La niña verde

Aunque para los que conozcan el ambiente chilango el título de este artículo les puede recordar que en nuestra fauna política contamos con un Niño Verde, les aseguro que esta historia no tiene nada que ver con él ni con la novela homónima. (Para los no versados en el caló mexicano: chilango es el gentilicio de los capitalinos, y el Niño Verde es un personaje representativo de lo peor de nuestra política).

Considero que México es un país precioso, lleno de gente amable y valiosa, con una historia envidiable y con unos recursos naturales fantásticos. Pero no soy ciego a los graves problemas que tiene: el narco y lo que trae aparejado -la inseguridad ciudadana y la corrupción de la policía y los políticos-, los bajos niveles de educación con su secuela de miseria y falta de oportunidades laborales, los sindicatos mafiosos, etc. Pero quisiera referirme a otro problema que no por menos conocido es menos acuciante: el problema de los indígenas. En México casi la tercera parte de la población pertenece a una de las muchas etnias indígenas. Y aunque según la Constitución todos somos iguales ante la Ley, la realidad es que son ciudadanos de segunda: no hablan bien el español y sus oportunidades laborales se ven reducidas al máximo en este mundo ya de por sí muy competido. No pretendo explicar el problema a fondo y mucho menos resolverlo, sino relatar aquí algunas experiencias que tuve al llegar a México.

Era de esperar que luego de sufrir durante 32 años la dictadura castrista, sintiera una gran alegría y un deseo ciego de agradecer a alguien o a algo por la libertad recién recuperada. Y aunque ya no era particularmente religioso, quiso el destino que al poco tiempo de mi arribo me relacionara con un grupo de sacerdotes maristas del Colegio Franco-Inglés que organizaba misiones a comunidades indígenas para llevarles ropa, alimentos y sobre todo esperanza a esas pobres gentes. Allí aprendí que en México -hablando en términos beisboleros- la miseria juega al duro.

Quizás para dar una idea de cómo era aquello, lo mejor sea transcribir parte de una carta de las muchas que le escribí a mis padres en aquellos tiempos:

México, 17 de noviembre de 1996.

Queridos Viejos: 

Les escribo ya de noche porque acabamos de llegar de la misión. Fué en un pueblecito de las montañas a unas 4 horas de aquí, hacia el noroeste del DF, que se llama Santa Rita de la Cuesta. Está en la pura sierra, a 2800 metros de altura. Fuimos Javier y yo con Pedro (el sacerdote) y el grupo de misiones del Colegio Franco-Inglés. Ha sido una experiencia muy bonita y aleccionadora para mí y para Javier. Esas gentes viven en la miseria más absoluta, y sin embargo encuentran motivos para tener fe y agradecer a Dios por lo poquitísimo que tienen. Y a pesar de su miseria, son gentes de una nobleza excepcional. Prácticamente sus únicos alimentos son elotes (maíz), que ellos mismos cultivan y chiles (ajíes picantes). Las ropas son trapos en jirones, y eso que allí por la noche el frío es terrible (hoy por la mañana amaneció helado). Ni hablar de zapatos. Ni de televisión, teléfono, y cosas por el estilo. Pisos de tierra. Cocinas, un círculo de piedras con leña en medio. Bolas de niños, mujeres jóvenes agotadas con tantos partos, con los huesos tan frágiles que se les rompen de un tropezón. Cuando les das las manos, sientes como si estuvieras tocando la piel de un elefante, de puro rugosas. En fin, la miseria al duro. Y sin embargo, nos llevaban lo mejor que tenían: tortillas y salsa de chile. Ayer llegamos temprano y nos dividimos en grupos para ir a visitarlos e invitarlos a las actividades: a las 4:00 pm, juego de fútbol, a las 5:00, pastorela, a las 6:00, la misa, y a las 7:00, el bazar. Detectamos varios enfermos que no podían moverse, y hoy Pedro les llevó la comunión. También les regalamos a cada familia un calendario de Adviento, que hizo Chayito, con un propósito diario para hacer el bien, del primero al 25 de diciembre. Le quedó muy bonito, pero a pesar de ser una simple hoja de papel, esas gentes lo tomaban casi con veneración, como si fuera de gran valor. Es que viven tan abandonados y perdidos en la sierra, que el sólo hecho de irlos a visitar ya es un acontecimiento inusitado, una gran fiesta. Para el bazar logramos reunir unos 100 pares de zapatos, y varios cientos de piezas de ropa de distintos tipos (suéteres, pantalones, etc.). Esto se hizo pidiéndoselos a los padres de los niños del colegio, en las reuniones de los martes. Todo el mundo ayudó. El bazar fue en una de las aulas de la escuelita. Organizamos la cola, y los dejábamos entrar por grupos pequeños, para que fueran escogiendo. A la salida, Raúl (uno de los seminaristas que fueron) les cobraba simbólicamente (nos dieron instrucciones que aunque fueran cincuenta centavos por todo, teníamos que cobrarles algo para que sintieran que estaban comprando, y no que les estábamos regalando las cosas). A mí me tocó repartir el champú que les llevamos (una de las señoras que fué con nosotros es la dueña de una fábrica de cosméticos, y regaló un maletín de bolsitas de muestras con champú, crema y creyones de manteca de cacao para los labios), a la salida del bazar. Dos señoras quisieron besarme las manos en señal de agradecimiento. Otra, lloraba de pura alegría. A mí me parecía que estaba viviendo una escena del medioevo. Bueno, para qué les cuento. Hoy nos repartimos de nuevo en grupos y cada grupo fue hasta el final de su recorrido (las casas están regadas por el campo). Alli cada grupo comenzó un rosario y a medida que ibamos caminando hacia la iglesita (la única construcción decente de todo aquello), se nos iban uniendo las gentes de las casas, hasta que todos terminamos en la iglesia, y comenzó la misa. Pedro hace una misa muy atractiva, con decirles que al final todos terminamos cantando y bailando. A las gentes les encanta, es como una gran fiesta. Aparte, nos divertimos como enanos, como cuando al preparar la pastorela conseguimos un burro, pero la muchacha que iba a hacer de Virgen María no lograba sentarse arriba del animal, porque le tenía miedo. Anoche hicimos una fogata, y todos cantamos. Yo toqué en la guitarra La Guantanamera, Cielito Lindo y Tabú, como siempre. Dormimos en el suelo de una de las aulas, en sleeping bags (sacos de dormir) que llevamos cada uno. Pedro me prestó una cobija, y la puse en el piso y sobre ella el sleeping bag que es de pluma de ganso y tiene un zipper grandísimo. Cuando te encierras ahí adentro, sientes un calorcito muy agradable. Yo estaba muerto de sueño, al punto que me dormí enseguida, mientras la muchachada siguió alborotando y tirándose zapatos tennis hasta que Pedro se cansó y les llamó la atención. Yo sentía el alboroto, pero tenía tanto cansancio que no me molestaba, los sentía como en background. En fin, que la pasamos “de pelos”, como dicen aquí en el slang del bajo México, como equivalente a “de maravilla”. La sensación de hacer un bien es la mejor recompensa que se puede recibir.

