Guyana, el país de las muchas aguas (III y final)

El albergue

Edificio similar al lugar donde vivíamos pero en vez de tres pisos, sólo tenía dos. En los bajos había una licorería y hacia el fondo, el apartamento de la dueña. Nosotros vivíamos arriba.

El lugar donde descansábamos luego del trabajo no era un hotel, sino un apartamento rentado casualmente por el organismo guyanés de salud pública, a una hermana de Forbes Burnham, el Presidente de Guyana (cualquier sospecha de corrupción NO es pura coincidencia). Por costumbre de las becas en Cuba, nos referíamos a él como “el albergue”. Los cuartos estaban atestados de camas, al menos dormíamos de a cuatro por habitación, pero las condiciones eran parecidas a las de las casas de visita del MINSAP en Cuba, con una “tía” que se ocupaba de la limpieza y la cocina. Recibíamos un estipendio semanal, y todos poníamos una parte para comprar los alimentos juntos, una vez por semana. Para mí, recién llegado, era toda una aventura ir a los mercados populares y observar el intenso colorido y movimiento de aquellos lugares, tan distintos a las deprimentes “bodegas” cubanas, en donde todo estaba racionado y el concepto de vender había sido sustituído por el de distribuír. Recuerdo, por ejemplo, la emoción y sensación de logro personal que experimenté la primera mañana en que pude desayunar un café con leche preparado con… Nescafé. Ese producto había desaparecido de los hogares cubanos desde hacía muchísimos años.

Stabroek Market, el principal mercado popular de Georgetown

En Guyana no todos eran musulmanes. Pero sí había la cantidad suficiente como para que hubiera mezquitas por doquier. Todas tenían sus minaretes, en el extremo de los cuales habían cuatro megáfonos orientados a los cuatro puntos cardinales. Y varias veces al día, todas juntas y a pleno volumen, llamaban a la oración. Ya pueden imaginarse la algarabía que se formaba en ese momento. Donde quiera que estuvieras dentro de la ciudad, el barullo era ensordecedor. Lo que oías era una especie de canto o letanía interminable, que olía a la legua a atraso y a Edad Media.

Otra cosa que me llamó la atención eran los hábitos alimenticios. Para los hindúes, las vacas eran animales sagrados y había que respetarle sus deseos. Muchas veces ocurría que una vaca decidía pastar en medio de una avenida e interrumpía el tráfico. Líbrete Dios de intentar andarla molestando con el claxon. Aquello te podía costar que te lincharan. Tenías que dejarla tranquila hasta que ella decidiera quitarse. Así que mucho menos hablar de matarlas o comerlas. Con los puercos era al revés, para los musulmanes eran los animales malditos y por ello tampoco se podían comer. Vaya, era como comerse al Diablo. Como resultado de ello, la carne de pollo era la más cara de todas. Y como a nosotros nos pasaba lo contrario, es decir, adorábamos la carne de puerco, esa era la que casi siempre comprábamos, porque además nos resultaba la más barata. Recuerdo una vez la cara de fuchi que nos puso un tipo que estaba comprando sus muslitos de pollo en una carnicería cuando nosotros llegamos y pedimos un pedazote de empella para hacer chicharrones. Nos miró con cara como si estuviéramos comprando popó de chivo para comer.

¿Jineteras?

En aquel albergue había además un aspecto singular. Casi todos éramos profesionales jóvenes. Y aunque en el grupo había algunas cubanas -que vivían por supuesto en otro lugar-, éstas ya tenían sus parejas de manera que no había forma de abordarlas desde el punto de vista sexual. Pero no importaba, porque había un verdadero enjambre de muchachitas guyanesas dándonos vueltas como leonas hambrientas. Sin saberlo, allí se inventaron las “jineteras”, o sea, las prostitutas que ahora pululan entre los extranjeros en Cuba. No eran prostitutas profesionales, de las que se acuestan con 50 clientes por noche, cobran tarifa fija y tienen un chulo. Eran muchachitas jóvenes que andaban buscando salir de la miseria y el hambre. Y se acostaban por un plato de comida o por un pullover o por el puro placer de andar contigo, igualito que hacen ahora las cubanas. Por lo general escogían una pareja y sólo se acostaban con él mientras durara la misión del interfecto. Ya cuando la misión terminaba y el tipo regresaba a Cuba, al poco rato encontraban sustituto y la historia se repetía con el siguiente. Nosotros no éramos tan importantes ni teníamos tanto dinero, pero para ellas éramos casi ingleses, gente con educación y prestigio como profesionales, y al menos no pasábamos hambre ni dejábamos que ellas la pasaran.

