México lindo y querido (X)

Portada del DVD de la película

Meryl Streep ganó el Oscar a la mejor actriz en 1993 con esta película

La decisión de Sophie

La culpa es uno de los sentimientos primarios de todo ser humano.

Aunque me gusta mucho la lectura, no puedo dármelas de gran conocedor. Sin embargo he leído un par de novelas en que el sentimiento de culpa juega un papel protagónico y me han emocionado mucho, haciéndome reflexionar sobre el fenómeno.

Ya hablé en otro artículo de este blog de Lord Jim, de Joseph Conrad. Ahora me gustaría hablar sobre La decisión de Sophie, escrita por William Styron y llevada al cine por Alan J. Pakula como director y Meryl Streep como Sophie.

A continuación copio parte del artículo de Wikipedia sobre la película, en el cual se explica a grandes rasgos la trama:

“En el verano de 1947 Stingo, un joven del sur estadounidense aspirante a escritor, se instala en una pensión familiar de Brooklyn, en Nueva York. Su tranquilidad se verá pronto turbada por la terrible discusión de una pareja que vive en el piso de arriba. Cuando conoce a los amantes queda cautivado por el encanto y simpatía que ambos poseen. La mujer, Sophie Zawistowska, es una hermosa emigrante polaca de fe católica. El hombre, Nathan Landau, es un encantador pero altamente desequilibrado científico de origen judío. Poco a poco, Stingo se convierte en el mejor amigo de los amantes. Mientras busca protegerla de los progresivos abusos de Nathan, Stingo se enamora de Sophie, quien sobrevivió al campo de exterminio de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial, y vive atormentada por su pasado y un terrible secreto, el cual nunca le había contado a nadie, y que decide revelarle a Stingo.”

Sophie en Auschwitz

Sophie en Auschwitz. Gracias a su belleza, la pusieron a trabajar como criada en la casa del director del campo y por ello salvó la vida. Sus hijos no tuvieron tanta suerte.

No voy a contarles el final de la novela, pero el gran secreto de Sophie es que en el momento que llega a Auschwitz, un hijoeputa nazi la obliga a decidir cuál de sus dos hijos envía directamente a las cámaras de gas y cual sobrevive. El nazi le dice que si no decide pronto, se lleva a los dos. Ella decide inicialmente que sea el niño, pero luego se arrepiente y le entrega la niña. Por supuesto que cualquiera de los dos que entregara sabiendo que lo iban a matar, resultaría altamente traumático para ella y eso era exactamente lo que quería el nazi al obligarla a tomar una decisión, destrozar su psiquis. La culpa no la dejará tranquila por el resto de su vida.

La culpa como instrumento de manipulación

La culpa como instrumento de manipulación

La culpa como instrumento de manipulación

Supongo que mi interés en la culpa se origina en que puede ser utilizada -y de hecho se utiliza con frecuencia- para manipularte.

A mí me encabrona en grado sumo que alguien trate de hacerlo porque me he pasado la vida entre gentes intentando manipularme (primero los jesuítas, luego los comunistas y luego los políticos mentirosos y la prensa sesgada) y ya los veo venir de lejos.

En mi opinión existen dos maneras de intentar manejarte a través de la culpa. Podríamos llamarlas el método de la culpa ajena y el método de la culpa propia.

1) La ajena es cuando te quieren convencer de que la culpa de algo negativo la tienen los que pertenecen a determinado grupo externo al tuyo. El ejemplo clásico es Hitler convenciendo a los alemanes que la culpa de las desgracias del mundo y en particular las de la Alemania posterior a la Primera Guerra Mundial, la tenían los judíos. O el Fifo convenciendo al pueblo cubano de que la culpa de sus problemas la tienen “los capitalistas”, “la mafia de Miami”, “el Imperialismo Yankee”, “el Bloqueo” o el sursuncorda. Todos pueden ser culpables excepto él y sus compinches, naturalmente.

2) La propia es cuando te quieren convencer de que el culpable de algo negativo eres tú mismo. Esta variante es aún peor que la primera porque si logran su objetivo, el sentimiento de culpa no te abandonará nunca, irá contigo a donde quiera que vayas y se alimentará a sí mismo. El ejemplo clásico es el famoso “pecado original” de la Iglesia Católica, en donde todos somos culpables por el mero hecho de haber nacido -porque somos herederos del pecado de Adán y Eva al comerse la manzana, o sea, tener sexo- lo cual sólo puede cancelarse a través del bautismo. Una idea tan absurda que me asombra el arraigo que tiene. Pero bueno, yo no pretendo emular a San Juan Bautista ni redimir a nadie. En el caso del Fifo el equivalente al pecado original es el tener “origen burgués”, un estigma para el que ni siquiera hay bautismo redentor. Teniendo en cuenta que los jesuitas lo educaron, hay que admitir que el alumno superó a sus maestros.

De cualquier forma una vez que te convencen, estás en la manos del manipulador. El método es profundamente perverso y por ello suscita todo mi desprecio.

Sin embargo, algo positivo debe tener la culpa cuando la predisposición a la misma se ha heredado y transmitido como característica a través de los siglos. Porque la selección natural sólo preserva los rasgos que son beneficiosos para la supervivencia de la especie. O al menos, eso sostuvo Darwin.

