México lindo y querido (I)

escudo-mexico

La necesidad de escribir historias

A veces me pregunto porqué escribo, y me contesto a mí mismo diciendo que debe ser el instinto de trascender, el cual lógicamente se acentúa con la proximidad de la muerte.

Estoy consciente de que el mundo padece una especie de indiferencia abismal a sus propios problemas. Creo que actualmente mucha gente vive -unos por miseria material y otros por miseria intelectual- más preocupada por los pequeños asuntos del día a día que por pensar en los grandes temas de la cosmología (de dónde salió la materia, qué diablos es el Universo, etc) y se conforman con esa especie de grasoso y dañino fast-food filosófico que son las religiones, no se interesan por los temas de ecología (“No cagues donde comes”, podría resumirse el canon ecológico utilizando el sabroso caló cubano) ni por los grandes abusos de la Historia que han costado millones de muertes como el nazismo, el comunismo, etc. Luego entonces, qué esperanzas hay de que alguien se interese por mi raquítica historia personal? Ciertamente, casi ninguna.

Y sin embargo siento la necesidad de contarla, con el instinto optimista que hace al náufrago tirar la botella al océano.

Botella de náufrago

Mensaje de náufrago

En realidad ya lo he intentado, pero a través de un cuento corto y de un artículo que aunque describen mis primeras impresiones en México, no lo hacen en la forma directa y completa en que pienso hacerlo ahora.

Por otro lado, una buena parte de los protagonistas de la historia que voy a contar ya han muerto. Ello me libera del voto de silencio que la prudencia había impuesto a mi conciencia.

El comienzo

Música

Música

Quizás debería comenzar diciendo que desde niño México ocupó un lugar privilegiado en mi corazón. Y al menos al principio, la principal responsable de ello fue la música.

A mediados de los 50 se dio una conjunción extraordinaria de artistas en varias partes del mundo, pero creo que especialmente en Latinoamérica y en particular, en Cuba y México. Era la época de oro de la música de Agustín Lara, de las voces inconfundibles de Toña la Negra y Pedro Vargas, de Jorge Negrete y Pedro Infante, de José Alfredo Jiménez y Cuco Sánchez

En mi natal Trinidad, mis amigos y yo matábamos el tedio de las tardes -todavía la televisión se veía con muchas “lloviznitas” en mi pueblo- comprando en 5 centavos un cancionero para entretenernos aprendiendo la letra de los corridos y rancheras de moda. El machismo imperaba en todo su esplendor -aún estábamos a mil leguas de que los matrimonios gay fueran siquiera objeto de discusión- y aquellas letras tan sencillas y viriles dejaban una impresión imborrable en mi psiquis de niño.

Victrola o rocola

Victrola o rocola

En todos los programas de radio y en las victrolas de los bares se oía lo mismo a Beny Moré o la Aragón, que a Javier Solís o Miguel Aceves Mejía. Todavía recuerdo la letra de un corrido que se cantó a raíz del accidente que causó la muerte de Pedro Infante (algo que no conocen muchos mexicanos jóvenes):”De allá del monte del sufrimiento…

En resumen, que el lugar común que de manera hipócrita usan muchos políticos al referirse a “los pueblos hermanos” para hablar de gentes que en realidad no se conocen ni nunca han congeniado, en el caso de Cuba y México era realidad.

Chichen Itzá y el traje de mariachi

La segunda razón de que México fuera algo especial para mí, está relacionada con la muerte de mi abuelo en 1955 porque para cumplir el testamento, su fortuna se repartió entre mi abuela y sus tres hijos (Gustavo, Ramoncito y Esther, mi mamá). Entonces mis padres decidieron utilizar parte del dinero que les tocó para hacer un viaje de placer que comenzó en Yucatán y terminó en Toronto. Estuvieron casi tres meses recorriendo lugares y conocieron muchas ciudades importantes de México, EU y Canadá.

Pirámide maya en Chichen Itzá

Pirámide maya (Templo de Kukulcán) en Chichen Itzá

A mí me preguntaron si quería ir y de puro estúpido les dije que no, que yo prefería aprovechar los tres meses de las vacaciones de verano en irme a Trinidad a jugar con mis primos. Por supuesto que todavía me avergüenzo de mi decisión, la única razón en mi descargo es que era un niño. Pero cuando regresaron, me trajeron una montaña de regalos. Y entre ellos, el amor por México y sus historias.

