México lindo y querido (XIII y final)

Breckenridge

Breckenridge, al oeste de Denver, Colorado. Al fondo, sobre las laderas de la montaña, las pistas de esquiar

Breckenridge

Mientras las gestiones para traer a mis hijos a México avanzaban a tropezones, mis relaciones con C y su familia habían prosperado al punto que nos habían invitado a su paseo anual. Me explico: la familia de C tenía por costumbre reunirse al menos una vez al año -casi siempre en Navidad- para realizar en grupo una especie de viaje turístico. Usualmente se reunían tantas personas que podían rentar autobuses, casas en la playa, etc, y como el gasto se repartía entre tantos, resultaba mucho más barato que hacerlo por tu cuenta. Aparte, claro está, del placer de compartir en familia. Era una buena idea que deberían practicar otras muchas gentes.

Esa vez el lugar escogido fue Breckenridge, un sitio en las montañas de Colorado, al oeste de Denver -muy cerca del famoso y exclusivo Vail Ski Resort– dedicado a los deportes de invierno.

Para mí, aquella posibilidad era una especie de culminación del sueño de toda mi vida: visitar los Estados Unidos. Desde los tiempos de adolescente en que pegaba la oreja al radio de onda corta para tratar de entender los comentarios de José Perez del Río -locutor de la VOA (Voice of America) en su programación para América Latina- por encima del carrier de interferencia que le ponía el gobierno cubano a todas las frecuencias en que transmitía la emisora para evitar que la gente la oyera, soñaba con ir allá.

El detalle era que yo no tenía ni pasaporte mexicano, ni visa estadounidense.

Pero sí tenía libertad, y luego de algunas dudas, me dispuse a ver qué lograba. Para mí, acostumbrado a sufrir el maltrato y las humillaciones del desgobierno cubano, el poder disfrutar de mis derechos como inmigrante fue una verdadera escuela sobre las ventajas de la democracia y el capitalismo.

Pasaporte Mexicano

Pasaporte Mexicano

El Documento de Identidad y Viaje

El primer paso consistió en enterarme bien de las posibilidades que tenía. A poco de indagar, supe que aunque yo no podía obtener un pasaporte mexicano, sí podía aspirar a un Documento de Identidad y Viaje. Me explico: normalmente los pasaportes dicen en su primera página algo así como: “El gobierno de Tal, certifica que el Sr. Fulano (y aquí aparece tu nombre) es ciudadano de este país, y por lo tanto les solicita a las autoridades de los países que visite, le ofrezcan todas las garantías necesarias para permitir su libre tránsito, etc, etc, etc.”

El susodicho Documento de Identidad y Viaje dice algo un poquito distinto, parecido a: “El gobierno de México certifica que el Sr. Fulano NO es ciudadano mexicano. Sin embargo, ha podido comprobar que por motivos políticos, dicho Sr. no puede obtener un pasaporte de su país natal. Y así como los artículos Tales y Cuales de nuestra Constitución garantizan el libre tránsito en el territorio nacional para todas aquellas personas que visiten o residan legalmente en México, igualmente se les solicita a las autoridades de los países que visite, le ofrezcan las mismas garantías de libre tránsito como si fuera ciudadano mexicano”.

Por lo demás, el documento de marras consiste en una libretita idéntica a los pasaportes ordinarios, con el escudo mexicano en la portada, y todo lo demás. Vaya, que hay que leer la letra chiquita para darse cuenta de que no es un pasaporte mexicano normal.

Tan pronto como me enteré de su existencia, solicité y obtuve mi Documento de Identidad y Viaje. Maravillas de la libertad. Resuelto ya el primer problema, pasé a enfrentar el más peliagudo, o sea, la visa norteamericana.

Espiritu deportivo

Espiritu deportivo

Con espíritu deportivo

Hoy en día todo está muy automatizado y organizado, pero en 1994 el internet -aunque ya existía- no se utilizaba tan ampliamente como en la actualidad. Las citas para entrevistarse con los oficiales de inmigración eran aún cosas del futuro. En aquel tiempo había que hacer cola. Y como atendían un número limitado de solicitudes por día, la cola comenzaba normalmente desde la madrugada del día anterior a la entrevista.

