Un pobre hombre perseguido por todas las policías del mundo

Por más que intento recordar la fecha exacta, no logro hacerlo. Pero tiene que haber sucedido a finales de los 70 ó principios de los 80 porque todavía el CIMEQ -el hospital que se construyó el Fifo para sí mismo sin escatimar en gastos puesto que iba a ser SU hospital- no contaba con equipos de radioterapia.

Debido a ello, a los pinchos (slang cubano para designar a los jefes) y sus secuaces que estuvieran enfermos de cáncer no les quedaba más remedio si necesitaban irradiarse, que ir a parar al Oncológico (29 y F, Vedado) donde yo trabajaba como físico médico.

Por esa razón pasaron por nuestras manos (las de Angelito, Ubaldo, o mías) algunos personajes como fue el caso de Ramón Mercader (el asesino de León Trotsky) o Blas Roca Calderío, comunista de la vieja guardia y a la sazón Presidente de la Asamblea Nacional (o Coro de Castratis, según se mire) al cual le planificamos y dimos radioterapia en la lesión que tenía en la úvula (la campanilla, en lenguaje coloquial). Por cierto, sería muy comunista, pero el perfume que siempre llevaba y que me encantaba oler mientras veía de reojo y con curiosidad la medalla de Héroe de la República de Cuba que traía en su impoluta guayabera, era ciertamente de origen francés y muy pero que muy burgués, completamente distinto al olor del talco Fiesta que yo me veía obligado a usar…

Con Blas Roca ocurrió un accidente que por poco nos cuesta la cárcel: uno de los días de tratamiento estábamos subiendo la camilla del equipo para poner al paciente en posición, cuando de repente se oyó un “crack” y aquella pesada y dura camilla bajó de un tirón todo lo que ya había subido, estrellándose contra el tope inferior y dándole al paciente que estaba acostado en ella -Blas Roca- un tremendo golpe en la espalda.

-¡Ay!-, oímos todos en el silencio que siguió al estruendo mientras nuestros esfínteres, de puro miedo, comenzaron a luchar contra unos incontenibles deseos de orinar.

En dos segundos aquello se llenó de guardias que nos miraban inquisitivamente, sospechando que había sido a propósito. Por supuesto que no pudimos salir de la habitación hasta que Aquilino Santiago y Sosa -los técnicos de los equipos- desarmaron la camilla y quedó bien demostrado que había sido un accidente: los equipos Rokus se fabricaban cerca de Leningrado (San Petersburgo) en una fábrica de cañones y eran tan toscos como el resto de la industria soviética; el mecanismo para subir y bajar la camilla era un simple tornillo de rosca; pero el paso de aquella rosca era del orden de los centímetros y en vez de fabricarlo torneando una pieza de metal enterizo, estaba hecha de una especie de muelle que se había soldado -mal- alrededor de un cilindro que hacía de espiga; y lógicamente, con el sube y baja de miles de pacientes, llegó el momento en que la soldadura cedió y la espiga quedó lisa, sin hilo de rosca, por lo que la camilla cayó a plomo.

Sólo que en vez de sucederle a un paciente cualquiera, sucedió cuando el que estaba en la camilla era el mismísimo Presidente de la Asamblea Nacional. ¡Y luego hay quien niega la Ley de Murphy!

Pero prosigamos con nuestro relato.

Como esa situación se repetía con cierta frecuencia y había que ser discretos, comenzamos a llamarlos “pacientes especiales”. Los había de dos tipos: los normales, y los anónimos. Los normales eran gente conocida -como Blas Roca- y aunque venían en horarios especiales, por puertas y pasillos especiales y no se mostraban a todo el mundo, no había manera de ocultar quienes eran. Los anónimos eran gente clandestina: guerrilleros de alguna parte del mundo, espías, agentes encubiertos o animales de pelaje similar -sospechábamos nosotros- que tenían la desgracia de enfermarse de cáncer.

