Mi personaje inolvidable

Mi abuelo materno, Manuel Cañedo y Escala, junto a mi abuela cargando a mi prima

“Autoridad” es la palabra que mejor define el recuerdo de mi abuelo materno. Aún hoy, a más de 50 años de haber muerto, las decisiones que él tomó siguen influyendo en nuestra familia.

Cuando yo era un niño pequeño y vivía con mis abuelos -mi abuela era una Úrsula Iguarán que logró criarme hasta pasados los tres años con el cuento de que mis padres estaban muy ocupados abriéndose camino en La Habana-, todas las noches antes de acostarme era costumbre ir a despedirme de él, besarle el dorso de la mano y pedirle la bendición. A veces lo acompañaba a poner “las trancas”, unas piezas grandes y sólidas de madera con las que cerraba por dentro todas las puertas y ventanas de la gran casa colonial que él había comprado y donde vivíamos. Había que mirar debajo de las camas, para asegurarse que nadie se hubiera escondido ahí durante el día con la intención de robar.

Me encantaba jugar a ser carbonero. Aprovechando que él  y mi abuela se sentaban todas las noches -era un hombre de costumbres- a tomar el fresco en los sillones de mimbre que estaban junto a una de las ventanas de la sala -que iban de techo a piso y tenían barrotes- y él ponía los pies sobre la base de la misma, yo agarraba dos almohadones de seda negra con encajes y flores bordadas en vivos colores que había en un sofá cercano al piano y me montaba a caballo sobre sus piernas. Los almohadones eran los sacos de carbón, y sus piernas eran mi mula.

Pero no siempre las cosas con mi abuelo eran tan afables. Por las tardes, luego del almuerzo, siempre dormía la siesta. Y durante ese tiempo la casa debía permanecer en silencio total, lo cual implicaba que los niños (mis primos y yo) debíamos jugar sin escandalizar. Nos acostumbramos a utilizar ese tiempo en actividades que no implicaran hacer ruido, como tumbarnos de espalda sobre el fresco piso del colgadizo que daba al patio, a contemplar el cielo y mirar allá arriba entre las nubes a las auras dar vueltas -aprovechando las burbujas de aire ascendente que anunciaban el aguacero vespertino- mientras escrutaban el terreno en busca de algún cadáver de animal o de algunas tripas de pollo que alguien hubiera lanzado al tejado para lograr desembarazarse de esos molestos residuos sin tener que esperar al camión de la basura, que en ese entonces pasaba cada 15 días.

En Trinidad, Manuel Cañedo y Escala era todo un personaje. Pertenecía a la Orden de los Caballeros de Colón y durante las procesiones de Semana Santa era de los que llevaba en andas al Cristo de la Veracruz, con su inmensa base maciza de plata mexicana que pesaba un horror, como muestra de penitencia. Una vez a la semana, sin falta, el cura del pueblo comía en nuestra casa. Y los días de su santo -25 de Diciembre- la mesa de comer se alargaba hasta el infinito para dar cabida a tanto personaje principal que acudía a la fiesta.

Yo disfrutaba como enano todos los preparativos, incluyendo la matanza del puerco: temprano en la mañana llegaba el matarife contratado especialmente para la ocasión, y luego de atontar al marrano con un batazo en la frente, le clavaba limpiamente su largo cuchillo cerca de la axila izquierda, justo en el corazón. Los chillidos del animalito y su mirada de súplica me ponían la carne de gallina. Entonces recogían la sangre en una vasija para luego hacer morcillas, y rociaban el cuerpo con agua caliente que había sido preparada previamente en un par de latas de aceite de carbón de las de 5 galones. Esta tenía el efecto de hacer que la epidermis y el pelo del puerco se encogieran y se desprendieran luego con facilidad, frotándolo con un pedazo de ladrillo.

A continuación lo abrían a todo lo largo por la panza teniendo cuidado de no perforar las tripas, y le sacaban las vísceras. Evitando romper la vesícula y derramar la bilis, el hígado se cortaba en trozos y se freía en manteca hirviendo, para comerlo enseguida. Le decían gandinga, y era una delicia. El cuerpo se lavaba con agua abundante para eliminar los restos de sangre y entonces lo colgaban de un horcón cabeza abajo para que escurriera. A media mañana venían de la panadería a buscarlo, para asarlo en el horno de pan durante varias horas y que estuviera listo por la noche para el banquete.

Vinos, dátiles, nueces, avellanas, turrones -de jijona, de alicante y de yema- arroz con pollo, bistecs, otros tipos de carne, plátanos maduros fritos, yuca con mojo, malanga, ensaladas de lechuga y tomate, etc. completaban el menú. Mi abuelo tenía especialidad en preparar él mismo las ruedas de sierra en escabeche, con mucho vinagre, aceite, cebollitas, pimienta, ajíes y especias. Eso había que hacerlo con al menos 15 días de antelación, para que estuvieran bien maceradas. La sierra tiene la característica de que tiene las espinas muy localizadas, de manera que si sabes donde están, cada rueda te proporciona cuatro grandes pedazos de carne limpia.

