México lindo y querido (VI)

La venganza del ratón

La venganza del ratón

De venganzas, perdones y perlas

Me resulta interesante observar cómo las consideraciones acerca de la venganza, expresadas por diversos personajes o libros sagrados, sirven para caracterizar bastante bien a sus autores y la filosofías que promueven. Por ejemplo:

  • “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” Jesús de Nazareth
  • “Ojo por ojo y diente por diente” Ley del Talión (Éxodo, Antiguo Testamento)
  • “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego” Mahatma Gandhi
  • “El mayor placer es elegir a tu enemigo, prepararlo todo, vengarse a fondo y después irse a dormir” José Stalin
  • “Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón” Jorge Luis Borges

Y mi preferida:

  • “La venganza es dulce… ¡y no engorda!” Alfred Hitchcock
Pastel

¡Que rico pastel! Pero a diferencia de la venganza, este SÍ engorda.

La parte mala de la venganza es que fácilmente te puede convertir en un ser de la misma calaña que el que te lastimó. En cierto sentido, la venganza implica rebajarte a su mismo nivel moral, entrar a su propio terreno de juego. Y eso no es muy agradable porque te aleja de los mejores valores humanos.

Lo opuesto a la venganza es el perdón, la característica que más nos humaniza. Sin embargo, aquí también hay opiniones. Por ejemplo, está la famosa frase que aparece en la Biblia:

  • “No deis lo santo a los perros; ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen” Mateo 7:6

Al respecto, creo que el concepto de perdón lleva implícita la idea del arrepentimiento del perdonado. O sea, supone que al verse perdonado, el infractor sentirá vergüenza de su error y se enmendará. Algo muy civilizado que podría llamarse “La venganza del perdón” y que es lo que engrandece a Gandhi o a Mandela, por ejemplo.

Sin embargo, sé por experiencia que hay personas (como Hitler, Stalin o el Fifo) cuya psiquis está tan torcida que no interpretan el perdón como un signo de humanidad del que perdona, sino como un signo de debilidad del que está perdonando. A este tipo de sujetos malignos no se les debe perdonar jamás, porque en este caso el efecto del perdón sería envalentonar al ofensor, exactamente lo contrario al objetivo. Sería tan inútil como echarle las perlas a los puercos: no sabrían valorarlas.

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Todo esto viene a cuento porque durante el tiempo en que tuvieron lugar los hechos que voy a relatar, mi pensamiento estuvo dominado por un muy dulce sentimiento de venganza y victoria. Luego de décadas  sufriendo los abusos de un gobierno dictatorial, finalmente el destino me proporcionaba la manera de pasarle factura a los verdugos de mi patria.

Aclaro que yo no quería matar a nadie. La mía era una venganza “light” y al mismo tiempo terrible. Bien visto, era la peor de todas: escapar. Primero yo, y luego hacer todo lo posible por que mis hijos también salieran de Cuba. Dejarlos sin el producto de mi trabajo y el de mi familia. Era la venganza de John Galt descrita magistralmente por Ayn Rand en su novela “Atlas Shrugged” (La Rebelión de Atlas).

Incluía además algunos pequeños gustos. Nada del otro mundo, pero también sentía placer al saber acerca de los planes de deserción de Mandy -mi jefe cubano- y quedarme callado. No puedo decir que era una gran ayuda, el que de verdad lo estaba ayudando era el Ingeniero. Pero yo me sentía en el vértice de una intriga, y lo disfrutaba.

Quasimodo

Quasimodo

Quasimodo y la carta del suicida

Se acercaba la Navidad y antes de desaparecer, Mandy -posiblemente pensando en tratar de disminuír en lo posible las represalias hacia Mabel, su esposa, que permanecía en Cuba- quiso redactar una especie de “carta del suicida”, o sea, un documento explicando las razones de su deserción, en donde decía que no lo hacía por motivos políticos… etc, etc. Cosa que por supuesto no era cierta, pero la idea era halagar en cierta forma el ego de los funcionarios comunistas diciéndole las cosas que querían oír. Algo así como decirle a Quasimodo: “No te preocupes muchacho, tu joroba ni se nota, es más, eres lindo!”

Roberto y yo ayudamos a Mandy a redactar el documento de marras, y créanme que nos reímos mucho al imaginar las posibles reacciones de credibilidad que produciría su lectura entre los funcionarios de la embajada del desgobierno cubano.

