Lord Jim

Peter O’Toole, caracterizando a Lord Jim en el filme del mismo nombre

Desde adolescente me gustó la literatura. La buena literatura, claro. Aquella que te enfrenta con los grandes problemas del Hombre. No me importa tanto si es de ficción, biográfica, o de otro tipo. Lo importante es que te deje la sensación de estar repasando el pensamiento de Dios.

Hablo sobre esto porque hace poco leí El Sueño del Celta, la última novela de Vargas Llosa. Y aparte de disfrutarla, me trajo a la memoria una cadena de recuerdos medio empolvados que tenía tirados por ahí. Resulta que Roger Casement -el protagonista, un personaje que existió de veras-, era muy amigo de Joseph Conrad, el famoso novelista de origen polaco que adoptó la nacionalidad británica y que se convirtió en uno de los más brillantes escritores en lengua inglesa de finales del siglo XIX y principios del XX. Una de sus mejores novelas, Lord Jim, es en mi opinión un fantástico estudio sobre el miedo y el sentimiento de culpa en el Hombre, algo que han sabido explotar con éxito muchas religiones e ideologías políticas. Yo me sentí especialmente conmovido por esa novela, debido posiblemente a las circunstancias en que la conocí. Me explico:

Ya habían transcurrido varios meses desde mi expulsión de la Universidad de La Habana. Técnicamente, era una nopersona.  No me dejaban emigrar con la excusa de que estaba en edad militar, no me daban trabajo porque había sido “depurado”, y no me dejaban estudiar. ¿Qué iba a ser de mi vida? Intenté sin éxito trabajar en las cosas que nadie quería hacer: cazador de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata, enterrador en el Cementerio de Colón, barrendero de calles, basurero… era, verdaderamente, un grupo de oficios kafkianos. Pero ni así. Los jefes de personal me miraban con recelo, y cuando yo les contaba que me habían botado de la Escuela de Física, ahí mismo terminaban la entrevista con un NO rotundo. Nadie iba a meter la mano en la candela por mí. Yo ni siquiera contaba con un papel que explicara los motivos de mi expulsión -un refinamiento muy utilizado, con el objetivo de no dejar rastros del abuso- pero ellos tampoco lo necesitaban. Yo me sentía como un leproso o un apestado de la Edad Media, pero en pleno siglo XX.

Y para colmo, en esos días me llegó un telegrama con una citación del Ejército. Me estaban llamando a filas, al Servicio Militar Obligatorio. Me esperaban tres años más, tirados a la basura.

Así las cosas, no me quedó más remedio que tocar la tecla de las amistades influyentes, o para decirlo en lenguaje coloquial, las “palancas”. Hasta ese momento yo no quería, todavía era tan románticamente ingenuo -por no decir imbécil- como para pensar que la evidente injusticia de la que había sido objeto iba a caer por su propio peso. Pero no encontraba otra opción. Todavía no estaba totalmente consciente de la maldad intrínseca del sistema.

Raúl Roa García

Y aprovechando mi amistad con Raúl Roa, que en ese tiempo era Canciller -es decir, Ministro de Relaciones Exteriores- me dispuse a visitarlo. Lo llamé, le dije que tenía que hablar con él, y me citó para el día siguiente a las 8:00 am. Llegué al ministerio antes de esa hora, y lo esperé en la entrada. En cuanto llegó me vió y le dijo a su escolta que me dejara acercar. Subimos juntos los tres en el elevador a su despacho. Más que una oficina, me pareció un lugar atestado de libros y objetos personales, como correspondía a alguien que había vivido y acumulado cultura suficiente para dar y regalar. Además era un fumador empedernido -un par de paquetes al día-, y a esa hora ya la secretaria le había puesto en su buró la primera cajetilla nuevecita. Era tabaco rubio.

Mientras la cafetera colaba, le empecé a contar lo que me estaba sucediendo. No le oculté la verdad. Comencé diciendo algo así como: “Yo sé que Ud. y yo no pensamos igual. Pero he sido objeto de un gran abuso”. Por supuesto, yo era un adolescente con muy poca experiencia de la vida, y él era un culto intelectual y profesor universitario formado en las ideas marxistas y fundador junto con Mella del Partido Comunista. Pero lo consideraba mi amigo, y a mí no me gusta mentirle a nadie, mucho menos a un amigo. Así que mi argumentación no estuvo basada en negar los cargos, sino en hacer ver lo ridículos que eran y que no justificaban mi expulsión de la carrera.

