El INOR y sus historias (I)

Logotipo del INOR (Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología), comúnmente conocido como el "Oncológico"

Logotipo del INOR (Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología), comúnmente conocido como el “Oncológico”

Mi primer sentimiento al comenzar a trabajar en el Oncológico, fue de alegría. Por un lado parecía que el estigma de haber sido castigado por mis opiniones políticas, quedaba atrás. El INOR prometía ser un lugar de trabajo interesante, y descubrí con cierto asombro que en un hospital sí había lugar para un físico. Comencé en el Departamento Nacional de Protección Radiológica.

El control de la dosis ocupacional

Allí, el trabajo consistía en el control de las dosis de radiaciones ionizantes que recibían con motivo de su trabajo todos los técnicos de rayos X y defectoscopía industrial de la Isla. Déjenme aclarar en qué consiste esto. Aunque los rayos X son beneficiosos porque se utilizan en el diagnóstico y el tratamiento de enfermedades, a largo plazo también tienen efectos nocivos de tipo somático y genético. El daño genético es acumulativo y puede dar lugar a esterilidad o a malformaciones congénitas -por eso las mujeres embarazadas no deben hacerse estudios con rayos X, sobre todo en los primeros meses-. El daño somático puede variar desde unas cataratas oculares o una aplasia medular -con riesgo de adquirir infecciones oportunistas- hasta la terrible enfermedad de radiaciones o incluso el cáncer radioinducido. De manera que en el caso de un hueso roto se justifica hacer una placa de rayos X porque el riesgo de una hemorragia o de otra complicación es mucho más inmediato que los otros efectos negativos. Pero en el caso del técnico de rayos X, cuyo trabajo consiste precisamente en accionar dichos equipos, el asunto de su protección y los procedimientos para controlar y rebajar en todo lo que sea posible la dosis que recibe con motivo de su ocupación, resulta algo necesario e importante. Como es imposible reducirla a cero, existe un límite mensual de dosis que no debe ser sobrepasado y en caso de que esto suceda por la razón que sea, hay que trasladar al técnico a otro puesto laboral para evitar que pueda tener problemas de salud.

Dosimetría fílmica

Una de las formas más utilizadas para medir la dosis recibida son los dosímetros fílmicos, que son baratos y resistentes al maltrato. Consisten en una pequeña placa fotográfica parecida a la que usan los dentistas, que el técnico lleva en su pecho como si fuera un solapín o credencial de las que se utilizan como identificación en cualquier ambiente controlado. La idea es que esté expuesta a la misma cantidad de radiación que reciba el técnico en su trabajo. A medida que esto sucede, la placa se va “velando”. Al final del mes, se sustituye por una nueva y la usada se revela en condiciones muy controladas y se compara su grado de ennegrecimiento con una curva de calibración. Mientras más radiaciones haya recibido, más opaca. La opacidad se mide con un densitómetro muy sensible.

La cosa tiene algunos refinamientos porque las radiaciones ionizantes pueden variar en su naturaleza y en su energía, y el cuerpo no responde de la misma manera a todas ellas. Por ejemplo, los rayos alfa (núcleos de átomos de helio) son detenidos por casi cualquier cosa -la ropa, por ejemplo-, los rayos beta (electrones) tienen un poco más de penetración pero difícilmente afectan más allá de la piel, los rayos X penetran a través del cuerpo, y los rayos gamma penetran mucho más profundamente porque tienen más energía. Y estamos hablando de fuentes externas, porque si hablamos de contaminación radiactiva, las consideraciones de peligrosidad cambian sustancialmente. En resumen, digamos que el cuerpo responde de distinta manera a cada tipo de radiación y como uno no sabe a priori a qué tipo de radiación estuvo expuesto el técnico, pues se impone establecer algún medio de averiguarlo.

El estuche con los filtros

Dosímetro Fílmico

A la izquierda, dosímetro fílmico en su estuche. A la derecha, el mismo estuche abierto en donde pueden observarse las distintas láminas que sirven de filtro para separar por rangos de energía las radiaciones ionizantes.