Pero a mí, francamente, las colas me revientan. Parece que ya tuve bastantes con las de Cuba, en donde hay que hacer cola hasta para que te entierren.

Así que lo tomé con espíritu deportivo: si me la daban, bien. Y si no, también. El caso es que me aparecí por la embajada a las 11 am, cuando ya estaba terminando el turno de ese día.

Pero tuve suerte, pude entrar.

Adentro, en una especie de cobertizo techado con tejas de fibrocemento que ocupaba un espacio que me imagino antes había sido un jardín o un estacionamiento al fondo del edificio, había muchas bancas como de iglesia. A medida que entrabas, te señalaban dónde sentarte. Las filas de bancas se llenaban de adelante hacia atrás y de izquierda a derecha.

Los oficiales de inmigración iban recorriendo las bancas en orden FIFO (First In, First Out -no dejé de pensar en la casualidad que las siglas del método formaran el nombrete de Castro).

Cuando en su opinión todos los documentos estaban en orden, ahí mismo estampaban su firma y el interesado pasaba directamente a unas ventanillas donde completaba los detalles para que le entregaran la visa.

Cuando el oficial estimaba que eras un caso especial y había que entrevistarte, te pedían que te sentaras de nuevo. Una vez terminado el pase de una fila, todos los que nos habíamos quedado sentados hacíamos una especie de compactación y nos agrupábamos en el extremo izquierdo de la banca. De allí nos iban pasando a las ventanillas para entrevista.

Poster del film El Pagador de Promesas

Poster del filme El Pagador de Promesas

El Pagador de Promesas

Cuando llegó mi turno pasé a una de las susodichas ventanillas, que estaban blindadas y agrupadas como las de un banco, describiendo un amplio arco. Tenías que hablar  por un micrófono, lo cual reforzaba la sensación de blindaje.

Por casualidad, me tocó una entrevistadora de esas gringas gordas como vaquita lechera, con tipo de campesina de Kansas. Miró un tiempo mis papeles, y me dijo con cara  de pocos amigos en su español agringado: –Así que Ud. es cubano, no?

-Bueno, yo soy de origen cubano pero como puede ver, vivo en México desde hace un tiempo -le dije pensando en cómo le podía hacer ver a aquella mujer que yo no era un agente de Castro. Porque muchos gringos no entienden bien el problema cubano, y dan por hecho que un cubano que -en lugar de llegar en short y chancletas-, llegue con cuello y corbata a solicitar una visa, y un comunista “tapiñao”, son la misma cosa. Ojalá -pensé– que aquella mujer entienda el asunto mejor que el promedio.

Y porqué quiere ir a Estados Unidos? -me preguntó muy seria, tratando de taladrarme con su mirada.

Yo no venía bien preparado para tal pregunta. A veces las verdades parecen mentiras. Imaginaba que si le decía la verdad, o sea que quería ir a esquiar a un lugar para ricos, no me iba a creer. Y si ellos piensan que estás mintiendo, estás perdido. No hay que olvidar que la principal tarea de un oficial de inmigración, es detectar falsedades.

Y en ese instante, sin saber bien cómo, me surgió una idea.

Ud no lo creerá –le dije– pero hace muchísimos años, estando aún en Cuba, al despedirme de un amigo que emigraba hacia Estados Unidos, le prometí que aunque yo no sabía cómo ni cuando, algún día iría a su nueva casa y nos tomaríamos unas cervezas para celebrar nuestro reencuentro en libertad. Durante mucho tiempo no había podido cumplir mi promesa, pero ahora me parece que estoy en condiciones de hacerlo, y para allá voy.

Aquella mujer se me quedó mirando muy seria, con aires de incredulidad.

¡Ay, me parece que metí la pata! -pensé en ese momento.

Y de buenas a primeras, sin que yo esperara tal reacción, rompió en carcajadas. No en sonrisas, sino en reales carcajadas.

¡Jajaja, Fulaniiiito, Menganiiiita, vengan a ver, este señor me acaba de decir que quiere ir a Estados Unidos a pagar una promesa que había hecho hace muchos años de tomarse unas cervezas con un amigo, jajaja…!!