Su cara se entristeció. Me explicó que él pensaba que lo que yo le iba a pedir era una beca en el extranjero, que no se esperaba la historia que estaba oyendo de mis labios. Dijo algo así como “No sé cómo te has dejado enredar por esa gente”. Yo tenía la impresión que aunque quizás no compartiera mis ideas sobre política, de alguna forma estaba de mi lado, sabía con qué tipo de gente tenía que lidiar, y estaba dispuesto a ayudarme. Hasta mucho tiempo después, no supe cuánto.

Dijo “Bueno, yo no puedo darle para atrás a lo que pasó, pero haré todo lo posible por atenuar el castigo”. A ver -me preguntó- ¿qué sanción te impuso la asamblea?. Precisamente -le contesté- esa es una de las cosas que quisiera que se dieran: no ha habido asamblea. Me llamaron a la dirección, me leyeron un papel del cual no me dieron copia, y me dijeron que me fuera. Así, indefinidamente. Se le encendió el rostro: ¡Pero eso no puede ser! ¡Tienen que hacerte un juicio delante de tus compañeros, dejar que ellos opinen y que decidan si se te aplica o no una sanción específica!. Dame unos días, y yo veré qué puedo hacer.

Y vaya que se ocupó. A los tres días de aquello, luego de casi un año de no tener la menor noticia de la Escuela de Física, recibí una citación para celebrar la asamblea. En ella, a pesar de que “los duros” de la escuela como Rogelito y comparsa seguían pidiendo mi separación definitiva de la Escuela de Física y de la Universidad, la representación de la Facultad de Ciencias planteó la posibilidad de someterme a un proceso de “reeducación” en una institución de la propia universidad durante un año, al cabo del cual y según mi comportamiento, se valoraría la posibilidad de dejarme terminar la carrera.

Esta es la resolución que por fin, luego de dos años de negarse a hacerla, se vieron obligados a redactar para documentar mi expulsión de la Universidad de La Habana. Es una copia, porque el documento original sólo me lo dejaron leer unos instantes, y luego me lo quitaron. Sin embargo, yo logré hacer una copia a mano del texto, y luego lo reproduje a máquina. Por eso no aparece firmado por Chomy, aunque él fue el que firmó la sanción.

Esta es la resolución que por fin, luego de dos años de negarse a hacerla, se vieron obligados a redactar para documentar mi expulsión de la Universidad de La Habana. Es una copia, porque el documento original sólo me lo dejaron leer unos instantes, y luego me lo quitaron. Sin embargo, yo logré hacer una copia a mano del texto, y luego lo reproduje a máquina. Por eso no aparece firmado por Chomy, aunque él fue el que firmó la sanción.

Yo no tengo pruebas, pero sí la fuerte sospecha de que fue la mano de Roa la que, a través de alguna amistad en la Facultad de Ciencias -que por supuesto mayoreaba a la Escuela de Física- obligó a los tarúpidos de mi Escuela a hacer la asamblea y al mismo tiempo abrió la posibilidad del regreso a la carrera al proponer mi “reeducación”. Pero su nombre no apareció por ningún lado, como era de esperarse. Por algo era diplomático.

Y si para mí la experiencia de la asamblea fue traumática, no lo fue mucho menos para mis compañeros. La mayoría estaba aterrorizada por haberlos hecho participar en aquello. Porque si se ponían de mi parte, muy posiblemente correrían mi misma suerte. Y si no lo hacían, se convertían en cómplices de un abuso. En definitiva, casi todos optaron por el silencio o en el mejor de los casos, por un masculleo ininteligible. Luego, de uno en uno, en privado y cuidándose mucho de que no los vieran, me fueron dando sus excusas por no haberme defendido.

