México lindo y querido (IV)

 

Estatua de la Libertad, símbolo del Sueño Americano

Estatua de la Libertad, símbolo del Sueño Americano

El centavo que cayó del cielo

¿Quién no ha sentido alguna vez en su vida la picadura de esa especie de mosca tsé-tsé que inocula no el fatídico tripanosoma que causa la enfermedad del sueño, sino el muy apreciado virus del Sueño Americano? De niño, leí en un ejemplar de Selecciones del Reader’s Digest un artículo que ha quedado grabado en mi memoria. Su título era “El centavo que cayó del cielo” y contaba la enternecedora historia de un inmigrante polaco que llegó sin un dólar al Nueva York de principios del siglo XX. Lo único que traía eran sus deseos de progreso y un violín. Para colmo, su nivel de comprensión de la sociedad a la que estaba llegando, incluyendo el idioma, era casi nulo. Como último recurso se puso a tocar su instrumento en una esquina del downtown. De pronto, desde alguna ventana de uno de los rascacielos cayó un centavo a sus pies. Alguien tuvo la gentileza de regalárselo para agradecerle por su música. Al principio no sabía qué hacer con aquel centavo. Luego de analizar bien sus opciones, lo utilizó para comprar una postal de correo. En ella, escribió una breve solicitud de trabajo a una editorial musical, la única actividad en la que tenía algunos conocimientos rudimentarios. A los pocos días se sorprendió al recibir como respuesta una carta en la que le pedían que se presentara en una dirección para una entrevista de trabajo. Para no hacer el cuento largo, y luego de muchos tropiezos en donde aprendió el negocio a fuerza de tragos amargos, aquel señor terminó siendo multimillonario y dueño de la editorial musical en donde había comenzado trabajando de simple mensajero, una de las más grandes empresas del ramo en todo el mundo. Había hecho realidad sus ilusiones, había alcanzado el Sueño Americano.

La moraleja del cuento es que en la sociedad norteamericana, si trabajas duro y sabes aprovechar tus opciones, puedes llegar hasta donde tu inteligencia y tus huevos te alcancen. Nadie te garantiza nada, cierto, pero el solo hecho de tener la oportunidad de llegar sin ser recomendado ni pertenecer a ningún tipo de nobleza o grupo de privilegio, ya es ganancia.

La afirmación de que haya otros países en donde en mayor o menor grado se pueda acceder a un sueño equivalente, seguramente puede convertirse en un gran tema de discusión. Muchos argumentan -yo incluido- que la verdadera realización personal no está en la riqueza que has podido acumular, sino en sentirte a gusto con lo que eres. En este sentido hay toda una gama de posiciones, desde el estado de equilibrio y paz espiritual absolutamente desprovisto de interés material llamado “iluminación” que los budistas y yogas intentan alcanzar mediante la meditación, hasta lo que me decían cuando era niño los curas de Belén en la clase de Catecismo al explicar el significado de aquellas palabras de Jesús: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos” (Lucas 18:18-30) (aunque para ser honestos, en eso de la acumulación de riquezas el Vaticano no predica con el ejemplo, es decir: “Haz lo que yo digo y no lo que yo hago”, jejeje…).

Camello pasando por el ojo de una aguja... gigante

Camello pasando por el ojo de una aguja… gigante. Quizás sea la aguja que usan los del Vaticano, pero en la clase de Catecismo no me lo explicaron bien…

Además, el hecho de que el índice de suicidios en USA sea unas 40 veces más alto que el de Jamaica, el de Suecia unas 136 veces mayor al de Egipto y el de Japón 217 veces el de Siria, son buenos indicios de por dónde anda la cosa: más allá de cierto mínimo indispensable para una vida digna, es mejor tener la esperanza aún no satisfecha de tener una cosa, que poseer ya la cosa. Para explicarlo en términos matemáticos, yo creo que la felicidad no reside exclusivamente en el valor absoluto de los bienes que lograste acumular en la vida, sino también y en gran medida, en el signo y la magnitud de las primera y segunda derivadas de tu bienestar con respecto al tiempo. En fin, cada loco con su tema, ¿verdad?

Pero prosigamos con la historia:

La gran  sorpresa para mí, recién llegado a México, fue comprobar que aquí también se podía hacer realidad el sueño americano en sentido estricto. O más bien, el Sueño Mexicano. Quizás no idéntico al Americano, pero sueño al fin y al cabo.

La familia de Don Oscar

Según me dijo el propio Ingeniero, sus comienzos en México no fueron muy agradables. Me contó, por ejemplo, que cuando se casó con Doña Angeles, al principio dormían en un colchón sobre el piso, porque no tenían cama.

