Guyana, el país de las muchas aguas (II)

Parece una bandeja con brócolis, pero son árboles gigantescos fotografiados desde un avión. Hay miles de kilómetros cuadrados de ellos. Es la selva amazónica en Guyana.

El arribo

Dicen que la primera vez nunca se olvida. Y aunque creo que esa aseveración se hace normalmente pensando en el sexo, en mi caso tiene además otra interpretación. Era el verano de 1977, estábamos en el aeropuerto de Georgetown, Guyana, y mientras esperábamos sentados sobre las maletas que viniera algún funcionario de la embajada cubana a recogernos, tuve tiempo suficiente para refrenar un poco mis emociones y pensar en todo lo que ya había visto: un exuberante tapete verde formado por millones de árboles frondosos sin un sólo claro hasta donde se pierde la vista, y un inmenso río cuya desembocadura el avión -cuya velocidad de crucero es de unos 900 kilómetros por hora- tardó varios minutos en atravesar (luego me enteré que se llamaba el Essequibo).

Al final tuve tiempo suficiente para regodearme recordando aquellas imágenes, porque el cabrón de la embajada que debía recogernos demoró más de dos horas. Vimos como todos los taxis que al principio se arremolinaban luchando por clientes, se fueron y nos dejaron completamente abandonados. No teníamos dinero ni para llamar por teléfono -tampoco sabíamos a quién llamar-, así que mientras anochecía no pudimos hacer otra cosa que aguantar el hambre y esperar pacientemente, mientras musitábamos frases sobre madres de funcionarios olvidadizos.

Por fin llegó muy alegre y con peste a alcohol, nos montamos en una pequeña camioneta y emprendimos el viaje a la capital, que duró unos 40 minutos. Yo comencé a darme cuenta del tren de vida que llevaban los sacrificados empleados del desgobierno cubano en el exterior, y porqué en Cuba se mataban por agarrar un trabajito en cualquier embajada. Como por suerte estaba en la etapa locuaz de la borrachera, durante el trayecto nos comenzó a hablar del país.

El lema de Guyana: One People, One Nation, One Destiny

One people, one nation, one destiny

Nos contó que Guyana estaba prácticamente dividida en castas. Eso es común en la India, pero para mí era sorprendente. Por mucho racismo que hubiera visto en Cuba, aquello lo superaba con creces. Y lo más interesante era que los racistas eran… ¡los negros!.

Las etnias implicadas eran 4: a) los ingleses (en la práctica, para el pueblo guyanés cualquier blanco era “inglés”) de los cuales quedaban muy pocos, b) los negros que vinieron como esclavos del Africa (no olvidar que los ingleses fueron grandes negreros), c) los indios de la India (que fue colonia británica hasta 1947) y d) los amerindios, es decir, los pobladores originales.

Cada raza se mantenía separada completamente de las otras desde el punto de vista social, cultural, económico, religioso y político. Mientras existió la colonia, los ingleses eran los jefes y los dueños de casi todo, en eso no hay dudas. Unos jefes inflexibles que se hacían respetar no por su bondad, sino por la fuerza y el miedo que inspiraban. Pero al irse los ingleses, los negros pasaron a ser la raza dominante. ¡Y vaya si lo eran! A cualquier lugar que fueras -un negocio, una tienda, una dependencia del gobierno, una hacienda- los jefes eran los negros y los indios eran los empleaditos, los campesinos, los obreros, los de menos recursos. Se notaba la prepotencia y el maltrato de los negros hacia los indios. Las órdenes eran secas, tajantes, claramente de superior a inferior.

La separación operaba en todos los planos: ni pensar en matrimonios interraciales. Los negros se casaban con los negros, los indios con los indios. Los negros eran protestantes, los indios, musulmanes, hinduístas o budistas. Los negros eran partidarios de Burnham, los indios de Cheddi Jagan, que lidereaba la oposición y era el eterno aspirante a Presidente. Aunque los indios eran mayoría, su representación en el gobierno siempre era minoritaria. De manera que no pude dejar de pensar: ¡Mira tú que cosa, tanto que se han quejado del racismo, y no hay ser más racista que un negro! En cuanto los ingleses les quitaron los pies del cuello, en vez de disfrutar de su libertad y trabajar para evitar que otra raza sufriera por la misma razón, ¡corrieron a hacerle a los indios lo mismo que los ingleses le hicieron a ellos! Increíble.