Hubo, sin embargo, tres honrosas excepciones: Roberto Fraxedas, su esposa Bertha Meléndez y Jose Luis Perez Comesañas (le decíamos el Jimmy). Los tres eran mis amigos y los tres me defendieron a capa y espada. Gracias a ellos en buena medida, prevaleció la opinión de la Facultad de Ciencias sobre la propuesta de la Escuela de Física y por ello la expulsión no fue definitiva. Y por supuesto que les costó. Al terminar la carrera, a Roberto -un tipo extraordinariamente inteligente y hábil- lo pusieron a dar clases en una prepa. Difícilmente hubieran podido encontrar algún lugar de menor categoría. El claro objetivo: humillarlo. No importaba que se desperdiciara una mente excepcional, dando clases de física a nivel elemental.

Y con el Jimmy ocurrió un incidente que estuvo a punto de costarle muy caro. El usaba el pelo largo. Eran los tiempos en que eso se perseguía en Cuba, y él ya había tenido problemas por ello, es decir, lo habían mandado a pelarse bajito, pero no había hecho caso. En ese tiempo, el mundo occidental se estremecía por una ola de protestas entre los jóvenes. Eran los famosos hippies, uno de cuyos rasgos característicos era dejarse el pelo largo. Pero eran protestas contra el capitalismo, la Guerra de Vietnam, y cosas así. A unos ojos normales, dejarse el pelo largo correspondía a alguien que estaba protestando contra el capitalismo. Pero en Cuba, el gobierno -es decir, el Fifo- interpretaba el pelo largo como una señal de protesta contra el comunismo, no contra el capitalismo. Y por ello, los “peludos” y “bigotudos” eran molestados constantemente.

Durante la asamblea, como el Jimmy me estaba defendiendo, suscitó el odio de uno de nuestros compañeros de clase que se decía muy comunista, el cual comenzó a increparlo por su pelo largo, como una forma de agredirlo. Y el Jimmy, que ya estaba cansado de la cantaleta de que se cortara el cabello, le contestó algo así como: “Yo no sé por qué me dicen que me pele, si por ejemplo, el Che tenía el pelo largo y nadie se metía con él…”.

Al verse derrotado con un argumento tan incuestionable, aquel sujeto asumió la actitud de alguien al que le hubieran profanado la memoria de un familiar muy querido y comenzó a vociferar totalmente fuera de sí: “¿Y tú te atreves a compararte con el Che?!!!!” y con la misma agarró una silla y le fue para arriba al Jimmy con la intención de tirársela por la cabeza. Y lo hubiera hecho si sus vecinos no lo hubieran sujetado. Aquella frase le costó al Jimmy varios años de castigo, la retención de su título, etc.

Cuando la asamblea terminó, aunque me había librado de la expulsión definitiva, yo me encontraba deprimido y cansado. Tratando de distraerme, Bertha y Roberto me invitaron al cine. Y dio la casualidad que la película que escogieron (yo no estaba de humor como para participar en la selección) fue precisamente Lord Jim, protagonizada por Peter O’Toole.

Aquella historia me causó una profunda impresión. Tan profunda, que más de 40 años después, me sigue emocionando. Esa cierta predisposición que tenemos los humanos a meternos en la trama de una obra genial y disfrutarla como si la estuviéramos viviendo, me hizo sentir que Joseph Conrad la había escrito expresamente para mí.

El argumento es sencillo pero denota un amplio conocimiento de la naturaleza humana: un oficial inglés recién egresado de una escuela de marinos, se enrola en un barco que viaja por los mares del sur de Asia. Al poco tiempo sufre una torcedura de tobillo que lo obliga a permanecer en tierra durante su recuperación, mientras el barco sigue su camino. Una vez sano, se enrola provisionalmente como primer oficial en otro buque que se dirige al puerto donde está en ese momento la nave inicial, con el propósito de reincorporarse a su puesto. Este segundo buque es el Patna, una nave desvencijada que transporta 800 musulmanes que van en peregrinación a la Meca. Las condiciones del buque y el trato a los pasajeros, son pésimos. Todos los marineros, incluyendo a su capitán, son unos rufianes despreciables. Pero él quiere alcanzar al barco original y no le importa trabajar provisionalmente en éste, con tal de lograrlo. Al fin y al cabo -piensa él- solo será algo temporal.