Quizás la culpa sea la forma de mantener vivo ese conjunto de reglas de convivencia al que llamamos “la moral”. O sea, que yo no mato y me almuerzo a mi vecino a pesar de que sus aminoácidos me servirían exactamente igual que los de una vaca para construir mis proteínas, debido a que la culpa no me dejaría vivir tranquilo. Y aunque en la historia de la Humanidad abundan los ejemplos de canibalismo, no hay dudas de que esa costumbre es considerada símbolo de atraso y animalidad, algo que te aleja del concepto actual de civilización. De hecho, dicen que muchos psicópatas asesinos son tal porque sus cerebros son defectuosos y no sienten la culpa. Mientras más humano seas, menos caníbal o asesino. Y viceversa.

Esta podría ser -digámoslo así- la razón que justifica la existencia “natural” de la culpa: la conservación de la especie.

El peligro estriba precisamente en que los manipuladores pueden usar el mismo mecanismo para alterar e incluso revertir su funcionamiento normal e incitarte al asesinato o a cualquier otro acto que les convenga. Las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau o los gulags de Stalin o las decapitaciones de los fundamentalistas islámicos dan fe de hasta donde se puede llegar por ese camino. Si tú llegas a creer que los judíos son los culpables de tus males, pues no sientes que esté tan mal el gasearlos, no?. O si los burgueses y los capitalistas son los responsables de tu pobreza, entonces no está tan mal el eliminarlos, verdad? Y si el Corán manda a acabar con los infieles, pues que rueden sus cabezas para no sentir la terrible sensación de culpa por haber desobedecido a Alá!

Creo que la única defensa eficaz contra los manipuladores, es asumir tú mismo el control del sentimiento de culpa. Esto implica hacer un esfuerzo consciente para inhibir un instinto natural o inconsciente y lograr un juicio equilibrado e imparcial, aceptando con entereza los costos de tus decisiones. Lo cual es extremadamente difícil de lograr, pero no imposible.

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Todos estos razonamientos vienen a cuento porque se relacionan con el tipo de conflictos por los que tiene que pasar todo el que se queda. Por ejemplo, el conflicto entre escapar para disfrutar de la libertad a costa de dejar a tu familia (hijos, esposa, padres, hermanos…) en una situación incierta. El desgobierno cubano le apuesta a manipularte a través del sentimiento de culpa por haberlos abandonado. De ahí la práctica habitual de no permitir que salgan familias completas a hacer trabajos en el extranjero y el castigo de no dejar regresar como visitante al desertor durante cuando menos los primeros 5 años. Siempre se queda alguien como rehén y tú sabes que si desertas, las probabilidades de volverlo a ver son realmente escasas.

Otro conflicto muy común es el relacionado específicamente con tu pareja. Todos los matrimonios experimentan con los años un cierto nivel de “desgaste natural”. Pero aunque quizás la pasión no sea la misma de los primeros tiempos, en muchos casos se ve sustituida por una compenetración y un sentimiento de amistad profunda. Además, existen otras barreras morales que contribuyen a que la relación no se rompa: el deseo de no destrozar la imagen tú tienes de ti mismo y la que tienen de ti tus padres, tus hijos, tus amigos y el resto de tu familia. O en el peor de los casos, aunque sientas que la relación no es la misma que al principio, la pereza que te provoca el pensar en tener que volver a empezar, puede jugar también su papel para evitar el divorcio.

Sin embargo, cuando desertas, muchas de esas barreras se atenúan o desaparecen. De buenas a primeras, eres de nuevo joven y soltero. O por lo menos, así te sientes. Y para colmo, tienes que resolver el problema hormonal, que se incrementa con el tiempo y la incertidumbre del reencuentro y sobre el cual no puedes ejercer un control tan férreo como con el problema moral porque el trabajo de las glándulas que generan testosterona está regulado por el Sistema Nervioso Central, y sólo los yogas tienen control sobre el mismo.

Me imagino que alguno de Uds. se preguntará ¿Y porqué no hizo uso de los servicios de una prostituta? Al fin y al cabo, por algo tiene fama de ser el oficio más viejo del mundo. La respuesta a esa pregunta puede parecer algo tonta, pero es rigurosamente cierta: porque no me gusta. Aunque no lo crean -y como dice el bolero- solamente una vez estuve con una para tener la experiencia, y el resultado neto fue que salí desencantado. En mi opinión, no hay nada como hacer el amor porque los dos lo desean. El comercio mata mi libido, así que conmigo los chulos se morirían de hambre.

Durante un año entero a partir de la fecha de mi llegada a México, estuve -para usar la frase bíblica- sin conocer mujer. Pero llegó el momento en que sucedió lo que tarde o temprano tenía que suceder.

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A continuación transfiero aquí fragmentos de una carta que escribí a mis padres en la que relato algunos detalles de la forma en que ocurrieron los hechos:

“…Pero en medio de tanta suerte, había un detalle que no estaba bien: estaba solo. Tenía libertad, amigos, techo, un trabajo interesante, muchísimo más dinero del que estaba acostumbrado a tener en Cuba, pero me faltaba mi familia. El afecto y el calor que recibía en la casa del Ingeniero eran muy reconfortantes, pero también sentía la necesidad de otro tipo de calor, el que sólo te puede dar una mujer en tu cama. Entonces conocí a C. Ella era una mujer interesante, joven, y también estaba sola. Nos hicimos amigos y comenzamos el proceso de confesiones mutuas, el cual fue afianzando nuestra amistad. Duramos unos 6 meses como amigos antes de convertirnos en amantes. El día exacto en que cumplía mi primer año de libertad, quise invitar al Ingeniero y su esposa a cenar a un restaurante argentino en donde la carne se trasiega por kilos. Era, además del aniversario de mi libertad, una alusión subliminal al hambre de carne que sufrí durante años: “El Triunfo del Bife sobre el Comunismo”, podría titularse aquella escena. Pues bien, la tarde de ese día recibí una llamada en el trabajo. Era C, para invitarme a ir al cine. Le contesté que no podía porque ya tenía el compromiso del restaurante, pero que al otro día estaba libre. Y naturalmente, al otro día sucedió. 