De las muchas cartas y postales que me enviaron mis padres durante ese viaje, he seleccionado un par de ellas para que pueda notarse el cariño con que me escribían y la impresión que me transmitieron sobre el país:

POSTAL DE BURRITO - ANVERSO

POSTAL DE BURRITO - REVERSO

Como no podemos llevarte un burrito de verdad te mandamos ése ¿te gusta?. Nosotros estamos echándote mucho menos y tenemos grandes deseos de verte al igual que a los demás pero la verdad es que estamos encantados, cada día nos gusta México más, vamos a ver lo más pronto que tú puedas venir a conocerlo. Ya te compramos el traje de mexicano, está muy bonito y otros regalitos. Te hemos escrito 3 cartas y 2 tarjetas ¿las has recibido? Pórtate bien y come mucho. Cariños a todos y un beso de tu mamá y de papi.

LAGO DE PATZCUARO - ANVERSO

LAGO DE PATZCUARO - REVERSO

Querido Alfre: supongo habrás recibido nuestras cartas y tarjetas (6 en total). Ayer hicimos un paseo precioso por el Lago Patzcuaro hasta la isla de Janitzio, donde viven unos indios, los Tarascos, que se gobiernan ellos mismos. Viven muy atrasados. Al llegar a la isla vienen a recibirte muchos niños y cantan en su idioma y luego te piden quintos que es como le dicen a los quilos. Fíjate en la tarjeta la especie de mariposa que usan para pescar y resulta un espectáculo maravilloso verlos entrar a todos juntos. Papi sigue sacando películas, así es que podrás ver muchas cosas. Ya lleva 14 rollos. Suponemos que estés bien y muy prieto de la playa, ¿no?. Cariños a todos y un beso de Papi y mío.

XOCHIMILCO - ANVERSO

Mis padres paseando en Xochimilco, verano de 1956

Desde entonces me resultaron familiares palabras como Moctezuma, Quetzalcoatl, Tenochtitlán, Chac Mool, Chichen Itzá , Popocatépetl, Ixtaccíhuatl… Me fascinó la historia del águila sobre el nopal con la serpiente en el pico como señal fundacional de la capital azteca. Recuerdo especialmente un traje de mariachi completo, con una gran águila bordada en la espalda de la camisa, pantalones y chaqueta con bordados y lentejuelas, su sombrero charro, botas de piel de víbora y hasta un pequeño violín, todo ello apropiado a mi tamaño. Desde entonces supe que México tenía una historia y una cultura milenaria, que era un país de colores, alegría y tradiciones.

Traje de mariachi

Traje de mariachi

Del Oncológico a EICISOFT

Esas experiencias, ocurridas en mi infancia, me habían dejado en rapport con México. Sin embargo muchos años después, cuando decidí dejar mi trabajo como físico médico en el Hospital Oncológico e irme a trabajar a Eicisoft, estaba muy lejos de imaginarme que el destino me llevaría a conocerlo.

La razón principal para que tirara por la borda casi 20 años de experiencia en radioterapia y comenzara a trabajar como ingeniero de sistemas (sin serlo realmente) fue que me harté de lidiar infructuosamente con la Muerte.

Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central - Diego Rivera 1947

La Muerte ocupa un lugar importante en la cultura popular mexicana. Esta imagen es parte del cuadro “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” – Diego Rivera 1947. Diego aparece como niño al lado de Frida, la Catrina (la Muerte) es la figura central vestida de blanco, y al otro lado aparece Posadas, el famoso grabador que creó e inmortalizó su imagen. Por cierto, José Martí aparece al lado de Frida y detrás de Diego, pero no sé porqué.

El cáncer es una enfermedad terrible. Al menos hasta ahora -en que la medicina genética parece que brindará en un plazo relativamente corto una verdadera cura- casi nadie se salva. Las remisiones espontáneas son rarísimas. Y en el Oncológico se repetía la misma historia una y otra vez: te llegaba un paciente nuevo, el tratamiento de radioterapia lo mejoraba y por tanto el paciente te consideraba su héroe y se establecía entre él y tú una relación de amistad profunda, y luego venía la recidiva y tenías que ver cómo tu amigo moría sin poder hacer nada al respecto porque la radioterapia raramente se puede aplicar por segunda vez.