De manera que la vida transcurría apaciblemente en aquel albergue, entre chistes, tomaderas, partidas de dominó y cuentos, hasta que llegaba la hora de acostarse a dormir. Porque como no queríamos gastar dinero en hoteles, hacíamos el amor en las mismas habitaciones donde dormíamos. Pero como por lo menos había cuatro de nosotros por habitación, la mayor parte de las noches sucedía que no podías irte a acostar hasta que no terminara de hacer el amor el cabrón que había llevado a su novia a templar a tu cuarto, que era también el suyo. Y ahí nos ves despatingados de sueño en los sofaes de la sala, tocándole de vez en cuando en la puerta al cogelón y diciéndole: “¡Ya está bueno compadre, que tengo sueño, coño!”. A no ser que el que estuviera dentro fueras tú. Porque lo que sí no se nos ocurría era hacer orgías. Cada uno con lo suyo, y a quien Dios se lo dió, San Pedro se lo bendiga. Definitivamente, éramos gente sana.

Mrs. Burnham

El único detalle discordante en ese sentido era Mrs.Burnham, la hermana del presidente. Vaya, la dueña del edificio, que vivía en el apartamento de abajo. Ella era una vieja verde en toda la extensión de la palabra. Y por ello, en los momentos de soledad y picazón no tenía inconveniente en subir por la escalera interior para decirle al primero de nosotros que encontrara, que ella era una mujer sola y desvalida… Por cierto, hasta a mí me tocó aquella cantaleta:

Un fin de semana dio la casualidad que todo el mundo salió excepto yo, que estaba calculando el rendimiento de algunos campos del equipo de radioterapia. Y ahí me ves, lápiz y calculadora en ristre, cuando siento que la puerta de la cocina se abre y entra aquella dama que cuando menos me doblaba la edad. Nada más verla, me puse en guardia y pensé: “¡Ud. habrá visto, carajo, parece que esta vieja se me va a lanzar!”. Y dicho y hecho. Se aproximó por detrás y comenzó a darme un ligero masaje en los hombros, mientras me preguntaba que si me gustaba y que si yo quería hacerle a ella lo mismo. Y sin hacer caso a mi negativa, caminó un poquito hacia adelante de mí, se bajó los calzones, inclinó su tronco hacia adelante y se abrió las nalgas para enseñarme su sexo desde atrás. Aunque yo no soy santurrón, la brusquedad del gesto me tomó por sorpresa. Me recordó la forma de hacer el amor que tienen los chimpancés. De contra, era el sexo más feo que yo había visto en mi vida, ¡y mira que a causa de mi trabajo yo he visto sexos femeninos! Los colgajos de carne de los muslos desinflados completaban el cuadro. El resultado neto fue lo contrario a su intención y mi “tilín” se engurruñó hasta casi desaparecer en la entrepierna. En eso, sonó el teléfono. Era Aquilino para invitarme a una tomadera. ¡Coño, Aquilino, socorro, corre para acá que esta vieja me quiere violar!, le grité. Creo que sus carcajadas se oyeron por todo el barrio. Por fin aquella dama se cansó de esperar y se fue con una excusa. Yo suspiré aliviado. Uno nunca sabe lo que le puede pasar por despreciar a la hermana de un presidente…

Sin embargo, a menudo tenía éxito. Entre un grupo de garañones como nosotros, siempre terminaba por encontrar alguien a quien las hormonas lo convencían de hacerle el favor. Y por supuesto, a partir de ahí su estatus cambiaba radicalmente. El elegido pasaba a ser el consentido de la casa. En lugar de dormir apiñado en las habitaciones de arriba, de a cuatro por cuarto, pasaba a ser algo así como el príncipe consorte, que dormía en el piso de abajo en su propio cuarto, manejaba el coche de la madama aquella, y te podía invitar a tomar un trago de whisky escocés a “su casa”, en la cual te recibía en bata de casa de seda y pantuflas de franela. Cosas de la vida.