Los postres no eran sofisticados, pero sí muy cubanos y sabrosos: casquitos, jalea o dulce de guayaba con queso blanco o amarillo, arroz con leche, natilla, coco rallado en almíbar… en fin, se me hace la boca agua al recordar todo aquello.

Pero no solamente en los banquetes habían tantos platos. Los días comunes, era costumbre que mi abuela ordenara a la cocinera al menos dos -y muchas veces tres- platillos principales: carne de res, de pollo, pescado, huevos, etc., para que mi abuelo escogiera ya sobre la mesa, qué deseaba comer. El resto se guardaba para la siguiente comida o se repartía entre la servidumbre. El arroz, el azúcar y los frijoles se compraban por sacos, y se guardaban en la alacena.

Otra de mis actividades preferidas por aquel tiempo era repartirle galletas “a los pobres”: resulta que era costumbre de mi abuelo comprar y hacer traer diariamente desde una panadería, dos grandes cartuchos de 25 libras cada uno con unas riquísimas y grandes galletas que les decían “de manteca”. Aquellas galletas dejaban manchado el papel de estraza por la cantidad de grasa que tenían.

El objetivo de tal despilfarro, era hacer caridad. O sea, repartirlas como limosnas, para alimentar “a los pobres”. No niego que entre las personas que estiraban las manos por entre los barrotes de las ventanas que daban a la calle para pedir su limosna hubiera algún pobre de solemnidad. Pero sospecho que la mayoría eran pequeños granujas y futuras puticas -como Graciela, la vecinita del “tablao” de enfrente, que años después terminó enseñando las tetas por cinco pesos- pero a mí me encantaba correr a los cartuchos y sacar un par de galletas para entregárselas a los mendigos, que por cierto se peleaban entre sí por aquello. Ahí, además de practicar la caridad, aprendí que la miseria muchas veces viene acompañada por el egoísmo y la mala leche.

Mi abuelo era un autodidacta. En realidad nunca supe su nivel de escolaridad, pero sospecho que no era muy grande, como el de la mayoría de la gente de campo de entonces. Sin embargo, leía mucho y había logrado ser un hombre medianamente culto y consciente de lo que pasaba en el mundo. Una escena grabada en mi mente es estar sentado sobre sus rodillas mientras me relataba los horrores del stalinismo y me advertía que nunca creyera en los comunistas. En una de las 11 habitaciones de la casa, habian dos grandes fotos colgadas de las paredes. Una era de Franklin D. Roosselvelt y la otra de Harry S. Truman, que lo sucedió luego de la muerte del primero y fue responsable de la decisión de lanzar las bombas atómicas que pusieron fin de golpe a la guerra con Japón y de paso a la Segunda Guerra Mundial. Esos eran sus héroes, y yo los aprendí a admirar también desde chico.

Entonces por supuesto que no había ni Wikipedia ni Google ni siquiera internet, así que sus fuentes de conocimiento eran otras. Había en la casa un gran librero que contenía un par de tesoros: una enciclopedia de nombre “El Tesoro de la Juventud” en 20 tomos y la colección completa de Selecciones del Reader’s Digest desde que comenzó, en 1940. Uno de mis juegos preferidos era acercarme y escoger al azar una de las revistas o abrir uno cualquiera de los tomos de la enciclopedia y leer el artículo que apareciera. Historia, Ciencia, Medicina, Viajes, Poesía, Literatura, Artes Manuales, todo me resultaba fascinante. Tanto lo hice, que al final prácticamente era muy difícil que seleccionara algo que no hubiera leído. Desde las fábulas de Esopo hasta la descripción y la historia del Canal de Panamá o los beneficios recién descubiertos del flúor en los enjuagues bucales. Creo que de ahí proviene mi afición por la lectura. En ese entonces, Selecciones se acercaba mucho más al ideal de una revista literaria y no era la bazofia propagandística para fronterizos en que la han convertido actualmente.

Otra imagen que recuerdo con claridad es la de mi abuelo sentado de espaldas, escribiendo en su buró. Era un buró de buena madera, clásico, sólido, con muchas gavetas, algunas normales y otras disimuladas de forma que eran secretas. Arriba tenía una especie de vitrina en donde se guardaba la vieja caja metálica de talco a la que llamábamos “el diario”. Allí estaba el dinero para el gasto del día. Mi abuela sabía que no se podía pasar en sus compras diarias de la cantidad que allí hubiera. Mi abuelo era muy metódico y todas la mañanas reponía la cantidad total a disponer en ese día, según lo que se hubiera gastado el día anterior. Es un método infalible que ojalá siguieran hoy muchos gobiernos, endeudados hasta los calzones por gobernantes irresponsables.

