Guyana, el país de las muchas aguas (I)

Ruta Cuba – Guyana – Angola

Antecedentes

Durante buena parte de la llamada Guerra Fría, los rusos basaron sus planes de defensa estratégica en los submarinos. Los americanos los tenían rodeados con bases terrestres de cohetes y bombarderos B52 capaces de transportar en pocos minutos cientos de bombas atómicas a su territorio, y ellos  a su vez poseían, navegando cerca de las costas americanas, una flota de submarinos capaces de disparar misiles atómicos con la ventaja de que no tenían una posición fija, lo cual los hacía más difíciles de localizar y destruír.

Pero aunque dichos submarinos estaban alimentados en su mayoría por reactores nucleares y por ello su período de independencia era grande, al fin y al cabo necesitaban mantenimiento. Y por supuesto que si para aprovisionar y hacer reparaciones menores se pudiera evitar el viaje al Báltico, mucho mejor. Por esta razón el tener bases navales lejos de su territorio se hizo un objetivo apetecible para los rusos.

Y aquí es donde entra en juego el Coma-Andante. Al Fifo siempre le ha gustado jugar a la guerra. Él se considera superdotado en muchos aspectos y el papel de gran general le ilusionaba desde su juventud. Hasta dicen que su segundo nombre, Alejandro, se lo puso él mismo en honor a Alejandro Magno. Realmente, la guerrilla no le dio espacio suficiente para mostrar sus talentos militares, porque apenas duró dos años y no era realmente un ejército. Luego, cuando la Crisis de Octubre, los rusos y los americanos se pusieron de acuerdo sin contar con él, y eso lo molestó en grado extremo por el desaire a su persona. Y de contra, la exportación de su modelo político a través del fomento de guerrillas en otros países, no acababa de dar resultados concretos.

Y en eso, ¡zas!, se le presenta la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro. Por un lado, el ofrecimiento de la Bahía de Cienfuegos para construír una base naval de submarinos rusos en Cuba era una forma de pagar la inmensa deuda contraída con ese país, del cual prácticamente dependía la subsistencia de su desgobierno. Pero una base no era suficiente. Cienfuegos cubría buena parte de la costa Este de EU y del Golfo, pero faltaba el Atlántico Sur.

Angola era el país indicado para solventar el problema: ya de por sí apetecible por su petróleo y sus diamantes, apenas se había independizado de los portugueses y andaba sumida en el caos. Enviar soldados cubanos a ese país para hacerle el trabajo sucio a los rusos e imponer por la fuerza un gobierno pro-soviético que facilitara el establecimiento de la base naval y de paso demostrar sus habilidades como gran estratega militar, era una oportunidad que el Fifo no podía dejar pasar. Por eso, de buenas a primeras, los cubanos nos vimos envueltos en un conflicto militar en África, para satisfacer las ansias cantinflesco-estratégicas del Coma-Andante.

Pero una cosa es mandar diez o quince guerrilleros a una selva a vivir precariamente, y otra muy distinta mantener miles de soldados regulares a diez mil kilómetros de distancia. No hay que olvidar que Cuba llegó a tener unos 50 mil soldados al mismo tiempo en campaña. Necesitas logística suficiente para enviarles armas sofisticadas, medios de transporte, de comunicación, combustible, comida, uniformes, en fin, de todo. Para ello, se estableció un puente aéreo y marítimo al estilo del que establecieron los americanos para abastecer al Berlín Occidental al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los rusos le cerraron las fronteras terrestres.

Sin embargo los aviones de transporte con que contaban eran de hélice, de una tecnología atrasada, y no podían hacer el viaje de un tirón. Tenían que hacer escala. Al principio, las escalas se hacían en Barbados, una de las islas de las Antillas Menores pertenecientes al Commonwealth, cercanas a Venezuela. Pero enseguida los americanos movieron sus influencias con Inglaterra y lograron entorpecer esa práctica. Sin embargo, hubo un país que se ofreció para servir de escala: Guyana.