Nosotros nos burlábamos a más no poder de aquello y nos doblamos de la risa cuando nos llegó el chisme de que uno de los príncipes consorte anteriores, al regresar a Cuba, tuvo que andarse escondiendo durante cierto tiempo de la vieja, porque ella con la influencia de su hermano logró ir a Cuba y presentarse en el hospital donde trabajaba el tipo, para reclamar sus derechos. En Guyana no nos daba pena porque al fin y al cabo todos estábamos jodidos sin familia, pero en Cuba, con tu mujer y tus hijos, era un descrédito que tus compañeros de trabajo se enteraran de que tú habías estado con semejante vejestorio…

El paseo a Anna Regina

Para ir de Georgetown a Anna Regina, hay que atravesar el Demerara y el Essequibo.

Los médicos cubanos eran muy populares. Como curaban y no cobraban, la gente no se cansaba de agasajarlos según sus posibilidades. Era su forma de agradecer. Nunca nos faltaba una invitación a alguna fiesta o tomadera. Un día nos invitaron a pasar todo un fin de semana en Anna Regina, una población hacia el norte de Georgetown. Yo no conocía el interior y me puse muy contento con ello. Incluso nos hablaron de un lago que tenía una especie de algas microscópicas que le daban al agua el aspecto de ser Coca-Cola, o sea, parduzca pero transparente. Decían que eran medicinales.

De manera que un viernes terminamos temprano, agarramos un coche, cruzamos el puente de pontones del Demerara y agarramos la carretera hacia Parika, el puerto en donde se tomaba el ferry que cruzaba el Essequibo. Enseguida me llamó la atención una especie de lomita o barrera que había a todo lo largo de la costa. Me explicaron que era la forma de evitar que en la marea alta el mar inundara y salinizara los campos de cultivo. Era un trabajo hercúleo, una obra de ingeniería comparable a las pirámides de Egipto. Cientos de kilómetros de barrera. Cada cierto tramo había unas especie de esclusas, y tenían el trabajo de abrirlas todas en la marea baja para que el agua de tierra adentro drenara hacia el mar, y de cerrarlas en la marea alta para que el mar no penetrara. Me dijeron que era una obra hecha por ingenieros holandeses. No hay que olvidar que la Guayana Holandesa hace frontera con Guyana por el sur, y que los holandeses tienen más que experiencia en luchar con el mar y robarle terreno. Dicen que una buena parte de Holanda es terreno recuperado al mar. No se me ocurrió otra cosa que exclamar: ¡bravo por los holandeses!.

A todo lo largo de la costa de Guyana existe un muro o barrera para evitar que el mar penetre y arruine con la sal, los campos de cultivo.

Al llegar a Parika, dos cosas me sorprendieron. La primera, el Essequibo. Yo nunca había visto un río que desde una orilla no pudieras ver la otra porque estaba tan lejos, que la curvatura de la Tierra la ocultaba. Parecía el mar. El Demerara era ancho, pero al menos podías ver la otra orilla en la lejanía. Me dijeron que el Essequibo tenía 29 millas en la desembocadura, y que el ferry demoraba unas tres horas en atravesarlo. Que el río tenía varios deltas y que para que tuviera un idea de los tamaños, en uno solo de ellos vivían más de 10 mil personas. Yo hice cuentas rápidamente: 29 X 1.6 = 46.4 kilómetros de ancho. Si el avión lo atravesó volando a 900 km/hora, tardó aproximadamente 46.4 / (900 / 60) = 3 minutos!. Efectivamente, yo había estimado bien cuando le pasé por arriba.

También me explicaron que Venezuela mantenía una disputa territorial con Guyana porque pretendía que su frontera llegara hasta el Essequibo. Si así fuera, Guyana perdería la mitad de su territorio. Una idea que me vino a la mente es que si del Essequibo casi no se oía hablar (al menos yo nunca había oído su nombre) y a mí me había causado tamaña impresión, ¡qué no sería ver el Amazonas, que tiene en su desembocadora unos 330 kilómetros de ancho!. El avión tardaría unos 20 minutos en sobrevolarlo.

Ferry similar al que utlizamos para cruzar el Essequibo

La otra cosa de Parika que me sorprendió, fue el fortísimo olor a grajo que despedía aquel ferry. Era una cosa sencillamente asfixiante, parecían gases lacrimógenos, no había quien permaneciera respirando aquello en los salones para pasajeros. Y tratando de evitarlo, subimos hasta el puente del barco, en donde el capitán se apiadó de nosotros y nos dejó hacer todo el viaje. Parados en la baranda, recibiendo de frente la brisa del río, pudimos sobrevivir.

