Me gustaría saber por qué se siente placer estético

Cada vez que me emociono ante una pieza musical, pienso en qué me estará pasando. ¿Cómo será el mecanismo a través del cual yo siento algo especialmente agradable cuando oigo, por ejemplo, el Nessun Dorma de la ópera Turandot de Giacomo Puccini? ¿O Pompas y Circunstancias, de Sir Edward Elgar? ¿O la Oda a la Alegría, del cuarto movimiento de la Novena de Beethoven? ¿O tantísimas otras melodías? Y al contrario, ¿por qué rechazo el rap o el rock duro como algo molesto e indigno de ser escuchado?. Al fin y al cabo son sonidos, tanto unos como los otros. ¿Cómo se convierten los sonidos en emociones?

Ok, las emociones tienen su asiento físico en sustancias químicas liberadas en el torrente sanguíneo y que afectan el cerebro. El mismo mecanismo de las drogas y de las hormonas. Pero ¿qué motiva su liberación? Y ¿cómo afectan el cerebro?

Las drogas son más fáciles de entender, porque al fin y al cabo son agentes químicos que desencadenan una respuesta. E incluso, una dependencia. La ira y el miedo, por otro lado, provienen por lo general del conocimiento de una situación negativa, algo físico que nos afecta. La alegría, de algo similar pero positivo. Pero ¿cómo un sonido puede producir un efecto parecido? ¿Y por qué Chabuca Granda sí, y Pello el Afrokán no? ¿Qué tienen Tchaikovsky y Prokofiev, que “suenan” más cálidos que Stravinsky?

Quizás el caso del gusto por la buena música popular, como el son, el danzón, el chachacha o los corridos mexicanos sea explicable a través del mecanismo de asociación con escenas de la niñez. Beny Moré, la Aragón, el Septeto Nacional, Pedro Infante, Jorge Negrete y Miguel Aceves Mejía eran artistas de moda cuando yo era chico. Quizás por eso me son agradables, como una forma nostálgica de acercarme a mi pasado, que fué feliz. Pero Mozart vivió varios cientos de años antes que yo, y sin embargo su música llega a lo más hondo de mi conciencia y me produce emociones tan o más agradables que los contemporáneos. ¿Por qué? A Chabuca pude haberla oído en el radio cuando chico y se estableció un vínculo de recuerdo inconsciente. Pero a Mozart, es mucho menos probable. Las estaciones de radio no difundían esa música tan frecuentemente. Y las de tv, no existían aún.

¿Y porqué me emociona la buena música, y sin embargo las artes plásticas no consiguen producirme el mismo efecto? Uno de mis recuerdos más tempranos es que cuando era muy chico me emocionaban los colores y las formas. Recuerdo algunos juguetes sencillos que me producían viva emoción, como es el caso de una pelota de hule de más o menos un pie de diámetro, con dibujos de colores brillantes, de esas con las que les encanta jugar a los niños de dos o tres años. Hoy en día -confieso con pena- ni la Gioconda me produce una emoción semejante.

Incidentalmente, otro de mis recuerdos de la infancia está relacionado con los olores. Todavía recuerdo la emoción que me producía destapar la lata de arroz que tenía mi abuela cerca de la cocina para evitarse la molestia de ir hasta el saco que estaba en la alacena, meter mi cabeza y disfrutar del olor fresco y seco del arroz crudo. O pararme de puntitas al lado del lavamanos en el colgadizo que daba al patio, para sentir el olor a lavanda del jabón que mantenía mi abuelo allí para afeitarse todas las mañanas. O el exquisito olor de la enredadera de jazmín que crecía en un extremo de la alta tapia. En fin, los olores me emocionaban, definitivamente. Y gracias a Dios, lo siguen haciendo. No he perdido esa habilidad.

¿Por qué? ¿Cuándo perdí la capacidad de emocionarme con lo plástico? ¿Y por qué no perdí la capacidad de emocionarme con los sonidos y los olores?

Como no soy biólogo y mucho menos investigador, creo que tendré que conformarme con esperar a que alguien descubra la respuesta. Pero eso no impide que tenga una teoría medio empírica: De forma parecida a como el embrión humano atraviesa en su desarrollo por etapas que reproducen en forma acelerada todo el proceso de la Evolución, todos nacemos, digámoslo así, con un juego completo de sensibilidades. Es el medio el que termina por decidir cuáles de esas sensibilidades trascenderán a la adultez, y cuales sencillamente se atrofiarán. Quizás por eso sea tan importante iniciar a los infantes desde su más temprana edad en las disciplinas que evitarán que sus sensibilidades disminuyan. Los idiomas son un buen ejemplo de ello. Ya es un hecho científico bien establecido que la habilidad para el aprendizaje del lenguaje está codificada en los genes. Pero a alguien que aprenda dos idiomas cuando niño, le será más fácil aprender otros cuando ya sea adulto, que las personas que sólo aprendieron el materno. El cerebro es una especie de músculo, al que hay que ejercitar desde un inicio para que se desarrolle.

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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