Esa escena, repetida hasta el infinito, llega a deprimirte. Comencé a imaginarme la vida como una larga carrera hacia la muerte (lo cual en el fondo es cierto, pero no es bueno tener una visión tan pesimista, verdad?) Llegué a pensar que la radioterapia era tan inútil como tirarle pelotitas de ping-pong a una pared de ladrillos con la intención de derribarla. Mucha ciencia, pero pocos resultados.

La CID 201-B

Por otro lado, encontré una actividad que cautivó mi intelecto: la computación. Quiso la suerte que la revolución digital se desarrollara ante mis ojos (en realidad la cosa había comenzado mucho antes, pero en los 70 y 80 del  siglo XX fue cuando se convirtió en algo verdaderamente arrollador). En poco tiempo casi todas las actividades humanas comenzaron a verse beneficiadas por el uso de las computadoras.

En el hospital las primeras necesidades eran de gestión. Sin saber muy bien lo que hacía, Zoilo Marinello, el director -a instancias principalmente de Luis Font mi compañero de trabajo, y gracias a su poder como Ministro Presidente del Comité Estatal de Ciencia y Técnica, organismo rector de TODA la actividad científica en el país- logró que el CID (Centro de Investigaciones Digitales) instalara una CID 201-B en el hospital.

Cid 201-B, la primera computadora que tuvo el Oncológico. Era aproximadamente del tamaño de un refrigerador pequeño. La entrada de datos era un lector de cinta perforada. La salida podía ser también por cinta, o por el mismo teletipo que se usaba para darle comandos al incipiente sistema operativo. Luego se le añadieron un lector de tarjetas y una unidad de cinta magnética.

Cid 201-B, la primera computadora que tuvo el Oncológico. La entrada de datos era un lector de cinta perforada. La salida podía ser también por cinta, o por el mismo teletipo que se usaba para darle comandos al incipiente sistema operativo. Luego se le añadieron un lector de tarjetas y una unidad de cinta magnética.

Aquella computadora cubana -del tamaño de un par de refrigeradores pequeños- era copia de la PDP-11 de DEC (Digital Equipment Corp.), y había sido un logro casi personal de Orlando Ramos, un ingeniero muy hábil y dedicado, que por cierto al cabo de los años murió sin que la prensa oficial le dedicara siquiera una pequeña esquela mortuoria en las páginas interiores del Granma. Todo un ejemplo de malagradecimiento, tan propio de los comunistas cubanos.

Decir que Font y yo nos alegramos cuando llegó la máquina, resulta un pálido reflejo de la realidad. Andábamos en el paroxismo del entusiasmo, leyendo día y noche el manual de LEAL (por LE-nguaje AL-gorítmico, muy parecido al Autocode de la Elliott, uno de los primeros lenguajes de programación). En comparación con los lenguajes modernos, aquello era muy primitivo, recuerdo que el nemotécnico de una de las instrucciones era LACLEN (por L-impia el AC-umulador y L-impia el EN-lace), de manera que se programaba casi directamente pegado al hardware. Salvo el rudimentario sistema operativo y el compilador de LEAL, no había otro software de modo que tú tenías que programarlo todo, incluyendo las bases de datos si es que tu aplicación usaba alguna. Pero eso, en vez de amilanarnos, nos motivaba aún más. Nuestro embullo nos llevó hasta a aprender a operar la máquina, no solamente a correr programas en ella. No tenía ROM-BIOS (ese invento vino mucho después) y había que despertarla depositando a mano en la RAM los códigos de arranque -el famoso MINIBIN- que nos aprendimos de memoria. Por cierto no estaba en hexadecimal sino en octal, porque la palabra de máquina era de 12 bits. Luego de cargado, se apuntaba el registro de ejecución a la dirección de comienzo, y se oprimía el botón de arranque. Entonces leía una cinta con el resto del sistema operativo y si todo iba ok, en el teletipo se imprimía un asterisco (*) para indicarte que esperaba órdenes.