La señora de Anna Regina que nos había invitado era una admiradora de los cubanos y extremadamente hospitalaria. Se desvivía por atendernos y hacer nuestra estancia agradable. En general, el pueblo guyanés es así, hospitalario y alegre. Nosotros nos sentíamos queridos por la gente. Además, eran los tiempos de mayor prestigio de la Revolución Cubana entre la gente de izquierda de todo el mundo y aunque yo secretamente renegaba de la izquierda, tenía que simular que no era así para que me dejaran salir de Cuba. Al día siguiente organizó un paseo al lago de aguas oscuras. Fue mi verdadero encuentro con la selva amazónica, porque hasta ese momento lo que había hecho era verla desde el aire. El viaje lo hicimos en un camión de barandas o redilas. El camino era un terraplén que se internaba alejándose de la costa, hacia la selva. El follaje era tan tupido que el terraplen aquel parecía una rendija entre dos paredes verdes verticales muy altas. Luego de un tiempo de zarandeos, nos dieron ganas de orinar y le pedimos al chofer que parara. Cuando nos bajamos de la cama de aquel camión, intentamos entrar aunque fuera unos metros en la selva para orinar tapaditos por las plantas, porque en el camión iban algunas damas. Sencillamente, no pudimos. Sin un machete afilado era imposible penetrar un paso dentro de aquel mar verde. Lianas y ramas te impedían la entrada. Entonces tuve una idea cabal de lo que significan las palabras “selva amazónica”. El pulmón del mundo. Al final, tuvimos que rogarle a las mujeres que se viraran hacia el lado contrario, y orinar a la orilla del sendero.

El lago resultó ser un lugar un poco fangoso, pero agradable. Era cierto que el agua tenía un color como Coca-Cola, sin estar turbia. Yo me metí con un poco de miedo, porque sabía que estábamos relativamente cerca del Amazonas, y en el Amazonas hay pirañas. Me aseguraron que allí no, pero yo no quería ser el descubridor de que habían extendido su habitat y servirles de desayuno a esos voraces animalitos. Pero felizmente, todo terminó bien.

Escena del filme La Misión

Aprovechando la salida, la señora nos llevó a visitar una escuelita rural. Para aquellos niños (y para nosotros también) fue todo un acontecimiento. Para ellos, por la novedad de recibir a extranjeros y cantar para ellos. Me imagino que no mucha gente pasaría por allí, y mucho menos se detendría a escucharlos. Para nosotros, por la emoción de ver cómo en un lugar perdido de la selva, tan lejos de la civilización, había un maestro y unos niños que cantaban tan bonito y estaban tan bien organizados. Para mí fue una lección de lo que puede lograr la educación y la buena voluntad. Yo me emocioné hasta las lágrimas. Cuando años después vi el filme La Misión, la escena del coro de inditos guaraníes cantándole al cardenal para demostrarle que no eran animalitos sino personas, enseguida me trajo a la mente aquella experiencia.

En el mismo viaje visitamos en su casa a un amigo de nuestra anfitriona. Su casa estaba también en medio de la selva y él estaba paralítico y se movía en un sillón de ruedas. Sin embargo, pocas veces yo he visto alguien más amable y contento de que lo fueran a ver. Me imagino que en aquellas soledades no habría muchas cosas en que entretenerse, y menos siendo paralítico. Me dio mucha ternura y deseé con mucha fuerza que encontrara alguna actividad intelectual que lo motivara a seguir luchando y no derrumbarse.

Paseando por Georgetown

Uno de nuestros pasatiempos era caminar por las calles de Georgetown. No es que fueran tan seguras, pero por lo general lo hacíamos en grupo y por lugares transitados. Aunque no entrara, me gustaba caminar por delante de los restaurantes porque de casi todos ellos salía un exquisito olor a curry y a mantequilla derretida. Estoy casi seguro que lo hacían a propósito, para atrapar clientes hambrientos.

A veces íbamos al malecón. Me llamaba poderosamente la atención el ver que hasta donde alcanzaba la vista el agua del mar no era azul, sino amarillenta por la cantidad de tierra que arrastraba el Demerara hasta más allá de su desembocadura. Otro detalle interesante era que durante la marea baja el mar se retiraba una distancia considerable, para regresar durante la marea alta. Yo nunca había visto producirse el fenómeno de las mareas de manera tan pronunciada.