En ese entonces se escribía con plumas de punto metálico y cuerpo de madera que se mojaban en un tintero y a mí me encantaba agarrarlas. Pero mi abuelo no me dejaba, porque tenía miedo de que arruinara los puntos al apoyarlos con demasiada fuerza sobre el papel o que volcara el tintero. Las plumas de fuente, o sea las que tenían su propio suministro de tinta dentro de ellas y se cargaban con una palanquita, eran una novedad. Todavía conservo con cariño una de aquellas que le perteneció, con cuerpo afiligranado de metal dorado que no quiero pensar que sea oro, pero muy bien pudiera ser.

Por cierto, ese buró está ligado a una anécdota interesante que me sirvió para conocer mejor quien fue mi abuelo. Muerto ya hacía años, en una ocasión hubo que pintar la casa y entre mi padre y yo movimos el buró para pintar la pared trasera. Mientras luchábamos por moverlo, oímos cómo algo que estaba en la parte de atrás cayó al piso. Era una carta que a juzgar por su estado, había permanecido escondida allí durante muchos años.

La carta era una especie de confesión. En ella mi abuelo narraba que cuando era joven, asistió a un baile acompañado de una señorita. Durante el baile, alguien tuvo la osadía de decirle algo impropio a su compañera, intentando seducirla. Como era natural, mi abuelo reaccionó y tuvieron una pelea. Por suerte, los separaron y aquello no pasó a mayores porque a los bailes no se podía asistir armado.

Sin embargo -contaba la carta de mi abuelo- al día siguiente tuvo la mala suerte de volver a encontrarse en la calle con aquella persona, y como la ofensa era tan reciente, volvieron a discutir. Por desgracia, en aquella ocasión mi abuelo sí andaba armado con su revólver, y lo mató.

Mi padre y yo nos quedamos helados cuando leímos aquello. ¡Así que mi abuelo había matado a una persona! Que nosotros supiéramos, mi abuelo nunca había estado preso. Luego entonces -concluímos nosotros- su influencia ya era suficiente como para burlar a la justicia. Eso era y sigue siendo un hecho, los poderosos no pagan sus delitos. Pero lo que yo no sabía era que mi abuelo era TAN poderoso y formaba parte del grupo de los intocables. Hasta ese momento, para mí mi abuelo era un santo, una persona llena de virtudes que practicaba la caridad de muchas formas e incapaz de matar una mosca.

A raíz de aquello comencé a indagar y tuve conocimiento de otra anécdota relativa al carácter de mi abuelo. Resulta que cuando joven, él tenía su dinero en el banco. En aquel entonces no existía el concepto de dinero virtual ni había nada electrónico, de manera que casi todas las transacciones se hacían en efectivo.

Llega el crack del 29, y mi abuelo corre al banco a sacar todo su dinero. “Don Manuel -le dijo el gerente- me da mucha pena, pero no lo puedo complacer, el banco está quebrado”. Y dicen que entonces mi abuelo sacó su revólver, le apuntó entre los ojos al pobre gerente, y le dijo con toda calma: “¡O me das mi dinero ahora mismo, o te mato como un perro!”.

Y yo no sé de dónde, pero el dinero apareció (luego entonces, no estaba “tan” quebrado, digo yo).

A partir de entonces, mi abuelo nunca volvió a utilizar los servicios de un banco. Todos sus ahorros los invertía en comprar monedas de oro. Y en el más puro estilo Francis Drake, lo enterraba en botijas de barro al pie de la mata de mango que teníamos en el patio interior de la casa. ¡Por eso cuando era chiquito -me dije yo cuando supe eso- a veces no me dejaban pasar al patio, porque mi abuelo estaba cavando! ¡Ahora me lo explico!. Gracias a él, yo pude conocer las monedas de oro que corrían en Cuba a principios del siglo XX.

Eso de tener un abuelo pistolero, una especie de Don Corleone caribeño, fue una cosa que me tuvo cavilando durante un tiempo. Pero llegué a la conclusión de que posiblemente no era tan malo. En realidad, él no le hacía daño a nadie. No tenía un Clemenza que le hiciera los trabajitos sucios ni un Mike que manipulara la ley a su favor. Y mi abuelo no era un Wyatt Earp que iba tirando tiros por donde caminaba. En todo caso, con aquella arma se defendía del daño que los demás querían hacerle a él. Dicen que la historia del Hombre, es la historia de sus guerras. Y a pesar de la débil capa de civilización de la que presumimos, en el fondo seguimos siendo animales depredadores, con el agravante de que somos más inteligentes que un tigre o un león, y por ello más peligrosos. Probablemente, si él no hubiera llevado esa pistola al cinto -como muchos otros en su época- yo no estaría escribiendo este artículo.

En definitiva, que prefiero recordarlo como alguien justo y bueno, que amaba a su familia y que la defendió en la medida de lo posible del hostil mundo.

Mi abuelo y yo, en el patio de la casa de Trinidad

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Acerca de azayas48

Físico médico, programador de computadoras. Fan de Visual Basic y SQL. Cubano por nacimiento, mexicano por naturalización y por corazón.
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6 respuestas a Mi personaje inolvidable

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  3. cuco dijo:

    jaja, mi personaje inolvidable era una seccion en Selecciones del Reader’s Digest

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