México lindo y querido (IX)

Hágase tu voluntad...

Hágase Tu voluntad…

Hágase tu voluntad…

Luego de pasar 10 días comiéndonos las uñas, balanceándonos entre el miedo y el entusiasmo por ser libres, la única forma que encontramos de resolver el problema de haber sido denunciados en la embajada cubana como colaboradores de un desertor, fue hablar con nuestro jefe mexicano –El Ingeniero– y explicarle lo que había sucedido, es decir, que Juan Fernández había descubierto la forma en que Mandy había escapado, que nos había involucrado, y que desde entonces la embajada nos estaba cazando a Brunet y a mí para engañarnos y hacernos regresar a Cuba acusados de traidores.

Su reacción fue instantánea. Compró pasajes de regreso para el resto de los cubanos, se los puso en las manos y les dijo: “Se van mañana“.

Y el contrato de trabajo?” -le preguntaron. “El contrato se rompió, no quiero saber más de Uds.” -les respondió.

Y de esa forma, haciendo gala de su nobleza, resolvió el asunto a nuestro favor. E incluso me llevó a vivir a su casa -en una colonia de millonarios con entrada regulada y policía privada- para evitar o al menos disminuir la probabilidad de que nos secuestraran o sucediera algún otro incidente molesto.

Casa del Ingeniero Don Oscar

Mansión del Ingeniero -le decíamos “El Castillo”- donde me llevó a vivir

Quizás la mejor manera de transmitir mis emociones iniciales sea incluir aquí un fragmento de una carta que le escribí a mis padres describiendo lo que me pasaba por la mente luego de quedarme:

“…hacer un poco de memoria y tratar de describir mis pensamientos y sensaciones cuando llegué a ésta mi Ciudad de México, el Nueva York Latino. Lo que dejaba en mi patria: asfixia política, de ideas y oportunidades. Represión y sueños frustrados. Mala combinación. … Yo, en plena infección de “la crisis de los 40”, en donde los hombres comienzan a temer porque ven a su juventud agotarse. Dos hijos preciosos, y Uds., mi gran tesoro. Y qué encontré en México? En primer lugar, Libertad. Libertad para moverse, para pensar, para decir, para maldecir, en fin, Libertad. Y belleza, mucha belleza. Historia. Amigos. Equilibrio. Riqueza. Comida. Comodidad. Quedé literalmente encantado. Sentía la magia de los lugares por donde caminaba. Me emocionaba hasta las lágrimas, cosa que en Cuba no me sucedía desde niño. Diríase que tenía el alma a flor de piel. Por otra parte, comenzaron a suceder cosas muy excitantes. Por ejemplo, de pronto me ví envuelto en una intriga con trazas de thriller de tercera que aunque me tuvo aterrado, armado y decidido a matar durante semanas, terminó con el inmenso gusto de mandar a la chingada a los comunistas, y  en definitiva me dio un motivo válido para pedir y obtener el refugio político. Difícilmente olvidaré la sensación de victoria que me embargó. Pero además, pasé de bañarme en un baño de azulejos de tercera, “resueltos” con ansia y subidos a polea hasta la azotea en donde vivía por mis propias manos llenas de ampollas, a hacerlo en uno sólo para mí, totalmente de mármol gris, con bañera de escalón y ventanal de arco de piedra, volado sobre un cerro que domina la ciudad. De vestirme con ropa zurcida y zapatos viejos, a usar trajes italianos de lana virgen, corbatas de seda y zapatos bostonianos. De viajar en coches de hace 40 años, despintados y desconchinflados, a hacerlo en Grand Marquis con asientos de piel y olor a nuevo. Y como si todo eso fuera poco, estaba presenciando la agonía y el descrédito del comunismo, el odiado régimen que tanto daño le había hecho a mi pueblo, a mi familia y a mí. La vida había sobrepasado con creces mis sueños más atrevidos…”

Logo de la Cadena de las Américas

Logo de la Cadena de las Américas

La Cadena de las Américas

Era 1992 y un poco antes de los hechos relatados, se celebraron los 500 años del descubrimiento de América. Para conmemorar ocasión tan especial, Televisa había preparado La Cadena de las Américas, que consistía en un grupo de programas especiales cada uno de los cuales estaba dedicado a una nación americana y que se transmitieron entre el 20 de Abril y el 12 de Octubre. Para mí, que venía acostumbrado a sufrir los aburridísimos y únicos dos canales de la tv cubana -dedicados casi exclusivamente a la propaganda política a favor del régimen del Fifo- aquellos programas, con su colorido y su diversidad cultural, me encantaron.