Sin embargo cuando yo lo conocí ya lo había logrado: estaba en la cima.

Dejando de lado la descripción de sus riquezas materiales, me atrevería a decir que inicialmente lo que más me llamó la atención sobre él y sus logros, fue su familia. Creo que subconscientemente me recordaba mis primeros años de vida, cuando la figura de mi abuelo era para mí una especie de patriarca bíblico.

La familia tenía una costumbre sagrada: la comida de los domingos. Era una verdadera celebración: su esposa, sus dos hijos y sus tres hijas, acompañados de sus respectivos esposos/esposas y todos sus nietos -algunos de ellos aún muy pequeños- además de primos, cuñados y amigos, asistían con gusto a aquella fiesta dominical. Nosotros, los cubanos, siempre estábamos invitados. Yo no me perdía aquello por nada del mundo. Más que por la comida -que por cierto, era sencilla pero riquísima- por el ambiente familiar, algo de lo cual sentía más hambre que de carnitas y tequilas.

La primera vez que fui a su casa, quedé sin aliento: situada en los suburbios del oeste de la ciudad, había sido construida sobre la ladera de un cerro según los gustos del Ingeniero. La entrada estaba por la parte superior. Aprovechando precisamente lo inclinado del terreno, por fuera ofrecía una sencilla fachada de piedra, sólida pero no muy alta, sin muchas pretensiones. Solamente la amplia puerta de madera presagiaba lo que vendría después. Al abrirse, daba paso a una ancha escalera descendente que enseguida me recordó el cuento de Aladino, cuando el mago lo hace bajar hacia la cueva de las riquezas.

Imagen del cuento de Aladino y la lámpara maravillosa

Imagen del cuento de Aladino y la Lámpara Maravillosa

Diversas habitaciones y saloncitos se iban sucediendo a ambos lados a medida que ibas bajando. En el tercer o cuarto nivel la escalera terminaba dando paso al comedor -situado en una especie de mezzanine- y más abajo a la gran sala de estar, con su techo abovedado de ladrillos, su inmensa chimenea y sus amplios y sólidos muebles de estilo tradicional mexicano.

La sala estaba rodeada de arcos de piedra que habían pertenecido a un antiguo monasterio. Cuando por una de esas razones estúpidas el convento iba a ser demolido y sustituido por una construcción moderna, el Ingeniero logró que le vendieran aquellas piedras como material de desecho. Pero antes de quitarlas, al igual que hicieron en Egipto con los famosos templos de Abu Simbel cuando construyeron la represa de Asuán, cada pieza de las columnas y los arcos fue numerada, desmontada y vuelta a poner en su lugar en el gran salón de la casa, haciendo las veces de paredes externas.

Patio tradicional mexicano

Patio tradicional mexicano, rodeado de arcos de piedra

Pero como la casa terminaba precisamente ahí y el cerro donde había sido construida era alto, a través de los arcos se podía observar como en una postal una buena parte del Valle de México. De manera que fueron cerrados con cristal grueso y eran utilizados como grandes ventanas que dejaban pasar la luz a raudales. Precioso.

Recuerdo que la primera vez que bajé al salón me parecía que estaba en el set de una película mexicana de los 50, en la época de oro. ¡Pero no era un set, era la realidad! Por aquellos tiempos recién habían comenzado a vender en México unos equipos de canales de música por cable, y Oscarito había comprado uno pero no lo había usado aún y me pidió que hiciera el intento de ponerlo a funcionar. Por supuesto que sintonicé el canal de música tradicional mexicana y aquellas melodías tan populares y queridas me reforzaron aún más la sensación de estar viviendo un sueño, el Sueño Mexicano.

La cocina, que estaba al mismo nivel del comedor, no tenía nada que envidiarle a una cocina de restaurant. Tenía una isla central en donde estaba la estufa de seis hornillas y un gran horno, además de amplias mesas de trabajo. Sobre ella, colgaban toda clase de sartenes, calderos y utensilios de cocina. El refri de doble puerta era el más grande que había visto en mi vida.

Todavía más abajo del salón, habían dos niveles de patio trasero. En el primero existía la clásica fuente de piedra mexicana que se encontraba en el centro de una explanada empedrada rodeada de senderos y bancos de piedra. El nivel inferior era solamente un jardín, con grandes árboles que impedían la visión desde abajo y le daban privacidad.

Pero lo mejor era el ambiente familiar que reinaba en aquellas fiestas, opuesto diametralmente a la fastuosidad triste que Orson Welles quiso darle a Xanadú, la mansión del industrial Charles Foster Kane. Al contrario, si vamos a hablar de imágenes de películas famosas, debo confesar que cuando estaba en la casa de Don Oscar me venía a la mente la mansión de Tara, en “Lo que el viento se llevó” (antes que comenzara la Guerra Civil, claro).

