México lindo y querido (VII)

Preso huyendo

Preso escapando

La escapada

La tarde en que “me quedé” -expresión utilizada en Cuba para designar el momento exacto en que desertas-, sentía como si estuviera viviendo un sueño.

Mientras Alejandro -el hijo menor del Ingeniero- conducía el coche hacia el apartamento, pedazos de mi vida iban pasando ante mis ojos como en una escena retro de una novela de Mario Puzo. Las obras de la Línea 8 del Metro estaban en su apogeo y por ello el tráfico en Ermita Iztapalapa -ya de por sí complicado- era sencillamente infernal. Pero ello en vez de molestarme, me ayudaba porque me daba tiempo a prepararme mentalmente para lo que vendría a continuación.

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Mendrugo de pan

El extraño caso del mendrugo de pan y el Dr. Ripley

Recordaba aquella tarde en que llegué a la casa luego de una jornada agotadora en el hospital. Tenía un hambre de lobo y sólo encontré sobre la mesa un mendrugo de pan. Ya estaba viejo, negruzco y duro como piedra -porque en realidad no tenía trigo, sino una mezcla misteriosa que decían era harina de boniato- pero era algo para tragar.

Estuve a punto de llevármelo a la boca pero un pensamiento me detuvo: si yo me comía aquello, cuando los muchachos regresaran de la escuela no tendrían nada que comer.

-¿Y entonces, para qué carajos trabajo como un mulo si no puedo siquiera comerme un pequeño mendrugo de pan cuando llego a mi casa?– el pensamiento me asaltó como un latigazo en pleno rostro.

Esa fue la gota que rebosó la copa. Si hasta ese instante había vacilado entre quedarme o irme, aquel mendrugo tuvo el honor de acabarme de decidir. En ese momento yo no sabía cómo le iba a hacer pero TENÍA que irme, escapar de ese régimen de mierda, porque era la única esperanza de llegar a tener algún día una vida digna. Sobre todo, pensar en que mis hijos tuvieran que vivir toda su vida en semejante basura me hacía sentir un nivel de culpabilidad sencillamente insoportable.

Salí a la azotea a calmarme un poco y fumar un cigarro mientras miraba a lo lejos el mar y me preguntaba cuál sería en definitiva mi destino y el de mi familia.

La vida me ha enseñado que para lograr algo, tienes que desearlo profundamente. No soy supersticioso, pero incluso la ciencia actual ha hecho descubrimientos interesantísimos sobre la naturaleza del espacio y el tiempo, sobre el número de dimensiones necesarias para explicar con una sola teoría las cuatro fuerzas fundamentales (electromagnéticas, gravitacionales, y nucleares fuertes y débiles), sobre la no localidad del espacio y las acciones a distancia, sobre la naturaleza dual de las ondas y las partículas, y otras muchas maravillas sobre el Universo, las cuales entran en contradicción con lo que nuestros sentidos nos informan acerca de la naturaleza. Así que aún sin ser supersticioso, no me extrañaría que un día se descubriera alguna relación entre nuestra voluntad y eso que llamamos la realidad.

Resumiendo: si tuviera que definir el momento exacto en que decidí escapar, diría que fue ése. Y a partir de ahí y un poco sorprendentemente, “las cosas se fueron dando” para que yo me encontrara esta tarde en la Ciudad de México, montado en un coche y con rumbo a mi apartamento, decidido a recoger los pocos cheles que tenía y largarme palcarajo.

“Aunque Ud. no lo crea”, como dirían los del programa de tv de Ripley o los de The Twilight Zone.

La involución moral y material como resultado de la Revolución del Fifo

Durante mi niñez y adolescencia yo había sido testigo de la forma en que la sociedad cubana había ido involucionando. Mi abuelita materna, Angelina Peña Vázquez, una guajira del Escambray casi sin ninguna educación formal pero con una inteligencia natural envidiable y un corazón de oro, lo expresaba en sus palabras diciendo que “…aquí se ha perdido el respeto…”.

