El Patito Feo

A pesar de los 50 y pico de años transcurridos, la escena sigue estando tan vívida en mi memoria como si hubiera ocurrido ayer: mi madre hablaba por el teléfono Kellogs amarillo (en esa época les dió por hacerlos de colores brillantes y a mí me llamaban muchísimo la atención) desde mi casa en La Habana, con mi papá que estaba en Nueva York: -“Alfredo, quédate allá, no te preocupes, el niño y yo nos reuniremos contigo lo antes posible, pero por favor, escúchame bien, NO REGRESES…“-.

Mi padre había ido a gestionar un nuevo embarque de medicinas para su negocio de distribución farmacéutica en Cuba. Dado que el Fifo ya había triunfado y las transferencias monetarias hacia el extranjero eran cada vez más difíciles, los americanos estaban cada vez más renuentes a arriesgar su dinero. “Quédese aquí a trabajar con nosotros -le había dicho el ejecutivo de Boyle & Co., con quien mi papá mantenía un contrato de exclusividad- traiga a su familia, yo le garantizo una plaza para ocuparse del comercio de nuestra compañía con el resto de América Latina“.

Pero por miedo a que nosotros no pudiésemos ir a reunirnos con él en un tiempo prudencial o por mero pánico a cambiar de país y tener que romper con tus costumbres, tu idioma y tu cultura, mi papá regresó a Cuba. Decisión, por cierto, de la que se estuvo arrepintiendo por el resto de sus días.

También recuerdo la emoción que sentí cuando tuve en mis manos la visa waiver que me había conseguido una amiga de la familia para que yo me fuera a EU como niño del Proyecto Peter Pan. Estuve a un tris de que me mandaran, pero mis padres desistieron en el último momento, porque tuvieron miedo de no poder reencontrarnos en un tiempo razonable.

De una u otra forma, estas escenas se repitieron en miles de hogares cubanos. Diríase que la emigración siempre estuvo rodeada de un sentimiento de tristeza y zozobra. Los que emigraban, eran los perdedores. Perdías a tu familia, tus amigos, y hasta tus propiedades, porque el gobierno te quitaba hasta las cucharitas de postre. Tenías que irte prácticamente con lo que llevabas puesto. Nada de relojes, cadenas, anillos, pulseras, aretes. Todo eso, si lo llevabas, te lo quitaban en el aeropuerto.

Además, si querías emigrar tenías que renunciar a tu trabajo y soportar el escarnio público -porque te trataban como traidor-, y tenías que someterte a un castigo que por lo general consistía en que te mandaban “a la agricultura”, es decir, a realizar labores en el campo hasta que te llegaba “la salida”, que se podía demorar años. Otra forma de humillarte.

Y estamos hablando de la emigración legal. Los que decidían irse a la brava, o sea, en balsa, corrían peligro de perder no sólo sus propiedades o su orgullo, sino su vida.

Según el Fifo, los que se iban eran los flojos, los cobardes, los vagos, los batistianos, los mantenidos, los explotadores, los que tenían el alma tan mezquina como para no querer participar en un proyecto tan bonito y tan humano como el suyo, el de la Revolución, que formaría al Hombre Nuevo, un ser eminentemente justo y que tendría por divisa el trabajar desinteresadamente por el bien común. Los que se iban eran lo peor, la hez de la sociedad, los que se metían allá donde estaba la podredumbre capitalista a lamerle las botas al Tio Sam, y por eso nos llamó “gusanos”.

Los triunfadores, los valientes, eran ellos, los que se quedaban.

Así que ser insultado, humillado, y llegar a un país extraño, sin dinero, dejando atrás toda tu vida anterior, tu famila, tus costumbres, a empezar de nuevo. Parece la receta del fracaso. ¿Verdad?

Bueno, ya han pasado 50 y tantos años. ¿Y qué tenemos?

La Habana: el mismo perfil gris y sucio durante medio siglo, incluyendo los coches

Mientras La Habana mantiene el mismo perfil de hace medio siglo (incluyendo los coches) y parece una ciudad bombardeada con cientos de edificios en ruinas, sufriendo falta de agua, de luz y de abastecimientos de todo tipo, Miami, que en los 50 era prácticamente un pueblecito playero de casitas de madera al borde de un pantano, es hoy una pujante y riquísima ciudad, con grandes avenidas y una vida económica envidiable, la puerta de los EU hacia el sur del Continente.