Máscaras de ópera china

Máscaras de ópera china

Mandy deserta y… a cantar de nuevo la ópera china!

A los pocos días Mandy ejecutó sus planes, es decir, “desapareció”. Por supuesto que nosotros sabíamos dónde estaba escondido, pero teníamos que representar nuestro papel de fieles funcionarios internacionalistas cubanos.

Y allá fuimos a la embajada -esta vez yo acompañé a Roberto- a cantar la ópera china, es decir, a declarar que nuestro jefe había desertado y que nosotros lo repudiábamos.

En realidad, nos estábamos burlando del seguroso que nos atendió.

Aburrido

¿Aburrido?

El aburrimiento

La realidad era que Mandy estaba escondido en casa del Ingeniero. Pero como el PRI y el gobierno cubano siempre se han llevado bien (desde los tiempos de Fernando Gutiérrez Barrios, la eminencia gris mexicana en asuntos de inteligencia y el hombre de la CIA en México, que agarró preso al Fifo cuando andaba en el trasiego de armas preparando la aventura del Granma y luego lo soltó a condición de que no le metiera ruido en el sistema) lo tenían en un cuarto de la casa y no lo dejaban ni sacar la nariz, no fuera a ser que alguien denunciara su presencia y llegara la policía mexicana para entregarlo a los esbirros de la embajada cubana.

La idea era conseguirle lo más rápido posible unos papeles falsos que le permitieran tomar un avión hacia los Estados Unidos y una vez allá, hacer valer su condición de cubano (estamos hablando de una época anterior a la implantación de la ley de los pies secos y los pies mojados, en aquel momento prácticamente todo cubano que llegara a territorio estadounidense o incluso que fuera rescatado del mar por los guardacostas, recibía asilo político).

Pacman

Pac-Man

Pero Mandy es un ser muy inquieto, y se aburría soberanamente con la falta de movilidad. Por ello le pidió al Ingeniero que le trajera una computadora desde la fábrica de microscopios. Con ella en la habitación, al menos podía jugar al Pac-Man o cosas por el estilo. Y como la soledad es del carajo y Mandy estaba (y está) locamente enamorado, también la utilizó para escribirle una carta a Mabel, su esposa, que como ya expliqué permanecía en Cuba.

Grabado antiguo con la imagen del momento culminante del cuento, en donde el detective Auguste Dupin, aparece raptando la carta al ladrón, durante una distracción planeada.

Grabado antiguo con la imagen del momento culminante del cuento La Carta Robada, de Edgar Allan Poe, en donde el detective Auguste Dupin aparece raptando la carta al ladrón, durante una distracción planeada.

La carta robada (la de Poe NO fue la única)

En dicha carta hacía el cuento de sus aventuras en México con pelos y señales y nos mencionaba a Roberto y a mí.

Por supuesto, algo tan comprometedor no podía ser enviado por el correo normal sino por manos propias. Además una vez impresa, Mandy la borró del disco duro para evitar posibles problemas. Pero parece que esto último… no lo hizo muy bien.

Eran los tiempos del modo texto. Para los que no sepan qué quiere decir esto, les explico que cuando comenzaron las computadoras personales no existía Windows. En aquel tiempo el sistema operativo de Microsoft se llamaba MS-DOS y no podía mostrar imágenes de ningún tipo. La pantalla del monitor era un espacio negro en donde sólo podían aparecer letras, números, y otros pocos caracteres generalmente de color verde o blanco. Punto.

Además, los comandos entraban por el teclado. Por ejemplo, si tú querías ver el contenido de un subdirectorio, tenías que teclear algo parecido a

“cd c:\nombre_del_subdirectorio”

oprimir la tecla ENTER y luego teclear “dir” y dar de nuevo ENTER para que te apareciera un listado con los nombres y los datos generales de los ficheros contenidos en dicho subdirectorio. El cd inicial era el comando nemotécnico de “change directory” y el dir era el nemotécnico de “directory”.

