De la UH al Oncológico

Alma Mater de la Universidad de La Habana

Alma Mater de la Universidad de La Habana

El regreso a la UH

En varios artículos anteriores, he relatado algunas anécdotas de mi paso por la Universidad de La Habana y el proceso de depuración –el eufemismo que usan los comunistas cubanos para tratar de ocultar el abuso establecido como algo habitual de que te boten por tus opiniones contrarias al gobierno- del que fui objeto (I, II, III). En éste, pretendo hacer la historia de cómo terminé por fin la carrera y mi comienzo como trabajador del INOR (el Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología o “el Oncológico” como casi todos lo llamaban).

A mi regreso del castigo en Tapaste ya “reeducado“, me encontré en la Escuela de Física con los mismos hijoeputas que me habían botado. Habían transcurrido aproximadamente dos años desde la depuración (el primer año lo pasé haciendo gestiones para encontrar la forma de regresar; el segundo, trabajando como peón de albañil en el INCA bajo la mirada atenta de las autoridades universitarias). Por supuesto que de nuevo hicieron todo lo que estuvo en sus manos para evitar mi regreso, pero esta vez yo estaba respaldado por el PCC de la Facultad de Ciencias, el cual mayoreaba al de la Escuela de Física, de manera que no les quedó de otra que transigir y dejarme entrar a clases. Pero aún les quedaba la carta docente, y la jugaron a fondo.

Con la excusa de que los planes de estudio habían cambiado, me hicieron repetir muchas asignaturas que ya había cursado y aprobado. En realidad yo sólo tendría que haber hecho un sólo examen, el de Mecánica Cuántica II -que era el último de la carrera- el cual estaba haciendo cuando ellos me llamaron a la Dirección para leerme un papelón y botarme. Pero como las asignaturas que ellos me obligaron a recursar pertenecían a los dos últimos años de la carrera, tuve que asistir a clases durante cuatro semestres más para poder terminar. Me imagino que con ello andaban buscando que me rajara o que suspendiera alguna para botarme de manera definitiva, esta vez por razones docentes. Pero como ahora disponía de más tiempo porque no tenía que cursar todas las asignaturas de cada semestre y además eran materias que ya había cursado y aprobado, prácticamente fue un paseo y las aprobé de nuevo con sobresaliente.

Notas de la Licenciatura en Física - UH 1967-76

Notas de la Licenciatura en Física – UH 1967-76. El gap de años entre 1970 y 1974 corresponde al castigo. No tengo ni un suspenso, y quitando la Educación Física mi promedio final fue de 4.58 de un máximo de 5 (91.6%). Las asignaturas que aparecen al final como ABONADAS no fueron tomadas en cuenta para el cálculo porque no especifican alguna de las tres palabras claves (Sobresaliente, Aprovechado o Aprobado) y corresponden a las que ya había cursado y examinado antes de que me botaran. Pero yo estoy seguro que fueron buenas notas. Lo habrán hecho a propósito para tratar de rebajarme el promedio? Muy posiblemente, conociendo lo sucios que son.

La Inserción en la Escuela de Química

Fachada de la Escuela de Química, Universidad de La Habana, Cuba

Fachada de la Escuela de Química, Universidad de La Habana, Cuba

Como para ese entonces (1974-75) la Universidad de La Habana había quedado prácticamente sin los profesores anteriores a la Revolución (porque o bien se habían exiliado o habían sido botados por no someterse a los dictados del Partido) se había hecho común que los alumnos de los años superiores enseñaran a los de años inferiores. A esa práctica, en la neolengua castrista, le llamaban “inserción“. Dio la casualidad que el encargado de asignar las inserciones en la Escuela de Física fuera mi amigo Guillermo López Heredia (le decíamos el Chino Heredia), al cual había conocido en 1964 cuando participamos en el Concurso Nacional de Física de nivel Secundaria, que por cierto, ganó. Era una persona magnífica, inteligente y honesta, oriundo de la zona oriental de Cuba, que luego ocupó un puesto importante en la fábrica de semiconductores de Pinar del Río. El “me llevó suave” que es como se dice en Cuba para dar a entender que alguien te trata bien. Desgraciadamente, años después de esta historia tuve el disgusto de verlo morir de cáncer en el Oncológico. Un rasgo que lo define por completo es que mientras estaba ingresado siguió estudiando para su Candidatura, a pesar de que él mismo sabía que estaba condenado a muerte por la implacable enfermedad. Murió unos días después de obtenerla. Lo recuerdo prácticamente a diario -cada vez que tomo agua- porque él tenía unas adenopatías gigantes en su cuello que le dificultaban el tragar y una vez me dijo tomándose un vaso de agua -en unos de esos raros momentos en que la enfermedad parece darte un respiro-: “Alfredo, si la gente supiera apreciar lo delicioso que es poderse tomar un simple vaso de agua fría sin sentir dolor!”. De alguna forma, sus palabras me enseñaron que el verdadero placer se encuentra en las cosas más sencillas: dar un paseo, leer un libro, ver el mar, tomarse un vaso de agua…