Miami, de un pueblecito playero con casitas de madera a una gran ciudad

El desgobierno cubano, que es experto en echarle las culpas de sus muchos fracasos a los demás -con los EU en primer lugar, claro- dice que la escasez se debe al bloqueo. Pero en realidad Cuba no está bloqueada. Cuba puede comerciar con Canadá, Japón, Francia, Inglaterra, Italia, Alemania, España, etc. Pero como no paga, ella misma se cierra los créditos. Por cierto, ¿a que no adivinan cual es el principal suministrador actual de productos agrícolas al desgobierno cubano, con un monto anual de alrededor de 800 millones de dólares repartidos entre maíz, trigo, soya, pollos congelados y otros artículos similares? ¡Los Estados Unidos! Además, la falta de manzanas quizás pudiera achacarse a una causa externa. Pero la falta de boniatos, de malangas, de plátanos y de mangos difícilmente pueden explicarse en una tierra tan fértil que uno tira una semilla a la ida, y a la vuelta ya está naciendo la matica. Según datos del propio gobierno, el 60% de las tierras requisadas por el Estado a sus legítimos dueños con el supuesto objetivo de ponerlas a producir, están cubiertas de marabú, un arbusto espinoso de muy fácil reproducción y que no sirve para nada. Hoy hay que importar el 80% de los productos alimenticios. Con lo cual podemos afirmar que la tan cacareada Reforma Agraria resultó como el perro del hortelano: ni comió, ni dejó comer.

En 1958 había 161 centrales azucareros que producían unos 6 millones de toneladas anuales. Durante la Segunda Guerra Mundial, sin grandes aspavientos y acicateados por el alza en el precio del azúcar -que se podía utilizar para fabricar alcohol, que a su vez se usaba para hacer el TNT que utilizaban las bombas- se produjeron 8 millones de toneladas. Hoy, de los 161 sólo quedan 46 -los demás son chatarra- y producen a duras penas un millón y medio de toneladas, lo mismo que se hacía en 1850 usando carretas y trapiches de bueyes. El rendimiento por caballería es varias veces menor que el de Brasil.

En 1959 en Cuba tenía 6 millones de habitantes y 6 millones de cabezas de ganado. Una vaca por habitante. Hoy hay 11 millones de personas y la masa ganadera no llega a los tres millones de reses. Al cumplir los 7 años, a los niños se les suspende la entrega de leche por la libreta de abastecimientos.

Todo escasea: la comida, la ropa, los zapatos, el transporte, las comunicaciones (el cubano de a pie no puede solicitar una conexión a internet para su casa) .  No existe libertad de expresión, todos los medios de prensa (radio, tv, periódicos, revistas) están en manos del estado, con lo cual no existe la posibilidad de hacer críticas públicas. No hay libertad de movimiento: para salir del país el cubano tiene que solicitar un permiso al Estado, el cual lo utiliza como instrumento de poder: si te portas bien, sales; si te portas mal, te castigo y no sales. Incluso dentro del país, para irte a vivir desde una ciudad del campo hacia la capital, tienes que solicitar un permiso especial.

No hay libertad de asociación, ni política ni de ningún otro tipo: nadie puede fundar una sociedad de nada, y sólo hay un partido político legal -el Partido Comunista, claro-, y si tú intentas fundar uno por tu cuenta, estás cometiendo un crimen y te haces merecedor de muchos años de cárcel.

Hasta hace poco no podías tener un negocio propio, ni siquiera un carrito de granizados (hielo raspado añadido con agua de sabores, para los que no entiendan). Tener algo así era despreciable y denigrante, “la explotación del Hombre por el Hombre” según Marx. Ahora esos supuestos han cambiado. La situación económica ha empeorado tanto que el gobierno no ha tenido de otra que recurrir al odiado capitalismo. Y han empezado a permitir algunos oficios: zapateros, manicures, plomeros… Incluso están permitiendo que pongas un pequeño restaurant o un hotelito y que tengas empleados, aunque el éxito de la operación está en duda porque por un lado dicen que lo permiten, pero por el otro no existen mercados mayoristas donde estas empresas puedan abastecerse y además ponen unos impuestos leoninos que son dignos del prestamista más desalmado y rapaz. Por ejemplo, los hoteleros pagan un impuesto en dólares consistente en una cantidad fija por cuarto que rentes. O sea, no es un impuesto sobre tus entradas, sino un impuesto fijo, lo rentes o no. Además, es de suponer que la economía de un país no dependa de la cantidad de manicures que tenga, sino de las industrias básicas: energía, cemento, acero, transporte, comunicaciones… y esos rubros permanecen exclusivamente en manos del Estado.

Por otro lado, el famoso Hombre Nuevo les ha salido un poco desviado del objetivo inicial: en lugar de alguien desinteresado, culto, honesto y trabajador, entre la juventud cubana ha proliferado el vicio, el habla carcelaria, el desencanto y el “bisne”, o sea, la costumbre de robar y vivir del cuento. La escala de valores morales y sociales se ha invertido: la juventud no aspira a ser arquitecto, ingeniero, médico, abogado o juez. Esos trabajos son despreciables puesto que el salario se paga en pesos cubanos, que no tiene poder adquisitivo. La aspiración de los jóvenes de ahora es ser chofer de taxi para extranjeros, barman o portero de un hotel… en fin, cualquier trabajo que les permita estar en contacto con “los fulas”, o sea, los dólares.