Hasta aquí la carta, pero no los recuerdos. Una vez conocimos a un señor que nos contó que tenía cáncer bucal. Nos topamos con él en un sendero de tierra, empinado entre los cerros. No tenía zapatos. Las lesiones ya se veían a simple vista en sus encías. Nos dijo que hacía tiempo que padecía de eso, y que cada vez se sentía peor. Estuvimos conversando con él un rato. Parecía un hombre cansado y desnutrido. Por la abertura de la camisita blanca que traía por todo abrigo, se le veían las costillas. Unos 30 días después, la siguiente vez que fuimos a la misión, lo buscamos para decirle que le habíamos conseguido que lo atendiera un médico en Toluca. Pero llegamos tarde. Ya había muerto.

Otra vez conocimos a un niño de dos años que todavía no caminaba ni hablaba. Se arrastraba como un gusanito por la tierra, con sus piececitos colgando. Yo pensé que era una malformación congénita, y a la siguiente vez le llevé a la madre un frasquito con unas vitaminas pediátricas en solución, sabiendo que era como una gota de tinta en el mar, pero no se me ocurría otra cosa que hacer. La madre me preguntó que cómo se las daba. Entonces yo le pregunté qué desayunaba el niño, y ella me contestó que “un atolito” (atole es, para los que no lo sepan, una bebida lechosa que se hace con harina de maíz y agua). Bueno -le dije- póngale 10 gotas en el atole. Y entonces, pensando en repetir la dosis en la comida, le pregunté qué más comía en el resto del día. Y la mujer se me quedó mirando sin saber qué decir, hasta que yo comprendí que ¡el niño no comía nada más en todo el día!. Aquello no era una malformación congénita. Aquello era la más acabada muestra de desnutrición que yo hubiera conocido nunca. Aquel niño, literalmente, se estaba muriendo lentamente de hambre, y su cerebro y sus piernitas estaban pagando la parta más cara de la factura.

La vez de la bicicletas sentí ternura. Resulta que les conseguimos dos bicicletas de uso pero en buen estado, para regalárselas a los niños de aquella aldea. Esa ocasión fuimos en una camioneta y las amarramos bien en la cama. Pero el problema era que había decenas de aspirantes, y sólo dos bicicletas. Las tuvimos que rifar. Y aquellos niños, antes de la rifa, se acercaban a la cama de la camioneta, que era bajita, y le pasaban las manos a las bicis como si estuvieran acariciando un animalito. A mí se me engurruñó el corazón.