El tratamiento de “Ud.” hacia las personas mayores había desaparecido, siendo sustituido por el descortés y confianzudo “tú”. Pero eso era nada más que la punta del iceberg de la decadencia moral y material. En general la sociedad cubana había derivado hacia la chabacanería, la descortesía y la ordinariez. Las malas palabras y las groserías formaban ya parte del léxico habitual de la gente. El cederle el asiento en el transporte público a una dama, un anciano o una embarazada, era visto durante mi niñez como un acto de buena educación que se repetía con frecuencia. Ahora era impensable que alguien hiciera algo así. Bien decía un amigo que la miseria saca a flote lo peor del Hombre.

Hormigas

Hormigas

El Hormiguero

Cerca del Palomar (así le decíamos a nuestro apartamento porque estaba en la azotea del edificio) había una de esas casas señoriales del Vedado, rodeada de jardines y con una bonita verja de hierro forjado a todo alrededor. Nunca supe a quién había pertenecido, pero seguramente era alguien de dinero. Tampoco supe cómo llegó al estado en que estaba cuando yo me casé y llegué a vivir por ahí cerca, pero era un fiel reflejo del estado del país: le decíamos “El Hormiguero” porque de allí dentro salían y entraban muchas gentes, todos descamisados y en chancletas. Eran como una plaga, uno no podía explicarse cómo era posible que en el jardín no creciera ni una brizna de hierba, era pura tierra seca. Muchos de los tramos de la verja perimetral estaban en el piso, y algunas de las columnas de mampostería que algún día le sirvieron de soporte, yacían tumbadas de lado. Las persianas de cedro de las ventanas hacía tiempo que habían desaparecido de manera que la casa daba la impresión de una calavera sin ojos o un anciano desdentado y agonizante. De pintura ni hablar, algunos lugares mostraban lo que en sus tiempos probablemente fue un bonito color verde claro, pero en general todas las paredes tenían unas terribles y oscuras manchas de humedad. Desde la calle se podía apreciar que la sala había sido dividida con tablitas de cajas de embalaje, pedazos de cajas de cartón y cortinas hechas con sábanas viejas, me imagino que en un intento de establecer algún tipo de privacidad entre las múltiples familias que la habitaban.

Me preguntaba qué tipo de gente vivía ahí dentro. Era evidente que pertenecían a una clase social no baja sino destructora, de las que llevan la miseria en los genes, capaces de convertir un palacio en una cueva. ¡Y los hijos de esa gente eran los compañeritos de juegos de mis hijos!

Yo sabía lo que es luchar por la vivienda en Cuba porque habíamos remodelado el apartamento en que vivíamos y lo habíamos convertido de la simple habitación de encargado de edificio que era inicialmente, en una vivienda modesta pero aceptable. En Cuba la escasez crónica hacía que fuese muy difícil conseguir cualquier cosa, no solamente comida, ropa y servicios. Entre los bienes más escasos estaban los materiales de construcción: madera, clavos, ladrillos, arena, piedras, cemento, acero, tuberías de cobre o de plástico, cable eléctrico, mosaicos, llaves de agua, interruptores eléctricos, cerraduras para puertas, en fin, las mil cosas que lleva una casa, por sencilla que sea. En una lucha de más de dos años, durmiendo junto a una pila de sacos de cemento de manera que al despertarte tenías cemento en la cara, habíamos logrado que nuestros hijos pudieran disfrutar de un lugar decente para vivir.

Por el contrario, los del hormiguero habían recibido -sin merecerlo y sin ningún esfuerzo- una mansión preciosa y la habían destruido y convertido en una pocilga.

Bien analizado, el contraste era todo un símbolo de la realidad cubana. Los comunistas habían logrado que las gentes de bien -la clase media-, las que sabían generar riqueza y se esforzaban por mejorar, dejaran de hacerlo o se fueran del país. Y el vacío que habían dejado había sido ocupado por gentes inútiles, incapaces de luchar no sólo por otros, sino por ellos mismos. Por eso Miami -que antes de la Revolución solo era un pueblecito playero de casitas de madera y que había absorbido en su mayor parte a esa gente industriosa- se había convertido en una ciudad cosmopolita e imponente, mientras La Habana se caía a pedazos y la chusmería, la mala educación y el machismo se entronizaban en la médula de la sociedad.