De manera que el dosímetro se encapsula en un estuche de plástico que contiene varios filtros de materiales con densidades y espesores crecientes que incluyen desde un lugar en donde no hay siquiera plástico -el “filtro nulo”-, hasta un lugar en donde hay una pequeña lámina de plomo. La idea es producir distintos niveles de opacidad en dependencia de la energía de las radiaciones, ponderando cada una de las opacidades medidas debajo de cada filtro, según la energía de las radiaciones que las produjo. Como el manejo de las curvas de calibración y la ponderación de las opacidades en función de la energía da lugar a un cálculo algo laborioso, se utilizan programas de cómputo para la obtención de la dosis total de radiación recibida por el técnico.

El personal del Departamento de Protección Radiológica

Toda esta tecnología había sido aprendida por Yamil, un técnico muy listo que había sido enviado a Checoslovaquia a tomar un cursillo de capacitación en la materia.

El resto del personal técnico consistía en Pablo Wong -un cubano de ascendencia asiática con una paciencia a prueba de bombas y muy buena persona-, Margarita -una negrita gordinflona que terminó siendo la espía del Partido del grupo- y Teresita Risco, la secretaria y querida del jefe, “más vaga que la quijá de arriba“, como se dice en el argot popular cubano.

El personal profesional lo conformaban el Profesor Doctor Jorge Gavilondo (el mismo de la cojonera en la IV Recogida de Café, 10 años atrás) y el físico Luis Font. Este último era una persona muy inteligente, hábil y trabajadora. Prácticamente obsesivo con su trabajo. Y como el programa de cómputo que había traído Yamil de Checoslovaquia para calcular las dosis de radiación estaba dando problemas de compatibilidad con el hardware nuestro (en 1974 no había micro-computadoras sino mini-computadoras, que eran del tamaño de refrigeradores y de difícil acceso), él se propuso escribir una versión nueva, adaptada a los equipos del Centro de Cálculo de la Academia de Ciencias, que era donde se corría el dichoso programa.

Eso le dio pie no solamente a estudiar el problema desde el punto de vista teórico o físico, sino también desde el computacional. De hecho, fue el motivo que indujo a Font -y luego a mí- a meternos en el mundo de la programación de computadoras.

Las inspecciones higieno-radiológicas

Además de la dosimetría fílmica, el departamento hacía inspecciones a distintos centros de trabajo que utilizaban equipos que emitieran radiaciones ionizantes, para evaluar los métodos de trabajo, medir los niveles de radiación existentes y hacer recomendaciones relativas a la protección. Esto, aunque no tenía tanto atractivo intelectual como el aprender a programar computadoras, tenía la ventaja de que salías de viaje y conocías lugares y ciudades por todo el país.

La dosimetría clínica

Dosimetria clinica 3a

Físicos realizando la dosimetría de un acelerador lineal. Obsérvese el tanque de agua que simula aproximadamente las condiciones de absorción y dispersión de las radiaciones del tejido blando (el cuerpo en su mayoría está formado por agua). La cámara de ionización u otro dispositivo de medición se sumerge en dicho tanque y se mueve con un sistema robótico para medir las radiaciones en diferentes posiciones y condiciones de irradiación.

Por último, en un arranque de centralización de los que tanto disfrutan los burócratas comunistas, todos los dosímetros clínicos del país se habían concentrado en nuestro departamento. Ello nos obligaba a hacer viajes a las distintas unidades oncológicas para medir la potencia de salida de radiaciones de los equipos de radioterapia en sus diversas modalidades de trabajo. Pero no era algo que me disgustara sino al contrario, la dosimetría clínica me resultaba interesante. Quizás valga la pena hacer aquí una ligera explicación al respecto.

Parece lógico que para medir las radiaciones “ionizantes“, se utilice el fenómeno de la ionización, verdad? Y aunque también existen otros métodos -como la radioluminiscencia, por ejemplo- la recolección de los iones producidos por las radiaciones en un volumen conocido de aire es uno de los métodos más antiguos para medirlas.

Medir carga eléctrica estática no es un problema muy grande, basta con medir el potencial eléctrico (voltaje) que producen dichos iones. La cosa tiene un poquitín de complicación porque la cantidad de aire en un volumen fijo depende de su presión y temperatura. Y la humedad influye en la velocidad con que se descarga el condensador de aire, así que también hay que tomarla en cuenta.