Comenzamos una relación a escondidas y con un desenfreno sexual de gran magnitud. Luego de un año de abstinencia carnal, yo no tenía para cuando acabar. Inventábamos motivos para escaparnos los fines de semana hacia poblaciones cercanas, en donde nadie nos conocía. Era una luna de miel por entregas, con matices de intriga…”

Para hacer las cosas aún más románticas, la historia de su familia parecía tomada de una novela de Dumas:

“…Durante los sucesos posteriores a la revolución mexicana de 1910, existían dos hermanos que vivían en Zacatecas. Uno de ellos estaba involucrado en actividades a favor de Victoriano Huerta, el usurpador de la Presidencia de México y asesino de Madero. Cuando las tropas de Pancho Villa -enemigo de Huerta- tomaron el pueblo, fueron a buscar al “traidor” para matarlo. Pero avisado a tiempo, ya había desaparecido. Para obligarlo a presentarse, fueron a la casa del otro hermano. No estaba tampoco, y le abrió la puerta el hijo mayor. -¿Qué desean?- preguntó. -Venimos por tu papá- contestó el teniente. -El no está en este momento, pero cualquier cosa que le hagan a él, me la tienen que hacer también a mí-. El alarde de valentía le costó caro: se lo llevaron preso. Cuando el papá regresó y se enteró de lo que había sucedido, fue a buscar a su hijo al cuartel. El verdadero “traidor” nunca se presentó y como represalia, los dos fueron fusilados. De manera que S -el papá de C- se vio cabeza de familia, huérfano de padre y sin hermano mayor a los 12 años de edad. Y por supuesto, las dos ramas de la familia se disgustaron entre sí, porque por culpa de un hermano cobarde habían fusilado al otro y a su hijo mayor.

Era de esperarse que la vida del pequeño S transcurriera en la penuria económica. Pero parece que tenía huevos e inteligencia: cuando murió, don S, casado en su juventud con doña R –hija de un exGobernador- era uno de los hombres más ricos de Zacatecas. Y su clan, una de las 8 familias que controlaban ese estado, en donde al parecer las relaciones feudales no habían desaparecido sino solamente habían sido escondidas bajo una delgada capa de democracia.

Y ¿cómo le hizo para acabar millonario?.  Dicen que era un hombre de trabajo muy honesto y simpático, que logró con inteligencia irse levantando. Tenía una tienda mixta muy cerca de la catedral, y me cuentan que siempre estaba a la viva con los nuevos inventos. Por ejemplo, los primeros aparatos de radio de Zacatecas, los vendió él. Lo mismo con las primeras máquinas de escribir, y los primeros televisores, lavadoras, tocadiscos, etc. Pero su verdadera fortuna estaba en las casas. Sólo en palacios coloniales (parecidos a las mansiones que está reparando Eusebio Leal en La Habana Vieja), tenía 38.

No sé, pero me parece que si lo hubiera conocido nos hubiéramos llevado bien…”

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A primera hora de la mañana del día siguiente le conté al Ingeniero lo que había pasado. Está bien -me dijo- pero no abandones en Cuba a tu mujer y a tus hijos, sigue intentando traerlos.

Y aquí es donde entran a jugar las consideraciones que expuse al principio de este artículo. Qué hacer? Dejar que el sentimiento de culpa se adueñara de mí y convirtiera mi romance en un infierno? Eso era lo que hubieran querido el Fifo y sus secuaces: ya que no habían podido retenerme como esclavo, hacerme infeliz como venganza por mi deserción.

O por el contrario, asumir el control de mis instintos y aceptar lo inevitable, aún a costa de mi matrimonio? Al fin y al cabo, yo no me sentía culpable por la desgracia de mi patria al caer en manos de los comunistas, que era el verdadero origen de todas mis aventuras en México.

Si me decidía por continuar la nueva relación, atenuaría mis penas y saciaría mi libido, pero tendría que anular conscientemente la culpa. Además, existía la posibilidad de que mis hijos no comprendieran mi decisión y terminara siendo repudiado por las mismas personas a las que intentaba salvar de la esclavitud comunista.

Pero algún camino debía tomar, y pronto.

Al final decidí seguir los consejos del Ingeniero y continuar la relación con C sin abandonar las gestiones para traer a mi familia -algo que no hubiera abandonado ni por todo el oro del mundo-. Y qué vas a hacer si llegas a tener éxito y te ves en la situación de tener al mismo tiempo dos familias? -me preguntó Robertiño. No sé, ya veré -le contesté.

Parece que luego de haber comenzado mi vida como niño mimado de la fortuna y de haber recibido a modo de formación por parte de los comunistas incontables patadas por el culo, mi psiquis comenzaba a tener callo.

Durante un corto tiempo no me atreví a hacerlo pero no me gusta engañar, así que llamé a Josefina y se lo dije. Le expliqué que a pesar de todas mis gestiones no había podido conseguir visa de entrada en México para ellos, que esa situación se podía prolongar por años, y que aunque yo lo iba a seguir intentando, no sabía cuanto tiempo más transcurriría antes de tener éxito. Que había comenzado una relación sentimental en México, y que por ello la liberaba a ella de cualquier compromiso hacia mí. Su respuesta fue: “Está bien, pero sácanos de aquí, no nos dejes en esta mierda”.