El comando para borrar era “del”, obviamente nemotécnico de “delete”. Pero en aquel tiempo los circuitos eran lentos y había que estar ahorrando los milisegundos. Por eso, los diseñadores encontraron un sistema que evitaba en lo posible el acceso a disco, que era uno de los componentes más lentos de toda la computadora. Consistía en lo siguiente: cuando alguien mandaba a borrar un fichero, lo que en realidad hacía el sistema operativo (SO) era marcar como disponibles los sectores del disco en donde residía el documento; si más adelante una aplicación solicitaba memoria de disco al SO y le entregaban algunos de ellos, entonces a lo mejor dichos sectores eran reescritos. En caso de que esto no sucediera, la información permanecía ahí, es decir, en realidad no se borraba. Para forzar el borrado físico, había que usar el comando “wipe”, pero obviamente Mandy no lo utilizó.

Ley de Murphy

Ley de Murphy

La Ley de Murphy se hace sentir

Para los que no la conozcan, la Ley de Murphy reza así: “La probabilidad de que el pan caiga con la mantequilla hacia abajo, es directamente proporcional al precio de la alfombra”.

Unos días después de que Mandy escribiera la carta a su esposa, la computadora hizo falta en la fábrica, se llevó de nuevo para allá, y cayó en la manos de Alexis.

Le decíamos “La Bestia”. Alexis era (y sigue siendo) un tipo de excepción. Creo que antes de ser programador, había sido soldador con arco eléctrico, de esos que se ponen una careta de metal y cristal plomado y sueldan las vigas de acero en una construcción cualquiera. Quién sabe cómo llegó a ese oficio. Pero lo cierto era que Alexis tenía una predisposición natural a programar a bajo nivel (aclaro que “bajo nivel” no significa hacer la parte fácil sino la difícil, es decir, programar directamente los circuitos -el hardware- sin ninguna capa lógica que amortigüe la dificultad de hacer tal cosa). Vaya, para decirlo en lenguaje musical, Alexis era nuestro Mozart de la programación.

Y como estaba haciendo una rutina para mejorarle la plana a Microsoft y acceder a la información almacenada en el disco duro “por debajo” del sistema operativo (es decir, sin hacer uso de las funciones que éste brinda para hacer tal cosa, sino manejando “los puertos” del hardware que son pedazos de circuitos que responden directamente a los unos y los ceros del sistema binario, el verdadero lenguaje que “entienden” las PC), pues resulta que encontró la carta que Mandy había escrito.

Juan Fernández

Juan Fernández

Juan Fernández, el malo de la película

En realidad Alexis no tenía malicia. Al igual que Mozart, era un muchachón genial e impulsivo. El malo de la película era Juan Fernández, otro compañero de trabajo.

Con ese nombre tan vulgar cualquiera podría suponer que había nacido en La Corbata o en El Fanguito (nombres de favelas emblemáticas de La Habana). Pero no, Juan Fernández había nacido en Chicago, la mera mata del capitalismo. Era uno de esos tipos que resultan sospechosos en donde quiera que se paren. Los gringos lógicamente recelan de la gente que nace en su país y va a parar a una dictadura comunista. Y los comunistas recelan por default de alguien que nació en “el monstruo”.

Tengo entendido que Juan pertenecía a esa clase especial que en Cuba llamaban los “repatriados”, formada generalmente por los hijos de gente de izquierda que andaba huyendo de la dictadura de Batista y que había tenido descendencia en el extranjero. Luego del triunfo del Fifo, mucha de esa gente regresó con sus vástagos a la madre patria. Buena parte de los niños -los que estaban en USA- ya habían tenido tiempo suficiente para adquirir el tipito de gringo y casi todos hablaban inglés perfectamente porque en realidad era su lengua materna.

Y sospecho que Juan, que parecía gringo y hablaba sin acento en inglés, tuvo que hacer un esfuerzo adicional para compensar esos “defectos” a los ojos del aparato de seguridad, o sea, el organismo represor cubano. De manera que se convirtió en espía y rabioso defensor del régimen (Nosotros pensábamos: “Mira tú, Diosito debe ser medio jodedor. A éste, que nació en EU y que puede irse tranquilamente cuando le dé su gana, pues hace que le guste el comunismo y lo manda para acá. Y a nosotros, que estamos desesperados por irnos, nos pone dificultades casi insalvables para abandonar el país”…)

Juan era físico -había sido compañero mío en la universidad- y además Maestro Internacional de Ajedrez. Eso habla muy bien a favor de su inteligencia. Era un tipo metódico y muy bien organizado, de eso no tengo dudas. Lástima que además fuera un hijoeputa.