Con los pacientes especiales anónimos se redoblaban las medidas de seguridad: teníamos que quedarnos hasta después del cierre del departamento para que nadie pudiera verlos ni de casualidad. Por supuesto que nosotros odiábamos tener que quedarnos después del horario de salida pero no teníamos más remedio que hacerlo.

Un día nos avisaron que esa tarde vendría un paciente especial anónimo. Cuando llegó, enseguida nos dimos cuenta que se trataba de alguien realmente especial y secreto. En primer lugar, no cabía duda que era norteamericano. Alto, muy alto, delgado, no hablaba nada de español, sólo inglés con acento neoyorkino y andaba rodeado de guaruras. Si bien el tipo no tenía aspecto de alguien muy maloso, aquello se compensaba con la actitud de los guardaespaldas, que parecían salidos de una película de Hollywood, puros rubios de los que lucen peinados al flap top y escupen por el colmillo.

Se veía a las claras que pertenecían al submundo carcelario. Lo que más me molestaba era que cuando llegaban no tenían la decencia de llamarte por tu nombre, sino que te llamaban con un simple “Pssst” y un gesto con el dedo para que te levantaras y fueras a atenderlos.

El paciente tenía una lesión que le tomaba desde el labio superior hasta parte del tabique nasal, probablemente por el vicio de fumar o quizás el de inhalar drogas, o los dos. Era una lesión superficial y por lo tanto sería tratada con rayos X de baja energía. Para blindar el resto de la cara tuvimos que hacerle una mascarilla sobre la cual colocamos una lámina de plomo con la abertura necesaria para irradiar solamente la lesión. Esto es una técnica común en esos casos.

Cuando pregunté a qué nombre iniciaba la historia clínica, me dijeron que pusiera “Doctor Messnier” y así lo hice. Por supuesto que yo estaba seguro que ese no era su nombre real, pero de esos tipos uno no podía esperar otra cosa. Mientras escribía me preguntaba quién diablos sería en realidad. No podía imaginármelo.

Sin embargo, unas pocas semanas después de comenzado el tratamiento ocurrió algo sorprendente que nos reveló de pronto quien era el misterioso personaje. El Fifo, en uno de esos discursos interminables radiados en cadena nacional para que no puedas escaparte de oírlo, dijo que tenía noticias que la DEA había descubierto que Cuba -es decir, él- le había ofrecido asilo a Robert Vesco. Y hasta boconeó y dijo que era cierto, que sí le  había dado asilo porque era -y cito literalmente sus palabras- “un pobre hombre, perseguido por todas las policías del mundo”.

En cuanto oí aquello salté de la sorpresa, no podía creer que admitiera con tanta desverguenza que le había dado refugio a un criminal y no tuve dudas: ¡yo le estaba dando radioterapia a uno de los hombres más peligrosos del mundo, narcotraficante y estafador profesional, un verdadero zar de la mafia, con fama de eminencia gris en el mundo del hampa!

La segunda conclusión que saqué del discurso fue que si el Fifo admitía con ese desparpajo que andaba en tratos con un narco, se caía de la mata que él también estaba metido hasta las orejas en el negocio de la droga. Dime con quién andas, y te diré quién eres.

Por eso algunos años después, cuando ocurrió el escándalo que le costó la vida al general Ochoa, mandado a fusilar por su propio jefe acusado de traficar droga en sus narices, no me creí ni por un momento el cuento de que lo hacía a sus espaldas. Claro que el Fifo tenía conocimiento del negocio y es más, creo que era el principal beneficiario. En Cuba no se mueve nada sin que él lo sepa, y mucho menos un negocio tan grande. En realidad Ochoa fue el chivo expiatorio que usó para limpiarse porque esa vez los norteamericanos habían conseguido pruebas duras del asunto, las pensaban hacer públicas y si no encontraba rápido una coartada su imagen iba a quedar muy mal parada.