Rampas de evacuacion de emergencia de avión

Rampas de evacuación para emergencias de un avión

Air Canada y la rampa de escape

Y aquí me ves, sentado en un avión de Air Canada del tamaño del mundo en viaje sin escalas hacia Toronto en busca de las visas para mi familia, con el corazón dividido entre el deber de salvar a mis hijos y a mi esposa y la pena de abandonar a C, con la que ya había vivido algunos meses.

Para colmo, la despedida se prolongó más de lo habitual, y las despedidas casi siempre son muy tristes.

Resulta que ya estábamos todos a bordo del avión y el piloto había ordenado a las aeromozas que cerraran las puertas de la aeronave para comenzar las pruebas de presurización, cuando parece que una de ellas se confunde al atrancar una puerta y en vez de jalar la palanca de cerrar, jala otra palanca que lo que hace es desplegar la rampa de escape, ese mondongo de hule, largo y en forma de canal descendente que inflan los aviones cuando ocurre un accidente y hay que abandonarlo con rapidez.

Naturalmente, todos tuvimos que bajar (aunque no lo hicimos por la rampa). Lo peor fue que el repuesto había que traerlo de Canadá y sin aquella cosa las ordenanzas aeronáuticas no permitían que el avión volara, por lo que nos dijeron que el vuelo iba a demorarse 24 horas. Nos alojaron en un hotel en las cercanías del aeropuerto, y a mí no se me ocurrió otra idea mejor para pasar la noche, que llamar a C para contarle lo que había sucedido y pedirle que viniera al hotel para pasar de nuevo la última noche juntos.

De manera que nuestra despedida fue doblemente larga y si el primer día estaba triste, el segundo lo estaba todavía más.

Desembarco del Granma

Desembarco del Granma (foto de utilería, por supuesto)

Toronto y el desembarco del Granma

Era 2 de diciembre de 1993, aniversario del desembarco del Granma por Las Coloradas cuando llegué a Toronto. No es que yo tuviera mayor interés en celebrar la fecha, pero no dejé de notar la coincidencia y pensar algo así como: Qué bueno hubiera sido que el manglar y el pantano se los hubiera tragado a todos! O que los pilotos de Batista hubieran tenido mejor puntería! Pero aquello no sucedió, y como consecuencia aquí estaba yo llegando a casaelcarajo.

Detroit - Windsor ciudades separadas por el río Detroit

Detroit – Windsor ciudades separadas por el río Detroit. Nótese que Windsor (Canadá) está AL SUR de Detroit (EU).

Afuera había un frío de putamadre, pero en el edificio del aeropuerto el calorcito era reconfortante. De todas formas, al poco tiempo tenía que tomar otro avión hacia Windsor, mi destino final. Esperaba que como está más al sur -prácticamente es el punto más al sur de todo Canadá, al extremo que en esa pequeña zona EU queda… ¡hacia el norte!- hubiera menos frío.

Ni madres. Windsor era tan frío como Toronto, o al menos así me pareció a mí.

Gaviota

Gaviota

Inmigrante

El gobierno de Canadá es famoso por su política de seguridad social. Allí es muy difícil jugar al desamparado. Vamos, que si en el mundo hay un país en donde se hayan alcanzado los supuestos ideales humanitarios del socialismo -ironías que tiene la vida- es Canadá.

En cuanto llegué -me estaba esperando un funcionario del gobierno- me llevaron a un lugar en donde me entregaron ropa de invierno: pantalones y camisas gruesas, un abrigo de material impermeable  relleno de plumas de ganso, gorros, guantes, calcetines de lana, botas para nieve… en fin, un verdadero ajuar. Completamente gratis.

Un momento! -me dirán Uds. Y si las cosas son así tan fáciles, porqué la gente no se va a carretadas para Canadá?. Bueno -les contesto yo- sí lo hacen, pero hay un factor limitante: el frío. El país es grande pero una buena parte son zonas muy frías, en donde para sobrevivir tienes que saber hacerlo.

Por ejemplo, me contaron sobre un plan para inmigrantes en donde luego de firmar un compromiso para convertirte en colonizador, te llevan a un lugar en medio de los bosques del norte. Allí tienes tu finca y tu casa, pero el vecino más cercano está a 30 ó 40 millas de distancia. Tu economía y tu vida pasan a depender de la caza y la pesca. La agricultura sólo puede explotarse durante el verano y quizás algunos meses de la primavera o el otoño, depende de cómo venga el clima ese año. Si tienes niños pequeños, la forma de asistir a la escuela es a través de clases remotas, usando televisión y satélites. La única forma de entrar o salir de la zona, es por vía aérea. Y no siempre las avionetas pueden aterrizar en las pistas o amarizar en los lagos. Pero lo principal es el profesor de supervivencia, un esquimal al que le asignan la tarea de enseñarte a sobrevivir en medio de aquellas soledades. Porque aunque tienes planta de luz eléctrica, calefacción, radio, etc, en cualquier momento puede venir una tormenta de hielo y hacer que todas tus comodidades se conviertan en sal y agua. El esquimal -que por supuesto al menos durante un año forma parte de tu familia- te enseña cómo hacerle para no terminar congelado como popsicle, o muerto de hambre, o en el estómago de un oso. Y sólo hasta que apruebas el examen y tu profesor certifica que has aprendido a valerte por tí mismo en las condiciones más adversas del invierno, es que te entregan la propiedad de la tierra. Se embullan?