Los amerindios realmente no contaban, porque preferían vivir en plena selva, alejados de toda fuente de civilización, para evitar que las otras razas abusaran de ellos. El costo, desde luego, era vivir prácticamente en el Neolítico. Pero ellos parecían no darle mucha importancia a ese detalle.

El problema era tan grande, que entorpecía el natural desenvolvimiento del país, al punto de que el gobierno tenía un lema: “One people, one nation, one destiny” que te encontrabas en muchas vallas propagandísticas gubernamentales y que aunque para la mayoría de la gente era un lema vacío, no dejaba de reflejar la seriedad del problema racial.

Georgetown

Georgetown

La capital era un pueblo grande de casitas de madera. Las había muy bonitas, y otras no tanto. Un rasgo interesante de la mayoría de las construcciones era que por lo general poseían más de un piso y estaban diseñadas con las habitaciones importantes en los pisos superiores, para estar relativamente a salvo de inundaciones. Todo el país es extremadamente fértil y húmedo. Me habían dicho -y yo pude comprobar- que con sólo abrir un pequeño hueco en la tierra en cualquier lugar de la capital y esperar unos minutos, aparecía agua en el fondo.

El Demerara, el río en cuya desembocadura se encuentra Georgetown, tiene a esa altura aproximadamente un kilómetro de ancho. Yo nunca había visto algo así. El puente que lo atravesaba y que daba acceso a las poblaciones hacia el norte por la única carretera que existía y que iba bordeando la costa del Atlántico, estaba hecho de pontones flotantes, como los puentes provisionales que a veces usan los ejércitos de los países desarrollados para trasladar sus tropas. Cada segmento tendría unos 25 ó 30 metros de largo, y había muchos. Debido a la corriente, los segmentos no formaban una línea recta, sino que mantenían un cierto arco a favor del flujo. Cuando los coches que pasaban por él rodaban encima de los empates o bisagras, las dos puntas de los pontones implicados se hundían ligeramente, haciendo que los pasajeros se bambolearan un poco en sentido vertical. Toda una experiencia.

Zanjas a todo lo largo de avenidas y calles hacían las veces de desagüe pluvial y de aguas negras.

Otro detalle que me llamó la atención era que al menos en grandes zonas de la ciudad, no había alcantarillado. En su defecto, a todo lo largo de calles y avenidas -incluso por dentro de los terrenos del hospital- corrían una zanjas que hacían las veces de drenaje pluvial y de aguas negras. Con el tiempo aquellas zanjas se iban cegando por las hojas o las inmundicias, y cuando amenazaban taparse, venían militares con unas palas de cabo muy largo, extraían aquello haciendo lomitas de desechos cada cierto tramo, y luego un pequeño buldozer las montaba en un camión y se las llevaba.

Me asombré cuando supe la forma en que resolvían el problema de que te dieran ganas de hacer pipí lejos de tu casa. Sencillamente, los hombres se acercaban a algún árbol, poste de electricidad o alguna otra cosa que más o menos los tapara aunque fuera algo, y como los perritos, ahí mismo orinaban. Las mujeres tenían la ventaja de que solamente tenían que agacharse abriendo las piernas un poco, y tapadas por la falda, orinaban sin ninguna vergüenza ni morbo.

Esta foto no es del hospital, pero el estilo de construcción es parecido. Estaba formado por varios edificios dentro de una extensión de terreno más o menos grande.

El Hospital

Al llegar al día siguiente al hospital, me esperaban otras sorpresas. Luego de ser presentados al administrador, éste nos llevó a conocer el departamento de radioterapia y los equipos. Nos encontramos a las enfermeras paradas en fila y en atención como niñas de escuela, esperando nuestra llegada. Todas nos saludaron pero mirando al piso, sin vernos a los ojos. Esa especie de ceremonia se repetiría día tras día durante toda nuestra estancia en Guyana. Luego me enteré que durante el esclavismo los ingleses consideraban una ofensa el que un negro te mirara a la cara. Si lo hacía, lo azotaban. Y parece que la costumbre caló muy hondo en la psiquis de la gente, de manera que aunque ya no recibían latigazos por ello, el hablarle a un superior mirándole a la cara era considerado una falta de respeto.

Y todas las mañanas, en cuanto nos sentábamos en nuestro buró en medio de un fuerte olor a creolina que competía con el de las zanjas de desagüe que corrían por fuera de la nave, nos traían té y galleticas dulces. Yo me sentía como marajá, pero en el fondo estaba un tanto cohibido por el trato tan respetuoso y tan distinto al que yo mantenía con el personal del Hospital Oncológico en Cuba, mucho más camaraderil, más “acubanado”. Pero conversando con otros médicos cubanos que ya llevaban algún tiempo en el país, fui entendiendo cual era la razón de tanto protocolo.