Memoria de núcleos de ferrita

Módulo de memoria de anillos de ferrita

La memoria RAM era de anillos de ferrita, distribuídos en 12 planos que correspondían a la palabra de máquina. Cada anillo era un bit y eran pequeños, pero no tanto como para que no se pudieran ver a simple vista junto con los hilos de escritura, lectura y borrado. Cada plano parecía una malla metálica o un colador plano. En una primera etapa, la máquina vino con un sólo módulo de memoria de 4 Kbytes (ojo no me equivoqué escribiendo, eran realmente 4 Kb de memoria interna). Cada módulo tenía aproximadamente el tamaño de una caja de cereal no muy grande. Pero estaba diseñada para poder recibir hasta 8 de ellos, de manera que la memoria total podía llegar a unos fabulosos 32 Kbytes. Ahí tenía que caber todo, programa, datos y sistema operativo. Recuerdo que cuando por fin, luego de una larga espera, le instalaron los otros 7 módulos, pensé algo así como “Ahora sí que tenemos mucha memoria!” (para tener una idea de lo que esto significa, este artículo lo estoy escribiendo en un laptop que tiene 8 Gigabytes, es decir, unas 250,000 veces más memoria que la CID 201-B; sin embargo, para nosotros aquello era el sumum de la modernidad).

Realmente, no teníamos umbral. Lo nuestro era usar aquella maravilla, sin importar para qué. Como lo primero que se le ocurrió a los médicos fue hacer estadística descriptiva pues ni modo, escribimos programas de estadísticas. En el Oncológico residía el RNC (Registro Nacional del Cáncer), organismo que llevaba las estadísticas del cáncer a nivel nacional, así que por ahí comenzamos. El Dr. Guillermo Halley -una bella persona, de los médicos antiguos que pertenecieron al patronato de la Liga Contra el Cáncer- había conseguido hacía años tres máquinas IBM de segunda mano (una perforadora de tarjetas, una clasificadora y una tabuladora de aquellas en que el “programa” era un tablero lleno de cables que se colocaba a un costado de la máquina) y con ellas se hacía hasta ese momento toda la estadística del cáncer. Ahora probamos a hacerlo con la nueva herramienta y voila!, aquello resultó un éxito. Todo el mundo venía a ver las tablas de percentiles y otras lindezas que salían como por arte de magia del teletipo.

La antigua operadora de los equipos del RNC, Elvira López Gallego, una muchacha extremadamente inteligente y trabajadora, asumió el papel de operadora oficial de la CID 201-B. Y nosotros aprovechábamos todas las oportunidades que teníamos para estar metidos en el centro de cálculo.

El miserable destino de nuestro Atlas de curvas de isodosis

Con el tiempo, aparecieron otros compiladores para aquella máquina. Principalmente uno de COBOL y otro de FORTRAN. Poco a poco nuestro interés se fue desplazando del cálculo de gestión, al cálculo científico. La planificación de tratamientos de radioterapia es una actividad que se benefició grandemente con el auxilio de las computadoras porque con ellas se pueden simular los mecanismos de absorción y dispersión de las radiaciones ionizantes en el cuerpo, de forma que se generan tantos planes de tratamiento como sean necesarios hasta obtener una distribución óptima, sin irradiar al paciente. Anteriormente al uso de las computadoras, la planificación había que hacerla a mano y por supuesto que la precisión y la optimización ni siquiera se acercaba a la que se obtenía con el nuevo método.

Curvas de isodosis

Curvas de isodosis para un campo sencillo

En este sentido, el primer trabajo serio que nos planteamos como objetivo consistió en la adaptación al FORTRAN de la CID de unos programas para generar curvas de isodosis escritos por una autoridad mundial en la materia, el físico John Robert Cunningham, co-autor de The Physics of Radiology. Esos programas habían llegado a Cuba gracias a la gentileza de un físico búlgaro -Borislav Panayotov Konstantinov- que había sido contratado por el MINSAP para entrenarnos en las técnicas de la física radioterapéutica. El había conocido a Cunningham en Viena, en una actividad científica programada por la OIEA (Organización Internacional de Energía Atómica) y el norteamericano había prometido enviarle los programas a su instituto en Sofia, lo cual cumplió al punto. De esa forma llegaron los programas de Cunningham al Oncológico. Luego de hacer algunos ajustes para adaptarlos a la versión de FORTRAN que poseíamos, aquello comenzó a producir curvas de isodosis. Como no teníamos plotter, había que usar el teletipo para obtener un remedo del trazado ideal, parecido a esos dibujos para niños en los que se le pide unir puntos para ver qué figura sale. No era perfecto, pero sí mucho mejor que la información de que disponíamos anteriormente.