Y vinieron Fulanito y Menganita -que supongo eran también oficiales de inmigración- a reírse de mí. La risa es contagiosa, y terminamos todos riéndonos como niños. Parecíamos cuatro cubanos celebrando un chiste de Alvarez Guedes.

Su actitud cambió radicalmente. De hosca, pasó a amistosa en grado superlativo.

Ya comiste? -me preguntó. Bueno, todavía no -le contesté.

Pues ve a comer y cuando termines pasa de nuevo por aquí, que ya te tendré lista tu visa -me dijo.

Yo no lo quería creer. Llamé a C y le dije que viniera a celebrar, que parecía que me iban a dar la visa. Comimos en un VIP y cuando regresé, allí me tenían listo el documento. Yo pensé que sería por una sola entrada. Pero no, era por 10 años, con entradas múltiples!

Un año después, pagué mi promesa, pero ese es otro cuento. Por el momento, me había servido como mentira piadosa. Definitivamente, el destino es impredecible.

Ahora el problema estaba en qué hacer si la llegada de mis hijos a México se daba mientras yo estuviera en USA. Como he contado antes, la fecha del viaje había cambiado un par de veces a última hora. No había ninguna seguridad de que esta vez fuera a resultar cierta.

Entonces contraté a una persona para que estuviera alerta y en caso de que llegaran, los fuera a recoger y los llevara a un apartamento que le había pedido prestado al ingeniero.

Y nos fuimos a esquiar.

Preparándome para esquiar

Con los esquíes al hombro. Al fondo, la “cabañita” que alquilamos por una semana.

Esquiando a los 45

Yo nunca he sido buen deportista. Es más, prácticamente la única asignatura con la que siempre tuve problemas en la escuela, fue con la Educación Física. Si había que correr, yo llegaba de último. Si había que subir la soga con los pies en L, yo llegaba solo hasta la mitad y con los pies colgando. No sé que maldición gitana me persigue, pero siempre ha sido así.

En cuanto llegamos a Breckenridge y luego de instalarnos en la cabaña, fuimos a esquiar. Yo era nuevo en la plaza, así que me explicaron cómo se hace la cosa: Primero te llegas a “la estación”. Aquello es un edificio de madera en donde hay cafetería, boutiques, etc. Una de las tiendecitas es realmente un almacén para la renta de esquíes. Antes de rentar, tienes que firmar un documento en donde los liberas a ellos de cualquier responsabilidad si tienes algún accidente. Luego te miden el pie, la estatura y te pesan. Con esos datos, consultan en unas tablas que indican en dónde tienen que poner el nonio de ajuste de tensión de los esquíes. Me explico: Una de las peores cosas que te pueden pasar esquiando, es que te caigas, comiences a rodar pendiente abajo, y que no se zafen los esquíes de las botas de esquiar. Porque entonces tus piernas y rodillas se te retuercen y quedan en espiral, como sacacorchos.

Para que eso no te pase, los esquíes tienen -digámoslo así- dos partes: las botas, y los esquíes propiamente dichos. Las botas son de un plástico duro y te protegen desde la punta del pie hasta abajo de la rodilla. Cuando te las pones te parece que te han enyesado las piernas. Los esquíes tienen un mecanismo con una especie de resorte que cuando le pones la bota encima y presionas hacia abajo, oyes un “click” y la bota queda unida al esquí. Pero hay un nonio de ajuste, que regula la fuerza con que quedan unidas esas dos partes. De manera que si te caes, aquello se zafa y los esquíes salen por un lado y tú por otro. Lógicamente, mientras más pesado seas, mayor es el valor de la fuerza que hay que ejercer para que eso suceda, para que no se te vayan a zafar mientras estás esquiando sin caerte. Porque por ejemplo, si se te zafan cuando estás dando un giro, pues muy bien puedes desnucarte. En fin, que la cosa no está exenta de peligro…