Hotel Pegasus, Georgetwon

Un lugar que visitábamos con cierta frecuencia era el hotel Pegasus, que tenía forma cilíndrica. Allí tomábamos cerveza y ocasionalmente oíamos la Steel Band que tocaba junto a la piscina. .

La música típica de Guyana, el reggae y el calipso es muy rítmica y bonita. En todo el caribe angloparlante suenan unos instumentos musicales sui generis que se fabrican con barriles de petróleo vacíos a los que se les van labrando unas especies de facetas en sus tapas. Si se hacen bien, cada faceta da una clara nota con una sonoridad muy agradable.

Un poco antes del viaje, cuando ya sabía que iba a ir, en los cines de La Habana pusieron un documental sobre Guyana. Por supuesto que Josefina y yo fuimos a verlo, y en una parte donde mostraban un mercado popular al aire libre de nombre “The Arcade”, ella vió una jabita tejida con hilo plástico grueso de color mandarina. ¡Ay, yo quiero una como ésa! gritó Josefina en el cine. Y quien te dice que en uno de mis paseos dí con el mentado mercado y me encontré con el poste lleno de jabitas multicolores. Por supuesto que compré una exactamente igual a la solicitada y por cierto, fue uno de los regalos más útiles que pude llevar, porque la estuvimos usando muchísimos años. En Cuba dicen que el cuerpo se divide en cuatro partes, en lugar de tres: cabeza, tronco, extremidades…, y jaba. La “jabita guyanesa” -hasta nombre propio le pusimos- se convirtió en una herramienta indispensable para el lleva y trae cotidiano de Cuba, en donde no había envases industriales de ningún tipo.

Y caminando, caminando, dí con la embajada americana. Recuerdo que para mí era toda una aventura pasarle por delante y pensar: “Bien, ya estoy a un paso de la libertad, lo único que tengo que hacer es decidirme y entrar”. Pero me daba miedo. Por un lado, uno no sabía con qué pendejada le fueran a salir ahí dentro. Lo mismo podrían darte asilo, que negártelo con cualquier excusa. Y eso significaba que al salir caerías preso. No del gobierno guyanés, sino de la embajada cubana, que tenía el poder más que suficiente para hacerlo. Lo otro, era tu familia. Si desertabas, uno no sabía cuándo podrías volver a ver a los tuyos. Por eso el gobierno nunca dejaba que salieran familias completas. Siempre una parte permanecía en Cuba como rehén. Los cuentos de familias desmembradas, que no pudieron volver a reunirse nunca jamás, eran historias comunes en la sociedad cubana (y dicho sea de paso, lo siguen siendo).

Pero eso no impedía que yo jugara con mis fantasías. Pensaba en lo agradable que sería que todos, mis hijos, mi esposa y mis padres, estuviéramos del lado de acá. Sobre todo por las noches, cuando miraba el cielo estrellado y oía una melodía de Stevie Wonder que en ese tiempo estaba posicionada en el hit parade de todas las emisoras de radio guyanesas: Isn’t she lovely?. Curioso, han pasado más de 30 años y cada vez que la oigo me sugiere el mismo recuerdo, una mezcla agridulce de alegría por mi libertad y tristeza por no tener a mi familia conmigo.

“Bencomo, Bencomo, ¿estás ahí?”

Y quizás por ese mismo estado de ánimo de ambivalencia entre alegría y soledad, mi psiquis necesitaba desahogarse y terminé teniendo un bonito romance con una de las muchachas que rondaban el albergue.

Yo tenía 29 y ella 20. Su nombre era Bibí Alima Mohamed. Lo de Mohamed por supuesto indica que era musulmana -como muchos otros indios- pero digamos que su musulmanismo era “light”, vestía de manera normal y no usaba burka. Ya había tenido contacto anteriormente con otros médicos cubanos, y una buena tarde cuando fue al albergue se enteró que -¡oh fortuna!- su novio había regresado a Cuba.

Para mí, un guajiro del Escambray de ascendencia andaluza, el fenotipo de la mujer india -en Cuba diríamos “mulata delgada de facciones finas y pelo lacio negrísimo, que le llegaba a la cintura”- siempre me ha resultado atractivo. Yo se lo achaco a la delicada manera en que la madre Naturaleza se las ingenia para disfrazar de deseo el hecho de que la distancia genética es buena para la supervivencia de la especie.