Claro, no en todo Canadá la cosa es así. Y además, siempre hay personas dispuestas a arriesgarse. De hecho, en las zonas más templadas hay tantos indios, chinos, etc, que resulta difícil ver a un rubio de ojos azules. Pero fíjense si la cosa del frío es en serio, que el territorio de Canadá es un poco mayor al de Estados Unidos (casi 10 millones de km cuadrados) y su población apenas llega a 35 millones de habitantes, casi 10 veces menos que la población norteamericana, a pesar de todos los beneficios de asistencia social. Para mí, eso es una clara consecuencia del clima tan espantoso que pueden llegar a tener en invierno. Precisamente por eso es que aceptan inmigrantes con relativa facilidad.

Ambassador Bridge - Puente del Embajador, atraviesa el río Detroit y une Windsor (Canadá) con la ciudad de Detroit (EU)

Ambassador Bridge – Puente del Embajador, atraviesa el río Detroit y une Windsor (Canadá, a la derecha) con la ciudad de Detroit (EU, a la izquierda). El conjunto de edificios oscuros en la margen norte y en la extrema derecha de la foto, son las oficinas centrales de General Motors.

Windsor

Windsor, a pesar de su aristocrático nombre, es un pueblo grande de casitas de madera. Su importancia provenía de que está pegado a Detroit, que en ese entonces era el polo de la industria automovilística de EU y por ello habían muchas industrias que fabricaban piezas de repuesto para los coches, de manera que había trabajo fácil. Precisamente por eso mandaban muchos inmigrantes para allí.

Está separado de la ciudad de Detroit por un río del mismo nombre que enlaza dos de los Grandes Lagos (el Hurón con el Erie) y que curso abajo gira hacia el norte y termina convirtiéndose en el famoso San Lorenzo, que lleva sus aguas hasta el Golfo de San Lorenzo, frente a Terranova.

Como yo era un inmigrante oficial, el gobierno me tenía preparado un alojamiento que iba a ser mi hogar durante los primeros meses, hasta que encontrara trabajo. Era un edificio de madera de dos pisos y cuatro apartamentos, dos por piso. Aclaro que allí prácticamente todas las construcciones son de madera porque ese material es mejor aislante que el ladrillo y si las casas fueran de concreto los cambios de temperatura terminarían por rajarlas. A mí me tocó el de abajo a la derecha. Pero no estaba solo, lo compartía con un vietnamita, también inmigrante como yo.

Símbolo vietnamita de la longevidad

Símbolo vietnamita de la longevidad

El vietnamita

Mi roommate llevaba casi un año allí y ya estaba bastante ambientado. Era muy inteligente y hábil con las manos, y había encontrado trabajo como escultor de piezas de coche. Me explico: muchas de las piezas metálicas de la carrocería o el chasis de un coche se hacen en enormes prensas hidráulicas que de un solo madrazo conforman toda la pieza, por grande que ésta sea. Pero primero hay que construir los moldes que realizan tal maravilla. El proyecto nace en la mesa de dibujo del diseñador. Luego se hacía un prototipo tallándolo a mano, generalmente de madera u otro material suave. Con el prototipo se ejecutaba un procedimiento que producía un molde negativo en acero, y este era el que se montaba en las cabezas de la prensa conformadora. Algo parecido al proceso de fundición de piezas de hierro colado, sólo que en este segundo caso el molde negativo se hace de arena y el metal fundido se hace entrar en el mismo por un agujero.

Pues bien, el vietnamita hacía los prototipos en madera. Era un trabajo que se pagaba muy bien, porque no todo el mundo tiene la habilidad para hacerlo. Quizás hoy en día con las impresoras 3D ya el oficio haya desaparecido o le quede poco tiempo de vida, pero en 1993 aún estaba en plena vigencia.

Además, como buen inmigrante y buen asiático -ejemplos mundiales de laboriosidad y éxito- aquel vietnamita estaba urgido por hacer dinero y recuperar todo el tiempo perdido en su patria por culpa del comunismo. Por ello, había aceptado trabajar por las noches, con lo cual su salario incluía una prima de nocturnidad que lo hacía aún más apetecible.

Su ilusión consistía en ahorrar lo suficiente como para casarse por todo lo alto con una novia que tenía en San Francisco y que lo estaba esperando.

La Soledad

La Soledad

La soledad

La parte mala del asunto era que como él trabajaba todas las madrugadas, dormía por el día. Y como yo vivía en el mismo apartamento pero dormía por las noches, durante mi tiempo de vigilia no solamente no tenía con quien conversar, sino que además no podía hacerle mucha bulla, porque me daba pena despertarlo.

Pero eso no sería mayor problema -se dirán Uds- porque seguramente tú empleabas gran parte del día en ir a buscar trabajo y no estabas en casa, cierto? Bueno, ejem!, no exactamente -les contesto.

Por supuesto que mi intención era conseguir un trabajo lo antes posible. Pero como les conté, llegué a principios de Diciembre, el mes de las fiestas y la Navidad. Una buena parte de la primera semana se fue en gestiones de inmigración y en orientarme en cuanto a moverme por la ciudad, aprender dónde comprar comida, y las mil cositas de mera supervivencia que tienes que aprender cuando cambias de barrio.

Además, estaba el problema del inglés. Desde México estaba enterado de que al llegar a Canadá me darían clases de inglés. Eso, además de convenirme para lo laboral, me daría la oportunidad de socializar y conocer otras personas. Cuando pregunté por las clases al oficial de inmigración que me atendía, su respuesta fue que como ya casi estaban de vacaciones navideñas era mejor esperar a Enero, cuando comenzaran de nuevo.

