Una catarsis necesaria

Muchas veces me pregunté cuál sería mi último pensamiento antes de despegar. ¿Sentiría pena o alegría? En realidad no sabía qué iba a ser de mi vida ni cómo le iba a hacer, pero tenía el oculto y firme propósito no regresar, de quedarme en México o donde fuera con tal de no regresar a Cuba, no quería sentir de nuevo la sensación de cobardía que me atenazó durante 8 años por no quedarme en Gander al regreso de Bulgaria. No iba a cometer de nuevo el mismo error.

En aquella ocasión estuve a punto de hacerlo, pero al final no me atreví. Padecía -como casi todo el mundo que vive en Cuba- la atmósfera de paranoia colectiva que el propio gobierno se encarga de alimentar porque sabe que el miedo es la mejor cárcel, una cárcel portátil que va contigo a donde quiera que estés, debido a que “la llevas puesta” como un traje.

Yo traía de regreso a Cuba equipos de dosimetría clínica por valor de unos 20 mil dólares y sabía que no iban a dejar de vigilarme. Pero  no me imaginaba lo ocurrentes que podían ser esos cabrones. En el aeropuerto búlgaro me encontré “casualmente” con un tipo que traía un cuadro enorme del Fifo y me pidió que se lo llevara porque el tenía otros paquetes. Yo me dí cuenta enseguida que era una forma de señalarme: aquel retrato en colores era visible a media milla de distancia. El tipo se sentó a mi lado y estuvo todo el viaje hablándome de sus relaciones con la alta jerarquía del gobierno, con la prepotencia y la jactancia propias de los segurosos, acostumbrados a atemorizar a los infelices de a pie.

Al llegar a Gander nos bajamos todos porque el avión iba a reabastecerse de combustible y las ordenanzas de aviación así lo establecían para evitar exponer a los pasajeros al peligro de un incendio. Ese era el momento en que los que iban a desaparecer aprovechaban para hacerlo, y yo lo sabía. Pero ellos también.

En los salones de tránsito del aeropuerto, aproveché para llenarme los ojos de capitalismo. Gander es un punto perdido en el mapa de Terranova, una isla al noreste de Canadá, muy lejos de los grandes centros urbanos de ese país: Montreal, Quebec, Toronto. Pero para mí era el ombligo del mundo occidental libre, y la oportunidad de escapar.

Me entretuve mirando las revistas de la pequeña boutique. Al poco tiempo, me dieron ganas de orinar y fui al baño. Me encerré en un privado y mientras orinaba pensaba en la posibilidad de quedarme. Sabía que sólo tendría que esperar a que se fuera el avión, presentarme ante un oficial de inmigración canadiense y hacer patente mi deseo. Era mi derecho. En ese tiempo todavía aceptaban a todos sin chistar. ¿Lo hago o no lo hago?

Por un lado estaba mi deseo infinito de ser libre y escapar de la pesadilla comunista y por otro mis padres, mi esposa, mis hijos, y la incertidumbre de qué iba a hacer, de qué iba a vivir, dónde comería esa noche, dónde dormiría…

En ese momento oí por los altavoces la señal de abordar de nuevo el avión, para proseguir hacia Cuba. Y al instante, el tipo del retrato comenzó a aporrear la puerta del watercloset y a gritarme a voz en cuello: ¡Ya, ya, sal de ahí, nos vamos ya!. Evidentemente, me estaba vigilando.

En tres ocasiones anteriores había estado en Guyana como parte de la brigada médica que allí mantenía el gobierno cubano, pero en ese país la influencia de Cuba era inmensa y mi única oportunidad hubiera sido entrar en la embajada americana. Si los gringos no me aceptaban por la razón que fuese, caería preso con toda seguridad. En Canadá, sin embargo, mis posibilidades eran mucho mayores.

Me pasé todo el resto del viaje con unos deseos inmensos de llorar. Había dejado pasar otra vez la oportunidad. No me lo perdonaría nunca.

Al llegar al aeropuerto José Martí, no pude contener las lágrimas. Un guardia de seguridad que vigilaba en inmigración -de esos jabaos pendencieros con motas de pelo sobre las orejas, tan utilizados como carceleros del régimen- me miró curioso. Fue nada más un instante, pero pude leer su mente como si fuera de cristal. Ví su cara de admiración. Apuesto lo que sea a que el tipo pensó algo por el estilo de: “Miren a este muchacho, que patriota, como llora por regresar a su país”. Y yo pensé para mis adentros: “Si tú supieras por qué vengo llorando…”

Eso sucedió en Julio de 1984, el famoso año de la novela de George Orwell.

Pero ahora era Julio de 1992 y no estaba dispuesto a que volviera a suceder. Aquella cobardía me había costado otros 8 años de esclavitud. Además, mi desesperación se veía acrecentada por el hecho de que los niños habían crecido y ahora ya eran jóvenes a punto de tener novios y novias. El pensar que pudieran complicarse con familia -cosa que en Cuba sucede con frecuencia en la adolescencia- me ponía la carne de gallina, porque haría más difícil el emigrar. Y yo no quería que ellos fueran esclavos del Fifo, yo quería que fueran libres y llegaran hasta donde les alcanzaran sus fuerzas y su inteligencia, no hasta donde les permitieran los caprichos del loco asesino.