Pero lo peor, es que no te puedes quejar. Si lo haces, pronto tendrás frente a tu casa turbas arreadas por los organismos represores del Estado, que te tirarán piedras, te amenazarán y te someterán a un tratamiento combinado de patadas, puñetazos y empujones, para que “recapacites” y dejes de quejarte.

Hace 50 años, difícilmente hubiera podido imaginarse un fracaso tan profundo y amplio como el del desgobierno de la Cuba actual. Un verdadero Estado fallido, sin discurso y sin porvenir, sostenido solamente por el poder del varapalo y el miedo. Vaya, la típica dictadura latinoamericana, esta vez con toques de stalinismo y gerontocracia.

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Mientras, en ese mismo tiempo, los “derrotados” hemos avanzado. Sin la preclara y gloriosa guía de un caudillo omnipotente, sino con el sencillo expediente de levantarse temprano todos los días a trabajar sin tener que gritar consignas a favor del gobierno ni espiar al vecino, hemos logrado cosas sorprendentes.

Aunque las estadísticas sobre este tema se ven comprometidas por el secreto en que el desgobierno cubano mantiene sus datos económicos, cálculos aproximados arrojan resultados asombrosos: los cubanos que vivimos afuera (unos 2 millones), a pesar de que somos sólo la quinta parte de los que viven en la Isla (unos 11 millones), producimos 10 veces más en valor absoluto. De manera que somos 5 x 10 = 50 veces más productivos.

Y por si quedara alguna duda de ello, actualmente la principal fuente de divisas de la Isla no es ni el azúcar ni el níquel, sino las remesas que mandamos los que nos fuimos, para ayudar a mantener a nuestros familiares que se quedaron en Cuba.

Por eso un viejo chiste cuenta que nosotros, los gusanos, al final nos convertimos en mariposas…

Pero creo que de estos hechos se pueden sacar conclusiones más profundas: muchas veces he oído el argumento de que si no nos hubiéramos ido, ya aquello habría cambiado. Que al huir, estábamos aceptando la derrota y dejándole el terreno al enemigo. O sea, que fuimos cobardes.

Sin embargo, creo que ese análisis es superficial y no considera otro aspecto muy importante del asunto: al irnos -aunque quizás no fuera nuestro propósito principal-, estábamos provocándole el mayor daño posible al desgobierno: dejarlos sin el producto de nuestro trabajo. Y esa es en definitiva la razón que ha llevado al régimen al colosal fracaso de hoy.

Sin restarle ningún mérito a los que se quedan y luchan desde adentro de manera pacífica pero decidida por sus derechos ciudadanos -una tendencia que cada vez toma más fuerza en la Isla y que ya tiene mártires, como Orlando Zapata Tamayo, Juan Wilfredo Soto García y la recién fallecida y muy admirada Laura Pollán-, digamos que la sociedad cubana se ha venido filtrando constantemente desde hace medio siglo: todo aquel que no quiere que la vida se le vaya en un pugilato de resultado incierto y tiene aspiraciones de mejorar en el futuro, de no ser un simple peón en las manos de un loco asesino, de lograr cosas en la vida, se va. De una u otra forma, pero se va. De manera que en Cuba se quedan los más manipulables, los menos dispuestos a luchar por sí mismos, los menos capacitados. No puedo ser absoluto porque sé que la verdad casi nunca se encuentra en los extremos -yo mismo conozco varios casos de personas muy hábiles que permanecen allá por motivos familiares, y recientemente han aparecido figuras muy brillantes como Yoani Sánchez, Claudia Cadelo, Miriam Celaya y otra serie de blogueros y periodistas independientes, o sea, no pagados por el Estado- pero sí creo que hablando en general, puede decirse que acá estamos los más emprendedores, que en definitiva son los que mueven la economía. Y los buenos que se quedan allá, no pueden poner en práctica sus buenas ideas porque el régimen no se los permite, de manera que se frustran y tampoco producen al nivel de su intelecto y capacidad.

Así, el desgobierno cubano se ve enfrentado a una contradicción: mientras más trabas ponga a la emigración, más gente inconforme dentro de la Isla. Pero si abre un poco la mano, se le van los más capacitados. O para decirlo con la letra picaresca de una famosa conguita cubana: “Mami, como quiera que te pongas, tienes que llorar…”

De manera que esto se parece mucho a la historia del Patito Feo. Los que comenzamos en el papel de derrotados, nos hemos convertido en el cisne del cuento.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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3 respuestas a El Patito Feo

  1. Excelente artículo el suyo que muestra el desarraigo de la familia cubana como consecuancia directa del castrismo.
    Hoy Cuba es un desastre mientras millones de cubanos exiliados han contribuido al desarrollo de otros países destacándose en las artes, las ciencias, la economía y en todas las esferas de la actividad humana.
    Fidel Castro ha destrozado a la nación cubana.

  2. Certero retrato de la Cuba socialista, que deberían leer todos aquellos que a pesar de todo y sin que yo pueda explicarme por qué, aún la admiran….

  3. Pingback: El Cepero (I) | Las cosas que me gustaría saber

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