Entonces aprovechó que hacía poco había recibido noticias de que Ochoa andaba por ahí haciendo chistecitos a su costa. Quién sabe, parece que se había hartado de sus locuras. Si lo hubiera hecho un Juan Perez cualquiera, lo hubiera metido preso y sanseacabó. Pero Ochoa dirigía un ejército y había demostrado su valentía en más de una ocasión. Por eso se le ocurrió la idea de echarle las culpas del negocio y decir que sí se había estado traficando droga, pero que él no sabía nada, que era cosa de Ochoa. Así mataba dos pájaros de un tiro: acababa con un enemigo potencial muy peligroso, y se libraba de la acusación de narcotráfico.

Pero yo estaba vacunado contra ese cuento porque tenía mi experiencia personal con Robert Vesco. Yo no sé cómo no se le ocurrió a ningún periodista relacionar las dos historias. Para mí estaba claro como el agua. No podía venir ahora a darse golpes de pecho ni a rasgarse la vestiduras, si unos años antes había defendido públicamente a un narcotraficante mayor. Pero bueno, así es el mundo.

Para terminar la historia del paciente especial, en cuanto terminó desapareció y no lo vi más. Nunca supe si el tratamiento fue exitoso o no, porque para evaluar eso hay que esperar cierto tiempo luego de terminado. Corrían rumores que el tipo vivía en Barlovento y que le pagaba por su estancia al Fifo. Se hablaba de miles de millones de dólares, cosa que para un zar de la droga como él, sería como arrancarle un pelo a un gato.

Justo cuando dejó de ir al hospital, me dí cuenta de que la mascarilla que le habíamos hecho para el tratamiento contenía los datos de su cara y que quizás fuera de interés para la DEA. El problema era cómo hacérsela llegar sin morir en el intento. Pero no duró mucho mi duda. A la semana se apareció por el departamento un agente de la seguridad cubana preguntando por la máscara, y se la llevó. Tardaron una semana en darse cuenta, pero la rescataron. Menos mal que yo no se la había dado a nadie, porque ahí sí que me hubiera buscado el lío de mi vida.

Luego nos enteramos que Robert Vesco siguió viviendo en Cuba como invitado del Fifo, hasta que en Agosto del 94 vino el Maleconazo y Clinton cambió la política de rescatar a todo cubano que los guardacostas gringos se encontraran flotando en el Estrecho de la Florida,  la sustituyó por la injusta ley de “los pies secos o los pies mojados”, y comenzó a llevar a los balseros a la base naval de Guantánamo.

Por ese tiempo escuché un chiste que decía que los gringos tenían como arma secreta la bomba de neutrones, pero que el Fifo también tenía la suya: la bomba de negrones. Y como parece que Clinton no quería otro Mariel, negoció con Castro. El problema es que no se sabe bien qué acordaron.

Pero para mí que entre los acuerdos estuvo el meter preso a Robert Vesco, porque por ese tiempo descubrieron, luego de muchos años de ser considerado “un pobre hombre perseguido por todas las policías del mundo”, que el tipo era agente de la CIA. ¡Qué sagacidad la de los servicios secretos cubanos!

Hay quien dice que el tipo estafó al Fifo y que por eso lo metieron preso. Quien sabe. El caso es que según leí en Wikipedia, lo soltaron en el 2005 y murió en Cuba en el 2007.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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Una respuesta a Un pobre hombre perseguido por todas las policías del mundo

  1. Cesar Rodriguez dijo:

    Exelente post que no deja lugar a dudas en aquellos que lo sospechamos por lustros. Lo conversamos tantas veces, tantas personas estamos seguros de que los Castro son narcos ( yo diria millones) En especial los de nuestra generacion (50, 60 70) Sin embargo ahi estan los hp. La ignorancia, el miedo y la poca moral que prolifera, son sus mejores armas y escudos. Gracias Dr por compartir sus anecdotas.

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