Y aquí es donde el destino le juega una mala pasada: durante el viaje, se presenta una terrible tempestad que amenaza con volcar el buque y enviarlos a todos al fondo del mar. Al principio él trata de maniobrar el barco para mantenerlo a flote, pero el capitán y el resto de los marineros deciden evacuarlo. El problema es que sólo hay dos botes salvavidas, y 800 personas no caben en ellos.

Al principio él rechaza abandonar el buque pero el capitán le grita que salte por la borda hacia el bote salvavidas. La lucha entre su moral que le dice que no abandone el buque y el instinto de conservación que le dice que se salve él sin importarle el resto de los pasajeros, lo mantiene indeciso durante un instante que parece eterno. Pero tiene un momento de cobardía y de pronto se ve en el bote, abandonando el buque y los peregrinos a su suerte. Una fracción de segundo después de haber saltado se arrepiente de haberlo hecho. Pero no puede regresar de nuevo al buque, cuya borda es mucho más alta que el bote salvavidas, y éste se aleja rápidamente en el agitado mar para no ser detrozado por el grande.

A partir de entonces el sentimiento de culpa no lo deja tranquilo. El resto de la tripulación, segura de que el buque se ha hundido y para evitar el posible castigo por su cobardía, se pone de acuerdo para decir que ellos trataron de salvar a los peregrinos hasta el último momento, pero que sencillamente fue imposible y ellos fueron los únicos sobrevivientes.

Sin embargo, cuando al cabo de varios días de navegar por fin llegan a un puerto, su sorpresa no tiene límites al encontrar al Patna amarrado a un muelle. Resultó que poco después de ser abandonado por ellos, un buque francés pasó por allí cerca, encontró el Patna a la deriva, y fue capaz de abordarlo y remolcarlo al puerto, salvando la vida de los peregrinos y hundiendo en el descrédito y la ignominia para siempre a la tripulación. Por supuesto, se celebra un juicio. Y aunque legalmente no recibe castigo, a los ojos del mundo y sobre todo a sus propios ojos, él queda como un cobarde. Está desecho, deprimido, en fin, él mismo se desprecia.

Durante el resto de la novela -que por supuesto no voy a contar completa para no echarle a perder la lectura a los que no la hayan leído- la vida del protagonista se ve muy fuertemente sesgada por el sentimiento de culpa y por sus intentos de rehabilitarse ante los demás y sobre todo ante él mismo. Y sin entrar en detalles, he de decir que al final lo logra.

Y aunque yo sentía que no había cometido una falta sino que al contrario había sido objeto de una gran injusticia, mi inmadurez y mi adolescencia hacían que sí sintiera una cierta sensación de culpabilidad y por ello en ese momento me identifiqué completamente con el personaje de Lord Jim.

En mi caso, sin embargo, no tuve que hacer grandes sacrificios para recuperar mi autoestima. He tenido suerte. La Historia se ha encargado de desprestigiar a mis verdugos, los comunistas, que han visto como sus teorías, sus ideales y sus tinglados en general han ido a parar al mismo sitio que los nazis u otros tantos intentos estúpidos de dominar al Hombre: al basurero.

Y como este relato ya se está haciendo demasiado grande, la historia de cómo me fue en mi “reeducación” y cómo logré al final librarme del SMO (Servicio Militar Obligatorio)  y obtener mi título de Licenciado en Física, se quedará para otro artículo.

Jimmy y yo, casi cuarenta años después de los hechos relatados, celebrando nuestro reencuentro en Miami

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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6 respuestas a Lord Jim

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  3. Enrique Feterman dijo:

    quisiera saber su nombre, yo fui estudiante del Ipue Cepero Bonilla 1963-66

    • azayas48 dijo:

      Hola, Enrique. Mi nombre es Alfredo David Zayas Cañedo, y soy de la tercera generación, la que entró en 1964. Era del claustro de francés y mi grupo era el C. Otro dato: el primer día del curso Uds. hicieron un pequeño acto de bienvenida a los nuevos y como yo era uno de los pocos que habían llevado una guitarra, aún sin conocernos bien me encaramaron en el escenario para que diera la cara por los nuevos y tuve que cantar Tabú. A partir de ahí, se me quedó el nombrete.

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