Esa situación se repetía en lo cultural, lo religioso, lo docente, y en cualquier otra esfera de la actividad humana.

Los únicos que habían salido beneficiados eran precisamente los dirigentes comunistas, que se habían apropiado de las casas y las fincas de los que se habían ido. Ellos sí disfrutaban de viajes gratis por el mundo, coches pagados por el estado y todo tipo de prebendas y privilegios -incluyendo tiendas especiales donde surtirse de comida, ropa y enseres domésticos- sin que tales beneficios fueran el producto de su trabajo, sino de su habilidad para robar y engañar. Para colmo, habían suprimido la libertad de prensa, de asociación, de movimiento, de disensión, de comercio, etc, y habían impuesto un régimen dictatorial, que humillaba, atemorizaba, reprimía y mataba al pueblo cubano.

Peor aún, los comunistas pretendían que los vieran como salvadores del pueblo, no como la piara de gorrones y asesinos que son.

Mi papá en viaje de negocios a EU

Mi papá (primero de izquierda a derecha) en viaje de negocios a EU

Lamote, el laboratorio y la escalera de negritos.

Mi padre, luego de una vida de trabajo, había acumulado un pequeño capital que invirtió en un negocio propio. Compró el piso inferior de un edificio en construcción, mandó a levantar las paredes interiores donde le convenía según el uso que le iba a dar al espacio, y abrió una empresa de importación de medicinas al por mayor, el giro que mejor conocía. El prestigio obtenido por su trabajo como gerente de ventas durante muchos años en una industria farmacéutica cubana (Laboratorios Classic, subsidiaria de Searle & Co.) le sirvió para obtener la representación en exclusiva para Cuba de dos empresas farmacéuticas gringas: Boyle & Co. y The Purdue Frederic & Co.

El edificio de los Laboratorios Classic

El edificio de los Laboratorios Classic. Estaba situado en la calle 60, casi frente a la fábrica de Kresto, en Marianao.

La plana mayor de los Laboratorios Classic - 10 NOV 1950

La plana mayor de los Laboratorios Classic – 10 NOV 1950. Mi padre es el tercero de izquierda a derecha.

El negocio propio marchaba viento en popa -incluso ya estaba a punto de obtener una tercera representación en exclusiva de otra casa farmacéutica- cuando el Coma-Andante se entrometió en la economía cubana y acabó con la quinta y con los mangos. A mi padre nunca le intervinieron su negocio, no. Se lo asfixiaron cuando a raíz de Playa Girón se interrumpieron definitivamente las transacciones comerciales en dólares entre particulares. Como no pudo pagar nuevos embarques de medicinas, pues el negocio se paralizó.

Mi papá en su oficina con Carmen la secretaria tomando dictado

Mi papá en su oficina con Carmen la secretaria tomando dictado

Un ángulo del almacén de medicinas

Un ángulo del almacén de medicinas

Un ángulo del area de envasado etiquetado y preparacion de los envíos

Aspecto del área de envasado, etiquetado y preparación de los envíos a las droguerías

Carmen la secretaria en su oficina escribiendo una carta

Carmen la secretaria en su oficina escribiendo una carta

Sin embargo, al principio navegamos con suerte. Parece que como el laboratorio -así le decíamos al negocio- estaba en la planta baja de un edificio de apartamentos, aunque internamente la distribución del local correspondía más a una empresa que a una vivienda, externamente parecía una casa. Cerrada, eso sí, pero al principio de la Revolución el gobierno no tenía tanto control sobre las propiedades inmuebles.

Durante un tiempo logramos conservar el acceso al local. Con cierta frecuencia íbamos, abríamos las ventanas para que corriera un poco de aire y dar la impresión de que allí vivía alguien, tratando de evitar problemas. Mi padre me decía que aunque aún faltaban muchos años para ello, posiblemente cuando yo me casara podría irme a vivir allí. Sin embargo, el Ave Negra del Infortunio estaba por estropearnos los planes…

Una noche al Fifo se le ocurrió mencionar en uno de sus discursos el problema de la vivienda. Dijo algo así como que la cosa no se iba a resolver pronto, que íbamos a tener escasez de casas para un buen rato. Yo no sé cómo pudo decir algo semejante, él que siempre decía que todo iba muy bien y que estábamos a punto de entrar en el Primer Mundo. Pero lo hizo.