Guyana se había independizado de los ingleses en 1966, y desde entonces, aunque supuestamente tenía un régimen democrático y multipartidista, en realidad estaba dominada por un tiranuelo de nombre Forbes Burnham, que no soltaba el poder ni a palos.  De manera que a pesar de pertenecer al Commonwealth allí se hacía lo que decía el tipo aquel, y punto.

En muchos aspectos -incluyendo el económico- era un país ahogado. Había heredado de los ingleses una cierta organización colonial y tenía inmensos bosques y otros recursos naturales, pero le hacía falta desesperadamente un elemento clave para comenzar su desarrollo: capital. Por ejemplo, Guyana tiene una de las reservas de bauxita más grandes del mundo. También cuenta con ríos muy caudalosos que podrían suminitrar la energía eléctrica necesaria para refinarla y producir aluminio. Por algo su sobrenombre es “El país de las muchas aguas”.

Pero las hidroeléctricas y las minas requieren de una inversión inicial cuantiosa, además de infraestructura: red carretera, aeropuertos, comunicaciones, etc. Y por supuesto mano de obra especializada. Y ahí estaba su talón de Aquiles. Las únicas carreteras estaban a lo largo de la costa. En cuanto intentabas penetrar más a fondo en el territorio, te encontrabas con el problema de que no había caminos. Ni siquiera terraplenas, sólo la selva impenetrable. Y aunque la clase pudiente mandaba a estudiar a sus hijos a Europa, la inmensa mayoría de la población carecía de una buena educación, sobre todo en ciencias y tecnología.

Añádasele a esto un nivel de corrupción generalizado, en especial en los organismos públicos, y se tendrá una idea de porqué los inversionistas dudaban en traer su capital al país, y del panorama que existía a finales de los 70, cuando el Fifo le propuso a Burnham que dejara hacer escala a sus aviones en el aeropuerto de Georgetown, la capital, engatusándolo con promesas de ayuda en salud pública, educación, etc. Por supuesto que le dijo que sí.

Internacionalismo Proletario

Kent Lou era uno de los poquísimos oncólogos de Georgetown y ciertamente el único que poseía equipos de radioterapia. Su consultorio consistía en una nave de madera que contenía una máquina Phillips de ortovoltaje de 400 Kilovoltios y varios equipos menores así como una torre circular blindada o safe para guardar agujas de radio. La nave estaba situada dentro de los terrenos del  hospital de Georgetown, tenía además una pequeña sala de espera y varias habitaciones para realizar exámenes médicos. Su construcción era relativamente reciente. El resto del hospital consistía en una serie de edificios también de madera, construídos por los ingleses allá por el 1900. De puro viejo, los escalones de las escaleras de aquel hospital, el único en todo el país, mostraban una especie de ondas, originadas por el desgaste natural que produjeron el paso de miles de pisadas a lo largo de los años.

Al irse los ingleses, buena parte de la burguesía se fue con ellos, Kent Lou incluido. Su instinto le indicaba que luego del cambio de gobierno las cosas no iban a seguir siendo igual. Los ingleses, por muy duros que fueran, tenían disciplina y leyes. Los que se iban a quedar a cargo del gobierno, es decir, los negros, no. Y el caos no es bueno para los negocios.

Los equipos de radioterapia no se los podía llevar, eran demasiado pesados y voluminosos. Pero sí los podía desarmar. Y a sabiendas que en todo el país nadie poseía conocimientos para armarlos de nuevo, eso fue lo que hizo. Era como dejarlos congelados, esperando que aquello se arreglara, para entonces regresar.

Pero como decía El Chapulín Colorado, “no contaban con mi astucia”. O bueno, con la astucia de los funcionarios del MINSAP. Para tantear el terreno y conocer de primera mano las necesidades de personal médico que tenía el país, un viceministro de Salud Pública de Cuba visitó Guyana. Cuando le enseñaron el departamento de radioterapia, pudo ver los equipos completamente desarmados. Le explicaron las razones de que así estuvieran, y le dijeron que en el país no había quien los reparara y que ya los daban por perdidos porque no había dinero para pagar un técnico extranjero. El viceministro tomó nota y a su regreso a Cuba, habló con un viejo amigo, Aquilino Santiago.