Pero si los programas me gustaron, el tema musical que utilizaron para la presentación de cada programa y que no lograba identificar por mucho que lo intentara, hacía que se me saltaran las lágrimas de pura emoción. Aquella bella melodía estaba interpretada por una mezcla de instrumentos sinfónicos -principalmente un oboe y un coro celestial- junto a tambores indígenas, con la evidente intención de realzar el mestizaje de culturas que se produjo durante la colonización. No soy muy sensiblero, pero hay que comprender que yo había estado -y continuaba estando-  sometido a un gran estrés. Por un lado, había recuperado mi libertad. Por otro -y aunque el Ingeniero me llevó a su casa y comencé a formar parte de su familia- había perdido la mía, y no sabía si la volvería a ver algún día. Eso hacía que me sintiera extremadamente sensible.

On Earth as it is in Heaven (Así en la Tierra como en el Cielo), frase famosa incluída en la oración Padre Nuestro

…Así en la Tierra como en el Cielo

…Así en la Tierra como en el Cielo

Un viernes asistí a un teatro. La Ciudad de México tiene una vida cultural intensa y yo quería aprender a disfrutarla. No recuerdo el tema de la obra que iban a representar, pero sí que llegué bastante temprano. Para entretener al público que ya había en la sala, estaban poniendo música. Y quién te dice que luego de algunas piezas, comienzo a oír el tema que tanto me había gustado. Enseguida razoné: esta música no es de una emisora radial, la están generando aquí mismo en el teatro. Averigüé cómo se llegaba a la cabina de audio y me aparecí allí. La muchacha que hacía de ingeniero de sonido se sorprendió un poco al verme, pero cuando le pregunté por el título de la pieza que estaba poniendo se limitó a mostrarme la carátula de un CD.

Portada del CD con la musica de La Misión

Portada del CD con la musica de La Misión

Resultó que la música que tanto me emocionaba pertenecía a la banda sonora del filme La Misión, interpretado por Robert de Niro y Jeremy Irons. Trata sobre un hecho histórico que se produjo en la frontera entre Brasil y Argentina -precisamente en la actual provincia de Misiones, cerca de las Cataratas del Iguazú- cuando por motivos de alta política, el Papa ordenó abandonar las misiones españolas católicas a favor del Rey de Portugal y aquello produjo el regreso de la esclavitud para los guaraníes. El autor de la música era el renombrado, prolífico y casi mítico Ennio Morricone.

Portada del DVD de La Mision

Portada del DVD de La Mision

Mi sorpresa no fue poca porque yo había visto la película en Cuba y aunque me había gustado mucho, no fui capaz de reconocer la música al oírla en México. Indudablemente, las circunstancias inclinan. Los títulos de las dos piezas que más me emocionaban eran: “On Earth as it is in Heaven” y “The Gabriel’s Oboe“. De más está decir que al siguiente día acudí a un Mixup y compré el CD de marras. Todavía lo tengo, y cada vez que oigo aquellas preciosas melodías vuelvo a sentir la misma profunda emoción.

Logo del ACNUR

Logo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados

El ACNUR

Durante un tiempo todo funcionó de maravillas. Brunet y yo vivíamos en la mansión del Ingeniero en donde éramos tratados como parte de la familia, teníamos trabajo de sobra en su fábrica de microscopios desarrollando software y participando en concursos compitiendo por contratos con el Gobierno mexicano, ganábamos un salario superior en varios órdenes de magnitud al que obteníamos en Cuba, nos considerábamos aún relativamente jóvenes y nos divertíamos de lo lindo.

Pero no teníamos papeles, es decir, éramos ilegales. Y como el gobierno mexicano -el PRI, para ser exactos- se llevaba bien con la dictadura del Fifo y no hacía nada que pudiera molestarlo, pues las esperanzas de regularizar nuestra situación migratoria -que era el primer paso para luego intentar traer a mi mujer y mis hijos por vías legales- eran remotas.

Un día recibí una llamada telefónica de alguien para informarme que me había traído una carta de mi familia en Cuba.

Creo que debo explicar para los que no lo saben, que en mi país abrían todas las cartas que llegaban desde o salían hacia el extranjero. No me lo dijeron, yo fui testigo de ello. Me consta, porque cuando trabajaba en el Oncológico, en el Departamento Nacional de Protección Radiológica, en varias oportunidades tuve que ir a la oficina -situada en 100 y Boyeros- donde realizaban la violación sistemática de la correspondencia. Requerían allí de mi presencia para que revisara las condiciones higieno-radiológicas del aparato de rayos X con que examinaban los paquetes antes de abrirlos. Pero no se limitaban a los paquetes grandes, abrían incluso los sobres de carta. Eran los tiempos en que era moda que los exiliados le enviaran a sus familiares en Cuba cuchillitas de afeitar pegadas con scotch tape al papel. Y había todo un gran salón con muchas mesas y empleados dedicados a abrir las cartas y los paquetes. Recuerdo que había hasta un médico dedicado exclusivamente decidir si los frascos de medicinas contenían efectivamente la sustancia que decía la etiqueta o se debían decomisar porque contenían otra cosa.