En cuanto Alexis le mostró en la pantalla la carta de Mandy, Juan concibió la idea de delatarnos en la embajada cubana a Roberto y a mí, como colaboradores de un desertor y miembros de una célula contrarrevolucionaria dedicada a sacar personal valioso de Cuba. Así ganaba puntos con los segurosos, que probablemente lo habrían reclutado desde antes para que nos vigilara a todos los del grupo de EICISOFT que trabajábamos en México.

A los diplomáticos cubanos también les convenía encontrar a los culpables de las deserciones de Marco, Julián y Mandy. No es lo mismo que la gente se te escape y tú no tengas puta idea de cómo le están haciendo, a poder señalar un par de chivos expiatorios que te quiten de arriba el cartelito de pendejo y te conviertan en exitoso y celoso guardián de los intereses del Máximo Líder. No hay que olvidar que desde el triunfo de la Revolución la sociedad cubana, como digna heredera de lo peor del stalinismo, estaba -y sigue estando- organizada en base a la paranoia, el miedo y las delaciones mutuas.

Tanta importancia le dieron al caso que enviaron un tipo de La Habana para acá, con la misión de engañarnos y hacernos regresar. El engaño consistía en hacernos creer que debíamos regresar por una semana o quince días a Cuba para una reunión de chequeo, y que luego volveríamos a México para continuar con el contrato. Por supuesto que si hubiéramos puesto un pie en el avión, a estas horas estaríamos fusilados o cuando menos, cortando caña en alguno de los gulags castristas.

La estrategia incluía atemorizarnos. Por eso el tipo, que por supuesto andaba armado, llegaba a nuestro apartamento “a hacernos la visita” y haciendo ostentación de su pistola 45, se la sacaba de debajo de su camisa y nos preguntaba: “Dónde pongo esto?” y él mismo se contestaba: “La voy a poner aquí”, y la depositaba en una mesita al lado de donde estaba sentado. El propósito por supuesto era que nosotros supiéramos que él tenía un arma.

Maleta

Maleta

El viaje en maleta

Pero por suerte además de esbirro, el tipo era pendejo y prepotente. Y se fue de lengua delante de otro de los cubanos de la misión de EICISOFT, al cual le dijo que “él nos iba a llevar para Cuba, aunque fuera en una maleta”. Ese fue su gran error.

Al oír aquello, nuestro compañero se espantó y en la primera ocasión que tuvo, nos advirtió: “Cuidado con éste, que les está preparando una cama”. Nunca le podremos agradecer lo suficiente el habernos avisado.

Hasta ese momento nosotros sospechábamos que algo extraño sucedía por algunos indicios, y por supuesto teníamos miedo de que lo de Mandy se descubriera, pero realmente no sabíamos qué estaba pasando.

Por experiencia sé que si la realidad es negativa, el Hombre tiene una cierta tendencia a no admitirla. Por eso cuando te dan una mala noticia, por lo general tu primer reacción es decir ¡NO!.

Por ejemplo, en muchas ocasiones mientras trabajé como físico médico en el Oncológico, me sucedía que al pasar por alguna sala me llamaba un paciente con un “pssst” de complicidad y me pedía que acercara mi oído a su cabeza, como el que va a decir un secreto. Entonces me susurraba, señalando con la vista a su vecino: “¡El de al lado se está muriendo!”, como si fuera la gran noticia. Y yo con ganas de decirle: “¡Claro que el de al lado se está muriendo, igual que tú, cabrón!”. Sin embargo, por supuesto, me quedaba callado. No hay que quitarle las ilusiones a nadie, y muchísimo menos a un moribundo.

Pero de nada me sirvió la experiencia del Oncológico, porque esta vez fui yo el que no quería creer que nos habían descubierto. No estábamos seguros, teníamos dudas… en fin, negábamos la realidad negativa.

Sólo había una forma de averiguarlo: esa noche le dijimos a Juan y a Alexis que íbamos al cine, y Roberto y yo salimos en el coche. Pero en lugar de ir al cine, regresamos a la fábrica. Y luego de pasarnos un buen par de horas registrando en sus computadoras y rebasar algunas trampas que nos habían puesto para impedir que accesáramos a algunos de sus discos -como por ejemplo, el que una de las fichas de conexión estaba invertida para que pareciera que el disco duro estaba dañado- encontramos en la computadora de Juan, una copia de la carta de Mandy.