Ella sólo sabía algunas palabras en español y mi inglés era muy rudimentario, pero eso no impidió que nos gustáramos. Me dijo que tenía un hermano viviendo en Londres, y que su ilusión era ir con él algún día. Me contó que trabajaba como secretaria en una oficina de una empresa particular y que estaba estudiando idiomas. Y así, entre detalles y confesiones mutuas, las hormonas comenzaron a hacerse sentir.

A los pocos días estábamos embarcados en una pasión desenfrenada. Ahora era yo el que ocupaba el cuarto y dejaba a mis otros compañeros durmiendo en los sillones de la sala. Nuestras urgencias eran tales que una noche en que por alguna razón que no recuerdo llegamos a la casa y no había nadie, comenzamos a hacer el amor allí mismo, en la sala, sin encender las luces y sin el menor pudor. Cuando por fin llegó alguien de la calle -el Dr. Mesa-, no tuvimos más remedio que acurrucarnos desnudos en el sofá. Yo tapaba con mi cuerpo el de ella, y esperamos entre risas reprimidas a ver si teníamos la suerte de que aquel tipo se acostara sin darse cuenta de nuestra situación. Venía sediento, así que fue a la cocina y encendió la luz para tomar un poco de agua. Eso nos favorecía porque así sus pupilas estarían contraídas y no podría ver en la oscuridad donde estábamos nosotros. Pero la risa nos ganó. Al sentirnos, lo primero que hizo fue apagar la luz. Pero como sus ojos tardaban en acostumbrarse de nuevo a la oscuridad, comenzó a tantear como un cieguito y a decir, dudando entre que se tratara de un ladrón o de otro médico: “Bencomo, Bencomo, ¿estás ahí?”. Ya eso fue demasiado, y comenzamos a reírnos a carcajadas. Cuando por fin nos pudo ver y constató que estábamos completamente desnudos no dijo nada más, giró sobre sus talones y se metió de golpe en el cuarto. Nosotros estuvimos riéndonos otro buen rato, pero al final proseguimos con lo nuestro.

En otra ocasión descubrimos que el piso inferior de otra casa que también se usaba como albergue, estaba vacío. Era grande, con muchas habitaciones, el lugar perfecto para juegos de enamorados. Entonces se nos ocurrió jugar a los escondidos, pero con una variante especial. Yo la perseguía a ella, y le advertía, si te agarro… te quito una prenda de ropa cada vez, así que corre. Cual no sería nuestro escándalo y nuestros gritos, que la tía del apartamento de arriba, bajó a ver qué pasaba, y nos volvió a agarrar en cueros. Esta vez era una negra, de ésas gordas tetudas y pesadas, y nos estuvo regañando un buen rato. Pero al fin y al cabo subió a su piso luego de amenazarnos con decírselo a su jefe. Pobre negra, no sabía la fuerza de las hormonas. Por supuesto que seguimos jugando.

Anaconda o sucuri

Pero no siempre estábamos haciendo el amor. Alima me enseñó lugares de Georgetown que yo desconocía. Por ejemplo, el zoológico. Recuerdo la sorpresa que sentí cuando tuve a una anaconda adulta a pocos centímetros de mi cara. Su cabeza era del tamaño de la de un perro chihuahua, y el cuerpo en su sección más gruesa tenía el ancho de un pastor alemán. No en balde pueden tragarse una res o un venado completito. O la exuberancia de las plantas y las flores preciosas que vimos en el jardín botánico, mientras caminábamos tomaditos de las manos…

Sin embargo, y a pesar de su intensidad, aquel amor estaba destinado a terminar. Los dos lo sabíamos, y me parece que los dos evitábamos el pensar en ello, en la medida de lo posible. Yo no iba a dejar a mis hijos y a Josefina en Cuba, eso estaba descontado. Y ella sabía que su futuro estaba en Londres, junto a su hermano, que ya había logrado una cierta estabilidad en aquella capital.