En realidad todos los funcionarios canadienses fueron muy amables y comprensivos conmigo. El tono de su plática era conciliatorio y orientado a calmarme en mis urgencias: Relájese, tómelo con calma y dedíquese a disfrutar la Navidad, porque aquí en este tiempo casi todas las empresas tienen mucho personal de vacaciones y funcionan a media máquina o están cerradas, sus posibilidades de encontrar trabajo en estas fechas son muy reducidas, ya en Enero veremos! -me decían.

Ellos no se daban cuenta y lo hacían con la mejor intención del mundo, pero lo que estaban logrando era incrementar mi inquietud.

Incluso trataron de satisfacer mis necesidades espirituales. En los primeros días, me fue a visitar una trabajadora social para preguntarme cómo me sentía. Cuando le expliqué que me sentía muy solo, me preguntó que cual religión yo profesaba, para presentarme en la congregación que mejor se adaptara a mis gustos. Una verdadera delicadeza por la cual me siento profundamente agradecido, pero que desgraciadamente no tuvo un final feliz cuando yo le expliqué que no practicaba ninguna religión. La pobre, me miró como se mira a un bicho raro. Para mi infortunio, en Windsor no había ninguna congregación de agnósticos…

Lo cual no impidió que al poco tiempo de estar viviendo ahí, llamaran a la puerta un par de Testigos de Jehová. No sé cómo se las arreglan esas gentes para detectar a sus víctimas, pero lo hacen a las mil maravillas. Y cual no sería mi estado de ánimo, que nos hicimos amigos, venían a cada rato a la casa y conversaba con ellos muy a gusto. Es más, desde aquello he comenzado a tener un cierto aprecio por esas gentes. No me convencieron, pero por lo menos tuve de vez en cuando con quien conversar.

Cuando no tenía que hacer gestiones de inmigración, prácticamente mis únicos paseos consistían en salir a comprar cigarros o algunos alimentos a un 7-Eleven que había a dos cuadras de la casa, o en ir a la orilla del río. El frío era tan grande que en las márgenes, a unos pasos del muellecito donde yo estaba, flotaban grandes bloques de hielo que sobresalían del agua. A mí me parecía que estaba dentro de un jaibol gigante y que los bloques eran los cubitos de hielo.

A los diez minutos de estar afuera, a pesar de estar completamente forrado de ropa, me empezaban a DOLER las orejas, la nariz y las mejillas, y tenía que regresar a la casa. Francamente, pasear era desagradable. Habráse visto! -me decía- quién me habrá mandado a meter en este lugar!. 

Para colmo, en aquellas latitudes la luz del invierno no ayudaba a mejorar mi estado de ánimo: a las 9 de la mañana todavía está amaneciendo y a las 4 de la tarde ya se está haciendo de noche de nuevo. Y ni siquiera al mediodía la luz era mucho más que un resplandor apagado, en un cielo cubierto de nubes grises. Lo perfecto para tomarse dos tragos de ron y escribir 20 poemas de amor y una canción desesperada estilo Blue Moon. Pero eso era exactamente lo contrario de lo que yo necesitaba.

La televisión local -aparte de que la tenía que escuchar muy bajita- era tan insulsa que empecé a añorar las novelas de Televisa, algo que al igual que la amistad con los Testigos de Jehová, nunca pensé que pudiera llegar a suceder.

De manera que mi principal ocupación en Windsor, consistía en observar cómo crecían los carámbanos de hielo en la parte exterior de las ventanas.

Aunque normalmente no tengo mucha tendencia a ello, comencé, como dicen en México para referirse a la depresión, a arrastrar la cobija.

Shhhhhh, silencio, que se despierta el vietnamita!

Salsa de pescado vietnamita

Salsa de pescado vietnamita

La salsa de pescado

Yo sé que cada pueblo tiene sus costumbres y además, las respeto. Pero no puedo evitar sonreír cuando recuerdo el cuento de la salsa. Yo no lo sabía, pero a los vietnamitas les encanta rociar todas sus comidas con una salsa especial a base de pescado. El sabor es muy fuerte, como a marisco descompuesto, pero a ellos les fascina.

Después de haber regresado del trabajo sobre las 6 am y haber dormido todo el día, allá para las 3 ó 4 de la tarde se despertaba, se daba un baño y se preparaba la cena antes de irse de nuevo a trabajar. Yo esperaba ese momento como cosa buena, porque eran los únicos instantes del día en que podía conversar con alguien. Él, que era muy buena gente, por supuesto me invitaba a comer de su comida. Y yo, que estaba desesperado por conversar aunque fuera con el mismísimo Lucifer, pues aceptaba.

Imagínense la escena: mientras con mi inglés de uan-tu-tri trataba de hilar una conversación sobre cualquier tema con un vietnamita que tampoco hablaba muy bien el idioma, sonreía y trataba de disimular los deseos de vomitar que me producía cada cucharada de alimento que me metía en la boca. Y de contra, si me preguntaba le tenía que decir que su comida estaba muy sabrosa! Era el remate perfecto para mi depresión.

A White Christmas

A White Christmas

A White Christmas

Desde pequeño, toda mi vida había soñado con una Navidad con nieve. Ahora estaré jodido -me decía a mí mismo para tratar de superar mi tristeza- pero al menos voy a tener una Navidad como debe de ser.

Jejeje… Qué equivocado estaba! Como decía mi tío Ramoncito: Cuando el mal es de cagar… no valen guayabas verdes!