Mi primer trabajo como “insertado” fue dar clases de ejercitación de Análisis Matemático en la Escuela de Química a los alumnos del curso nocturno para trabajadores. De manera que por el día era alumno de la Escuela de Física y por las noches profesor ayudante de la Escuela de Química. Allí pasé dos semestres, es decir, el primer año luego de mi regreso a la UH. Lima -un profesor que recuerdo con sumo cariño porque además de ser un docente y jefe de cátedra excelente, era un buen amigo de todos nosotros- y Leidys -una alumna de química de último año- daban las conferencias, es decir, las clases teóricas. Un grupo de unos 3 ó 4 alumnos (Aldo, Pascual, Ana Digna y yo) impartíamos las clases prácticas, en donde se resolvían ejercicios utilizando los conocimientos teóricos enseñados previamente por Lima y Leidys.

De mi paso por ahí guardo muy buenos recuerdos, aparte de varias novias. Aunque no me considero especialmente mujeriego sino más bien tímido, en aquella Escuela de Química sobraban las oportunidades. Todavía recuerdo a Yoyita, que insistía en que no entendía bien, y quería que la repasara. Y tanto dio, que un sábado nos citamos en la Biblioteca Nacional y la “repasada” que le dí fue de película (comenzamos con Matemáticas, pero terminamos estudiando Anatomía). En realidad nos repasamos mutuamente y pude comprobar con sorpresa que ella sabía sobre el tema mucho más que yo. Aquella vorágine terminó cuando Pascual me presentó en uno de los conciertos que la Orquesta Sinfónica Nacional daba los domingos por la tarde en el Amadeo Roldán, a Josefina, la que luego fue mi esposa durante casi 20 años y madre de dos de mis hijos.

Unos amigos y yo (izquierda), aproximadamente en la época del relato.

Unos amigos y yo (a la izquierda), aproximadamente en la época del relato.

Por eso cuando al principio del siguiente semestre el Chino Heredia me informó que no volvería a la Escuela de Química sino que iba a trabajar en el Oncológico, aquello no me gustó mucho. Ya estaba ambientado en mi trabajo como profesor, además de que no tenía idea de qué rayos podía hacer un físico en un hospital. Estaba bien lejos de sospechar que pasaría los siguientes 20 años de mi vida en ese lugar, luchando contra una de las enfermedades más terribles de la Edad Moderna.

El Oncológico

Una de las entradas del Oncológico, conocida por muchos como la "Sección C".

Una de las entradas del Oncológico, conocida por muchos como la “Sección C”.

La primera vez que fui al Oncológico, no sabía a quién tenía que ver. El Chino me había dicho: “vepallá, pregunta, y ahí te dirán“. Por suerte, caminaba por el largo pasillo que conduce a la Sección C cuando me encontré con un antiguo compañero de aula de cuando todavía no me habían castigado. Él por supuesto ya había terminado su carrera y hacía algunos años que trabajaba allí. Su nombre era Luis Font Vidal. –Hey, y tú qué haces por aquí?- me preguntó. Cuando le expliqué que me habían mandado como insertado pero no sabía bien con quién tenía que hablar, me dijo: –Ven conmigo-.

Y así, de pura chiripa, comencé a trabajar en el Departamento Nacional de Protección Radiológica, el pomposo nombre de la oficina que supuestamente controlaba las dosis de radiación que recibían a causa de su trabajo todos los técnicos de rayos X y de defectoscopía industrial de la Isla.