Soufrière Hills, el volcán de Montserrat, en plena erupción (1995)

Una tarde, sentados en la escalera de madera que daba al portal del albergue, me confesó que tenía un plan: -Vámonos a Montserrat– me dijo, -Allí nadie nos encontrará-. Era una idea loca, producto de la desesperación porque ya el fin se acercaba. Muchas veces he pensado que si le hubiera dicho que sí, probablemente hubiéramos terminado nuestros días achicharrados en Plymouth, calcinados por el volcán. Un final dramático, como corresponde a toda buena historia de amor.

La despedida fue terrible. Yo tenía un nudo en la garganta y me sentía viviendo un híbrido entre Madame Buterfly y La Boheme. No tengo dudas que las obras cumbres de todas las artes siempre tienen un origen real y muy humano. Incluso ya sentado en el coche que nos llevaría al aeropuerto, ella me tendió su mano por la ventanilla. Y cuando nos empezamos a mover, durante los primeros instantes corrió al lado nuestro hasta que la velocidad hizo que fuera imposible sostener la suya entre las mías. Nos miramos alejarnos mientras las lágrimas corrían por nuestros rostros.

Epílogo

Nos escribimos un par de veces, pero la distancia es el mejor remedio para el mal de amores. Volví a Guyana en 1979 y 1981 y la busqué, pero ya no la encontré ni  pude tener noticias de ella. Tampoco volví a tener aventuras semejantes. Sin embargo y a pesar de todo el tiempo transcurrido, guardo un bonito recuerdo de aquellos tiempos y le deseo que en cualquier lugar del mundo en donde esté, le vaya bien y sea feliz.

————-

Y colorín colorado, aquí terminan mis crónicas de Guyana. Las escribí pensando en que quizás algún día mis nietos pudieran querer saber cosas de su abuelo, como a mí también me gustó saber cosas del mío. Pero también para Uds. Ojalá que les hayan gustado.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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7 respuestas a Guyana, el país de las muchas aguas (III y final)

  1. Pingback: Guyana, el país de las muchas aguas (II) | Las cosas que me gustaría saber

  2. Napo dijo:

    Compadre, muy bueno e interesante. Yo he estado un par de veces en el Amazonas y la geografía de esos lugares es aplastante. La historia del amor en Guyana es conmovedora. Me gustan mucho tus relatos.
    Un abrazo y que esté bien.
    Saludos

  3. Precioso! Esperé esta tercera parte por semanas! Que forma más amena e interasante de escribir tienes. Me gustaron muchos tus historias. Muchas gracias por haberlas compartido conmigo. Sé de amores a distancia y lo que duele separarse de una persona que amas solo porque el tiempo se te acaba. Donde quiera que te encuentres, te deseo lo mejor!

  4. Kundejo dijo:

    Encontre tu blog de chiripazo y pase muy buen rato leyendo tu historia. Me gustan mucho los relatos escritos en lengua campechana.

    Saludos de un guajiro de Las Villa.

  5. Alejandra dijo:

    Muy bueno el relato estoy en Venezuela y es fascinante conocer nuevos lugares, ahora tenemos un vuelo para allá y quien quita me anime a visitar Georgetown

  6. Batista dijo:

    Me agradó mucho la lectura y me hizo recordar mi estancia en Guyana en el 2008-2010. Desgraciadamente algunas cosas que relata no han cambiado mucho en lo que respecta a la salud. Yo ví dos pacientes compartiendo una cama y hasta cuatro si se trataba de recien-nacidos con sus madres. También ví fallecidos porque las enfermeras les correspondía su horario de dormir. No obstante, guardo mucho cariño por Guyana y sus gentes, lo que sí cambió fue la política, ahora mandan los indios.

  7. Rolo dijo:

    Me he quedado extasiado con tus relatos, por desgracia los he visto un poco tarde, algo mas de dos años, pero por suerte los devore los tres de una tirada, salvando quizás las distancias me hizo recordar mucho cuando allá por el 80 y algo disfrute leyendo 100 años de Soledad, de Don Gabriel, una pasada, pero sí su relato lo disfrute de la misma manera, es magnifico y mágico.
    Me identifique mucho con ese romance guyanés, pues también e salido de Cuba y me vi en situación parecida, ya sabe explosiva mezcla, juventud y soledad.
    En fin yo sigo aquí aunque pienso igual que Ud..
    Trataré de buscar mas artículos suyos para seguirlo leyendo, de hecho comenzare con “México lindo y querido”, que intuyo que debe de ser del mismo corte. Un abrazo.

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