Resultó que las enfermeras no podían ni siquiera poner una inyección. Su papel se limitaba a ser una especie de asistentes de limpieza y a organizar el flujo de pacientes que asistían a consulta. ¿La razón? Que el médico cobraba por poner la inyección.

Aquel era el único hospital público de todo el país, pero los médicos guyaneses que trabajaban en él, tenían sus consultas privadas. Por lo general trabajaban a desgano medio día en el hospital, y por las tardes iban a sus consultas. Y la costumbre generalizada era hacer lo menos posible durante la mañana, para obligar a los pacientes a asistir a su consulta privada por la tarde, donde les cobraban hasta por respirar.

Y como los médicos cubanos hacían precisamente lo contrario, es decir, trabajaban como mulos para poder atender a todos los pacientes no por dinero sino por cumplir a cabalidad con el juramento Hipocrático -la mayoría eran muchachos jóvenes que creían en lo que hacían-, pasaban dos cosas: que los médicos guyaneses odiaban a los médicos cubanos y utilizaban toda su influencia para hostigarlos, y que los pacientes los adoraban.

Yo fui testigo de algunos casos dignos de mención que pueden servir de ejemplo del ambiente que reinaba allí en cuanto a la calidad de la atención médica. El hospital tenía varias puertas, todas ellas vigiladas por policías que controlaban el paso para evitar robos. Una mañana vi a un hombre que se aproximaba a una de las puertas arrastrando los pies con dificultad. Tenía un feo machetazo en la espalda sobre el omóplato derecho, posiblemente producto de una pelea, y aunque él mismo trataba de taparse la herida con un trapo, la hemorragia estaba activa. Al estar abierta y retraída la piel, el tejido adiposo de la espalda se le veía perfectamente. Era de color amarillento y formaba como una especie de grumos. Enseguida me recordó lo que en mi pueblo llaman “enjundia de gallina”, con la cual mi abuelita me hacía unas sopas de fideos deliciosas. Pues bien, ¿qué creen Uds. que le dijo el policía de la puerta por donde el hombre trataba de entrar al hospital? Le dijo: “No, por aquí no puede entrar, tiene que ir por la puerta tal”. Y lo peor de todo fue que aquel pobre hombre no dijo nada, aceptó el maltrato descomunal de que fue objeto y redirigió sus pasos renqueantes hacia donde le habían indicado.

En otra ocasión estaba buscando a una persona dentro del hospital y vi una habitación con una puerta de persianas batientes del tipo que se ven en las tabernas de las películas de cowboys, que sólo tapan la parte central de la puerta porque no llegan ni al piso ni al techo. Cual no sería mi sorpresa al empujar aquellas persianas y encontrarme con que era ¡un salón de operaciones!. Adentro estaba el paciente, un negro al que le hacían algún procedimiento en la región baja del abdomen, acostado bocarriba en la camilla pero semiincorporado sobre sus codos, viendo con ojos agrandados por el miedo su propio abdomen abierto. Supongo que estarían usando anestesia local y por eso no gritaba. Pero su mirada de terror la tengo grabada en mi memoria. Y al otro lado de la habitación, posiblemente para que entrara la luz, una ventana abierta de par en par. ¿Y la asepsia? se preguntará Ud. Y yo le contesto: bien, gracias.

Por suerte parece que a aquellos pacientes sólo había que enseñarles el frasco de la penicilina para que se curaran, porque su sistema inmunológico era a prueba de bombas. Es decir, los que no tenían buenas defensas, ya se habían muerto hacía rato. Y más les vale, porque a veces había que poner dos pacientes por cama, uno para la cabeza y otro para los pies. O dos recién nacidos en la misma incubadora, uno con problemas digestivos y el otro con problemas respiratorios.

Otro día se me ocurrió mirar dentro de una especie de corralito hecho con biombos de tela que había en una de las salas de mujeres. Se trataba de una mujer joven que estaba agonizando producto de una septicemia por un parto mal hecho. Me llamó la atención porque veía que de vez en cuando tenía como unos espasmos respiratorios. Hasta que comprendí que estaba boqueando. No podía creerlo. ¡Me dió tanta lástima verla morir tan joven por una mala praxis…!