Aquilino era uno de esos héroes anónimos sobre los que nunca oímos hablar, pero en los que alguna vez descansó buena parte de nuestro bienestar. Al principio de la Revolución, en Cuba también hubo un éxodo importante de profesionales: médicos, ingenieros, profesores, técnicos de todo tipo abandonaron el país huyendo del comunismo. Aquilino era un técnico de equipos de rayos X muy trabajador y muy inteligente, que no se fue del país -no por comunista, eso me consta, sino quizás porque le encantaba su trabajo- y que llegó a tener sobre sus hombros, cuando todavía las escuelas no formaban técnicos en esa especialidad, la reparación de todos los equipos de radioterapia del país y buena parte de los de rayos X para diagnóstico. Su habilidad con las manos era un reflejo de su inteligencia: lo mismo arreglaba una autoclave que una incubadora que un equipo de radioterapia. Y por ello era conocido en todos los niveles del Ministerio que tuvieran que ver con la técnica. Yo tuve la suerte de conocerlo y tratarlo porque Zoilo Marinello (sobrino de Juan) que en ese tiempo era el director del Hospital Oncológico, se lo había llevado a trabajar con él. Fue una de las primeras personas que yo conocí y admiré cuando llegué a trabajar allí.

La mañana en que el administrador del hospital de Georgetown (un negro de esos azulosos, formado en Europa y con una peste a grajo descomunal) vió llegar la figura desgarbada y flaca de Aquilino, con su cigarrito a medio fumar colgando de los labios, no sintió mucha confianza en que ese fuera su hombre, el que le resolvería el problema de armar los equipos de radioterapia. Sin embargo, lo condujo al departamento y dió instrucciones al personal para que satisfacieran todas sus necesidades. Cuando a media tarde Aquilino lo fue a ver para decirle que ya había terminado, el administrador no lo podía creer. ¡This is impossible!, se le oyó decir. Y corrió al departamento a ver aquella maravilla.

Equipo de radioterapia con rayos X de ortovoltaje 400 Kilovolts

Los preparativos para el viaje

Inmediatamente comenzaron a hacer planes para que vinieran desde Cuba un oncólogo radioterapeuta, un técnico de radioterapia para que aplicara los tratamientos, y un físico para que calibrara los equipos. Era el verano de 1977. Yo había llegado al hospital en 1973 como alumno insertado y aunque el Partido nunca me tuvo mucha confianza por mi “pasado rebelde”, no les quedaba de otra que mandar a uno de los físicos pues los médicos no sabían manejar un dosímetro clínico y los otros físicos del departamento cojeaban del mismo pie que yo.

De izquierda a derecha: Roberto Fraxedas, Alfredo Zayas (yo), Ubaldo Huerta y Angel Meneses. Todos físicos médicos. Foto tomada aproximadamente en el tiempo del relato, en el Hospital Oncológico de La Habana.

En ese tiempo todavía los planes para que el Fifo explotara el trabajo de profesionales cubanos cobrando por sus servicios en el extranjero y dándole migajas a cambio, estaban comenzando. Digamos que el negocio del internacionalismo proletario se estaba inventando aún. Pero prometía ser una actividad muy lucrativa: por un lado, los honorarios, por otro, el prestigio que le daba en el país receptor, y por otro porque el movimiento de personal era una vía idónea para infiltrar espías y trasladar armas, propaganda, dinero o cualquier otra cosa que hiciera falta para los planes subversivos mundiales del Coma-Andante.

Y como en realidad éramos pocos, intentaron por un lado sondearnos y por otro darnos entrenamiento en técnicas de inteligencia sencillas para supuestamente evitar que fuéramos víctimas fáciles “del enemigo” (o para meternos miedo, quién sabe). El caso fue que unos días antes del viaje recibimos una misteriosa citación para una reunión en el Ministerio. Y cual no sería nuestra sorpresa cuando al cabo de un rato de esperar en un salón de reuniones, hizo su aparición nada menos que Manuel Piñeiro, el famosísimo Barba Roja, jefe del temido aparato de Seguridad cubano y de los vínculos con los grupos radicales de izquierda en América Latina. El tipo nos lanzó un discursito para alertarnos sobre las formas que podrían utilizar los reclutadores gringos. Nos dijo que si alguno nos proponía trabajar para ellos, que le dijéramos que sí y que le informáramos a él enseguida. De manera que Barba Roja quería convertirnos en contraespías. ¡Jejeje, si él hubiera sabido con quién estaba tratando!