El resultado fue que al instante se produjeron por toda la Isla oleadas de gentes metiéndose a la fuerza en locales vacíos.

La siguiente mañana el teléfono de mi casa sonó temprano. Era Lamote, el vecino de los altos del laboratorio, para avisarnos muy azorado que por la madrugada alguien se había colado en el local de abajo, rompiendo una ventana.

Inmediatamente mi padre montó en cólera y decidió “ir a sacar a patadas al intruso“. Mi amigo Roberto Fraxedas que por casualidad andaba por allí ese día y yo, decidimos acompañarlo no fuera a ser que eso de las patadas se convirtiera en un escándalo público…

Pero sucedió exactamente lo contrario. Cuando llegamos al laboratorio, nos encontramos con una escena conmovedora: la que se había metido en el local era una negra joven, pero con una verdadera escalera de negritos, el más chiquito aún de brazos y el mayorcito de unos 7-8 años. Se veía a las claras que no tenía una carrera profesional, pero sí sabía muy bien cómo hacer hijos. De esposo ni su sombra, era lo que hoy en día se llama una “madre soltera”.

Y mi padre, que en el fondo era un buenazo, terminó por regalarle el local. Bueno, no se lo dio con papeles, pero no tuvo corazón para “sacar a patadas al intruso”. En realidad, aquello terminó en que Roberto, mi padre y yo, le baldeamos con detergente todo el local y se lo dejamos limpiecito. Total, mi familia ya había perdido muchísimo más que eso “gracias” a la Revolución como para andarse preocupando tanto por una casa de más o de menos. Y si pensamos en lo que le despojaron a otros muchos -incluyendo sus vidas-, pues lo que perdimos nosotros no fue nada en comparación.

Nunca supimos el final de la historia, es decir, si por fin el gobierno se hizo con el control del local o si la propiedad del mismo cayó en el limbo. Pero lo que sí sucedió fue que de allí en adelante tuvimos un muy buen motivo para tirar a broma cada uno de los arranques de ira de mi padre. Le decíamos: “¿Estás molesto igual que cuando lo del laboratorio…?”, y mi padre y nosotros terminábamos riéndonos de nosotros mismos.

Moraleja

Pero la moraleja de este cuento es bastante más seria. Todas las sociedades democráticas modernas están basadas en dos pilares: 1) El respeto a las leyes y 2) El respeto a la propiedad privada. Y las dictaduras, en su opuesto: 1) Los antojos del dictador o caudillo sustituyen cualquier ley y convierten la sociedad en un caos, y 2) El irrespeto a la propiedad privada prácticamente detiene el crecimiento económico porque a nadie le gusta trabajar sin obtener beneficios y sin que se respeten los resultados de su trabajo. Ese es el verdadero meollo del fracaso económico que siempre se produce cuando los comunistas toman el poder en un país.

Ese cuento del “Hombre Nuevo” con que nos querían timar -el tipo que trabaja desinteresadamente para la sociedad sin obtener nada a cambio-, no existe. Es más, si vemos los resultados que han obtenido los comunistas en su intento de forjarlo -digamos que lo intentaron-, ha resultado bastante vago y bisnero. ¿O no?

No puedo afirmar que no existan filántropos -seres que trabajan por amor a su prójimo-, porque sería exagerar. Pero lo que sí puedo afirmar categóricamente es que no están en el bando de los comunistas.

La sociedad cubana se ha venido filtrando durante los últimos 50 años: todo el que llega a la adultez y tiene aspiraciones de mejorar en la vida, de no terminar siendo un peón en las manos de un loco asesino, en cuanto encuentra un resquicio en la Cortina de Bagazo, se va palcarajo. De manera que los que se van quedando en la Isla -salvo muy pocas excepciones- son los más temerosos, los menos arriesgados, los que no aspiran en serio a mejorar. Y eso equivale a un tiro en la nuca para cualquier sociedad. Por eso en Cuba están como están, “pidiendo el agua por señas”, como se dice en el sabroso caló cubano.

