por aquí otra vez… Un gran saludo y por supuesto, esperando tu siguiente entrega. Ada

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