Como el atlas de curvas de isodosis que venía con los ROKUS (equipos de radioterapia con Cobalto-60 fabricados en la URSS) era bastante limitado, decidimos hacer un juego mucho más amplio. Utilizamos los dosímetros para medir los parámetros necesarios y nos lanzamos a producir cientos de curvas. Como siempre pasa en un trabajo masivo, algunas impresiones salían mal porque se trababa el papel, se enredaba la cinta, etc. Entonces, para evitar que se confundieran las hojas de rechazo con las buenas, comenzamos a foliar las hojas que contenían las curvas válidas. Las hojas foliadas y debidamente ordenadas por el tamaño del campo y otros parámetros, se guardaron en un archivo de varias gavetas. Las hojas de rechazo se colocaban en otro lugar, para reutilizarlas como papel para cualquier otra necesidad.

Un buen día estoy yo orinando en el baño de empleados cuando me fijo que del cesto de los papeles sanitarios sobresalía una curva de isodosis.  Evidentemente -pensé yo- alguien había usado una de nuestras impresiones de rechazo para limpiarse. Aclaro para los que no lo sepan que esto, en un país donde el papel sanitario está muy escaso, es algo común. Todo el mundo se limpia con lo que encuentre. Y aunque las hojas de impresora son algo duras, mojándolas un poco se vuelven más blandas. Hasta aquí, todo era normal.

El problema comenzó cuando noté el folio en una esquina del papel. Las páginas foliadas eran las que habían salido bien, luego aquella página no era de desecho -pensé-. Corrí al archivo a comprobar si faltaba el folio que había encontrado en el baño, y efectivamente, no estaba en su lugar. Ya no me cabían dudas. Literalmente, alguien se estaba limpiando el culo con nuestro trabajo de varios meses! Una oleada de indignación me recorrió de pies a cabeza.

Pero faltaba lo peor. Cuando fui a ver a Machado, el jefe del departamento, y le informé de la barbaridad que estaba sucediendo con la intención de que buscara y castigara ejemplarmente al culpable, se echó a reír en mi cara! Aquello me encabronó aún más. Me convencí de que estaba rodeado de imbéciles y que con ellos ahí, nunca podría esperarse que el departamento de radioterapia alcanzara un nivel de calidad aceptable. Comprendí que de nada valía que te esforzaras por aprender y hacer lo mejor que pudieras con las herramientas de que disponías. Era como tratar de poner orden en una jaula de monos.

Y aunque de momento me quedé en el departamento porque sencillamente no tenía otro lugar a dónde ir, cuando por fin logré que me propusieran trabajar en otro lugar, aquella anécdota ayudó para que no dudara en cambiarme de oficio.

En cuanto al culpable, pude averiguar que se trataba del Dr. Jiménez Medina, un orangután diz que médico, del cual yo no me dejaría cortar ni las uñas. Entre las barbaridades que le vi hacer, estuvo el amenazar a una paciente que se mostraba atemorizada. Me explico mejor: Para muchas personas la palabra cáncer es casi un sinónimo de muerte, y muchas veces los pacientes se aterran al punto de llegar llorando y temblando a la consulta. Las escenas de pánico son comunes y uno de los deberes de un buen médico es ayudar a calmarlos. Pues bien, yo fui testigo de uno de esos casos, en que Jiménez Medina en vez de tratar de serenar a una paciente, la amenazó más o menos con estas palabras: ¡Cállese ya, al fin y al cabo se va a morir de todas maneras!… Otra de sus mañas era pasearse en cueros por el baño de empleados cuando hacía popó, e incluso lo vi limpiarse las nalgas en el lavamanos echándose agüita con las manos, al más puro estilo de los baños públicos romanos en los tiempos del César. En fin, que aquel tipo haría verse refinado a un Cromagnon.