Rompecabezas

Rompecabezas

Descubiertos

Ahora ya no teníamos dudas: estábamos descubiertos. Lo que nos había dicho nuestro compañero acerca de que nos estaban preparando una cama, era cierto.

Y entonces, de buenas a primeras, las piezas del rompecabezas de indicios que habíamos notado pero que no habíamos sabido interpretar correctamente, comenzaron a encajar unas con otras.

Por ejemplo, la rutina de Juan al salir del trabajo era muy tranquila: llegar al apartamento, ponerse la piyama, comer algo, ver un poco de televisión e irse a acostar temprano. Casi nunca salía de noche.

Sin embargo, de buenas a primeras se alebrestó. Una noche nos decía: voy al cine. A la siguiente nos decía: me invitaron a cenar. A la otra nos venía con el cuento de que un amigo suyo se iba al otro día para Cuba y él iba a llevarle una carta para que llegara más rápido que por el correo normal…

Lo que en realidad estaba haciendo Juan Fernández era ir a informar a los esbirros de la embajada sobre todas nuestras actividades del día: adónde habíamos ido, en qué habíamos trabajado, qué habíamos dicho, etc. Incluso una vez lo habíamos sorprendido sentado en una de nuestras computadoras y ahora comprendíamos que lo que había hecho era sacar copias de lo que habíamos escrito. En fin, que el tipo estaba haciendo de agente 007, con la misión de refundirnos en la cárcel a Roberto y a mí.

Y creo que este es el momento de dejar bien claro algo: el ayudar a escapar a alguien de una dictadura, no es un delito. Más bien, es un motivo de orgullo. A no ser que tú seas esbirro de esa dictadura, claro. El Hombre nace libre, es libre por naturaleza y el cambiar de país o de trabajo es un derecho inalienable de cada ser humano. Ni Roberto ni yo pretendimos hacer La Lista de Schindler, pero nos sentimos orgullosos de lo que hicimos. Que en mi caso fue bien poco, por cierto. Debería de haber hecho mucho más.

Navaja sevillana

Navaja sevillana. La hoja se guarda en el mango y se libera al oprimir un resorte.

La navaja sevillana

El siguiente párrafo está copiado del cuento “La Pelota de Juan Fernández”, que publiqué hace ya algún tiempo en este mismo blog:

Aunque me sentía nervioso estaba decidido a todo, incluso a matar si fuera necesario. Nada ni nadie me iba a detener. No es que yo fuera tan valiente, pero hasta un ratón se convierte en un adversario temible cuando se le acorrala. Desde hacía días no podía dormir a gusto. Eso de vivir en el mismo apartamento con alguien que simulando ser tu amigo te está preparando una encerrona para entregarte a los esbirros de la embajada acusado de “pertenecer a una célula contrarrevolucionaria”, es muy estresante. Al acostarme por las noches, muy sigilosamente, luego de cerrar la puerta de mi habitación con seguro, ponía una silla inclinada haciendo de calzo entre la manija de la puerta y la pared de enfrente, de manera que si alguien la violentaba, haría suficiente ruido como para despertarme. Juan era un rubiecito de complexión más bien débil, con aires de intelectual inofensivo. Sin embargo, hubiera preferido la compañía de una víbora de cascabel, a la suya. Sabía que en una pelea limpia no me costaría mucho trabajo tirarlo al piso dándole un buen trompón, pero… yo tenía que dormir en algún momento. ¿Y si durante mi sueño él le abría la puerta del apartamento a la policía política del Fifo, y entraban siete negros a buscarme?. Bueno -pensaba yo- para eso me compré mi sevillana, seguramente me van a agarrar, pero de los siete negritos van a quedar seis, porque al primero lo rajo como melón. A ver quién se atreve a ir delante…

(Continuará)

-0-

Nota: Una vez publicado este artículo recibí la siguiente comunicación de Julián:

Alfredo: ¿Estás seguro de que Juan Fernández nació en Chicago?  Yo tenía entendido que había nacido en Puerto Rico. Lo recuerdo incluso explicando que él era norteamericano por la condición de Puerto Rico de Estado Libre Asociado.

A lo cual respondí:

Hola, Julián. Bueno, seguro no. Pero es lo que tenía entendido. Incluso Mandy lo dice así en su libro. Pero si te enteras con seguridad que lo que dije no es cierto, dímelo para cambiarlo, por favor. Muchas gracias por tu observación.

 

 

 

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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2 respuestas a México lindo y querido (VI)

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