También está el problema de que el paciente no es un medio homogéneo sino que tiene diferentes densidades radiológicas (huesos, tejido blando, cavidades) que absorben y dispersan las radiaciones de distinta manera. Pero esto no puede estandarizarse porque aunque cada persona posee los mismos órganos, la disposición y el tamaño exacto de cada uno es distinta: algunos son más gordos, otros más flacos, etc. Por eso el problema de medir la potencia de salida de los equipos de radioterapia se realiza en un medio homogéneo (agua) y luego se aplican correcciones para tener en cuenta la anatomía específica de cada quien. Para ello se utilizan los mejores medios de los que se disponga, desde un simple curvígrafo en los países pobres para tomar el contorno de la zona a irradiar y dibujar la posición de los órganos internos a ojo de buen cubero, hasta un TAC (tomografía axial computarizada) u otro medio moderno de localización anatómica en los países ricos (por supuesto, en Cuba se utilizaba el curvígrafo).

De una u otra forma, aquello me resultaba interesante y me felicitaba por mi suerte de haber caído allí. A muchos de mis compañeros de curso los habían puesto a dar clases, una cosa bastante aburrida si se compara con la física médica. Claro que el trabajo más interesante para un físico sería realizar lo que se llama “investigación fundamental”, es decir, cosas relativas a la naturaleza de la materia o del cosmos, pero esas investigaciones cuestan mucho y hasta los países ricos tienen que unirse para enfrentar los gastos que conllevan. De manera que para mis posibilidades de físico en un país subdesarrollado, el hospital era un buen lugar de trabajo.

Adicionalmente, tenía la suerte de haber caído bajo el mando de Gavilondo, el Profesor Doctor. El tipo parecía un sabio. Y de ésas se las daba, porque te miraba desde la altura de su superioridad y tenía su oficina prácticamente tapizada de títulos de cursos que había recibido o impartido en distintas universidades u organizaciones de Cuba y del extranjero. ¡Vaya –pensaba yo– no está nada mal, con este tipo de tutor seguramente agarro la candidatura y hasta el doctorado en lo que un mono se rasca un ojo!…

La vida, sin embargo, se encargaría de desinflar mis expectativas.

Aquí está todo, TODITO!

Portada del libro "The Physics of Radiology", de Harold E Johns y Robert Cunningham, considerado la biblia de la radiología desde el punto de vista físico.

Portada del libro “The Physics of Radiology”, de Harold E Johns y Robert Cunningham, considerado la biblia de la radiología desde el punto de vista físico.

La cosa comenzó cuando yo, recién llegado y con la mejor intención del mundo, empecé a buscar literatura para documentarme lo mejor posible al respecto de mis tareas como físico médico, porque en la Escuela de Física no me habían preparado para aquel trabajo. Allá aprendí matemáticas y física teórica, pero aunque sentía que tenía la base necesaria para comprender en poco tiempo el modus operandi del oficio, me faltaban los conocimientos prácticos.

Por suerte, encontré que en el hospital había un ejemplar del libro que por aquel entonces era el clásico por excelencia de la Física Médica: “The Physics of Radiology“, de Harold E. Johns y Robert Cunningham, y me dediqué a leerlo con fruición. Al cabo de un tiempo de hacerlo, noté que aunque la edición que poseíamos no era la última y estaba un poquitín atrasada, verdaderamente aquel libro de casi 1000 páginas era la biblia de la radiología desde el punto de vista del físico médico.

Y entonces ocurrió mi primer encontronazo con la realidad.

Un día, mientras leía el dichoso libro, se abrió la puerta que separaba nuestra oficina de la del Profesor Doctor, y entró éste muy contento blandiendo en alto un librito de unas 100 páginas y diciendo “Aquí está todo, TODITO!“. Lo miré extrañado, y entonces me aclaró: “¡No leas ese libro que es demasiado complicado, mejor te lees éste, que tiene “todo” lo que necesita saber un físico médico!”.

Déjenme aclarar cual era el libro de marras. Resulta que adscrito a la ONU hay un organismo que -al menos- intenta regular la actividad nuclear de todas las naciones para acercarlas a los estándares de seguridad y eficiencia establecidos por la ciencia actual. Su nombre en español es Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA), y lo mismo se ocupa de inspeccionar el manejo y contabilización del uranio enriquecido utilizado para la fabricación de bombas y reactores de fisión, como de cualquier otra actividad que implique el manejo de fuentes radiactivas o de radiaciones ionizantes, incluyendo por supuesto su uso en medicina. Y como en el mundo existen muchos países pobres en donde no hay personal lo suficientemente calificado como para hacerle frente a tales tareas, ha preparado una serie de manuales sencillos para tratar de paliar la dificultad. Por supuesto, dichos manuales tratan el asunto con seriedad pero no con profundidad, para hacerlo accesible a los técnicos a los cuales va dirigido, muchos de ellos sin preparación universitaria.

