Las maravillas modernas

A veces me asombro al repasar los avances tecnológicos de los que he sido testigo.

Aún recuerdo la tarde en que unos hombres vestidos con uniformes de la RCA, allá por 1951 ó 1952, bajaron de una camioneta con el logo de Humara y Lastra -un conocido minorista habanero de aparatos eléctrónicos- una enorme caja de cartón que contenía la última maravilla de las comunicaciones de entonces: un televisor. Era de madera barnizada en color miel claro con unos misteriosos botones y un orificio al frente por el cual asomaba con timidez una pequeña pantalla.

Sólo habían dos canales: el 4 y el 6, todos los programas eran en blanco y negro y había que esperar a que comenzara la transmisión de la tarde para ver los muñequitos, pero eso no disminuía sino mas bien aumentaba mi entusiasmo. Mientras, un enrevesado dibujo al cual llamaban “patrón de pruebas” era lo único que se podía ver, dizque para que los técnicos de los talleres pudieran ajustar el video de los televisores que estaban arreglando. Mientras estaba el mentado patrón, el aparato se comportaba como un radio y en él se podían oir las novelas de la tarde. Los botones incluían ajustes tan sofisticados como “sincronía vertical”, “sincronía horizontal” y “sintonía fina”, además de los necesarios para cambiar de canal y ajustar el volumen, el tono, el brillo o el contraste. En fin, que había que dedicar un buen tiempo a dominar todos aquellos ajustes. Ni pensar en el control remoto, los ajustes se hacían con la mano.

Y estamos hablando de la capital, La Habana. En los pueblos de las provincias aún no había repetidoras y si querías mal ver una señal llena de “lloviznas”, tenías que instalar una antena gigantesca en el extremo de un poste altísimo y dedicar una buena parte del tiempo a “orientarla”. En Trinidad pasamos muchas noches tratando de orientar hacia Santa Clara -a unos 80 kilómetros y separada del pueblo por la cadena montañosa del Escambray- la inmensa antena que había instalado mi tío en el techo de la casa. En realidad se te iba el tiempo haciendo ajustes y muchas noches no lograbas ver nada más que lloviznas.

Hoy en día veo en la tv en colores una transmisión proveniente de otro continente, con alta definición, en una pantalla no más gruesa que una revista y de un tamaño similar al de toda la caja de cartón de primer televisor que vi y pienso en la naturalidad con que mis nietos lo toman, sin conocer el largo trecho recorrido.

Algo parecido me pasaría a mí con respecto a algunas otras cosas, a no ser por los cuentos de mi abuela materna. Ella recordaba con claridad el momento -en los albores del siglo XX- en que la electricidad se hizo presente y  se encendieron por primera vez los faroles del alumbrado público en Trinidad. Decía que ese día hubo una fiesta extraordinaria y que muchos guajiros de las serranías cercanas habían bajado al pueblo con sus caballos engalanados con cintas de colores en sus crines y sus colas trenzadas, y ya estaban bien borrachos cuando, a las 6 en punto de la tarde, se encendieron los bombillos. Y entonces arreció la fiesta, que duró toda la noche.

Yo por supuesto no vi esa fiesta, pero sí fuí testigo de los primeros pasos del Hombre en la Luna. ¡En aproximadamente 60 años las cosas evolucionaron tan radicalmente!

Recuerdo que de niño, me llamaban la atención las instalaciones eléctricas que había en las casas coloniales trinitarias. Distaban mucho de ser como las actuales instalaciones empotradas. Eso se veía a la legua, porque los cables iban por fuera del techo y las paredes, separados por unos aislantes de porcelana blanca que los sujetaban cada cierto tramo. Y sólo cuando llegaban por ejemplo, a la lámpara de araña de la sala, se metían por dentro de las antiguas tuberías de gas para llegar hasta donde antes estaban las espitas, que ahora estaban reemplazadas por sockets eléctricos con sus respetivos focos.

Sin embargo las tuberías de gas aún seguían en su lugar, y siguiéndolas en sentido contrario a las lámparas se podía llegar a un cuarto donde antes estaba el generador de carburo, que era un engendro parecido a una caldera, que se alimentaba de piedras del mencionado material sobre las cuales se hacían caer gotas de agua. Cuando el carburo se mojaba, despedía el gas (acetileno) con el cual se alimentaban las lámparas. En su momento, esto representó el sumum de la modernidad.