Debo aclarar que no todos mis compañeros en el hospital eran así, pero desgraciadamente Jimenez Medina no era el único. En otro artículo hablaré de la fauna del hospital, pero ahora proseguiré con la historia de cómo llegué a México.

Llegan las microcomputadoras

Microcomputadora Sanyo MBC-555

Microcomputadora Sanyo MBC-555

Regresando al hilo principal de este relato y para terminar de explicar cómo pasé del Oncológico a EICISOFT, debo decir que en 1984 llegaron al hospital las primeras microcomputadoras. Eran dos Sanyo MBC-555, que corrían MS-DOS versión 2.11. Cuando vi aquellas maravillas del tamaño de una caja de cake no muy grande con su monitor CRT encima, volví a experimentar un arrobamiento casi religioso. Ni siquiera tenían disco duro sino dos unidades de discos de 5 1/4 pulgadas y 180 Kbytes de capacidad por superficie (los discos eran reversibles, pero había que voltearlos a mano), el video era en blanco y negro, sólo manejaban el modo texto y el micro era un 8088 a 3.6 megahertz, pero a mí me parecieron la octava maravilla y enseguida traté de aprender a usarlas.

Disco magnético de 5 1/4 pulgadas

Disco magnético de 5 1/4 pulgadas

Y si ésas micros me impresionaron, casi no puedo describir la emoción que sentí cuando comenzaron a llegar las NEC PC-9800, máquinas que mostraban un adelanto de varios años con respecto a sus congéneres norteamericanas. Incluso ya tenían modo gráfico y display a colores, de manera que eran ideales para mostrar las curvas de isodosis en pantalla. Lástima que eran japonesas y por ello sus manuales fueran punto menos que ilegibles. Algo parecido sucedía con el sistema operativo, originalmente eran incompatibles con las micros norteamericanas, es decir, lo que corría en una NEC no corría en una IBM y viceversa. La razón para comprarlas aún en esas condiciones era que se conseguían más fácilmente que las IBM, porque el mercado con Japón no estaba bloqueado por los gringos. Felizmente en ese tiempo EICISOFT ya existía (incluso jugó un papel importante en la introducción de las micros y en particular de las NEC en Cuba), y uno de los primeros trabajos que hicieron fue un manual en español que se accesaba precisamente mediante la máquina, al que le pusieron por nombre el CompuManual y una tarjeta de nombre PC&PC que las hacía compatibles con las máquinas norteamericanas, dos logros tecnológicos muy importantes.

No tardamos mucho en comenzar a imaginarnos la tarea de utilizar las NEC para ayudarnos a planificar tratamientos de radioterapia. Por esas fechas había entrado a trabajar con nosotros un físico joven, Armando Alaminos Bouza, originario de Santa Clara. Extremadamente inteligente y serio con su trabajo, entre él y yo comenzamos a invertirle tiempo al asunto. Y luego de más de un año de trabajo en investigación y desarrollo, teníamos un programa que podía utilizarse. Le pusimos por nombre RTP (por R-adio-Therapy Planning). El programa era capaz de utilizar directamente la información tomográfica proveniente de una TAC (Tomografía Axial Computarizada) y superponer las curvas de isodosis resultantes de aplicar varios campos de radiación. Se adaptaba a cualquier equipo de rayos gamma o acelerador lineal, y era capaz de producir copias impresas de los gráficos y de los parámetros del tratamiento.

El físico Armando Alaminos, coautor del programa RTP. Al fondo puede observarse en la pantalla el corte tomográfico de un paciente sobre el cual está realizando una planificación de tratamiento de radioterapia utilizando precisamente dicho sistema.

El físico Armando Alaminos, coautor del programa RTP. Al fondo puede observarse en la pantalla el corte tomográfico a nivel del tórax de un paciente sobre el cual está realizando una planificación de tratamiento de radioterapia utilizando precisamente dicho sistema.

La noticia comenzó a regarse por el ambiente radioterapéutico cubano, y un día recibimos aviso de que Mandy, el director de EICISOFT, quería hablar con nosotros.