Familia subiendo en lift a la cima de la montaña

Familia subiendo en lift a la cima de la montaña

Una vez que te dan tus esquíes y tus “poles” (los palitos esos que sirven para impulsarte y darte equilibrio), te llegas al “lift”, o sea, a las sillitas colgadas de un cable que son las que te suben a la cima de la montaña, para que luego te deslices pendiente abajo. Eso también tiene su chiste, porque las sillitas no paran, están en movimiento constante. Y como ya tienes los esquíes puestos, pues no puedes caminar sino de costado. Tienes que estar a la viva, no más la silla anterior ha pasado por el lugar de carga, tienes que moverte dando saltitos laterales hasta colocarte en un lugar específico marcado en el suelo con una placa, y empinar hacia atrás las nalguitas para que cuando llegue la siguiente silla, te levante. Si fallas, la silla te puede dar un buen golpe. O si pierdes el equilibrio a última hora, como la silla enseguida que pasa por la marca se eleva en el aire, te puedes caer de cierta altura y darte un buen madrazo.

Si tuviste éxito en encaramarte en aquella cosa, mientras vas subiendo estás relativamente tranquilo y puedes disfrutar de la vista, que por lo general es preciosa. El susto, sin embargo, te está esperando allá arriba.

Unos segundos antes del final del viaje, tienes que levantar un poco los pies y poner los esquíes en un ángulo de 45 grados para que cuando llegues al lugar en donde contactan de nuevo con el suelo, queden en línea con el camino, que en el final hace como una especie de pequeña colina. Entonces, en el momento exacto, cuando estás en su cima, tienes que levantarte de la silla e impulsarte fuertemente con los poles para salir hacia abajo. Si fallas, pueden pasar dos cosas: que la silla te golpee por detrás de la cabeza -porque tú vas ya bajando y ella no- o que te caigas al final de la pequeña colina y entonces como no te quitas rápido, el que viene atrás choca contigo y se produce un reguero de gente muy divertido. Algo así como los choques múltiples en una autopista.

Pero si lograste bajar de la silla del lift como Dios manda, entonces comienza la diversión en serio.

Las pistas no son todas iguales. Las hay con menos pendiente y con más pendiente. Hay un código de colores que te indica el tipo. Las verdes son las más fáciles, con pendientes menos pronunciadas. Son las que usan los que están aprendiendo a esquiar y los que no quieren arriesgarse mucho. Las negras son las peores, y para tirarte por una de ellas tienes que ser experto o estar dispuesto a exponer tu vida porque pueden tener pendientes casi verticales.

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El primer día pasé por todo el proceso de rentar el equipo, pero no más hice el famoso click para unir las botas con los esquíes -ya en la cola del lift- resbalé de espaldas y me di un buen madrazo en “la frente” (que en mi caso comienza sobre los ojos y termina en la nuca, ya se imaginarán porqué). Quedé medio turulato.

Allí mismo me senté en la nieve, me quité los esquíes y le dije a los demás: –Me voy para mi casa.

Pero cómo que te vas, no vas a esquiar? Y entonces te vas a pasar toda la semana en la cabaña? -me preguntaron.

Admito que el miedo es del carajo. Pero parece que la noche y los consejos de los amigos tienen efectos disolutorios sobre el terror, de manera que al día siguiente volví a la carga, esta vez convencido de que si me caía, me levantaba.

Lo cual, por cierto, es la clave del éxito no solamente en la esquiada, sino en la vida en general.

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Deslizarse hacia abajo por una pendiente nevada también es un arte. Aunque la inclinación sea poca, si te orientas directamente hacia abajo puedes llegar a desplazarte a una velocidad considerable. El truco consiste en moverte no exactamente pendiente abajo, sino en zigzag, como si estuvieras “zurciendo” la pista con tus esquíes. Además, si los pones paralelos vas más rápido pero si haces una especie de pequeño triángulo isósceles con los esquíes de manera que el ángulo más agudo esté delante de tí, la posición te permite frenar la velocidad. Mientras más abras los esquíes y te apoyes en los talones, mayor poder de frenado. Aunque todo tiene su límite porque si abres el triángulo demasiado, luego no puedes volver a cerrar los pies, y te caes. O si se te cruzan las puntas de los esquíes, también. Para girar, lo que tienes que hacer es apoyarte más en una pierna que en la otra, y doblas en el sentido del talón que más apoyas.