Y ése era el librito que el Profesor Doctor quería que me leyera, dejando de lado el “Johns”, como le llamábamos al otro, la biblia de la radiología.

Poco a poco en mi mente se fue configurando la pregunta: “¿Y entonces, para qué carajos estudié yo cuatro años -ocho, si contamos el tiempo de castigo- en la universidad, si “todo” cuanto hay que saber, cabe en un librito de 100 páginas, sin una sola ecuación diferencial? A lo más que llegaba aquello desde el punto de vista matemático, era a plantear algunas exponenciales, para explicar la ley del decaimiento radiactivo y el semiperíodo de algunos radioisótopos.

Ahí mismo comencé a sospechar que la sapiencia del Profesor Doctor no pasaba de la de un técnico medio y que mi entusiasmo inicial por la posible tutoría de Gavilondo en mi futura tesis de candidatura o doctoral podía no estar completamente sustentada por la realidad…

Pero aún faltaba lo peor.

Hijo mío, cómo se calculan los tres cuartos de un número?

Otro día en que me encontraba en mi oficina, se abrió de nuevo la puerta que comunicaba con la del Profesor Doctor, el cual no entró sino que sólo asomó su cabeza por la abertura y me preguntó con aires del que está enfrascado en algo muy complicado y necesita un dato para seguir adelante con lo suyo: “Hijo mío, cómo se calculan los tres cuartos de un número?“.

Multiplique por 0.75, Profesor -le contesté automáticamente, antes de tener tiempo de darme cuenta de la enormidad del caso. ¡Así que mi posible futuro tutor tenía dificultades para calcular los tres cuartos de un número!. Si me hubiera preguntado por el valor del spin del neutrino muónico, seguramente no le hubiera podido contestar en el momento, pero hubiera quedado satisfecho y convencido de que se encontraba enfrascado en un problema importante de física fundamental, vaya, algo propio de su rango científico. ¡Pero que me hubiera preguntado por algo tan sencillo, era algo que no me cabía en la cabeza!

Comencé a sospechar que su nivel intelectual no era ni siquiera el de un técnico medio, sino el de un alumno de sexto grado con serios problemas de asimilación…

La tupición del drenaje y el dosímetro Phillips

Otro caso que ejemplifica a la perfección su nivel de responsabilidad profesional fue cuando se tupió el drenaje del departamento.

Un buen día llego yo a la oficina de regreso de una inspección higieno-radiológica y me encuentro con sorpresa que una gran loma de tierra negra, maloliente y húmeda estaba en medio del laboratorio. La razón de ello era que de repente se había tupido el drenaje del departamento y por lo tanto no se podían revelar los dosímetros fílmicos porque esa actividad requiere de mucha agua y si se hacía un batch de revelado, el agua sucia inundaba el piso. De manera que el Profesor Doctor -que como buen comunista siempre estaba listo para salirle al paso a los problemas- se había presentado al punto en el departamento de mantenimiento del hospital y había exigido que se arreglara aquella situación inmediatamente. En respuesta, habían enviado un par de catetos medio imbéciles a que abrieran el piso y detectaran dónde estaba la tubería que se había tapado, para reemplazarla. Aquellos tipos, por supuesto, no tenían puta idea de lo valiosos que eran los instrumentos del laboratorio, y al abrir el hueco echaron la tierra que iban excavando para donde se les ocurrió.

Cuando ví el dosímetro Phillips medio tapado por la tierra húmeda, me entraron calambrinas de puro encabronamiento. El Phillips, el Farmer y el Victoreen eran los únicos dosímetros clínicos con vergüenza de todo el país! De paso debo explicar que no habían sido comprados por el hospital ni por ninguna institución del gobierno del Fifo, sino requisados de instituciones privadas en el momento de intervenirlas, así que ni se habían ocupado de invertir en ellos, ni mostraban el menor cuidado por conservar lo que se habían robado. Típico de los comunistas, que luego se especializan en echarle las culpas de sus fracasos al “Imperialismo”. ¡Imbéciles!