A la luz de los tiempos actuales -en donde el terrorismo postal se ha incrementado y el correo electrónico ha sustituido casi completamente el correo tradicional- la decisión de abrir los envíos postales puede parecer menos ilegal, es decir, justificada porque ayuda a detectar paquetes o cartas con contenido peligroso. Pero indudablemente que también es la excusa perfecta para los organismos de inteligencia de un país, porque amparándose en evitar el terrorismo postal, les permite revisar cómodamente el contenido de los sobres y enterarse de asuntos privados. Y la información es poder, de eso no tengo la menor duda.

El caso es que nosotros no utilizábamos el correo normal, sino que preferíamos usar la buena voluntad de personas que fueran o regresaran de la Isla, para evitar en lo posible que el gobierno cubano anduviera husmeando en nuestra correspondencia.

Cuando fui a buscar la carta, me encontré en la casa con un mexicano a quien no conocía. Así que tú eres cubano, y cómo llegaste aquí? -me preguntó. Cuando le expliqué mi historia -la misma que están leyendo en esta saga- me dijo: -Creo que te puedo ayudar.

Levantó el teléfono, llamó a un lugar desconocido para mí, y me preparó una cita. Cuando acudimos al lugar -Brunet fue conmigo-, resultó ser un bufete de abogados que le hacía algunos trabajos al ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados).

Allí conocimos a Andrés Rivero, un abogado joven, recién graduado y muy buena persona, que se interesó en nuestro caso. Gracias a él, acudimos a las oficinas en México del organismo adscrito a la ONU. Allí nos pidieron que escribiéramos nuestra historia, y así lo hicimos.

Unos 10 días después, nos llamaron para otorgarnos la categoría de “Refugiados políticos de las Naciones Unidas”. Según me contaron, fuimos los primeros dos cubanos en recibir tal nombramiento en la oficina mexicana, que hasta el momento se ocupaba principalmente de centroamericanos que ingresaban a México huyendo de las guerras (por ejemplo, la guerra civil de El Salvador había terminado recientemente) o con la intención de atravesar el país y llegar a los Estados Unidos.

Hago Constar de Refugiado Político del ACNUR - México - 1993

Hago Constar de Refugiado Político del ACNUR – México – 1993

¡Oh, maravillas de la diplomacia!

Después de aquello, la cosa cambió. Ya no éramos un par de idiotas cubanos, sin papeles y huyendo de la peor dictadura latinoamericana. Ahora pasamos a ser un par de respetables señores de origen cubano respaldados como refugiados políticos por un organismo de la ONU. Y al gobierno mexicano no le quedó de otra que tomarnos en cuenta y aceptar que existíamos. Cosas de la vida.

Entonces gestionamos y recibimos la renovación de nuestro FM3 por otro año (el documento que nos había permitido entrar en México ya había vencido), además del permiso de trabajo y nuestra alta en Hacienda para comenzar a pagar impuestos.

En fin, ya éramos gente.

Pero mi familia seguía en Cuba. Ese era el siguiente objetivo a alcanzar, traerlos a México. Aunque una cosa es decirlo y otra muy distinta el lograrlo.

Existían dos barreras: la cubana, y la mexicana. Y las dos eran muy difíciles de saltar.

Por un lado, el desgobierno cubano hasta hace poco -escribo esto en 2014, pero hablo de sucesos acaecidos en 1993- mantenía la famosa Cortina de Bagazo que impedía a la gente moverse libremente. Para salir de Cuba hacían falta dos permisos: la visa del país al que querías ir -un requisito completamente comprensible y normal- y además un “permiso de salida” de tu propio país que otorgaba -o no- el organismo represivo cubano y que era una forma de pisotear tu derecho a moverte por el mundo.

Por supuesto que este permiso era utilizado como instrumento de poder. Si al Fifo le convenía que tú salieras –como cuando me envió a mí a “misiones internacionalistas” a Guyana o a México, cobrando él por mis servicios y dándome a mí una parte muy pequeña del salario que pagaba mi empleador- entonces habían muchos menos problemas para obtenerlo. Pero si el que quería salir eras tú a título personal, entonces era casi seguro que te lo negaran. Era la forma que tenía el Fifo -¡negrero de mierda!- de no quedarse sin esclavos.