NutraSweet

NutraSweet

El NutraSweet

Aunque dicen que el “hubiera” no existe, a veces me pongo a pensar en dónde estaríamos si no fuera por ese energúmeno mentiroso y asesino del Fifo. Creo que Miami es un pálido reflejo de lo que sería La Habana.

En mi caso particular, veo con asombro que algunas de las medicinas que vendía mi padre todavía se venden, incluso con el mismo nombre. El Dramamine, por ejemplo, sigue siendo una droga muy utilizada para evitar los mareos que padecen algunas personas al viajar en barco o en avión. También el Senokot, un laxante en gránulos con sabor a chocolate. El Triva, un poderoso desinfectante para luchar contra la tricomoniasis (infección por Trichomonas Vaginalis), aún se vende con el mismo nombre aunque ahora existe también el Metronidazol. Quizás los laboratorios que las fabrican o los derechos de propiedad hayan cambiado de dueño, pero las medicinas siguen vigentes.

Hace un tiempo encontré un artículo -de esos catastrofistas que preconizan el fin del mundo y la abstinencia generalizada- hablando mal del NutraSweet, la marca comercial del Aspartame. En uno de sus párrafos, decía lo siguiente:

“A mediados de la década de 1970 el laboratorio Searle, mientras experimentaba con una nueva droga para aliviar la úlcera péptica, dio casualmente con otro descubrimiento: a uno de sus investigadores se le ocurrió tocar la muestra con un dedo y llevarse éste a la boca, comprobando que su sabor era extremadamente dulce”.

Cuando leí esto, dí un salto en mi asiento: ¡Así que si no llega a ser por el Fifo, la compañía en donde mi padre fue gerente durante muchos años estuviera vendiendo el NutraSweet en Cuba!.

No quiero echarme encima la broncota sobre los productos venenosos que logran imponer en el mercado los malévolos capitalistas de Searle-Monsanto y comparsa, aún a costa de la salud del pueblo (aunque sospecho que los malévolos del bando contrario son peores), pero de lo que sí estoy casi seguro es que si el Fifo no se hubiera metido por el medio, mi familia estaría hoy en día amarrando los perros con longaniza… jejeje.

Buick

Buick modelo 1950

 ¡Ud. sí puede tener un Buick!

Así decía un comercial que se hizo famoso cuando yo era niño. Y aunque naturalmente no todos podían, mi tío Gustavo tenía uno casi igualito al de la foto.

Casita a la orilla del mar en la Playa de La Boca. Muy parecida a la de mi tío Gustavo. Nótese que el mar está prácticamente al fondo de la casa, que se encuentra sobre un pequeño promontorio rocoso.

Casita a la orilla del mar en la Playa de La Boca, parecida a la de mi tío Gustavo. Nótese que el mar está prácticamente al fondo de la casa, la cual se encuentra sobre un pequeño promontorio rocoso.

Playa La Boca, en la desembocadura del Guaurabo, cerca de Trinidad

Playa La Boca, en la desembocadura del Guaurabo, cerca de Trinidad. Al fondo, las montañas del Escambray.

Recuerdo que muchas tardes durante las vacaciones de verano, nos llevaba de paseo a toda la familia hasta la Playa de La Boca -en donde tenía una casita casi a la orilla del Guaurabo- o a la desembocadura del Yaguanabo, a unos kilómetros de Trinidad por la carretera a Cienfuegos, a eso de las 4 ó 5 de la tarde. Era una delicia disfrutar de la brisa vespertina y ver la puesta de sol sobre el horizonte del Mar Caribe.

Puente sobre el río Yaguanabo, en la carretera entre Cienfuegos y Trinidad

Puente sobre la desembocadura del río Yaguanabo, en la carretera entre Cienfuegos y Trinidad

Playa El Ancon - Trinidad

Mar Caribe

En realidad casi no lo usaba para otra cosa que no fuera pasear por las afueras del pueblo, porque dentro del mismo las calles empredadas hacían incómodo el andar en coche. Era mejor hacerlo a pie o en bicicleta.