La indignación me hizo proferir cuatro gritos de desesperación: ¡Cojones, paren esto inmediatamente! -dije, mientra metía mis pies en la tierra fangosa para recuperar la caja con la electrónica del precioso Phillips. Por mucho que lo tratamos de secar exponiéndolo al calor de varias lámparas de tungsteno, nunca más volvió a ser el mismo de antes. A lo sumo, a raíz de aquello sirvió para mediciones relativas y en períodos cortos. Nunca más pudimos hacer mediciones absolutas, porque sus resultados tenían un cierto drifting con el tiempo que me hacía recordar el incidente de la tierra húmeda.

La actitud del Profesor Doctor -el verdadero responsable del maltrato por no advertir a los ignorantes ayudantes de albañil- fue de “no hay que tomar las cosas tan a la tremenda, verdad que debía de haberlo sacado del cuarto, pero vaya, no es para tanto…”. Eso me terminó de dar la medida de su intelecto y su sentido de responsabilidad.

El accidente nuclear de Three Mile Island

Planta nuclear de Three Mile Island

Planta nuclear de Three Mile Island

Cuando unos años después vi al Profesor Doctor salir en la televisión cubana como invitado principal durante un programa especial, entrevistado por uno de los periodistas lameculos de siempre con motivo del accidente nuclear de Three Mile Island en EU, para saber su opinión de experto sobre las implicaciones del caso y los posibles peligros a los cuales nos podíamos enfrentar los cubanos y de paso echarle mierda a los americanos, ya estaba totalmente desengañado. Era como ver a Cantinflas hablando del Síndrome de China, de riesgos nucleares, contaminación radiactiva y protección radiológica. Recuerdo que me dije: “¡Dios mío, si la gente supiera en las manos de quién estamos!“.

Foto del accidente de Chernobyl

Foto del accidente de Chernobyl. Nótese el nivel de destrucción del edificio del reactor nuclear.

Incidentalmente -aunque no me alegro de las desgracias de nadie- y luego de oír hablar horrores de las medidas de seguridad de los gringos, ocurrió el accidente de Chernobyl, que dejó muy chiquito al de Three Mile Island y demostró sin lugar a dudas que la tecnología de las plantas nucleares de los rusos comparada con la de los americanos era como comparar la Edad de Piedra con la Era de los Viajes Espaciales a Marte. En esa ocasión, sin embargo, la prensa cubana fue sospechosamente indulgente. Nada, que parece que Diosito es un cabrón que les hace pagar caro a los hijoeputas sus fanfarronadas, jejeje…

El litro de leche y el Johns Hopkins Hospital

Entre las prebendas de las que disfrutaba el Profesor Doctor, estaba el llevarse para su casa todos los días un litro de leche de la cocina del hospital. Más claro: en Cuba, cuando los niños cumplen los 7 años les quitan “la cuota” de leche y no la vuelven a ver hasta que cumplen los 65 y ya son ancianitos. Sin embargo, al hospital llevaban leche para los enfermos de cáncer, para que tuvieran una fuente suplementaria de proteínas y calcio, dado lo grave de su situación y la necesidad de reemplazar los tejidos afectados por la enfermedad o por los tratamientos, que son muy agresivos. Pues bien, de ahí, de la cuota para los enfermos, el Profesor Doctor -miembro destacado del Partido Comunista en la célula de Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología- se robaba diariamente un litro y se lo llevaba para su casa.

Aparte de las consideraciones morales -o más bien, amorales-, a mí me producía un extraño regocijo el pensar en lo ridículo que sería si la gente de Houston se enterara, por ejemplo, de que al director del MD Anderson Hospital -uno de las instituciones más famosas del mundo en el tratamiento del cáncer- lo hubieran agarrado robándose un litro de leche. O del escándalo que se hubiera armado si al director del Johns Hopkins Hospital de Baltimore, o el del Instituto Karolinska, en Suecia, lo hubieran trabado con dos rollos de esparadrapo en el bolsillo porque los pensaba utilizar para entizar una tubería vieja en su casa.

Nada, disfrutes ocultos que tiene el socialismo siempre que los sepas encontrar, jejeje…

El cha-cha-chá La Engañadora y el Profesor Doctor

Al principio me preguntaba cómo era posible que alguien así hubiera escalado a una posición de mando a nivel nacional.