Por fin el avión despegó hacia México. Mi último pensamiento no fue de tristeza ni de alegría. Fue de odio. Pensé algo así como “Ahí te quedas, tierra de mierda…”. La dureza de mi pensamiento me sorprendió a mí mismo. Por supuesto que no me refería a mi patria, a la que conocí de niño, ni a mi gente. Sino a lo que habían hecho con ella los comunistas.

A escasas horas de mi llegada al aeropuerto de la Ciudad de Mexico, me llevaron a una tienda para comprar los alimentos del resto de la semana. Me paré frente al aparador de los jabones. Sentí un nudo en la garganta. Allí habían decenas de marcas y tipos. No podía dejar de pensar que hacía apenas unas horas yo vivía en un país en que un jabón de muchísima menor calidad costaba en bolsa negra 50 pesos, la cuarta parte del salario mensual de un profesional promedio.

Ya llevaba varios días en México y el nudo en la garganta no me abandonaba. Sentía una mezcla de alegría y tristeza. Alegría por estar en un país libre. Tristeza porque no podía olvidar la tiranía que oprimía a mi pueblo.

Unas semanas antes de salir de La Habana cayó en mis manos un ejemplar de “El dios de la lluvia llora sobre México”, una interesantísima historia novelada de la Conquista, escrita por un húngaro -Laszlo Passuth- . Desde niño yo sentía una gran simpatía por México, pero aquella historia me dio detalles que yo ignoraba y convirtió mi viaje en algo todavía más apetecible. Yo quería conocer los lugares en que se desarrolló aquella historia, y ahora tenía la oportunidad de hacerlo.

De manera que el primer fin de semana, por supuesto, fuimos al Zócalo a conocer las ruinas de lo que un día fue Tenochtitlán, el sitio fundacional de la capital azteca, donde la leyenda cuenta que encontraron al águila posada sobre el nopal devorando a la serpiente. Se diría que tenía la sensibilidad a flor de piel. Caminaba por aquellos lugares y me emocionaba hacerlo. Hacía muchos años que no sentía esa sensación, desde que de niño participaba y sentía la mística de las procesiones de Semana Santa en Trinidad, mi pueblo. Me parecía increíble que la gente pasara de largo sin dedicarle siquiera una mirada a las ruinas de la gran pirámide.

Y en eso estaba, cuando reparé en lo que parecía una banderita cubana. En ese tiempo el asta de la inmensa bandera mexicana que está en el centro de la plaza no estaba a nivel de piso como ahora, sino que tenía una especie de podio cuadrado del alto de una persona. En una de sus esquinas estaba la banderita, pero no sabía por qué. Dirigí entonces mis pasos hacia ella, preguntándome qué podría estar haciendo allí.

Era una señora mexicana. Además de la banderita, había puesto una pequeña mesa en la que descansaba una alcancía. En cuanto se dió cuenta de que yo caminaba hacia ella, vino hacia mí y me dijo: “Señor, por favor, contribuya con lo que pueda a la causa del pueblo cubano, que está pasando necesidades a causa del bloqueo norteamericano a la Isla”. O sea, estaba recogiendo limosnas para mandar cosas para Cuba. Ella no se podía imaginar que yo era cubano (parezco español o gringo, mucha gente me confunde) y que hacía apenas unos días yo estaba sufriendo los mismos males por los que ella se preocupaba.

El nudo en la garganta se me apretó mucho más.

Por un momento pensé en explicarle que el pueblo cubano estaba pasando necesidades, sí, pero no por el embargo norteamericano sino por la maldad de su propio gobierno que impedía que floreciera el comercio y la industria y reprimía con brutalidad cualquier iniciativa privada. Pero desistí de mi propósito porque parafraseando a los comunistas, “no era el momento”. No la iba a convencer, no me creería. Lo importante era que esta señora, con la mejor intención del mundo y con una ingenuidad inmensa pero con un corazón de oro, estaba preocupada por MI problema, a dos mil kilómetros de distancia de mi familia.

Mire señora -le dije- yo no sé si esto es mucho o poco, pero le voy a dar todo el dinero que traigo. Metí la mano en el bolsillo y saqué todas las monedas que tenía -unos pocos pesos que me había dado mi patrón mexicano para que tuviera algo hasta que cobrara mi primera semana formal-. Pero yo lo que más quiero darle no es dinero, sino un abrazo. ¿Me permite darle un abrazo?

A aquella señora se le iluminó la cara y me contestó: ¡Claro que sí!. Nos dimos un abrazo de hermanos. Yo la apreté muy fuerte.

Y de pronto, algo se soltó dentro de mí. Las lágrimas fluían incontenibles. Comencé a sollozar. El llanto me salía de bien adentro. No podía contener los sollozos. La respiración se me enredaba, no sabía si aspirar o expirar. Entonces me dí cuenta que lloraba por mi patria. Por la inmensa tragedia de un pueblo que se entregó a un hombre que traicionó su confianza y lo sumió en la miseria y la desunión. Continué llorando por un buen rato.

Mandy, mi compañero de viaje y de apartamento, que me había acompañado al Zócalo, luego me confesó que por un momento creyó que yo me había vuelto loco. Me tuve que sentar a fumar un cigarro para que aquello se me pasara.

Y entonces noté que el nudo en la garganta había desaparecido. Me sentía pleno, como despertando de un largo sueño. Todo lo contrario a lo que sentía unas horas antes.

Estaba curado.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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3 respuestas a Una catarsis necesaria

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