Incluso en el asunto del permiso de salida, había escalas. Si tú no tenías estudios y eras peón de albañil o maraquero de orquesta -es decir, si no eras profesional- entonces tenías una ligera ventaja con respecto a los que habían estudiado una carrera. Pero si tenías la desgracia de haberte graduado de algo, entonces las dificultades para obtener el dichoso permiso de salida se incrementaban casi hasta lo imposible. La excusa era que como la educación era gratuita y tú te habías beneficiado de ello al estudiar tu carrera, ahora tenías que pagar los favores recibidos y trabajarle por siempre al Estado cubano. Lo que nunca consideraban era que no había escuelas privadas de manera que si uno quería estudiar tenía que ser en las estatales, así que no te dejaban otra opción.

Curiosamente ese es el mismo argumento con el que enganchaban de por vida a los trabajadores de las plantaciones sudamericanas, y que tanto ha servido para muchas novelas escritas por intelectuales latinoamericanos de izquierda. El cuento de la famosa “tienda de raya” en donde una vez que compras algo fiado, te tienen agarrado por las gónadas y tu deuda nunca disminuye sino que siempre se incrementa y el patrón no te deja ir porque le debes dinero.

Incidentalmente, esa es una de las razones por la cual muchos jóvenes dejaron sus estudios a medias, es decir, para tener menos dificultades a la hora de emigrar. Y además es la razón por la que en Cuba se ha invertido la escala de valores laborales y un abogado o un ingeniero valen menos en la consideración popular que un portero o un barman de un hotel para extranjeros.

Pero si la barrera migratoria cubana era difícil de saltar, la mexicana no se quedaba muy atrás. Los gobernantes mexicanos -al igual que los de otras naciones- le temen a la desestabilización económica que sobrevendría si de pronto se produjera una invasión de balseros cubanos. Aún si todos fueran profesionales -cosa bastante improbable- los problemas que crearía el que de un golpe le entraran al país miles de gentes sin dinero y sin hábitos correctos de comportamiento social, son la pesadilla de cualquier presidente. Esto es aprovechado muy hábilmente por el Fifo para chantajear. Lo ha hecho varias veces con los gringos: “¡O te portas bien y me respetas, o te mando no una bomba de neutrones sino una de negrones, que es aún peor!”. El ejemplo clásico es lo que pudiéramos llamar El Éxodo del Mariel.

Pero bueno, por algo había que empezar. Una vez que yo logré un estatus migratorio legal, solicité al gobierno mexicano en tres ocasiones diferentes las visas para mi esposa y mis hijos, y en las tres me las negaron. Todavía no he podido dilucidar si era una sutil forma de invitarme a mí también para que me largara del país, o sencillamente un caso más de estupidez burocrática. Porque yo sí tenía trabajo y me comportaba civilizadamente. Era demasiado pedir que mi familia estuviera conmigo?

Bandera de Canadá

Bandera de Canadá

Canadá y la Iglesia Episcopal Mexicana

Entonces monté en cólera y decidí emigrar por segunda vez. La idea era lograr que en algún otro país no me pusieran tantas dificultades para reunirme con mi esposa y mis hijos. Como ya tenía la condición de refugiado político del ACNUR, supe que podía irme a vivir a Australia o a Canadá, según fuera mi elección. Además, me dijeron que en cualquiera de los dos países solicitar el permiso de entrada para mi familia sólo era un trámite legal, que con toda seguridad te otorgaban el permiso.

“Australia está muy lejos” -pensé- así que me decidí por Canadá.

Jejeje, ingenuo de mí…

La primera vez que llegué a la embajada de Canadá en México DF, “me mandaron por un tubo”, es decir, no me hicieron caso. Me imagino que ese era el procedimiento estándar para librarse de los moscones.

Entonces regresé al ACNUR y les hice el cuento. Ellos me indicaron que fuera con un alto representante de la Iglesia Episcopal Mexicana. A su vez, este señor me envió de nuevo a la embajada de Canadá, pero ahora iba recomendado por el religioso ante una funcionaria canadiense que era su amiga personal. Y voilá!, esta vez no hubo dificultades de ningún tipo.

Comenzaron así una serie de procedimientos de rutina: llenado de planillas, entrevistas con funcionarios de seguridad (precaución completamente entendible dado que yo provenía de un país comunista), exámenes de idioma, exámenes médicos, en fin, todo un proceso.

Documento de Embajada de Canadá pidiendo mi salida a Gobernación - 1993

Documento de Embajada de Canadá pidiendo mi salida a Gobernación – 1993

Y en menos de tres meses, yo estaba montado en un avión grandísimo, volando hacia Toronto.

(Continuará)

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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Una respuesta a México lindo y querido (IX)

  1. guayo dijo:

    los calvarios cubanos producidos despues de 1959 son biblicos, nuestro tirano se ha empenado en hacernos la vida lo mas miserable que se pueda, que mala suerte para cuba que nos haya nacido un tipo asi.

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