El Hospital de la Liga Contra el Cáncer

Fachada del Hospital de la Liga Contra el Cáncer - F y 29, Vedado, Habana, Cuba

Fachada del Hospital de la Liga Contra el Cáncer – F y 29, Vedado, Habana, Cuba

El Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología era uno de esos engendros centralizados que crean los comunistas cuando se roban las instituciones. Antes de la Revolución, en Cuba existían varias organizaciones de lucha contra el cáncer. Una de ellas era la Liga Contra el Cáncer (fundada en 1925), dirigida por algunos médicos y damas de sociedad, esposas de industriales famosos y ricos. Hacían una colecta anual para obtener fondos y recuerdo que ellas salían en todas las secciones sociales de los periódicos, cuando las retrataban peinadas de peluquería y vestidas elegantemente, pidiendo dinero con alcancías en alguna intersección de calles del Vedado a los automovilistas que pasaban por allí. Y ya bien sea con el dinero de las alcancías o con el de sus esposos, aquellas señoras habían construido uno de los mejores hospitales especializados de Latinoamérica en la lucha contra la terrible enfermedad. Diseñado desde un inicio para su función, contaba con los últimos avances tecnológicos y médicos de su época, incluyendo consultas blindadas para tratamientos con agujas de Ra (radio 226) y aparatos de radioterapia de ortovoltaje.

Consola de Control de Equipo de Rayos X para Radioterapia - Hospital de la Liga Contra el Cancer - La Habana, Cuba

Consola de Control de Equipo de Rayos X para Radioterapia – Hospital de la Liga Contra el Cancer – La Habana, Cuba

El hospital de la Liga se encontraba en el barrio de El Vedado, en la intersección de las calles F y 29. Por una razón que desconozco en aquella zona había varios hospitales más: el Hospital General Calixto García -a un costado de la UH-, el Hospital Infantil, el Clínico Quirúrgico ( luego Fajardo) y el Instituto del Radio, este último también dedicado al tratamiento de enfermos de cáncer.

Luego de la Revolución, todos fueron “intervenidos” por el gobierno y el hospital de la Liga junto con el del Instituto del Radio, fueron convertidos en el Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología (INOR). En el espacio entre ellos se construyó otro edificio que contenía en la planta baja las consultas y los locales de varios equipos de radioterapia con Cobalto-60 y Rayos X de ortovoltaje y superficiales, en el segundo piso el laboratorio y las consultas de Medicina Nuclear, y en el tercer piso las oficinas del director. El edificio del Instituto del Radio pasó a llamarse la “Sección C” (supongo que la A era el antiguo hospital de la Liga y la B era la sección nueva, pero nadie les llamaba así).

De nuevo el Profesor Doctor

El Departamento Nacional de Protección Radiológica -mi lugar de trabajo- ocupaba varios locales a nivel del lobby en la Sección C. Cuando llegué allí por primera vez, descubrí con sorpresa que el jefe del departamento era nada más y nada menos que el mismo tipo que había formado una cojonera mayúscula en el viaje de ida a la IV Recogida de Café que habíamos hecho recién entrados al Cepero Bonilla, hacía unos 10 años (él había viajado con nosotros acompañando a su hijo, que durante los tres años de la prepa fue mi compañero de aula). Su nombre era Jorge Gavilondo Soler (que yo sepa, no tenía nada que ver con el famoso Cri-Cri mexicano) y todavía se hacía llamar Profesor Doctor. Definitivamente, este mundo es un pañuelo– pensé yo.

Aquel lugar escondía una interesante historia de nepotismo y pseudo-ciencia.

Pero como ya esto se está haciendo demasiado largo para un simple artículo de blog, creo que lo continuaré en un nuevo escrito dedicado al INOR y sus historias.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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4 respuestas a De la UH al Oncológico

  1. Pingback: Los mameyes de Tapaste | Las cosas que me gustaría saber

  2. Espero con ansias la continuación.

  3. Cio Ferrer dijo:

    que bueno leerte amigo, nos quedamos con ganas Dalia y yo

  4. Pingback: El INOR y sus historias (I) | Las cosas que me gustaría saber

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