Un mal día llegó un barbudo (así le decían a los soldados rebeldes al principio, porque habían bajado de la Sierra con barba, era casi una especie de distintivo: si tú querías hacerte pasar por muy valiente y revolucionario chingón pues te dejabas crecer la barba y ya) y le dijo con cara amenazante que le hacía falta el coche “para tareas de la Revolución”.

Hay que entender que en ese tiempo casi todas las madrugadas se oían los disparos de los pelotones de fusilamiento del Fifo matando infelices en las afueras del pueblo. Por lo tanto, mi tío no tuvo de otra que darle las llaves del Buick.

Pero no se quedó así tan campante, sino que inmediatamente inició las gestiones entre una serie de conocidos y desconocidos para que se lo devolvieran. Así lo tuvieron durante meses, peloteándolo de un funcionario a otro, hasta que por fin le avisaron que pasara por un lugar a recogerlo.

Tostones o plátanos chatinos

Tostones o plátanos chatinos

Lo que no le dijeron es que el coche estaba hecho un chatino (galleticas fritas hechas de plátano verde, para los que no conozcan la palabra).

Entonces fue cuando nos enteramos que las importantes “tareas de la Revolución” de las que le habló el barbudo aquel, consistían en templarse a cuanta guajirita guaricandilla le pasaba cerca, llevándolas a pasear -borracho hasta las chanclas- en el carro de mi tío. El pobre, alguna diversión tenía que tener luego de haber arriesgado la vida por la patria…

Hasta que un día un árbol imprudente se le atravesó de pronto y sin ningún aviso en el camino y ¡pum!, vino el trancazo.

No es el de mi tío, pero más o menos así le devolvieron su Buick.

No es el de mi tío, pero más o menos así le devolvieron su Buick.

Por supuesto que mi tío nunca pudo usar el coche de nuevo. Sencillamente, se tuvo que joder y aguantarse.

Y eso no fue lo único que le pasó. Se diría que los comunistas del pueblo la habían agarrado con los burgueses y no perdían oportunidad para hacerles la vida un yogurt.

Nosotros, jodedores natos, terminamos tirando todo a broma y modificando el slogan del Buick. Ahora decíamos “¡Ud. sí puede tener un Buick… mientras no venga un hijoeputa barbudo y se lo quite!”.

Pero él no tomaba la vida a broma, era de los que se tragaba la rabia.

Mi tío Gustavo Cañedo Peña, su esposa Thusnelda Fraga Soler, y yo con apenas unos meses de nacido, en una ventana de la casa de Trinidad.

Mi tío Gustavo Cañedo Peña, su esposa Thusnelda Fraga Soler, y yo con apenas unos meses de nacido, en una ventana de la casa de Trinidad. Uds.perdonarán la vergüenza. Bueno, más bien la vergüencita.

Epílogo del cuento de mi tío Gustavo

Un día como a las 6 de la mañana mi tía Thusnelda sintió que mi tío se sentó en la cama demasiado rápidamente. ¿Gustavo, qué te pasa, te sientes mal? -le preguntó alarmada. No, no te preocupes -le contestó él para calmarla- estoy bien, pero siento como un dolorcito en el pecho. Por favor, ¿me traes un vaso de agua?. Enseguida mi tía corrió al refri a traerle el agua. Pero cuando regresó, ya mi tío estaba muerto. Literalmente, se le reventó el corazón. De puro disgusto, por supuesto.

Mi tío Gustavo y mi tía Thusnelda cargándome a mí en la calle, frente a la casa de la familia en Trinidad.

Mi tío Gustavo y mi tía Thusnelda cargándome a mí en la calle, frente a la casa de la familia en Trinidad.

-0-

Todas estas escenas, y algunas más que contaré en el siguiente artículo, pasaban vertiginosamente por mi cabeza y mi corazón mientras Alejandro continuaba luchando con el tráfico para llevarme al apartamento.