La cosa comenzó unos días antes. El vietnamita me informó que en la tarde del Christmas Eve -es decir, la Nochebuena- él se iba a ir con una girlfriend que tenía en otra zona de Windsor y que no regresaría hasta dos días después. Por supuesto, yo no iba a estropearle su pasodoble, así que le dije que estaba muy bien, que yo me las arreglaría solo. Pero en realidad, aquello empezó a olerme mal. Yo no tenía otro amigo mas que él, los Testigos de Jehová y los funcionarios de inmigración. Y era de suponer que todos ellos también tuvieran mejores cosas que hacer ese día que andarme sacando a pasear o a comer.

No importa -pensé, haciendo de tripas corazón- yo puedo salir ese día y como el Tío Lolo, divertirme solo. Pero si cuando paseaba de día, con el solecito, el frío me hacía regresar a los 10 minutos, imagínense los deseos que me dieron de salir en la famosa Christmas Eve. En resumidas cuentas, que vi un poco de la televisión insulsa, y me acosté.

Al otro día -el 25- sin embargo, me propuse muy seriamente salir a dar un paseo, para no volverme loco con tanto silencio. Hoy voy a salir a la calle para aunque sea verle la cara a un cristiano o darle una patada a un perro! -dije tratando de autosugestionarme (es un decir, por supuesto que yo soy incapaz de patear un perrito).

Ni madres. Salí, pero no vi ni un perro. Por supuesto, perro que se quedara fuera de su casa, moría ipso facto de puro frío.

Y en cuanto a los cristianos, tampoco caminaban por la calle. Los poquísimos que había fuera de su casa, andaban en coche. Y como había tanto frío, las ventanillas estaban empañadas y no se les veía la cara.

Putísima! Fue la peor Navidad de mi vida!

Pintando una pared

Pintando una pared

El sandwich, la pintada y el choque de culturas

Un día regresé de una gestión en la calle y me encontré que el dueño del edificio y su esposa estaban pintando el sótano, donde estaban las lavadoras y el sistema de calefacción. Me explico: el gobierno canadiense no era el dueño de aquel edificio sino que lo rentaba a su dueño, un plomero retirado (nótese cómo en aquella sociedad un plomero puede llegar a poseer un edificio). Yo los había conocido el día que llegué, y habíamos conversado un par de veces. Eran buenas personas, me habían caído muy bien.

Con la necesidad de amistad que yo tenía, enseguida les propuse ayudarlos a pintar. Se miraron un instante entre sí y para mi sorpresa, me dieron las gracias, pero me dijeron que no. Tuve que insistir muchas veces para que accedieran a que los ayudara.

Al fin, me dejaron agarrar un rodillo y comencé a pintar. Sin embargo, al poco rato la señora se ausentó por un tiempo y al volver vi que tenía en las manos un plato con un sandwich muy apetitoso. Resultó que era para mí.

Sandwich

Sandwich

Inicialmente me sorprendió aquello, hasta que comprendí que lo que estaban haciendo era pagarme por mi trabajo. A ver si me explico bien: para mi idiosincrasia latina era natural que yo les propusiera ayudarlos a pintar para tener el gusto de ayudar a unos amigos y por la tremenda necesidad de amistad y conversación que yo tenía; ellos, sin embargo, no me comprendieron y pensaron lo normal para su cultura, es decir, que yo les proponía venderles mi fuerza de trabajo. Y como por lo general los obreros de mantenimiento de casas cobran caro, pues al inicio dudaban en decirme que sí y como yo no les había mencionado nada de precios, pues me hicieron un sandwich para tratar de evitar que al final les dijera “bueno, fue un placer, y me deben tanto por mi trabajo”.

Fíjense qué contrasentido. Ellos no me discriminaron ni me maltrataron. Más bien, al revés, me trataron con respeto y consideración, mucho mejor que en un lugar de cultura latina en donde probablemente hubieran intentado lo contrario, es decir, que trabajara de gratis. Sin embargo, lograron que yo me sintiera miserable porque encontré que no me aceptaban como amigo sino como un obrero que vendía su trabajo. Eso es lo que se llama choque de culturas, no?.

Es cierto que yo estaba muy sensible y deprimido, pero el incidente de la pintada y el sandwich hizo que me preguntara seriamente si algún día iba a poder asimilar la cultura del lugar en donde me estaba metiendo. O peor, si de veras quería hacerlo.

Me acuerdo de una anécdota sobre Bola de Nieve. Cuando le propusieron en uno de sus viajes al extranjero que se quedara, que tendría fama y trabajo seguro, dicen que vaciló unos instantes y luego les dijo que no. ¡Pero cómo es posible que te niegues, si vas a vivir mucho mejor! -le dijeron. Saben lo que pasa -les contestó- es que si me quedara, extrañaría la cola del pan…

Posiblemente ya el daño estaba hecho desde antes y nunca podré salir de la chancleta de palo, la toalla por el pescuezo y el hablar a gritos, los atributos de la cubanía. Pero sentí que aquella sociedad no era la mía.

Visa de inmigrante a Canada

Visa de inmigrante a Canada

Visas de inmigrante

Y qué pasó con las visas para tu familia, por fin las conseguiste? -seguramente se preguntarán algunos de Uds.

Bueno, la respuesta a esa pregunta requiere una explicación cuidadosa: es cierto que el gobierno canadiense no pone el menor reparo en que un inmigrante tramite visas para su familia. Es más, es casi imposible que te las nieguen. Sólo hay una condición muy lógica: que tú ganes lo suficiente como para mantenerlos, y que firmes un compromiso (affidavit) en donde te comprometas a ello. Porque es de suponer que al menos inicialmente mientras tus familiares se integran a la sociedad, deben de tener alguien que pague por sus gastos. Si quieres traer a una persona, pues debes de ganar más de una cierta cantidad. Si quieres traer a dos personas, entonces tienes que demostrar que ganas una cantidad mayor. Yo quería traer a tres, así que mi límite inferior era aún mayor. Y no es que fuera tan difícil el lograrlo, pero yo calculé que mientras mejoraba mi inglés lo suficiente como para obtener un buen trabajo, podrían pasar entre 6 meses y un año antes de poder aplicar. Y eso era sólo la mitad fácil del problema, porque había que obtener también los permisos de salida del desgobierno cubano.