Manuel Piñeiro, alias Barba Roja. El hombre que dirigió la red de espías cubanos durante muchos años.

Por mi parte, yo hubiera ido al mismísimo Infierno con tal de salir  y tomar una bocanada de aire fresco en el extranjero. De manera que un día bien temprano, a eso de las 6 de la mañana, salimos del aeropuerto de La Habana el Dr. Flores, Pinillos, Aquilino, y yo. El viaje duró 12 horas porque aquel vuelo comercial hacía escala en Jamaica, en Barbados y en Trinidad y Tobago antes de tirarse en el aeropuerto de Georgetown. Vaya, era lo que en Cuba se diría “un avión lechero”. Yo iba pegado a una ventanilla mirándolo todo con ojos de judío saliendo de un campo de concentración.

El número del vuelo era el mismo que menos de un año antes había sido derribado en las cercanías de Barbados por una bomba atribuída a Posada Carriles, de manera que las medidas de seguridad eran extremas. En cada escala todos tenían que bajar y el avión ser revisado de punta a cabo, incluyendo los inodoros. A mí los sobrecargos me tomaron como seguroso y por ello yo ayudé a revisar el avión en cada escala. Recuerdo muy bien a una de las aeromozas haciendo ascos y poniéndose un guante de esos que se utilizan normalmente para inseminar vacas, que llegan hasta el hombro, para poder meter la mano por el agujero del inodoro y revisar si había algún paquete extraño en el tanque de desechos sólidos.

En todas las escalas bajaban absolutamente todas las maletas del compartimiento de carga y las ponían en la pista al lado de la escalerilla del avión. Los pasajeros subían de uno en uno y antes de subir señalaban a sus equipajes. Entonces ellos subían por un lado, y en ese momento subían sus bultos por otro. La idea era que todo el mundo se hiciera responsable de sus paquetes, para evitar que alguien pudiera deslizar inadvertidamente un paquete con una bomba.

De esa forma un atardecer del verano de 1977 llegué por primera vez a Guyana. A pesar de que aquel aeropuerto consistía a duras penas en una pista y un cobertizo sin paredes, la emoción me embargaba como si estuviera llegando a Orly o a Heathrow. Tenía fresca en mi memoria la visión de la selva amazónica, una imagen imponente que más de 30 años después no he olvidado. La mente humana tiene momentos de máxima excitación en que puede recordar hasta el más mínimo detalle. Pues bien, yo estaba así.

Pero como esta historia ya se está alargando demasiado para un artículo de blog personal y  no quiero dejar detalle sin contar, la continuaré en el siguiente.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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5 respuestas a Guyana, el país de las muchas aguas (I)

  1. Rosira dijo:

    No puedo esperar por leer la continuacion. Excelente cronica de un periodo del que creo, se ha escrito menos y desde la optica de la joven generacion de esos años..un valor inestimable. Esta, la de los mameyes, contienen tanta infromacion para atar tantos cabos, recontruir parte de nuestro pasado, de ese de tantos miles de cuban@s que por estar inmersos en la euforia de aquel entonces, no veian el alcance de lo que hacian, ni sus consecuencias que llegan a nuestros dias. Lo mejor de estos relatos es su falta de ambicion “intelectual/literaria” lo que hace que leerlos sea un disfrute por su sencillez. Espero que continue escribiendo sobre todo incluyendo estas memorias de lo acontecido en esos años de su juventud, la Facultad de Fisica, las luchas ideologicas de entoces, las rencillas entre los honrados/inteligentes/consagrados y los famosos cuadros/oportunistas/ destrozadadores del futuro de tantos.

  2. Genial Zayas, como todos tus relatos. Espero con ansias la continuación.

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