(Continuará)

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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6 respuestas a México lindo y querido (VII)

  1. maria elena rodriguez dijo:

    QUE BUENO LEER ESTAS ANECDOTAS TRINITARIAS, VEO LA FOTO DE GUSTAVO Y THUSNELDA COMO NO LOS RECUERDO, TAMBIEN A ESTHER CANEDO, TE VOY A SOLITAR LA AMISTAD PARA MIENTRAS ESTE EN ROMA VER LO RELACIONADO CON MI QUERIDO PUEBLO Y MANTENER CONTACTO CON TRINITARIOS COMO TU QUE NO SE OLVIDAN DEL AYER, CREO ESTAS EN MEXICO, ALLI VIVE LA FLIA DE TONY MAURI, CREO SEPAS QUIEN ES BUENO QUERIDO AMIGO MIS SALUDOS Y CARINOS, CHAOO

  2. mexico dijo:

    veo esas fotos y da ganas de llorar, cuanto han degradado al pueblo de cuba con mentiras e historietas para dormir credulos, pobre pueblo lo han llevado a caminar por el borde del abismo y se ha caido dentro de el. creo que ya no lograremos salirnos de la inmundicia mental en la cual nos han sumido el par de biranitas dictadores.

  3. R. C. dijo:

    Apreciado Zayas: He llegado por azar a este blog a través de un enlace en otro sitio y me ha resultado muy interesante y evocador de épocas y situaciones vividas en Cuba en mi etapa de estudiante universitario y como profesional en el campo de la ingeniería, incluyendo referencias a personas conocidas en nuestro campo de trabajo. Entre ellos, los fundadores del Centro de Investigaciones Digitales (CID), inaugurado en 1969, donde se desarrolló (en 1970) la primera computadora cubana CID-201 (copia de la PDP 11). Entre los mismos estaba José Luis Carrasco (primer director del CID), Orlando Ramos (eminente figura en el grupo de desarrollo y oponente en mi Tesis de Maestría en la década del 70), Piñero (diseñó la memoria a ferritas de la CID-201), Rafael Valls, José (Pepe) Cruz, Basilio Zubillaga, y otros más que fueron más tarde a trabajar a ese centro. El CID cambió años después su nombre (quizás por inconveniencia política de sus siglas), pasando a denominarse Instituto Central de Investigaciones Digitales (ICID) y diversificó sus líneas de trabajo. Hoy día, por factores biológicos o políticos, no queda activa en Cuba prácticamente ninguna de aquellas destacadas figuras de la investigación científica.
    Ahora un comentario respecto al contenido del presente post: su señora abuela tenía toda la razón al resumir la involución moral y material de la sociedad cubana en la frase “…aquí se ha perdido el respeto…”, que sintetiza la chabacanería, la descortesía y la ordinariez que caracterizan actualmente a la población y que se manifiestan, entre otros aspectos, en el lenguaje soez y las actitudes y gestos groseros de que se hace gala como forma habitual y normal de comportamiento cotidiiano, además del irrespeto a las normas y regulaciones sociales, y aún hasta legales. Este fenómeno ha ido aumentando con el tiempo y se hace patente cada vez más descarnadamente en los cubanos que arriban al extranjero, donde se ha ido deteriorando la imagen del cubano al punto de que las excepciones a ese comportamiento causan extrañeza por no corresponder a la mala fama ganada y dan lugar a la pregunta: ¿es usted realmente cubano?. Saludos

    • azayas48 dijo:

      Hola, RC. Me complace que te haya gustado el blog, y que coincidas con mis opiniones. Muchos de los que mencionas en el CID yo los conocí personalmente porque una vez graduado de físico y mientras trabajaba en el Oncológico, me matriculé en un curso de postgrado que allí ofrecían. Por ejemplo, Zubillaga fue mi profesor. No recuerdo el nombre de todas las asignaturas porque el tiempo es implacable, pero entre las que más me gustaron estaban “Máquinas Secuenciales”, “Compiladores” y “Algebra Booleana”. Creo que el CID de aquellos tiempos tenía un buen nivel profesional, a pesar de las dificultades propias de un país manejado por burócratas comunistas. Saludos, Alfredo Zayas.

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