Pero como dice la letra del inmortal cha-cha-chá “La Engañadora”: “…pero todo en esta vida se sabe sin siquiera averiguar, se ha sabido que en sus formas relleno tan sólo hay…

Aunque no llegué a saber toda su historia, sí pude saber una parte, porque me la contó él mismo. Un día de ésos que se prestan a las confesiones íntimas, nos contó que él había ejercido la medicina en EU (yo sospechaba algo de eso, porque Gavilondito su hijo, mi compañero del Cepero que ya he mencionado en otro artículo de este blog, era gringo por nacimiento). Hablando sobre los adelantos en las técnicas para medir la dosis de radiación que recibían los pacientes de radioterapia (en los primeros tiempos no había siquiera unidad de medida y el paciente se irradiaba hasta que alcanzaba “la dosis de eritema” que era un eufemismo para referirse a que la piel del mismo se ponía colorada), nos contó que él había quemado a una paciente en EU, y que a resultas de la demanda que habían interpuesto los familiares, había tenido que regresar a Cuba para evitar el castigo. Nos lo contó con la intención de criticar al sistema de salud gringo y sus frecuentes demandas, lo cual encarecía los servicios médicos y los seguros, porque todos querían protegerse ante la posibilidad de ser demandado. Sin embargo, pasó por alto un detalle que a mí sí me llamó la atención: ¿qué coño había ido a hacer a EU un comunista convencido como él?. Así que muy comunista, pero al principio de su carrera intentó establecerse “en el monstruo” (resulta interesante notar cómo muchos que se decían comunistas, trataban de afianzarse precisamente en el país enemigo por excelencia; cualquiera diría que inicialmente fueron admiradores de EU pero les pasó como a la zorra de la fábula de Esop0, que al no poder alcanzar la uvas, declaró que estaban verdes; algo parecido hizo el Fifo, porque cuando se casó con Mirta, su primera esposa y madre de Fidelito, intentó establecerse en Nueva York, no en Moscú). Y no regresó porque así lo decidió, sino porque de otra forma iba a caer preso por insolvente, al no poder pagar la demanda millonaria de que fue objeto.

¡Así que en la práctica, el Profesor Doctor era una especie de prófugo “light” de la justicia norteamericana! Me imagino que al triunfar el Fifo vio abiertas las puertas del cielo porque Cuba se convirtió en refugio seguro de cuanto criminal andaba huyendo por ahí, y uno más no se iba ni a notar. Y ya montados en el burro y entrados en gastos -como dicen en México- y aunque de esto no tengo nada más que sospechas, yo llegué a dudar de que siquiera fuera médico. No sé, pero me lo imaginaba como un técnico de radioterapia que supo aprovechar el relajo revolucionario para esgrimir un título universitario falso. No sería el primero ni el último en hacerlo, el mundo está lleno de impostores.

-0-

Dicen que Dios los cría, y el diablo los junta. Zoilo Marinello, el director del Oncológico, era aún peor. Pero esa historia la contaré en otro artículo, porque éste ya está demasiado largo.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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4 respuestas a El INOR y sus historias (I)

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  4. Makunga dijo:

    Hola,

    Llegue por accidente a tu blog y me encanta. Tus historias son una mas entre millones y sirven para probar que esa porqueria de socialismo destruyo nuestro pais en los ultimos 50 años.

    Curiosamente, el “Taj Mahal” que en su version caribeña fue construido en Cienfuegos, era basado en la misma tecnologia que años despues falló en Chernobil. Por eso los norteamericanos tenian los pelos de punta, ellos sabian antes del accidente que el diseño ruso no era confiable. Mientras trabajaba en Varadero pude conversar con personas que laboraron en ese lugar y me contaban lo enojados que estaban los rusos por la chapuceria de nuestros obreros. La cupula principal, por ejemplo, tenia fallas, en parte debidas al “maratonismo” por terminar antes y “saludar” fechas revolucionarias, tan de moda en esa epoca.

    La historia de los mameyes tambien me entristecio. En la zona donde generaciones de mi familia (incluyendo mis abuelos) se criaron, muchas hectareas de guayabas y arboles frutales se perdieron para siempre bajo las cuchillas de los bulldozers. Actualmente solo parte de ese lugar aun posee caña de azucar y el resto se mantiene ocioso y tupido con marabu. Yo creo que los Castro, sobre todo el primero, es la manifestacion mismisima del Diablo reencarnado en el cuerpo de una persona.

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