El Ingeniero era una persona inteligente y sencilla, al igual que Doña Angeles y toda su familia. Por ello no hay que esforzarse para comprender que pronto, en un ambiente tan propicio, comencé a sentirme parte de ella.

En el trabajo ocurría algo por el estilo. Todo iba sobre ruedas y yo me preguntaba como era posible que hubiera tenido tanta suerte.

-0-

Mientras tanto, las cosas en Cuba se seguían complicando. A Mandy, mi jefe, el director de Eicisoft –según él mismo cuentaa modo de catarsis para aliviar mis frustraciones“- le había dado por escribir. Entre las cosas que había escrito estaba el cuento “El castor y los salmones”, basado en una historia real que había leído en una National Geographic.

Castor comiéndose un salmón

Castor comiéndose un salmón

El castor y los salmones

En su escrito Mandy contaba que en un lugar turístico de Canadá, famoso entre los amantes de la pesca del salmón, los empresarios de los hoteles locales habían contratado un grupo de expertos en ecología para que les recomendaran la mejor forma de aumentar la población de salmones. De esta forma -pensaban- vendrían más pescadores a la zona y por ello los hoteles incrementarían su nivel de ocupación, que era en definitiva el objetivo final de los hoteleros.

Los expertos estudiaron el caso y descubrieron que los castores eran los depredadores naturales de los salmones. La conclusión se caía de la mata: había que eliminar a los castores para que hubiera más salmones. Pero como estos animalitos estaban protegidos por la Ley, pues hubo que cazarlos vivos y llevarlos a otro lugar. Lo cual, por supuesto, costó un montón de dinero.

El destino, sin embargo, le tenía reservada una sorpresa a los empresarios: desde el comienzo de la siguiente temporada de pesca se hizo notar que la población de salmones en vez de aumentar, ¡había disminuído de forma pronunciada!

Desesperados, no les quedó más remedio que volver a contratar a un nuevo grupo de ecologistas, los cuales esta vez descubrieron algo que los primeros habían pasado por alto: sí, los castores se comían a los salmones… ¡pero a los más viejos y enfermos, que eran los que en el viaje de regreso a sus lugares de nacimiento para el desove, no podían saltar a través de las barricadas de los castores y por ello prácticamente caían en sus fauces!

De manera que aquellos animalitos no sólo desempeñaban una función depredadora sino que al comerse principalmente a los salmones enfermos, evitaban que las enfermedades se diseminaran entre la población de peces sanos.

El final de la historia fue que de nuevo hubo que cazar vivos a los castores, pero esta vez para repoblar los ríos y lagos de los cuales habían sido desterrados inicialmente. Otro montón de dinero invertido, ¡para al final quedar como al principio!

La moraleja del cuento es evidente: para tocar los delicados equilibrios ecológicos que son el producto de miles de años de evolución, hay que tener algo más que buenos deseos. Es decir, si no quieres hacer el papel del elefante en la cristalería, estudia bien las posibles consecuencias de tus planes y no actúes a lo loco. En otras palabras, que debes aprender a respetar la obra de la Naturaleza.

Salmón

Salmón

Las cosas se complican

En cualquier lugar normal del mundo, este cuento sería un interesante ejemplo de lo delicados que son los equilibrios ecológicos, pero nada más. Nadie podría buscarle segundas intenciones, porque no las tendría. Sin embargo, en la enfermiza y paranoica sociedad castrista, el cuento de Mandy estaba lleno de significado político. Vaya, era un verdadero “libelo reaccionario“, como lo llamarían los periodistas del Granma, el periódico del Fifo.

Me explico: A los comunistas les encanta dárselas de grandes científicos. Ellos se apropiaron de la dialéctica de Hegel y pretendieron aplicársela a la Historia, la Economía y a las Ciencias Sociales en general. Y al igual que Hitler la agarró con los judíos para echarles las culpas de todo lo malo, Marx la agarró con los capitalistas y los burgueses. Ellos eran los villanos por excelencia, los que explotaban a los pobrecitos trabajadores que no tenían ni para comer por culpa del egoísmo de los empresarios. En fin, que los burgueses eran como los castores del cuento.

Por lo tanto había que eliminarlos, estaba claro. No se trataba de que ellos, los comunistas, quisieran arrebatarle sus riquezas a los burgueses para apropiárselas, no, ¡que va! Se trataba de que las Leyes del Materialismo Dialéctico indicaban la desaparición de los empresarios como el único camino posible para lograr la felicidad de la inmensa mayoría de la gente. Vaya, tan inexorable y científico como que dos y dos son cuatro…

Pero también al igual que en el cuento, una vez eliminados los empresarios y sustituidos por la economía planificada, los planes quinquenales y toda esa parafernalia estúpida, las cosas no fueron como habían predicho, sino que comenzó una escasez galopante que afectaba a todo el mundo menos a los dirigentes, que eran los que precisamente habían comenzado todo aquel experimento fallido de ingeniería económico-social.