En fin, que al poco tiempo le  había agarrado la maña al asunto y aunque no me las quiero dar de experto ni mucho menos, el día exacto en que cumplí los 45 años, lo pasé esquiando de cabo a rabo. Incluso por la noche, cuando es más peligroso porque sólo iluminan las pistas, y si no controlas bien por donde vas y te sales de la zona alumbrada puedes chocar de frente con un árbol o una roca, y eso sería sencillamente el final de tu vida.

911, el servicio de emergencias

911, el teléfono del servicio de emergencias

El 911

No puedo dejar pasar la ocasión sin hablar de un hecho que puso de relieve la eficiencia de los servicios de emergencia que brinda el gobierno de Estados Unidos a sus ciudadanos.

Una tarde salimos a pasear y conocer las boutiques y malls del lugar, porque Breckenridge es un pueblecito precioso, acondicionado totalmente para el turismo. No podíamos dejar pasar la oportunidad de conocerlo lo mejor posible.

El grupo era bastante grandecito, y habían varios niños con sus papás. Aunque nos movíamos en grupo, en realidad no íbamos todos a los mismos lugares. En un mall, por ejemplo, cada cual agarraba por donde la llamara más la atención. Yo a las librerías y las tiendas de electrónica, las mujeres a las tiendas de ropa, etc. De manera que en un momento determinado, uno de los niños -que era muy travieso- aprovechó un descuido de sus padres, descolgó un teléfono público, y marcó al 911.

Fue cosa de segundos. En cuanto el papá se dio cuenta de que su hijo no estaba con él, lo buscó y lo encontró aún con el teléfono en las manos.

Y estaba comenzando a regañarlo, cuando llegó la policía. Se habían demorado menos de un minuto, desde que el pequeño bellaco llamó al 911,  hasta que llegaron al lugar.

El policía no le dijo nada al niño. Al que regañó -y mucho- fue al papá. Sin insultos, pero con energía. Le dijo claramente que si dejaba que su hijo llamara de nuevo al 911, él se iba a ocupar de que lo deportaran junto con toda su familia. Punto. Está claro?

Yo quedé sorprendido por la rapidez y eficiencia con que atendieron a la supuesta emergencia. Me imagino que la patrulla ya estaba en el mall, y que los operadores del 911 localizaron el origen de la llamada y enseguida avisaron a la más cercana.

Para nuestros estándares latinos, plagados de ineficiencias y los “un momentito” que se convierten en horas, aquello me resultó verdaderamente asombroso.

Primer mundo a pulso, vaya, para decirlo en el sabroso caló cubano.

Pierna de puerco asada

Pierna de puerco asada

Do you speak spanish?

Por lo general mientras estábamos esquiando comíamos chucherías en la cafetería, y sólo por las noches hacíamos una comida formal en la cabaña. Además, para divertirnos establecimos una competencia para ver qué matrimonio cocinaba mejor. Recuerdo que el día que me tocó a mí, hice una comida estilo cubano: arroz congrí, pierna de puerco, etc. En definitiva, la cabaña contaba con una gran cocina con todas la facilidades, así que era una delicia.

Una noche fuimos a un super por allí cerca, para comprar algunas cosas. A poco de estar adentro, se me acercaron dos tipos con trazas de latinos y comenzaron a hacerme preguntas en un inglés chapurreado. Querían saber algo sobre alimentos. Yo tampoco hablo con fluidez, así que se podrán imaginar cómo iba aquello, hasta que a mí se me ocurrió preguntarles que si ellos hablaban español.

Cómo, tú hablas español? -me preguntaron con cara de asombro.

Claro, pero si soy cubano! -les respondí.

Ah, chico, coño, entonce etamo comiendo miegda! -me dijeron sonriéndose.

Resultó que me habían visto cara de gringo.

Yo no pude dejar de maravillarme: en el estado más al centro de Estados Unidos, en un pueblito pequeño en las montañas Rocosas dedicado al turismo de invierno, en un super de barrio, cerca de las 8 de la noche, habíamos coincidido tres cubanos!!!

Conclusión: la regazón de gente por todo el mundo que ha armado el Coma-Andante con su maldita revolución, llega a extremos increíbles. Somos algo así como la nueva raza judía, con una historia de éxodo comparable a la de Moisés y su pueblo.