El Dr. Estenoz era un anestesista joven que había llegado unos meses antes que yo. El me contó un par de historias de espanto. Un día estaba de guardia y llegó la hora de almorzar. Como no había gran cosa que hacer, le dijo al enfermero dónde iba a estar y se fue a comer algo. Cuando regresó, al cabo de media hora aproximadamente, encontró un cadáver en su camilla. Cuando lo tocó, estaba caliente aún. ¡Fulano! -le gritó al enfermero- ¿Y éste hombre llegó vivo?. Bueno, sí, fue un accidente automovilístico, le contestó el enfermero. ¿Y porqué diablos no me llamaste?, ¡yo te dije dónde iba a estar!. La respuesta del enfermero lo dejó sin palabras: ¡Pero es que Ud. estaba comiendo! Es decir, como el Dr. estaba comiendo, no podían molestarlo. El descanso del Dr. valía más que la vida del paciente.

En otra ocasión, al constatar que no había nadie más de su especialidad en aquel hospital y saber que él no podía con todo el trabajo, se dispuso a entrenar a alguien más en técnicas de anestesia. Déjenme aclarar que de la misma forma que las enfermeras no podían ni siquiera poner una inyección, los supuestos técnicos de anestesia a duras penas estaban autorizados a pasarle el trapito a los equipos para limpiarle el polvo. Entonces los estuvo observando, y escogió al que parecía más despierto. “Mira bien cómo se hace, te voy a enseñar a entubar a un paciente…” le dijo. Y así, poco a poco, le fue transmitiendo algo de su experiencia. A los pocos días recibió un aviso para que se presentara con el administrador del hospital. Preguntándose para qué lo querrían, se presentó ante él. “¡Me han dicho que Ud. ha cometido una violación grave de la disciplina!” -le espetó el administrador en su cara. ¿Yo… qué he hecho? – contestó Estenoz, sorprendido. “¡Ud- le enseñó técnicas de anestesia a uno de nuestros técnicos anestesistas y eso es una violación al reglamento y a la ética médica!”. Estenoz no lo podía creer. ¡Así que yo, que he venido de otro país a trabajar de gratis en este cochino hospital en que no hay un sólo especialista en anestesia porque Uds. no son capaces de organizarse y mantener un mínimo de calidad, hago mal en enseñar a un técnico a entubar un paciente! -dijo fuera de sí. ¡Yo no puedo estar de guardia las 24 horas todos los días, necesito descansar! ¿Y si durante mi descanso, por ejemplo, su hijo tiene un accidente y no hay nadie que lo pueda atender? ¿Le gustaría que su hijo muriera porque no hubiera alguien que lo atendiera? ¡Ud. es un animal! -le dijo al administrador alzando la voz sin detenerse a pensar que por el exabrupto lo podían regresar a Cuba, con la consiguiente pérdida de los beneficios de haber sido médico internacionalista.

Lo que había pasado, naturalmente, era que uno de los médicos guyaneses, de esos que hacían todo lo posible porque la atención en el hospital fuera de pésima calidad para obligar a los pacientes a acudir a su consulta privada, lo había denunciado. De manera que el pobre Estenoz se tuvo que quedar regañado. De más está decir los pocos deseos que tenía de seguir trabajando en un lugar así, su máxima aspiración era que terminara su misión para poder regresar a Cuba y abandonar un hospital tan hostil.

Sin embargo no todo era tan terrible en Guyana. También había cosas buenas. Pero las contaré en el siguiente artículo.


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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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3 respuestas a Guyana, el país de las muchas aguas (II)

  1. Pingback: Guyana, el país de las muchas aguas (I) | Las cosas que me gustaría saber

  2. Alfredo Zayas Jr. dijo:

    Muy padres historias Pa….keep writing…….ok??….Besos, Papo.

  3. Tu descripción de Georgetown me recordó inmediatamente a las ciudades de Nigeria, en la parte donde describes y pones la foto de las zanjas a cielo abierto transportando aguas negras y pluviales. También en aquello de la gente orinando en la calle. En Nigeria incluso hay carteles en varios lugares donde dice “Por favor no orinar aquí”. Las agudas divisiones sociales y el tono de las órdenes tajantes a aquellos que consideran inferiores también me es familiar. Excepto que las construcciones en Nigeria son de cemento y no de madera, el panorama y las reacciones humanas se me hacen muy similares… me pregunto si se debe al efecto de la colonización inglesa, o a que la mezcla de represión y cultura propia hace a todos los negros así (y yo mismo soy negro, antes que me acusen de racismo).

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