Y eso, sin contar con los millones de terribles abusos y asesinatos que se cometieron en aras de la supuesta felicidad suprema.

De manera que la moraleja del cuento tenía un equivalente evidente en el terreno político y económico: no toques los delicados equilibrios de las leyes del mercado -que también son el resultado de muchos de años de evolución- sin antes saber muy bien dónde estás metiendo la mano.

Por eso el cuento de Mandy era subversivo.

Aclaro que esa era la situación hace unos 25 años aproximadamente. Ya todos sabemos que el Comunismo terminó aplastado por sus propias leyes dialécticas, ésas de las que presumían saber tanto. Tan ridículo como que a un experto en predicción de caída de aerolitos, le caiga un aerolito en la cabeza, y lo mate. Ahora en Rusia gobiernan los mismos hijoeputas de antes, pero con otro discurso porque el tinglado ideológico del comunismo se les vino abajo. En su lugar, parece que de nuevo están sufriendo espasmos imperiales, como en los tiempos de los Romanov. Ya bien dicen que: “Perro huevero, aunque le quemen el hocico”. Pero como diría la Tía Tata, ese es otro cuento…

La peligrosa diseminación selectiva de la información

Pero no solamente había escrito ese cuento. La incontinencia verbal -o más bien textual- es una enfermedad muy difícil de combatir, yo lo sé por experiencia propia. Sin querer emular a Balzac, al que solamente le pidió prestado el título, Mandy escribió otro documento que tituló “Las ilusiones perdidas”. Ya en éste, las alusiones más o menos veladas del cuento de los castores se convertían en críticas abiertas, duras y certeras al régimen castrista. La ruptura ideológica con su pasado de ingenuo revolucionario bien intencionado, era un hecho.

Recién escritos, no se atrevió a mostrárselos a nadie. Pero luego de un tiempito, los mencionó a uno de sus amigos. El amigo le pidió una copia, y Mandy le entregó un disco con los ficheros. Sin firmarlos, por supuesto. Ya bastante arriesgado había sido escribirlos.

La temblorina le comenzó cuando OTRO amigo que no tenía nada que ver con el primero, se acercó con mucho misterio y le susurró al oído algo así como: ¡Coño, Mandy, te felicito por tus escritos! ¡Están buenísimos!

La cosa había dado la vuelta de mano en mano y quién sabe cuántos más lo habrían leído.

Y entonces ya no tuvo la menor duda: era sólo cuestión de tiempo que el G2 descubriera quien era el autor de los relatos.

Para cualquier persona, el que los órganos represivos del desgobierno cubano lo acusaran de haber escrito algo en contra del régimen, ya era un problema muy serio. Pero el que la persona acusada fuera el director de una empresa que mandaba gente al extranjero y que “despachaba” directamente con Carlos Lage y otros miembros cercanos al Máximo Líder, era el colmo del peligro. Con la mano en la cintura el Fifo lo podía mandar a fusilar. No sería el primero. Ni el último.

La única solución saltaba a la vista: tenía que irse del país. Más claro: desertar. Y rápido, antes de que lo cogieran preso.

Balseros cubanos

Balseros cubanos

(Continuará)

 

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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5 respuestas a México lindo y querido (IV)

  1. Pingback: México lindo y querido (III) | Las cosas que me gustaría saber

  2. cuco dijo:

    en usa el indice de suicidios sera alto pero en mexico te arrancan la cabeza y te cuelgan de un puente y ademas te matan por un celular asi que la verdad es que no estoy seguro si la felicidad esta en un pais asi

    • azayas48 dijo:

      Hola, Cuco. Lo que dices es cierto. No creas que no lo he pensado. Incluso hace muchos años intenté emigrar a Canadá. Algún dia escribiré el cuento. Pero al poco tiempo estaba desesperado por volver. Y a la verdad que no me arrepiento. Por eso escribí la frase “cada loco con su tema”. Digamos que México me tiene embrujado. Saludos.

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  4. ozcar dijo:

    “Kamil” en griego es: soga para amarrar los barcos al muelle. “Kamel” en griego es camello. Lo más probable es que alguno de los primeros transcriptores del Evangelio por error haya escrito “kamel” en lugar de “kamil”. Como que es más lógico decir “Es más fácil que una soga pase por el ojo de una aguja que un rico……”

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