En resumen, que con buena suerte debían de pasar un par de años para traer a mi familia.

Pocilga

Pocilga

La renta del cuarto

Antes de salir de México el Ingeniero me había hecho un buen regalo y yo por mi parte había podido ahorrar un dinerito, de manera que llegué a Canadá con un par de miles de dólares americanos. No era una enormidad de dinero, pero suponía que me iba a alcanzar para al menos sobrevivir hasta que consiguiera un trabajo. Sobre todo, teniendo en cuenta que no pagaría renta. En cuanto llegué los deposité en un banco que me recomendó el oficial de inmigración que me atendía. Ese era todo mi capital y aunque me hubiera alcanzado para comprarme un coche, por ejemplo, yo no quería gastar en ello porque no sabía si me iba a hacer falta para otra cosa más necesaria.

Un día me llamó ese mismo oficial y me dijo que la mayor parte de los inmigrantes llegaban sin un centavo y que por eso el gobierno les pagaba la renta y un subsidio hasta que pudieran valerse por sí mismos. Pero que como ese no era mi caso, no estaba bien que el gobierno me pagara nada porque yo tenía dinero. Que me buscara un lugar para rentar y que si se me acababa el dinero antes de encontrar trabajo entonces ellos asumirían de nuevo mis gastos. Me explicó además que la renta no debía de pasar de 700 dólares canadienses mensuales para que en caso necesario ellos la pudieran volver a asumir. No puedo decir que la idea me sedujo, pero al menos me pareció justa.

Así que me compré un periódico, lo abrí por la parte de los anuncios clasificados, y comencé a buscar un lugar donde vivir. Entonces me llevé la gran sorpresa: por ese dinero (que en México me hubiera alcanzado para rentar una casa aceptable), en Canadá a duras penas logré rentar un cuarto con baño. Pero aquello parecía -en realidad lo había sido- un nido de drogadictos.

Inicialmente me dije: bueno, no me gusta, pero éste es el camino. Por ejemplo, no se podía decir que el inodoro estaba sucio, no. Más bien había que decir que el sucio estaba inodoro. Es decir, aquello había que atacarlo no con salfumán, sino con bombas nucleares para ver si algún día volvía a ser blanco. Tendría que pintarlo todo, cambiar los muebles…

Francamente, creo que aguanté hasta donde pude. Pero al final resultó demasiado.

Me derrumbé.

Cortés quema sus naves

Cortés quema sus naves

Como Cortés, quemo mis naves

Cuando fui a ver al oficial de inmigración y le dije que estaba harto de pasar frío, de estar solo, de no ver el sol, de no poder gritar ni hacer ruido, de comer comida chatarra, de intentar expresarme en un idioma que no dominaba ni me gustaba, de esperar el momento propicio para buscarme un trabajo, de limpiar inodoros sucios, de dormir en pocilgas y de sentir que no encajaba en ningún lugar, y que yo me quería regresar a México, me miró con los ojos abiertos como dos platos, de puro asombro, como si le hubiera confesado que me iba a tirar de un quinto piso sin paracaídas.

Cómo es posible? Quieres que te inscriba en la Seguridad Social? -me dijo. Yo le decía que no, que lo que pasaba era que había comprendido que allí no me iba a sentir bien ni en 100 años, que aquel no era mi lugar y punto.

Así y todo me dio mi SSN pero ya yo estaba embalado. Conseguí la dirección de la oficina del fisco canadiense, compré un giro postal por el importe de mi viaje de ida y lo envié para devolverle al estado el dinero invertido en traerme a Canadá como inmigrante, y me compré un pasaje de regreso a México.

Comprendía que como Cortés, había quemado mis naves. Ya no podría volver a pedirle nada al gobierno canadiense. Posiblemente perdí mucho. Pero recuperé mi equilibrio mental. Cuando llegué a México de nuevo, me sentí llegando a casa.

Enseguida el Ingeniero -siempre amable y paternal- me volvió a dar trabajo en su fábrica. Pero esta vez ya no fui a vivir a su mansión. Comencé a vivir abiertamente en casa de C. Ya estaba bueno de escondernos.

Era 1994. En México, Marco empezaba a joder con su guerrilla chiapaneca y “el error de diciembre” había producido una devaluación terrible del peso mexicano. Los banqueros y los industriales se tiraban por las ventanas y los políticos iban a Catemaco a despojarse y encenderle velas a Changó. Pero yo estaba feliz.

Dejaba sin resolver, empero, el problema de mi familia.

Sin embargo, el destino me tenía preparada una sorpresa.

(Continuará)

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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2 respuestas a México lindo y querido (X)

  1. caraEcoco dijo:

    muchas gracias, su experiencia nos indica que no es muy extrano sentirse solo y deprimido cuando tenemos que enfrentar la emigracion por si mismos, aquellos que se han ido con su familia o pareja no tienen ni puta idea de lo que es partir solo a lo desconocido y enfrentarse a la vida totalmente desarmado.

  2. Pingback: México lindo y querido (IX) | Las cosas que me gustaría saber

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