También me contaba que ella recordaba, aunque entoces era muy chiquita, los tiempos de la esclavitud. Incluso me hacía los cuentos de que en la finca de su padre los esclavos libertos no se fueron, sino que la mayoría se quedó a trabajar como peones en la hacienda o criados en la casa. Quizás porque no sabían hacer otra cosa, pero al menos no sentían un odio especial hacia el que había sido hasta poco antes su amo, señal de que mi bisabuelo no los trataba con crueldad. Y me contaba que a ella la crió una nana que había sido esclava, de nombre Ana Domínguez, y que todos le decían tía de manera que yo al principio creí que su nombre era Tiana Domínguez.

Cuando mis abuelos se casaron salieron de Trinidad a su luna de miel en barco, porque sencillamente no había otro medio de transporte. Lo cual me recuerda a Macondo en los tiempos del primer José Arcadio Buendía -su fundador-, sin carreteras ni ferrocarril.

Aunque La Villa de la Santísima Trinidad fue uno de los primeros pueblos fundados en América por el propio Diego Velázquez en 1514, no tuvo un verdadero auge hasta los siglos XVIII-XIX cuando el azúcar se convirtió en la espina dorsal de su economía gracias a que al no haber otro medio de transporte -el ferrocarril aún no estaba desarrollado y los caminos de tierra eran fangueros imposibles de transitar por las pesadas carretas de caña-  toda la producción azucarera del Valle de los Ingenios se exportaba a través del Puerto de Casilda, a escasos 4 km de Trinidad. Fueron los tiempos de las grandes familias de hacendados, los Condes de Brunet, los Iznaga, los Borrel, los Cantero, cuando en el colmo de la riqueza y la frivolidad hablaban de usar doblones de oro para tapizar los pisos de sus mansiones.

Pero a pesar de que su primera línea ferroviaria -que la enlazaba con Casilda- estuvo lista en fecha tan temprana como 1856, Trinidad no estuvo conectada por ferrocarril con el resto de la Isla hasta 1919, por lo que el desarrollo de otras rutas ferroviarias que comunicaron el Valle de los Ingenios con la capital, acabó con la bonanza económica y la sumió en ese ambiente de pueblo detenido en el tiempo que tiene hoy día. Pero aún faltaban las carreteras.

Por eso, cuando mis padres se casaron, salieron de luna de miel hacia Santa Clara en tren, que era en ese tiempo un transporte mucho más seguro y rápido que la única otra opción: el camino de tierra que enlazaba a Trinidad con Sancti Spiritus.

Ya cuando yo nací (1948) pude hacer uso de un nuevo medio de transporte: la aviación. Mi primer viaje en avión lo hice cuando tenía 3 meses de edad, y me cuentan que era una avioneta de lona que hacía viajes entre Trinidad y La Habana. De manera que mi entrada en La Habana, en los brazos de mi abuela, fue por aire. Por supuesto que yo no me acuerdo, pero la avioneta salía de una pista de tierra que sí tuve oportunidad de ver, en las cercanías del pueblo. Todo un hito de modernidad macondiana.

La carretera a Cienfuegos vino mucho después, al punto que yo recuerdo su construcción. Me acuerdo que cuando ya en la prensa dijeron que estaba terminada, mis padres decidieron estrenarla y nos lanzamos al viaje en el Chevrolet tipo cucarachón que tenía mi padre. Pero al llegar a las cercanías de Trinidad, nos enteramos que a pesar de lo que decían los periódicos aún quedaba por terminar un puente en la desembocadura del río Yaguanabo. Entonces las alternativas eran dar un tremendo rodeo que implicaba regresar a Cienfuegos, de ahí a la Carretera Central y seguir hacia Santa Clara y Sancti Spiritus, o tratar de atravesar el río por un vado poniendo el coche en una gran balsa arrastrada por una yunta de bueyes. Y eso hicimos.

Puedo recordar otros muchos ejemplos de cambios en la forma de hacer las cosas de los que he sido testigo o he tenido un referente cercano. Por ejemplo, hasta bien entrada mi niñez, en casa de mis abuelos la comida se cocinaba usando carbón vegetal. Todos los días los carboneros pasaban por la calle llevando sus mulas cargadas con grandes sacos, pregonando su mercancía. Aún recuerdo el tintineo de sus espuelas al caminar por las losas del patio cargados con el inmenso saco para llevarlo a la carbonera.