El regreso

El regreso a México no estuvo exento de motivos de preocupación. Por un lado, no sabía si por fin el viaje de mis hijos se había dado, no había podido comunicarme con ellos. Por otro, en Denver hubo una tormenta de nieve medio pesada y el avión no podía despegar porque tenía mucho hielo en las alas y eso entorpece su maniobrabilidad al punto que la torre de control no le daba el permiso de despegue. Por fin, rociaron el avión con un líquido blanco lechoso que me explicaron era para que el hielo se deshiciera. Yo no las tenía todas conmigo,  porque el frío era tan grande que en cuanto las mangueras dejaban de rociar en un lugar, enseguida comenzaba de nuevo a formarse hielo. Ud. va a ver, coño, que esta chingadera se va a caer, putísima! -pensé. Pero, no, parece que agarramos medio cansado al Hado del Infortunio, y llegamos sanos y salvos a Zacatecas.

En cuanto nos bajamos del avión intenté de nuevo comunicarme con los muchachos, y por fin pude hablar con ellos. Sí, habían llegado. Era 31 de diciembre de 1994. Buen regalo de Año Nuevo, verdad?

Adriana fue la que descolgó el teléfono: ¡Hola Papi, adivina lo que me estoy comiendo, una manzana! -me dijo, como si fuera una cosa extraordinaria. Bueno, es que en Cuba una manzana es algo extraordinario, claro.

Al día siguiente viajamos de regreso al DF.

Epílogo

El abrazo de reencuentro duró varios minutos. Las lágrimas, también.

Yo sentía la satisfacción de saber que había cumplido con unos de los principales objetivos que me había propuesto en la vida: salvar a mis hijos del miserable destino que les hubiera tocado vivir si hubiesen permanecido en las manos del megalómano criminal de Fidel Castro y sus compinches. Ahora su futuro dependía de ellos mismos, de sus huevos y de su inteligencia, no de los antojos y locuras de un viejo delincuente.

Realmente, 20 años después, todavía siento satisfacción por ello.

¡Y vaya que aprovecharon la oportunidad que les brindaba la vida!

Pero la historia de cómo fueron avanzando en libertad, la haré en otro momento. Por lo pronto, termino este capítulo y también -total, yo no inventé la palabrita, está de moda en el mundo de las series– esta temporada.

En fin, parafraseando al general Douglas MacArthur: “Me voy, pero volveré”.

 

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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2 respuestas a México lindo y querido (XIII y final)

  1. Cuco dijo:

    Muy buena la serie Alfredo, la he leido de punta a cabo. En este último post sólo un señalamiento, la eficiencia de la policía en USA no es inherente del primer mundo sino especificamente de USA. Yo he viajado por unos cuantos paises de Europa, especificamente Italia, y la policia deja muchísimo que desear, no solo en rapidez sino en la mas simple atención al ciudadano. Yo he tenido al menos 3 experiencias negativas con los carabineri y la mas espantosa fue en una estacion de trenes en Roma cuando pasó un incidente y realmente necesitabamos ayuda de la policia, cuando encontramos a una pareja, los tipos nos rehuian la mirada como para que no los molestaramos, del carajo…

  2. Alfonso Rivero dijo:

    Saludos Alfredo, yo tambien me he leido la serie completa y me la he disfrutado mucho, porque conozco parte de la historia y a muchos de los protagonistas. Soy primo de Mandy y tambien andaba por Mexico alla por 1992-93 cuando el se quedo.
    Si te impresionó encontrarte con dos cubanos en Breckenridge, te voy a subir la parada…
    Yo he dado tumbos por muchos lugares (algunos bastante exoticos) y en los sitios mas inimaginables, me he encontrdo con cubanos, todos escapando de nuestro “amado lider”
    Te pongo tres ejemplos:
    En 2004 viaje a Mongolia y en medio de aquel fin del mundo congelado, me encontre por lo menos con tres cubanos.
    En 2007 en Nueva Zelanda tambien me encontre con bastantes cubanos (lamentablemente algunos habian organizado una sociedad de apoyo a quien tu sabes)
    En 2009 en Canada, en los Northwest territories, a mitad de camino entre los iglus y los osos polares, tambien habia un cubano…

    Nada, que el hijo de Lina nos ha regado mas que a un juego de yaquis…

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