La niña verde tendría unos 12 años -aunque parecía de 8-, y era hija de una de las mujeres de la aldea. Le puse así porque desde que la ví por primera vez supuse que tenia un problema hepático. Estaba gordita, pero su piel tenía un marcado tono verdoso que no presagiaba nada bueno. Le conseguimos un turno con un pediatra de Toluca, y una tarde la fuimos a buscar. Aquello provocó un gran revuelo en el pueblo. Mientras la madre fue a preparar las maletas -porque eran muy pobres, pero eran gente buena y por supuesto no iba a dejar ir a su hija sola al médico- yo estuve conversando con un grupo de vecinas. Había un frío molesto, y entramos en una de las chozas para protegernos un poco.

Aunque yo llevaba la chamarra impermeable de pluma de ganso que me habían dado en Canadá, y estaba de frente al fuego que ardía en medio del redondel de piedras que hacía las veces de fogón y que era casi el único mobiliario de la choza, el aire frío que se colaba por las rendijas de las tablas hacía que ni allí uno se sintiera cómodo.

La conversación recayó, como era natural, en temas médicos. Casi todas las vecinas me refirieron algún padecimiento, la mayoría crónicos. Una de ellas me dijo que ya no oía de un oído. Y yo, tratando de ser amable, le pregunté si había tenido una infección u otra cosa parecida. Su respuesta me dejó atónito. Me dijo: “No, no fue una infección. Fue mi señor, que llegó un día borracho y me dió una patada por el oído tan fuerte que me dejó sorda”. Yo no podía creerlo. Así que además de la miseria y la ignorancia, esas pobres mujeres tenían que soportar el abuso de sus esposos.

Y además, se refería a él no como “el cabrón de mi ex-marido”, sino como “mi señor”, de manera que seguía unida a él y respetándolo. Yo no pude dejar de pensar en la diferencia del caso si hubiera pasado en Cuba. Con todo y el comunismo. Porque allí no lo hubieran bajado de hijo de puta, y el madrazo que le hubieran dado como respuesta todavía le estuviera doliendo…

Pero bueno, prosigamos con el cuento de la niña verde. Por fin llegó la mamá con sus maletas y nos fuimos todos a Toluca a la consulta del médico. Este, luego de examinarla, me dijo bajito: “¿Sabes lo que tiene esta niña?: hambre”. ¿Cómo? -le dije- y entonces me explicó: Cuando el hambre es de verdad grande, el organismo comienza a defenderse como puede. Una de las cosas que hace es retener los líquidos que normalmente se expulsarían como desechos, para tratar de reprocesarlos. Por eso está gordita y verde. No es nada hepático. Denle comida, y verás como al principio en vez de engordar, enflaquece porque se desprende de esos líquidos. Luego, si sigue comiendo, engordará pero ya de salud, no de miasmas.

Y eso hicimos. le dimos comida. Estuvo viviendo un tiempo en casa de una de las señoras de la misión, y mejoró. Pero uno siente que no puede con tanta miseria. Porque salvamos a una, pero quedan diez mil, cien mil, millones más. Y uno no puede con todo. Te agotas.

Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, hay una gran hambruna en el norte del pais, en Chihuahua y Sonora. Los tarahumaras y los rarámuris están muriendo de hambre. Se están recolectando alimentos y ropa, pero uno siente que no es suficiente. ¡Y eso ocurre en tantos lugares! Cuando hay sequía, los de norte pasan hambre y se mueren, y cuando llueve hay inundaciones en el sur y se ahogan. Y uno se pregunta a sí mismo: ¿Y no podría haber un punto intermedio, más racional y menos dramático?.

Los chinos tienen una frase que dice: “Si le das un pez a un hombre, comerá una vez. Si le enseñas a pescar, comerá toda la vida”. La caridad no es suficiente. No es la solución. Para mí que la solución a estos y otros problemas vendrá con la educación. Pero no puede haber educación con políticos que no la tienen, que no se leen libros “porque no tienen tiempo”, que van por ahí exhibiendo impúdicamente su estupidez, que dicen una burrada tras otra y con sindicatos que son guaridas de criminales y mafiosos que utilizan a sus agremiados para chantajear al gobierno y venderle sus votos.

No tengo puta idea de cómo va a terminar esto -y conste que no soy pejelagartiano, no creo en salvadores iluminados, ya tuve suficiente de ellos-, pero sospecho que si no cambiamos algo, no será en nada bueno. Ojalá me equivoque.

Choza rarámuri

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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