También recuerdo la renuencia de María Brunet, nuestra cocinera de toda la vida, a usar el gas cuando mi tío compró una estufa que se alimentaba con cilindros de gas licuado. Otra pequeña tragedia fue convencerla para que usara la olla de presión. No quería, decía que le tenía miedo a que explotara, y se negaba rotundamente a usarla. Al tiempo, sin embargo, le tomó el gusto y luego no sabía cocinar sin ella. Me imagino que si hubiera visto un horno de microondas habría pensado que se trataba de magia negra.

En aquellos tiempos, el sistema de recogida de basura consistía en un camión que pasaba cada 15 días. Sonaban una campana y todo el mundo sacaba sus depósitos a la calle en ese momento. Había que andar con premura si no querías quedarte con la basura otros quince días en la casa. Por  eso mucha gente quemaba los residuos orgánicos que eran los más dados a corromperse y oler mal. O sencillamente, los lanzaban al tejado. A mi primo y a mí nos encantaba que nos dieran las tripas de los pollos para lanzarlas hacia las tejas del techo y lograr que las auras tiñosas, que tienen una vista prodigiosa, bajaran y se los comieran. Ellas eran mucho más eficientes que el Ayuntamiento en eso de lograr la higiene.

Había algo que no me cuadraba en el cuarto de baño principal de la casa de Trinidad: era demasiado grande, estaba demasiado lejos de las mejores habitaciones de la casa (que tenía 11) y como que le sobraba el espacio. Muchas casas de hoy en día no tienen una sala tan grande como aquel baño. Todo lo contrario del baño del fondo del patio, con su inodoro de tanque en lo alto y su cadena colgando para descargarlo, muy reducido de espacio si lo comparabas con el principal. Hasta muy entrada mi niñez no comprendí que aquello se debía a que cuando hicieron la casona colonial en donde nací, sencillamente no había costumbre de que tuvieran baño, por lo menos en el sentido actual del vocablo. La genta iba a lo que se llamaba “el excusado”, un simple hueco en la tierra del patio con un entablado rodeado de yaguas y con pretensiones de habitación, o en el colmo del refinamiento, hacía sus necesidades en un orinal que luego vaciaban en dicho lugar. Los más sencillos -como los de mi casa- eran de peltre, pero los había de porcelana china con adornos pintados a mano, y hasta de opalina o de metales preciosos. Regularmente vaciaban cal viva en el hueco, con el propósito de atenuar los olores. Pero la principal protección contra los mismos era la distancia que había entre el excusado y la sala, el comedor, o los cuartos de estar.

Los inodoros y las fosas sépticas fueron inventos muy posteriores a la fabricación de la casa. Mi abuela me contaba sobre el revuelo que se había armado en el pueblo cuando alguno de los ricachones instaló el primer inodoro.

Cuando mi abuelo compró esa casa, le mandó a hacer el baño principal, la fosa séptica y empedró la mitad del patio con unas losas de pizarra que se conseguían fácil en Casilda porque durante muchos años los barcos que llegaban vacíos a cargar el azúcar del Valle de los Ingenios, las traían como lastre. Pero al llegar a Casilda sencillamente las tiraban como inservibles, sin considerar que eran magníficas para el uso que mi abuelo le dió.

El baño principal fue construído mucho después que la casa (que ahora debe tener aproximadamente unos 200 años), en la mitad de uno de los dos arcos romanos que antes ocupaba la cocina. Por eso es que era tan grande y estaba separado de los cuartos principales.

Por cierto, los cuartos o habitaciones también tenían su abolengo. Estaba la habitación principal, que se llamaba “el aposento” y contenía la cama, y casi siempre había una habitación adicional a ésta, que le llamaba “la recámara”, en donde estaba el tocador, el ropero y algunos otros muebles.

Podría seguir hablando por horas sobre aquella casona colonial, tan grande que permanecíamos dentro de ella durante varios días sin sentirnos encerrados, jugando a “los escondidos” entre sus muebles, detrás del piano vertical o de los roperos, escogiendo artículos al azar de la enciclopedia “El Tesoro de la Juventud” que mi abuelo guardaba en el librero para disfrutar su lectura o sencillamente acostados boca arriba mirando a las auras tiñosas volar en círculo antes del aguacero de la tarde, pero prefiero hacerlo en varias entradas para que ésta tenga un final. Baste decir que ella forma parte de los recuerdos más agradables de mi niñez, y que me sirve de referente para apreciar mejor eso que se llama modernidad.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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