Armando Rodríguez Rivero había sido profesor nuestro de electrónica en la carrera de física. Era muy activo e inteligente y como sucede muy a menudo con ese tipo de personas, había caído en desgracia, es decir, lo habían botado de la universidad, acusado de no ser “políticamente confiable“, un delito indefinido e injusto que ha sido utilizado miles de veces por los hijoeputas comunistas. Pero Mandy había encontrado la forma de levantarse de nuevo, y ahora ocupaba el puesto de director de EICISOFT, una empresa que tenía unas condiciones bastante distintas a las del resto en Cuba. Por ejemplo, podía celebrar contratos con empresas extranjeras con mucha mayor libertad que lo acostumbrado, sin tener que pasar por la burocracia del sistema que con sus requisitos absurdos y plazos dilatados, casi siempre arruinaba los negocios.

Mandy había establecido un contrato con el Hospital Hermanos Ameijeiras para suministrarle un programa para la planificación de tratamientos de radioterapia e incluso ya se lo habían pagado, pero se estaba venciendo el tiempo de entrega y todavía no lo tenía. Y no es que sus programadores fueran inhábiles -me atrevo a afirmar que la empresa contaba con los mejores de la Isla, verdaderos genios de la programación- sino que la física médica no se aprende en dos días. Y para irradiar a un paciente tienes que estar seguro de lo que estás haciendo porque si lo haces mal, le puedes provocar un daño mayor al que estás tratando de aliviar, incluso la muerte.

En fin, que nos mandó llamar y nos propuso que le hiciéramos una versión del sistema RTP para que corriera en máquinas IBM (el que teníamos corría sólo en NEC), que él nos daba todas las condiciones de trabajo con las cuales nosotros habíamos soñado durante años: un cubículo, dos máquinas, una impresora, un plotter… Teniendo en cuenta que la NEC en donde desarrollamos el RTP no era sólo para nosotros, sino teníamos que compartirla con el resto de los investigadores del Oncológico, que eran varias decenas, aquello nos sonó a música celestial.

Y si a esa propuesta le sumas el desgaste que ya yo arrastraba por incidentes como el relatado anteriormente sobre las curvas de isodosis de los ROKUS en el cesto de los papeles sanitarios y otros muchos por el estilo, pues no tendrán ninguna dificultad en entender que no sólo acepté, sino que salté de alegría.

En poco tiempo teníamos la nueva versión funcionando y yo me había cambiado de trabajo hacia EICISOFT. Alaminos también se fue pero para el Hospital Ameijeiras, que estaba nuevecito y prometía ser un lugar con mucho más recursos que el Oncológico. Incluso recibimos una carta de reconocimiento de Joaquín, el oncólogo de ese hospital:

Constancia del uso del programa RTP, expedida por el Dr. Joaquín González Quintana, el jefe del Servicio de Medicina Nuclear del Hospital Hermanos Ameijeiras, La Habana, Cuba

Constancia del uso del programa RTP, expedida por el Dr. Joaquín González Quintana, el jefe del Servicio de Medicina Nuclear del Hospital Hermanos Ameijeiras, La Habana, Cuba

Y hasta salimos en un artículo en el Granma, el periódico del Fifo:

Artículo publicado en Granma el 27/09/1990 sobre algunos proyectos desarrollados en EICISOFT. Incluye una descripción del RTP.

Artículo publicado en Granma el 27/09/1990 sobre algunos proyectos desarrollados en EICISOFT. Incluye una descripción del RTP.

Sin imaginarlo, con estos pasos había comenzado el camino que me llevaría a México.

Ya tengo edad suficiente para haber observado cómo el destino se va tejiendo a partir de hechos que inicialmente parecen completamente independientes. Y en este punto debo hablar de dos de ellos: 1) El negocio de las ferias comerciales comenzaba en Cuba y en La Habana se celebró una de ellas, en la que EICISOFT puso su stand y 2) El Coma-Andante tuvo la genial idea de repartirle bicicletas a la gente para paliar el tremendo problema del transporte.

Pero el cómo esos dos hechos influyeron en mi destino, es una historia que contaré en la siguiente entrega de esta saga.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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